DOS DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO #3
Cecil cerró los ojos para concentrarse, tratando de recordar la velada.
Los lacayos habían sido muy educados cuando el reloj dio las cinco.
Había una mesa que quería terminar una partida.
El comandante se dirigió al patio, donde dos o tres caballeros fumaban.
Cuando terminó la partida, los lacayos sacaron a todo el mundo de la sala, como si fueran batidores en una cacería, y luego cerraron las puertas tras ellos.
Cuando regresó, la estancia estaba vacía.
Pero entonces el sonido de la puerta llamó su atención. ¿Qué había visto?
—Un vestido. Sin duda, un vestido.
—¿De qué color?
Entrecerró los ojos, como si quisiera atisbar algo en lontananza.
—Era claro. Quizá blanco, o tal vez gris claro. —Se desplomó y negó con la cabeza—. No puedo decirlo con certeza. Pero era un vestido. No me acuerdo de más.
Ella asintió, con la mente a mil por hora.
—¿A qué hora fue eso?
Cecil se lo pensó un momento.
—Recuerdo que el reloj dio la media hora.
La señora MacBain se recostó.
—Bueno, esa información es muy útil, comandante.
La presidenta se despidió y regresó a su despacho en la planta del servicio. Debía encontrar a Jarvis para explicarle que se confirmaba la celebración de un misterioso encuentro, como les había contado el señor Parker. Y había sido con una mujer.
Lo encontró en su despacho, disfrutando de una taza de té y de su último ejemplar de la revista The Lady .
—Aquí está, gracias a Dios —exclamó ella, genuinamente aliviada de verlo.
—He hablado con los lacayos —dijo él—. Después de que la banda dejara de tocar, muchas mesas se vaciaron, por lo que hubo mucho movimiento en la sala.
La gente charlaba y se marchaba, y se formaron nuevas mesas.
Doce o quince hombres se quedaron para jugar a las cartas.
Nadie se fijó en el coronel en particular.
Pero estaba allí cuando fueron a barrer a las cinco.
Ella asintió con aire satisfecho. No dejaba de sonreír. Resultaba un poco inquietante. Jarvis empezó a sentir como si el suelo se le escapara bajo los pies.
—¿Qué pasa? —preguntó él con voz ronca.
Ella dudó, consciente de que le iba a costar aceptarlo.
—Podemos descartar al coronel como sospechoso. Tiene coartada.
Jarvis dejó la taza de té con brusquedad sobre la revista.
—¿Qué? ¿Quién da fe de ello? —preguntó.
—El comandante. —Reprodujo su conversación con Cecil y terminó con un gran suspiro.
El inspector hizo un ruido de disgusto.
—Así que, tras dos largos días de investigación, no tenemos ningún sospechoso y sí una reunión de madrugada con una mujer misteriosa.
—Sí.
—Bueno —repuso tras una larga pausa—, en mi opinión, la visión de la falda solo significa una cosa: que tenemos que volver a investigar a lady Annabella. Es la única mujer que conocía a la señora Blackwood.
—Pero el vestido de lady Annabella era azul oscuro. Es imposible que lo confundiera con uno blanco o gris claro.
—¿Y si era una bata?
La señora MacBain negó con la cabeza. Bella seguía llevando la bata de Sadie, que era de tartán rojo.
—No pudo ser lady Annabella.
—La señora Blackwood chantajeaba a varias mujeres. Quizá estaba entre ellas. —Jarvis se aferraba a un clavo ardiendo y, a esas alturas, le quedaban muy pocos—. Deberíamos registrar con mucha atención las habitaciones de todas las personas de la lista.
—Ya se lo he pedido a Sadie, pero no ha encontrado nada.
Se quedaron en silencio durante unos instantes. El inspector sorbió su té, lo que le provocó a la presidenta un leve escalofrío.
—Y, para colmo..., el coronel se ha fugado.
—¡¿Qué?! —gritó tan fuerte que asustó a una camarera que pasaba por la puerta, lo que provocó que se cayera una salsera de plata con el consiguiente estruendo. La presidenta fue a cerrar la puerta del despacho y volvió a sentarse.
—¿Cómo que se ha fugado? ¡Tenemos hombres apostados! ¡Y usted también!
La señora MacBain no estaba muy segura de querer contarle a Roddy Jarvis lo de los túneles secretos de Loch Down Abbey. No era lo que se dice muy discreto y, si se enteraba, todo el pueblo lo sabría antes del anochecer. Pero ¿cómo explicárselo si no?
—El comandante y yo acabamos de estar en su habitación y lo que es evidente es que se ha marchado, y además a toda prisa.
—¿O sea, que tiene el rubí? —preguntó el inspector.
—Eso no lo sé. Pero estoy segura de que desapareció anoche, antes de que nadie pudiera acusarlo de asesinato. —Se sentó y lo miró fijamente. Sin pensarlo, se preparó una taza de té. No era la mejor manera de empezar el día, pero las había peores.
—Señora MacBain, ¿podemos hablar?
Era tarde e Imogen acababa de terminar su jornada laboral. Lucía un semblante de lo más satisfecho.
La presidenta le dedicó una sonrisa cómplice.
—Por supuesto. Entremos aquí, ¿le parece?
Se dirigieron a la sala serbal. Tras cerrar la puerta que daba al bullicio de la armería, la señora MacBain miró a Imogen con aire expectante.
—Este es auténtico —dijo Imogen mientras levantaba un pasaporte y se lo entregaba.
—¿Está segura? —preguntó la presidenta sin aliento, mirando la portada.
—Totalmente. El pasaporte británico es sin duda una falsificación. Al enterarme, llamé a la Oficina General del Registro Civil y pregunté también por los certificados de nacimiento y las licencias de matrimonio. No consta ninguna Fenella Blackwood en todo el Reino Unido.
—Bien hecho, querida. —Sonrió radiante a Imogen. Al abrir los pasaportes, una leve sospecha surgió en lo más profundo de su ser—. ¿Puedo pedirle otro favor? —Le entregó a Imogen el pasaporte auténtico.
—Ya estoy en ello —sonrió Imogen, notoriamente satisfecha con su labor.