Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) DOS DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO #2
88%

DOS DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO #2

—Debo hablar con el coronel y, para serle sincera, me siento más segura si acudo acompañada —dijo ella con aire enigmático.

—¿Más segura? —Cecil la miró confundido—. Yo no diría que es peligroso. Descuidado, sin duda, pero no es de los que le harían daño a una dama. —Se detuvo y la miró con semblante serio. Acababa de producirse un asesinato—. ¿O sí?

—Teniendo en cuenta que empujó a la doncella de Bella por las escaleras, que le rompió una costilla y amenazó con matarla, yo diría que sí, que es precisamente uno de esos.

Cecil asimiló la información, asintió con brusquedad y siguió caminando.

Cuando al fin llegaron a la habitación del coronel, la señora MacBain llamó a la puerta sin dilación y esperó, conteniendo la respiración.

Miró a ambos lados del pasillo y volvió a llamar.

No hubo respuesta. Cecil empuñó el picaporte y la puerta se abrió.

Entró con cautela, dejó la puerta abierta, y miró a su alrededor.

—Parece que no hay nadie —dijo por fin, apartándose para dejarla entrar.

En efecto, la habitación estaba vacía. Y no solo eso: saltaba a la vista que la habían desocupado a toda prisa. Las puertas del armario estaban abiertas, y su interior, vacío. Al abrir los cajones de la cómoda, la señora MacBain solo halló el papel de forro del fondo y bolsitas de lavanda.

Cecil echó un vistazo al cuarto de baño y negó lentamente con la cabeza.

—Pues se ha ido. Y ha arramblado con los artículos de aseo. ¡Dios mío! Creo que se ha llevado hasta el papel higiénico.

Cecil chasqueó la lengua en señal de disgusto. La mala educación se manifestaba de las maneras más extrañas.

La señora MacBain se sentó en la cama y soltó una maldición por lo bajini.

«¿Cuánto hace que se ha ido? —se preguntó—.

¿Y cómo ha podido desaparecer sin que nadie se diera cuenta?

». Era un hombre estrepitoso cuya presencia se dejaba oír mucho antes de aparecer a la vista. ¿Cómo había conseguido esfumarse?

—Supongo que no se habían percatado de que se había ido —dijo Cecil abriendo el armario y asomándose, como si el coronel estuviera escondido tras una percha.

—No. Ayer hablamos con él varias veces. —De repente recordó lo evasivo que se había mostrado la segunda vez que lo visitó junto con Jarvis. Estaba claro que lo habían pillado haciendo las maletas—. Tenía que decirle que a Edmund lo han declarado muerto.

Cecil profirió un gritito ahogado.

—Bella recibió el telegrama esta mañana. Y quería que el coronel lo supiera, porque de ese modo la doncella de Bella quedaría a salvo.

Cecil trató de comprender la lógica del asunto, pero se le escapaba. Resultaba evidente que la presidenta sabía cosas que él ignoraba. Por otra parte, ella siempre sabía más que nadie sobre lo que estaba pasando, así que no le dio más vueltas.

—¿Y ahora qué? —preguntó sin quitarle ojo.

—Tendremos que decírselo a Jarvis. No le va a hacer gracia. El coronel es nuestro principal sospechoso de la muerte de la señora Blackwood.

Cecil levantó la cabeza de golpe, sorprendido y asombrado.

—¿El coronel? ¿Él mató a la señora Blackwood? Pero ¿por qué?

La señora MacBain se levantó sin prisas y se dirigió a la puerta.

—Tenemos una teoría que implica un chantaje, pero carecemos de la menor prueba.

—¿Entiendo que a usted no le cuadra?

—No estoy segura —contestó ella mirándolo pensativa—. Hay algo que se nos escapa, pero, por más vueltas que le doy, no caigo. Aparte del bastón.

—¿El bastón?

—Ha desaparecido. Creo que quien mató a la señora Blackwood se llevó su bastón.

—Entonces, ¿cree que, si encontramos el bastón, hallaremos al asesino?

—Quizá. Hemos registrado las habitaciones de todas las personas a quienes sabemos que chantajeaba y no hemos encontrado nada. Ha sido muy frustrante.

Por un momento, Cecil dudó si ella sabía lo de Angus. Sin embargo, no sabía cómo preguntárselo sin implicar aún más a su sobrino, por lo que se limitó a guardar silencio.

Salieron al pasillo y se quedaron allí, mirando el trasiego de gente.

La presidenta levantó la vista y contempló el gran retrato que colgaba de la pared frente a la puerta del coronel.

Era Carlos Eduardo Estuardo, el pretendiente jacobita al trono británico, vestido de mujer y escoltado hacia la libertad por su simpatizante Flora MacDonald.

Cecil se colocó a su lado. Siguiendo su mirada, por fin comentó:

—Vaya cuadro espantoso, ¿verdad? Nunca me ha gustado. Los colores...

—El coronel también debe de haberse fugado al extranjero.

—Creía que la policía hacía guardia en las puertas. Seguro que lo atraparán. O quizá emprenderán una búsqueda.

La señora MacBain negó con la cabeza.

—No sé de cuántos hombres dispondrá Jarvis.

Ya van bastante sobrepasados. —Se dio la vuelta para marcharse, pero su mirada se posó en el marco plateado.

¿Eran figuraciones suyas o el lado izquierdo estaba separado de la pared?

