CUATRO DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO
CUATRO DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO
A la mañana siguiente, Lawlis llamó a Fergus para comunicarle que el Ministerio de Asuntos Exteriores tenía información sobre los planes de Edmund.
Antes de que al abogado le diera tiempo a hablar, Fergus le transmitió la noticia de la muerte del cónsul.
Lawlis se quedó en silencio durante un momento.
—Vaya, primero Hugh y ahora Edmund. Una semana trágica para lady Annabella.
—Sí, todavía está conmocionada.
—Pues entonces el panorama es ligeramente distinto. Edmund posee una cuenta bancaria aquí en Gran Bretaña, pero está tan solo a su nombre. Puesto que se conocieron y contrajeron matrimonio en el extranjero, nunca tuvo la oportunidad de añadirla como cotitular.
—No me gusta cómo suena, Lawlis.
—En efecto, no son buenas noticias. Lady Annabella no tiene ningún derecho sobre la cuenta a menos que él le dé acceso.
—Eso no augura nada bueno.
—No. Pero el Ministerio del Interior nos ha facilitado el nombre del abogado de Edmund en el Reino Unido.
Me he puesto en contacto con él y le he pedido que venga a Loch Down.
Edmund otorgó testamento, así que, con suerte, le habrá dejado algo.
En cualquier caso, a finales de semana deberíamos de tener una solución para lady Annabella.
Le he reservado al abogado una habitación en la posada del pueblo.
Con el panorama que hay en Loch Down Abbey, me ha parecido preferible.
Entre murmullos, Fergus dijo que estaba de acuerdo.
—Hummm... —Dudó—. No será usted por un casual el albacea de Hugh, ¿verdad?
—No, me temo que no. Llevaba sus asuntos con un bufete de Londres. Haremos algunas averiguaciones. Estoy seguro de que les dejó algo a los niños.
Fergus ni siquiera había tenido tiempo de pensar en ellos. Su padre acababa de morir y su madre no tenía ni un penique. ¿Quién iba a cuidar de ellos? Al final, el panorama iba tomando tintes de novela de Dickens.
La señora MacBain se levantó tarde esa mañana. Se bañó, se vistió con esmero y bajó a la cocina. El personal ya había terminado de desayunar y las camareras estaban recogiendo todo. Al verla entrar, la señora Burnside levantó la mirada.
—Buenos días, señora MacBain. ¿Se encuentra bien?
—Sí, gracias. ¿Por qué?
—En todos los años que llevamos trabajando juntas, nunca se ha perdido el desayuno del personal. Estaba a punto de enviar a alguien a ver cómo estaba.
La presidenta le hizo una pequeña mueca.
—Estoy bien, gracias. ¿Me traería una taza de café?
La señora Burnside giró la cabeza con brusquedad. Se la quedó mirando durante varios segundos.
—¿Café? ¿No quiere té?
—Me vendría bien algo más fuerte. Me he levantado un poco aturdida.
La señora Burnside siguió mirándola fijamente mientras se dirigía a la puerta de la despensa.
—¡Maisie! —gritó sin apartar la vista de la presidenta—. ¿Puedes traerle una taza de café a la señora MacBain?
—¿Quiere leche? —preguntó una voz.
—No, gracias, Maisie. Café solo —le respondió a la voz incorpórea.
La inquietud de la señora Burnside iba en aumento. Primero, nada de desayuno y, después, una taza de café en lugar de té.
—¿Seguro que se encuentra bien? ¿Qué pasó ayer?
—Es una historia muy larga. No sé ni por dónde empezar...
Maisie le entregó una taza de café y la señora MacBain se dirigió a su despacho. Se acomodó en su butaca favorita junto a la chimenea y sorbió el café amargo.
¿Qué iban a hacer? La coartada de Cecil, junto con lo que recordaban los lacayos, exoneraban al coronel de la muerte de la señora Blackwood.
Pero había agredido a la señorita Wen y luego le había robado las ganancias a la difunta señora.
Jarvis podía imputarle muchos cargos al coronel, siempre y cuando lo encontraran.
