Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) TRES DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO
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TRES DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO

TRES DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO

La señora MacBain llamó con suavidad a la puerta de la habitación de Lawrence Parker, con la esperanza de intercambiar unas palabras con él.

Era temprano y no estaba segura de a qué hora solía levantarse.

Esperó un momento y se dio la vuelta para marcharse, pero cuando apenas hubo avanzado tres pasos, oyó que se abría la puerta.

—¿Señora MacBain? —preguntó una voz todavía un poco adormilada.

—Oh, señor Parker, siento haberlo despertado. Debería haber venido más tarde.

—No se preocupe. Pase. —Se apartó y le abrió la puerta. Llevaba puestos una camisa y unos pantalones, pero tenía los pies descalzos—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Ayer estuve en la habitación de la señora Blackwood y me di cuenta de que falta una de sus piezas de equipaje. El coronel ha desaparecido y me preguntaba...

—¿Qué pieza? —saltó él ojiplático—. ¿El baúl grande o la maletita?

—El baúl sigue ahí, pero no he encontrado la maleta.

Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro y se rio entre dientes.

—Claro que sí. Vaya cabrón... ¡Perdón! Bueno, se merece todo lo malo que le pase.

—¿Usted, por casualidad, sabe qué contenía la maleta? —preguntó ella, expectante.

—Eh..., sus ganancias y el dinero del chantaje. —Hizo una pausa como si hubiera algo más pero no quisiera revelarlo.

—Señor Parker —le instó ella—, ¿había algo más?

Él asintió lentamente.

—Turba.

—¿Turba? —repitió ella—. ¿Para la chimenea? ¿Por qué no la puso en la cesta de leña?

—No era para la chimenea. —Se retorció incómodo y se sentó en una silla junto a la ventana, con los codos sobre las rodillas.

La señora MacBain no estaba segura de los vericuetos que tomaba el relato, pero asintió—.

Después de enterarme de lo de mi esposa, solo podía pensar en vengarme de la vieja.

En realidad, el rubí era lo único que podía quitarle, pero a la mañana siguiente de mi llegada, fui a esa visita a la destilería, la que dirigía lord Inverkillen, ¿verdad?

Y me di cuenta de que podía perjudicarla de una forma que ella nunca sospecharía.

La presidenta sintió que se le entumecían los pies. Albergaba el convencimiento de que iba a escuchar algo terrible.

—La turba que usan para alimentar el fuego de la destilería..., bueno..., se parece mucho al opio.

Un zumbido llenó sus oídos.

—¿Está diciendo que la señora Blackwood trajo una maleta llena de opio?

—Sí, para cebar a sus parroquianos y someter a las chicas.

La señora MacBain se estremeció.

—¿Y qué hizo exactamente con ese opio? —preguntó con una desagradable sensación en el estómago.

—No sabía cómo deshacerme de él de forma segura, así que lo llevé al almacén de turba, lo desenvolví y lo restregué con tierra, y lo guardé allí.

—¿Está en el almacén de turba? —preguntó indignada—. ¿Cómo puede ser tan imprudente? ¿Y si lo utilizan?

—Está en la parte de atrás, tardarán mucho en llegar a esa zona. Habré encontrado la manera de destruirlo antes de que se acerquen.

La señora MacBain se quedó sin palabras. Se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro, tremendamente agitada. ¿Qué habían hecho para merecer tanto caos y maldad?

—Bien, haremos lo siguiente: voy a llamar a la policía y usted los ayudará a buscar el opio en el almacén de turba. Con suerte, si lo entrega, no tendrá ningún problema. ¿Sabe cuánto hay?

—Sí, once bloques.

—Dios mío. Voy a llamar a Jarvis ahora mismo. Vístase y vaya a la destilería enseguida. ¿Me está oyendo? ¡Ya!

El señor Parker asintió con docilidad y la señora MacBain se alejó tan rápido como le permitieron sus piernas.

Acababa de llegar a la armería y rezaba para que el inspector estuviera en su despacho cuando una voz la llamó.