Cruzó el pasillo y lo tocó. Se movió. Casi se le escapa un gritito.

Miraron a su alrededor y comprobaron que estaban solos.

La presidenta agarró el marco, tiró de él y se abrió, revelando un angosto túnel—.

¿Cómo lo sabía el coronel? —exclamó mientras se asomaba.

Cecil se quedó boquiabierto y entonces le vino un fugaz recuerdo.

Fue la noche en que él, el señor Rosenthal y el coronel fueron a Thistledown Cottage para jugar a las cartas con Angus. Era tarde y se habían bebido hasta el agua de los floreros.

— Déjeme preguntarle algo —balbuceó el señor Rosenthal—: ¿de verdad hay pasadizos secretos en estas casas antiguas? ¿O solo son invenciones de las novelas baratas ?

— ¿Pasadizos secretos? —preguntó el coronel, luchando por colocar su carta en el centro de la mesa. Cerró un ojo y dejó caer el diez de picas .

— Agujeros del cura —respondió Angus—. Se refiere a los escondrijos donde se ocultaban los sacerdotes católicos en tiempos de persecución. Sí, sí que existen .

— En Loch Down Abbey hay un montón —terció Cecil mientras lanzaba su carta a ver si había suerte, pero se le resbaló y se le cayó al suelo—. Mañana se los enseño, si quiere .

— Fascinante —dijo el señor Rosenthal antes de volcar su vaso y derramar el whisky sobre las cartas—. Vaya .

—No tengo ni idea —dijo Cecil mientras volvía al presente—. Será mejor que lo cerremos antes de que aparezca alguien.

Volvieron a colocar el cuadro en su sitio y la señora MacBain le lanzó una mirada de reproche a Carlos Eduardo Estuardo antes de marcharse.

Regresaron a la armería en silencio. Cuando llegaron al pie de las escaleras, la presidenta se despidió de Cecil.

—Un momento, señora MacBain. ¿Me permite? —El comandante se aclaró la garganta con aire nervioso—. Por más que deteste ayudar a quien ha hecho daño a una mujer indefensa, considero mi deber decirle que el coronel tiene coartada.

Al verla levantar la cabeza de golpe, Cecil comprendió que su comentario la había perturbado.

—¿Cómo dice? ¿De verdad? —Volvió a agarrarlo del brazo y lo arrastró hacia la sala serbal. Una vez dentro, cerró la puerta con brusquedad antes de volverse hacia él. Le lanzó una astuta mirada—. Explíqueme esa coartada.

—Bueno, de hecho, estuvo en la mesa de juego toda la noche —Cecil se encogió de hombros en señal de disculpa.

—Ya sabemos que el coronel estuvo jugando a las cartas durante el baile. Lo que necesitamos dilucidar es si salió de la sala después de que la banda terminara de tocar.

Cecil pareció sorprendido.

—Estoy seguro de que no lo hizo. Un hombre tan ruidoso siempre llama la atención.

—Es un dato crucial, comandante —lo acució ella—. Debe tener la total certeza. No hay margen para el error, así que, por favor, tómese un momento para pensar.

Cecil se concentró.

—Estaba a dos mesas de distancia cuando la banda dejó de tocar.

La mayoría de quienes estaban en la mía se retiraron a sus aposentos, así que aproveché para estirar las piernas.

Entonces, me acompañó a la terraza para fumar un cigarro.

Cuando volvimos, se sentó en su mesa, la mayoría de sus compañeros regresaron y yo me senté a unas tres mesas de distancia.

No obstante, permaneció en mi campo de visión la mayor parte de la noche.

Sí que se murmuró algunas excusas al retirarse lord Ruthven, debió de ser sobre las cuatro o las cuatro y cuarto, pero no tardó mucho, apenas lo suficiente para ir al baño o tomar un whisky rápido.

—¿Y no recuerda que se marchara en ningún otro momento de la noche?

Cecil pensó durante unos instantes.

—No. —Negó con la cabeza—. Me temo que no.

—¿Está completamente seguro? ¿No hay posibilidad de que se equivoque?

Lo pensó un momento.

—No lo vi levantarse de la mesa hasta que los lacayos nos echaron con el canto del gallo. Lo siento, señora MacBain. Estaba en mi campo de visión y lo habría visto si se hubiera levantado de la mesa.

La presidenta se recostó y soltó un suspiro de frustración.

—Pero, ahora que lo pienso —dijo él con parsimonia—, sí que pasó algo. En ese momento no le di importancia.

La señora MacBain se enderezó; era toda oídos.

—Había olvidado mi pitillera en la mesa y volví a por ella. Para entonces, la sala estaba vacía, incluso se habían retirado los lacayos.

—¿A qué hora fue? —preguntó ella con apremio.

—Sobre las cinco y cuarto, diría yo. Casi había llegado al pasadizo de piedra cuando me di cuenta de que no la llevaba.

La presidenta asintió mientras visualizaba el camino desde el ala del salón de baile hasta la casa principal. Estaban conectados por un túnel excavado en un antiguo muro de piedra. El trayecto debía de durar unos tres o cuatro minutos a pie.

—Continúe.

—Bueno, justo cuando me la estaba guardando en el bolsillo, oí algo. Levanté la vista y vi algo moverse: una tela que desapareció por la escalera del servicio.

La señora MacBain inhaló bruscamente.

—¿Hombre o mujer?