LA NOCHE DEL BAILE
LA NOCHE DEL BAILE
—Sé quién eres, puedes dejar de fingir —dijo la anciana, sentada en una butaca junto a la chimenea. Se hizo un silencio durante el que ambas se miraron entre sí—. Eres igual que ella, ¿sabes? Es de lo más sorprendente, parece como si no hubiera pasado el tiempo.
La joven cerró en silencio las cristaleras y permaneció callada.
—Supongo que sabes quién soy —dijo con voz fría.
La señora Cooper cruzó la sala y se sentó en el sofá.
—Sí —respondió en voz baja, casi en un susurro.
La anciana asintió y dijo:
—Tengo curiosidad por saber cómo lo supiste. ¿Qué me delató?
Con aire titubeante, la chica extendió la mano hacia el bastón y la anciana se lo entregó.
—Es precioso —murmuró mirando la flor de jade mientras la giraba entre sus manos—, tal y como ella lo describía.
—Debería habérmelo figurado. —Se rio con desdén—. Tu madre estaba obsesionada con mi bastón. Me pidió uno durante años. Fue el único regalo que quiso por su decimosexto cumpleaños.
—Pero en rosa.
—¡Sí! —Sus ojos brillaron—. Sí. Ese fue el momento en que la miré y comprendí en quién se había convertido. Ya no era mi pequeña, sino una mujer, una joven con ideas propias y muy hermosa. Shanghái podía ser un lugar peligroso para las mujeres, así que contraté a Emmett para protegerla.
La chica levantó la cabeza de golpe, con expresión de sorpresa.
—Esa parte no te la contó, ¿verdad? Claro que no. Siempre se esmeraba en seleccionar los detalles de su historia. Sí, Emmett era su guardaespaldas. Mucho mayor que ella y muy experimentado. Aportó excelentes recomendaciones. Eso fue antes de que supiera lo malvada que se había vuelto.
—¿Malvada? No eres la más indicada para criticar —espetó la chica.
—Mira, me casé con alguien de este negocio cuando era tan joven e ingenua como tú ahora. Cuando me quise dar cuenta de los tejemanejes, ya era demasiado tarde y tenía una hija pequeña en quien pensar. ¿Qué podía hacer?
—Podrías haber vuelto con tu familia a Canadá y haberles contado quién era él.
—Ay, querida, eran otros tiempos, y muy distintos.
La vergüenza habría recaído sobre mí por dejarlo.
Y esa vergüenza se habría extendido a mi hija y a mi familia.
Habría arruinado la vida de todos. No, esa opción, con el consiguiente escándalo, nunca la contemplé. Tuve que hacer de la necesidad virtud.
—¿Y hacer de la necesidad virtud implicaba dirigir un fumadero de opio durante treinta años? —No se lo podía creer—. Le arruinaste la vida a mucha gente, incluida tu hija.
—Oh, no, eso se lo buscó ella solita. —Su voz se endureció de pronto—. No te atrevas a culparme por eso.
—Era una chica de dieciséis años cuyo único pecado había sido enamorarse locamente.
—Aquello no era amor, dijera ella lo que dijera. Era rencor. Sedujo a un sirviente solo para enfurecerme.
La chica se sintió ofendida.
—Por favor, no seas tan protectora. —Se levantó de un salto del sofá y se acercó a la chimenea, con la vista clavada en la rejilla vacía—.
Me enteré cuando se quedó embarazada y vino llorando a pedirme que lo arreglara.
Como si pudiera hacer que desapareciera.
¡Ay, vaya una niña! Cada vez que lo recuerdo me sigue dando rabia.
—Se dio la vuelta para mirar a la joven y soltó un tenso suspiro—.
No tienes ni idea de lo duro que trabajé por ella, para que nos aceptaran en la buena sociedad.
Me llevó años de adulación, sobornos y chantajes descarados, pero lo conseguí.
Lo hice para que pudiera ir a buenos colegios, conocer a la gente adecuada y dejarse ver en los lugares apropiados.
La tenía prácticamente comprometida con un príncipe eslavo.
¡Habría sido reina! Pero no, ¡estaba enamorada!
Quería casarse con Emmett y tener un hijo suyo. —Los ojos le ardían de desprecio.
—Así que, la enviaste a un convento en Canadá, dirigido por la mujer más sádica sobre la faz de la Tierra.