—¡Señora MacBain, qué alegría verla! —Era el médico—. Busco a Jarvis. Me han dicho que estaba aquí y traigo el informe toxicológico de Hugh. Les dije que guardaba relación con la muerte de la señora Blackwood y les pedí que lo agilizaran.

Agitó un expediente en el aire, satisfecho con su subterfugio.

—¿Y bien? —espetó ella. Le arrebató el expediente de las manos, lo que le provocó un corte con el papel.

El médico se quedó sorprendido. Se preguntó por qué estaría de tan mal humor.

—Dios mío. —Ella lo agarró del brazo—. ¡Venga conmigo!

Antes de que él pudiera procesar lo que ella había dicho, la presidenta había atravesado una puerta oculta en dirección a las cocinas.

El médico la siguió, curioso por saber adónde iban.

Fue directa a la entrada de servicio y se dirigió al patio lateral sin aflojar el paso.

Se giró para ver si él la seguía y, satisfecha de que así fuera, se adentró en un sendero que atravesaba el bosque.

Después de lo que al doctor le parecieron kilómetros, pero que en realidad solo fue un trayecto de varios minutos, la perdió de vista tras una curva.

Se inclinó y apoyó las manos en las rodillas.

Notó un intenso dolor en el costado, pero siguió adelante, sujetándose la cintura y haciendo todo lo posible por respirar hondo.

—¡Ross! ¿Dónde estás? —El médico podía oírla gritar delante de él, y eso lo animó a seguir adelante.

Cuando al fin la alcanzó, ella estaba en el patio de la destilería, gritando el nombre de Ross y paralizando toda la actividad.

—¿Dónde está Ross?

Los trabajadores de la destilería le señalaron la puerta del despacho, ojipláticos por el barullo que estaba montando.

Ross apareció un momento después, con aspecto confundido y alarmado.

—¿Alice? ¿Qué pasa?

La presidenta recuperó el aliento.

—Dijiste que Hugh entró en tu almacén de turba, ¿verdad?

—Sí, McAllister encontró una puerta que no conocíamos.

—No fue solo Hugh. El señor Parker también ha estado allí y ha reemplazado unos bloques de turba por otros de opio.

Ross abrió los ojos alarmado.

—Y ahora el médico me acaba de informar de que Hugh murió de una sobredosis masiva de opiáceos. Hugh pensaba que estaba robando turba de tu almacén, pero era opio.

Ross se metió en el despacho sin decir ni mu. Al cabo de un momento, reapareció con una linterna y cruzó el patio a toda prisa, en dirección al almacén de turba.

La señora MacBain le gritó al primer chico que encontró:

—¡Ve a Loch Down Abbey y haz venir al señor Parker! ¡Tráelo, aunque sea a rastras! ¡Y busca a Roddy Jarvis!

Salió corriendo tras Ross mientras el médico le pisaba los talones.

Cuando lo alcanzaron, Ross estaba examinando la turba más cercana a la puerta lateral que McAllister había descubierto. Negaba con la cabeza.

—Yo no veo nada raro.

—Dijo que lo había revolcado en la tierra para que no se notara —le explicó ella tratando de recuperar el aliento.

—Pues lo ha hecho muy bien —dijo Ross, pasando poco a poco la linterna por la pila—, porque no lo encuentro.

—Le he dicho que se vista y que venga directamente. Él es el único que sabe distinguir los bloques.

La espera era angustiosa.

—Quizá pueda olerlo —sugirió el médico—. El aroma del opio es distinto del de la turba.

Ross miró al médico un momento y lo pensó.

—En la cabaña había un olor raro, que me resultaba desconocido. —Se inclinó y olisqueó suavemente en varios sitios—. No, huele a turba.

La señora MacBain chasqueó la lengua sin querer. Siguieron esperando.

—Eh, ¿puedo preguntarle...? —Ross carraspeó—. ¿Qué pasa cuando se toma una sobredosis de opio? ¿Cómo murió Hugh?

El médico entonces lo miró con atención y pensó durante unos instantes.