Pero el principal problema seguía sin resolverse. Carecían de un sospechoso razonable. Quizá el inspector tenía razón: lo estaban complicando todo demasiado. Podría haber sido uno de los otros chantajeados. Sacó un papel y un bolígrafo y escribió la lista de nombres a medida que los recordaba.
Lady Beaumont, un hijo del conde de Carrick, lady Matthews. ¿Quién más? Lord Burridge, ¡cómo no! ¿La señora McCready? «Dios mío, ¿qué habrá hecho esa mujer? Si está medio senil», se extrañó la presidenta.
Los ordenó y decidió empezar por lord Burridge. En cuanto a los tres hijos del conde, no sabía a cuál era más probable que hubieran sorprendido haciendo algo sórdido. Eran todos tan desagradables... Y una bata de caballero podía confundirse perfectamente con una de mujer.
Le dio jaqueca. Dejó la pluma y bebió otro sorbo de café.
Estaba segura de que el asesino se había quedado con el bastón, pero Sadie no lo había encontrado en la habitación de ninguna de las víctimas de chantaje.
Si no lo habían guardado (sería una prueba irrefutable), ¿qué habían hecho con él?
¿Lo habían escondido en Loch Down Abbey?
¿Lo habían dejado en algún lugar del bosque?
¿Lo habían tirado al río? Dios santo, a esas alturas ya estaría camino de Oban.
Un golpe en la puerta la sacó de sus cavilaciones.
—Hay alguien que quiere verla, señora MacBain. La he acomodado en la sala serbal.
—Gracias, Tommy. Ahora mismo subo. —Dio un último sorbo a su café y se guardó la lista en el bolsillo de la falda. Ya habría tiempo para aquello.
Sentada en la sala serbal, en los asientos junto a la ventana, la esperaba Imogen.
—Oh, buenos días, Imogen. Me alegro de que esté aquí, la verdad. ¿Podría preguntarle a Lawlis si sabe dónde están los Dunbar-Hamilton? Debemos hacerles saber lo de Hugh.
—Ya se está ocupando de eso, no se preocupe. —Dejó una carpeta sobre la mesa, la deslizó hacia la presidenta y le lanzó una seria mirada—. He hablado con Inmigración y con el departamento de registros.
La señora MacBain se quedó sin aliento.
—¿En relación con la señora Blackwood?
—Sí. La mayor parte de lo que le contó era cierto. Se casó con John Blackwood cuando tenía dieciocho años y se mudó a Shanghái. Tuvieron una hija, Abigail Frances Blackwood, que murió a los veintidós años. Está enterrada en Canadá. Pero luego está esto. —Abrió la carpeta y señaló un papel.
La presidenta lo cogió y leyó el contenido dos veces, boquiabierta y mirando alternativamente el papel y a Imogen.
—¿Es cierto? ¡No puede ser!
Imogen frunció el ceño y asintió.
—Los llamé anoche para asegurarme de que no había ningún error.
Ambas se miraron fijamente durante unos instantes.
—¿Significa esto lo que creo que significa? —preguntó Imogen con un hilo de voz.
—Me temo que sí —respondió la señora MacBain con voz hueca.
Imogen la observó con atención.
—¿Y ahora qué hacemos?
La presidenta le dirigió una pesarosa mirada.
—Llamemos a Roddy Jarvis.
Imogen, el inspector y la señora MacBain esperaron en silencio fuera de la suite . Al fin, el señor Cooper abrió la puerta.
—Buenos días, señor Cooper. ¿Podemos pasar?
Ligeramente confundido, asintió en silencio y los dejó entrar en la suite Stuart. Todavía llevaba puesta su bata, de un pálido color avena.
—¿Quién es, cariño? —preguntó la señora Cooper desde su vestidor.
—Es la señora MacBain.
Cuando la señora Cooper entró en la sala de estar, la sonrisa desapareció de su rostro. Tragó saliva.
—Por favor, siéntense.