—¡Cómo te atreves! —Se giró con brusquedad y gritó—: ¡Esa mujer es mi hermana!
—¿Sor Thomasina es tu hermana? —exclamó la joven, visiblemente conmocionada. Miró a la anciana con un semblante de inequívoco horror.
—¡Ja! Otro detalle que, por lo que se ve, a tu madre se le olvidó contarte —explicó con una cruel sonrisa—. Solo podía confiar en Tommy para enterrar el escándalo, así que la envié lejos antes de que se fugara con Emmett.
—Fue muy cruel con mi madre.
La anciana se limitó a chasquear la lengua con impaciencia.
—Tuvo suerte de que Tommy la acogiera. Tu madre se buscó la vergüenza y el escándalo ella solita. Arruinó cualquier posibilidad de conseguir un matrimonio y una vida respetables. Si hubiera sido mínimamente decente, no nos habría puesto a nadie en la situación en que nos puso.
—Un juicio un poco exagerado y moralista viniendo de una traficante de drogas.
—Pues es lo que hay. Es la única regla estricta entre las clases altas: que no te pillen.
—¿La echaste —preguntó con voz entrecortada— porque se dejó pillar?
—La eché porque era una mujer que se dejó pillar.
—Se movió rápidamente y caminó nerviosa detrás de las sillas—.
Las mujeres no sobreviven a ese tipo de escándalos.
Un hombre puede tener diez hijos bastardos y seguir siendo acogido como un héroe, pero a la mujer siempre se la tratará como a alguien vil y despreciable.
Ella sola carga con el escándalo. Así que decidí mandarla a Canadá con mi hermana, para que la cuidaran y me la devolvieran una vez que hubiera dado a luz.
La verdad es que podía explicar un largo viaje al extranjero, pero ¿un bebé? No.
Se puso de pie de un salto y se volvió hacia la anciana.
—Te aseguro que no la cuidaron. —Durante unos instantes, las mujeres cruzaron una dura mirada—. La atormentaron, la acosaron y la avergonzaron. Crecí oyendo a diario que mi madre era una puta y que iría al infierno. A tu hija no la cuidaron, la torturaron.
—Era libre de marcharse en cualquier momento y volver a casa, pero decidió quedarse.
—No, lo hizo por mí. Decidió quedarse porque no quería darme en adopción. Tú la condenaste a una vida de miseria y te quedaste tan pancha, pero ella no iba a hacerme lo mismo a mí.
—Oh. —La anciana la miró con frialdad—. Pero sí que lo hizo, ¿no?
La chica se echó hacia atrás, aturdida como si le hubieran dado un puñetazo. Se estabilizó con el bastón y respiró con dificultad. Las lágrimas le salpicaban las mejillas.
—No podía soportar más los abusos. ¿Tienes idea de lo destrozada que estaba?
—La anciana se quitó un pelo invisible de la manga—.
Por supuesto que sí. Sor Thomasina te mantuvo bien informada.
Monstruos, eso es lo que sois las dos. —Caminó deprisa hacia la puerta y se detuvo, volviéndose hacia la anciana—.
¿Alguna vez pensaste en cómo era mi vida?
También me dejaste allí para que me pudriera.
—Te dejé allí para que recibieras una educación y no cometieras los mismos errores que ella. —Cruzó la habitación y susurró con un gruñido—: Te dejé con Tommy porque eras la última esperanza de sacar algo bueno de aquella situación.
—¿Sacar algo bueno? No había nada bueno en la situación. —Se alejó de la anciana y le lanzó una mirada repulsiva—. Tu hermana acosó a tu hija hasta la muerte, hasta que se suicidó porque no aguantaba más.
—Se suicidó porque era lo correcto.
La conmoción la hizo jadear y retorcerse.
—¿De verdad crees que te habrías casado tan bien si ella siguiera viva? —La anciana la miró con aire imperioso—. Pues no. Te hizo un favor.
—¿Un favor? —Las palabras se le escaparon en un susurro hueco. Se levantó lentamente y miró a su abuela. La anciana se la quedó mirando, sin comprender, sin que ninguna de las dos supiera muy bien cuándo había penetrado el arma en su estómago.
—No... te... dejes... atrapar —la conminó, esforzándose por pronunciar las palabras mientras se desplomaba en el suelo y su vida se desvanecía.