—Bueno —comenzó vacilante—, en farmacología se utiliza como sedante y se sabe que los adictos al opio duermen durante días. De hecho, caería en un sueño profundo. Debió de ser una muerte tranquila y sin dolor.

Curiosamente, la explicación no consoló a la señora MacBain. Pobre Hugh, que había puesto un leño para calentarse y ya no se había vuelto a despertar.

Al cabo de unos minutos, guiados por el muchacho de Ross, Jarvis y Lawrence Parker llegaron al almacén de turba.

—¿Qué es todo esto? —preguntó el inspector, con el rostro enrojecido por el esfuerzo, mirando a la presidenta y al médico. Ella le hizo un gesto al doctor y dijo:

—Tenemos los informes toxicológicos de Hugh DunbarHamilton.

—¡Qué rápido! —exclamó Jarvis.

—Puede que haya exagerado su importancia para meterles prisa. —Hizo una pausa y luego echó los hombros un poco hacia atrás—. Hugh murió de una sobredosis masiva de opiáceos.

La señora MacBain miró directamente al señor Parker, cuyos ojos saltaban del médico al almacén de turba y viceversa. Palideció justo antes de que sus rodillas se doblaran. Jarvis lo agarró del brazo y lo sujetó.

—¿Qué me estoy perdiendo? —preguntó el inspector con voz ronca.

—La señora Blackwood llevaba su maleta pequeña llena de opio. —Entró por la puerta del almacén de turba—. El señor Parker cambió unos bloques de droga por otros de turba. Pero Hugh entró y se llevó un bloque de opio pensando que era turba. Se lo llevó a la cabaña, lo prendió y se acostó.

—Y murió —remató Jarvis con un hilo de voz—. Pobre desgraciado.

—¡Intentaba que nadie lo tomara! —gritó Lawrence—. No quería que esa mujer le arruinase la vida a nadie más.

La presidenta dio un profundo suspiro y lo miró con gesto triste.

—Sé que albergaba buenas intenciones, pero ha sido imprudente a más no poder.

—¿Cuáles de estos bloques son de opio? —preguntó Ross—. ¿Cómo los destruyo sin matar a nadie más?

Jarvis levantó la mano.

—Los necesitaré como prueba. Bien, señor Blackwood, o quienquiera que sea, ¿cuáles son los suyos?

La señora MacBain dio un paso atrás y lo observó revisar la pila. Se preguntó si los encontrarían todos.

—Quemaré toda la pila cuando haya terminado. No se preocupe —la tranquilizó Ross, mientras se acercaba a él en silencio.

—¿Puedes hacerme un favor? Reúne a los Inverkillen. Vamos a darles la noticia en privado, por ejemplo, en la salita de día.

Ross asintió y la vio alejarse.

—¿Adónde va?

—Al pabellón de tenis. Antes que a los demás, tengo que decírselo a Angus.

Ross hizo lo que le pidieron y reunió a la familia en la antigua salita de día. No se habían reunido en esa estancia desde el día en que Loch Down Abbey salió a subasta, unos tres años antes. Había sido una tarde explosiva.

Unos impacientes y otros aburridos, se sentaron a esperar que llegara la señora MacBain.

Solo faltaba Angus. Fergus caminaba lentamente de un lado a otro detrás del sofá, sin saber muy bien por qué la presidenta había convocado a toda la familia, pero, dada la actitud de Ross, no esperaba buenas noticias.

Lady Georgina y Bella se sentaron en los sofás junto a la chimenea, y Elspeth, en el asiento de la ventana, algo que nunca había hecho, ya que siempre había sido el dominio de Iris.

Tenía que admitir que las vistas del jardín eran preciosas.

Ross intentaba llamar su atención, en vano, pues había demasiados ojos en la sala.

Al cabo de un cuarto de hora, lady Georgina rompió el silencio:

—¿Tomamos al menos un té mientras esperamos?

Bella se levantó y tiró de la cuerda para llamar a los sirvientes. «¡El personal!», se recordó a sí misma.