—¿Qué ocurre? —preguntó el señor Cooper, percibiendo la tensión, pero sin entender nada.
—Se trata de la señora Blackwood.
El señor Cooper puso cara de desconcierto.
—¿La difunta?
—Sí —respondió la presidenta—. Usted se marchó temprano del baile, ¿verdad?
—Eh..., sí. Creo que subí a eso de la una, después del resopón.
—¿Y durmió en su vestidor?
La señora Cooper soltó un grito ahogado.
—¿Por qué lo pregunta?
La señora MacBain miró al señor Cooper.
—¿Durmió en el vestidor?
El señor Cooper la miró fijamente durante unos instantes, tratando de averiguar por qué quería saberlo. Tras un breve silencio, le respondió:
—Sí, así fue. Quería que Emily se divirtiera. Era su primer baile y deseaba que se quedara todo el tiempo que se le antojara.
—Entonces, no la vio entrar esa noche, ¿verdad?
—¿Qué? Eh..., no.
—De modo que ella tampoco lo vio a usted. —La miraron confundidos—. Ninguno de los dos tiene una coartada válida para la hora en que asesinaron a la señora Blackwood.
El semblante de confusión del señor Cooper se vio reemplazado por una mirada cautelosa.
—¿Por qué demonios necesitaríamos coartadas? ¡Si apenas la conocíamos!
—Eso no es del todo cierto, ¿verdad? —preguntó la presidenta con un hilo de voz mirando a la señora Cooper.
Se hizo el silencio mientras las mujeres se miraban entre sí. La señora MacBain le entregó a la señora Cooper un trozo de papel doblado y el pasaporte canadiense de la señora Blackwood.
—¿Le gustaría decírselo? Supongo que él no lo sabe.
El señor Cooper las miró a ambas confundido.
—Decirme ¿qué? ¿Qué pasa aquí? —La señora Cooper se quedó observando el papel durante unos largos instantes y luego miró a su marido hecha un mar de lágrimas.
—¿Qué es eso? —preguntó él con cierta brusquedad.
—Es un telegrama de la embajada canadiense. —La señora Cooper miró a su marido con remordimiento—. Dice que la señora Blackwood era mi abuela.
—Pero me dijiste que no tenías familia. —Desconcertado, el señor Cooper luchaba contra sus emociones—. Dijiste que creciste en un orfanato.
—En un convento. No es lo mismo.
—¿Nunca conoció la identidad de su familia? —preguntó la señora MacBain.
—A mi madre la enviaron al convento como castigo por quedarse embarazada de mí. Y allí me crio. Así que la conocía a ella, pero a nadie más. Hasta que llegamos aquí.
—¿Cómo conoció a la señora Blackwood...?
—No la conocí, al menos al principio. Por eso me evitaba como a la peste a pesar de mis esfuerzos por hacerme amiga suya.
—Los dolores de cabeza —murmuró la presidenta.
—Y entonces, una noche, la oí decirle a su sobrino que se iban a marchar de Loch Down después del baile.
Cedí al pánico. Consciente de que sería mi última oportunidad para averiguarlo, le envié una nota pidiéndole que nos reuniéramos.
No recibí respuesta, así que pensé en abordarla en el baile, pero no asistió.
O eso creía yo, porque entonces vimos a su sobrino salir de aquella sala. ¿Lo recuerda?
—Oh, sí. Me acuerdo —jadeó la señora MacBain.
—Y pensé que, si él estaba allí, ella no andaría lejos.
Porque nunca se separaban, ya sabe. Le di a usted las buenas noches, pero no me fui a dormir.
Volví a hurtadillas y escuché detrás de la puerta.
Oí una voz de mujer, así que salí al jardín para asegurarme de que era ella.
En efecto, lo era. Como la vi hablando con lord Inverkillen, esperé y, cuando él se marchó, ella se quedó allí sentada, en espera de algo, así que entré por las cristaleras.
—Fue su última visita.
Ella asintió.
—Parecía como si me estuviera esperando.
—Cuéntenos qué pasó cuando entró en la sala.