Permanecieron en silencio durante un largo rato, asimilando el relato que acababan de escuchar.
—¿De dónde sacó el cuchillo? —preguntó la señora MacBain con delicadeza.
La señora Cooper volvió bruscamente al presente.
—¿Cómo?
—Que de dónde sacó el cuchillo —repitió despacio la presidenta.
—¿Eh? Oh. —La señora Cooper parecía un poco en estado de trance.
Se levantó y se dirigió al armario. Oyeron un ruido y luego reapareció, sosteniendo el bastón de la señora Blackwood.
Lo tomó en la mano, lo retorció y sacó la flor.
Se la puso en la palma de la mano y la levantó para que todos la vieran.
Un estilete oculto brillaba a la luz—. Esto era lo que la protegía, no el bastón.
—¿Cómo demonios lo supo? —preguntó Jarvis desconcertado.
—Me lo dijo mi madre —respondió ella con sencillez. Miró a su marido y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos—. Oh, cariño, lo siento mucho. No quería que pasara nada de esto. De verdad que no.
El señor Cooper miró a su esposa, pálido y en silencio, horrorizado.
—Debes creerme. —Se arrodilló frente a él y lo miró con sinceridad—. No tenía ni idea de que estaba viva hasta que vi el bastón. Necesitaba comprobar que era ella, que era mi abuela, la persona que había ignorado a mi madre.
—¿Por eso quiso conocerla? —preguntó la señora MacBain.
—Sí. Tenía que saber si de verdad era mi abuela y, si lo era, quería enfrentarme a ella por lo de mi madre. No esperaba que fuera tan insensible, tan cruel. Me impactó descubrir que su propia hija no le importaba un rábano. No supe que la había apuñalado hasta que cayó al suelo.
La presidenta preguntó con delicadeza:
—¿Y cuándo se dio cuenta de ello?
La señora Cooper pensó durante un momento, con la mirada perdida en el pasado.
—Entré en pánico. Limpié el arma con su falda y la volví a guardar en el bastón. Fue entonces cuando me di cuenta de que me había manchado el vestido de sangre, así que cerré las puertas con llave, corrí las cortinas y lo quemé en la chimenea.
La señora MacBain asintió, recordando las cenizas en la rejilla.
—Sí, me pareció extraño. Esa noche hizo demasiado calor como para encender la chimenea.
—No podía arriesgarme a que lo descubrieran.
—¿Y entonces qué hizo?
—Esperé y traté de averiguar cómo salir de allí.
Esperaba que hubiera una puerta de servicio, como las que había visto en tantas otras salas, pero no encontré ninguna.
No podía salir al jardín. ¡Aquí amanece muy temprano!
No me quedó más remedio que esperar a que los lacayos expulsaran a los jugadores.
Cuando los oí marcharse, esperé unos minutos, hasta estar segura de que todos se habían ido, y salí a hurtadillas, cerré las puertas tras de mí y me fui por la escalera de servicio.
Enterré la llave en un cubo de incendios y regresé aquí.
—¿En combinación?
La joven asintió. Eso era lo que Cecil había visto: no un vestido, sino una combinación.
—Corrió un gran riesgo al usar la escalera de servicio. ¿Y si alguien la hubiera visto?
Ella se encogió de hombros.
—No lo sé. Es que no había planeado nada de esto. Solo quería hablar con ella. Lo que pasa es que... todo se descontroló —explicó al borde de las lágrimas.
—Por eso querías que nos fuéramos —dijo el señor Cooper con voz hueca—. Esa mañana insistías en que volviéramos a París.
—Sí. En el fondo, esperaba que pudiéramos irnos antes de que la encontraran.
Es una zona apartada del hotel y las puertas estaban cerradas con llave.
Su personal es demasiado eficiente, señora MacBain.
—Volviéndose hacia su marido, sonrió mientras las lágrimas le caían por la cara—.
Te quiero, Alistair, y deseaba tener hijos contigo, de veras. Siento haberlo estropeado todo.
—¡Oh! —gritó la presidenta, que se lanzó hacia delante para agarrar a la chica antes de que se desplomara en el suelo—. ¡Llamen al médico! —Pero ya era demasiado tarde. Su sangre se extendía lentamente desde la flor de jade por su camisón rosa pálido.