Al cabo de unos instantes, entró un camarero y recibió la orden. Siguieron esperando. Cecil, que había estado hojeando una antología poética, se acercó al piano y tocó una sencilla sonata.

Llegó el té e intentaron disfrutarlo, pero, sin saber por qué estaban allí ni durante cuánto tiempo, les resultaba difícil. Al fin, ya con el té frío, lady Georgina estalló:

—¡Exijo que nos diga de qué se trata, Ross! No puedo quedarme aquí todo el día. Tengo cosas que hacer, como bien sabe.

—Lo siento, lady Georgina. Yo soy un mandado. Estoy seguro de que la señora MacBain no tardará.

—¿Y dónde está Angus? ¿Por qué no está aquí? —continuó ella como si no lo hubiera escuchado—. ¿Alguien lo ha visto hoy?

Hubo murmullos de negación y lady Georgina suspiró. Cecil comenzó a tocar una pieza de Sibelius.

Cuando el reloj dio la media hora, la puerta se abrió y la señora MacBain entró por fin en la sala.

—Siento haberlos hecho esperar tanto. Estaba con Angus, contándole lo que ahora les explicaré a ustedes.

Miró a su alrededor, se dirigió a la chimenea y allí se quedó. Odiaba verse obligada a anunciar la noticia otra vez, pero debía hacerlo, o de lo contrario los rumores colmarían ese vacío.

—El médico ha venido esta tarde con noticias sobre cómo murió Hugh: sufrió una sobredosis masiva de opio.

Esperaba que prorrumpieran en gritos, pero se quedaron en silencio. La confusión nublaba sus rostros.

—La señora Blackwood vino a Inglaterra para abrir su nuevo negocio.

Sabemos que necesitaba el rubí para comprar el edificio a tal efecto y que chantajeaba a la gente para conseguir fondos.

También sabemos que el señor Parker solo deseaba frustrar sus planes e impedir que se hiciera con el rubí.

Sin embargo, también tramó otra venganza.

La difunta señora trajo consigo una maleta llena de opio y él se lo robó y lo reemplazó por turba del almacén de la destilería.

Hizo una pausa para ver si la seguían. Todo el mundo parecía atónito.

—Bien, la relación de Hugh con todo esto es muy sencilla.

Entró en el almacén de la destilería y cogió un bloque de lo que creía que era turba, pero que en realidad era opio.

Lo encendió en la cabaña y se fue a la cama.

Según el médico, fue una muerte muy tranquila.

El opio es un sedante, así que simplemente se debió de quedar dormido y ya no despertó.

En la sala reinaba un silencio que solo rompía el tictac del reloj.

—Pobre Hugh —murmuró Elspeth.

—¡Lo mataré! —Bella se levantó de un salto y corrió hacia la puerta. Ross la agarró por los hombros y la sujetó mientras ella se resistía.

—¡Bella! No digas esas cosas. ¿Matar a quién? —exclamaron los Inverkillen al unísono.

—¡Al señor Blackwood o como se llame! Ha destruido todo lo que ha tocado: mi doncella, mis joyas y mi futuro. Y ahora, a Hugh. A mi adorado y estúpido Hugh. ¿Qué van a hacer mis hijos sin padre? —Las lágrimas le corrían por la cara.

Nadie esperaba que reaccionara con tanta emoción. Ross la guio con delicadeza hasta el sofá y Elspeth se acercó para abrazarla por los hombros.

—¿Qué le va a pasar? —preguntó Fergus—. Al señor Blackwood, o sea, al señor Parker.

—No estoy segura. Jarvis se lo ha llevado a la comisaría. Ha sido un accidente, pero un hombre ha muerto por su culpa. Tendrá que responder por ello.

Un murmullo de aprobación se extendió rápidamente por la sala.

—Qué pena que haya acabado así —dijo lady Georgina—. Siempre me gustaron los Dunbar-Hamilton.

Todos los presentes se volvieron para mirarla.

—¿Qué? No tiene sentido criticar a los muertos. A los vivos ya es otra historia.