Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) DOS DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO
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DOS DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO

DOS DÍAS DESPUÉS DEL ASESINATO

Jarvis regresó al día siguiente. Estaban en el despacho de ella, hablando de las dos muertes.

—A la señora Blackwood la apuñalaron con un objeto fino, largo y muy afilado. Era de doble filo, eso sí, de modo que no fue un sgian dubh . La muerte se produjo entre la medianoche y las seis de la mañana, como ya sabíamos.

La señora MacBain asintió, pero no dijo nada.

—Hugh Dunbar-Hamilton falleció hace entre doce y veinticuatro horas, y no hay signos evidentes de la causa de la muerte. Hemos enviado unas muestras para que las analicen y deberían estar listas en un par de días. —Se movió en su silla—. ¿Qué ha averiguado?

La presidenta lo miró.

—Sé que no ha estado aquí sentada haciendo punto.

Ella dio un profundo suspiro y respondió:

—Un lacayo encontró la llave de la biblioteca menor. Estaba en un cubo de incendios cerca de la puerta de paño más cercana a la biblioteca. —Abrió el cajón de su escritorio y se la entregó, todavía envuelta en el pañuelo de Hudson—. Del bastón, ni rastro.

Se quedaron en silencio mientras decidían por dónde continuar.

—Me gustaría hablar con los lacayos que estaban en la sala del roble la noche del baile. Si el coronel estuvo allí jugando hasta el amanecer, como afirma, no pudo haberla asesinado.

Jarvis, sin embargo, aún no estaba dispuesto a descartarlo como sospechoso.

—¿Y si —comenzó lentamente— salió a fumar un cigarro cuando terminó la banda y se coló en la biblioteca en medio del alboroto?

Podría haber salido al jardín, volver a su habitación, cambiarse de ropa y regresar antes de que se apagara el bullicio de las despedidas.

Si alguien le hubiese preguntado dónde había ido, habría respondido que fumando y charlando.

—Jarvis parecía satisfecho consigo mismo.

—Se olvida de que las puertas del jardín solo se cierran desde dentro.

El misterio no es cómo entró el asesino en la sala, sino cómo salió sin ser visto.

Necesitamos saber quién fue la última persona con quien se reunió la señora Blackwood entre las tres y las tres y media, cuando comenzó todo el alboroto de las despedidas.

—Entonces, tal vez fuera el señor Blackwood, perdón, el señor Parker.

Podría o bien haber dado media vuelta entre la multitud, o bien escabullirse y entrar por el jardín.

Lady Elspeth dijo que siempre andaba fuera, rondando por lugares extraños.

Tal vez se estaba familiarizando con el edificio y la finca para poder escapar.

Sin dejar de mirar a Jarvis, la señora MacBain le dio mil vueltas a esa posibilidad.

Ya la habían valorado, pero ninguno de los dos encontraba un motivo para que el señor Parker quisiera matar a la señora Blackwood.

Si lo que les había dicho era cierto, la prefería viva para verla sufrir, no muerta.

«El hecho de que no veamos un móvil —se dijo— no significa que no lo haya. Pero ¿cómo lo encontramos?».

Nada más llegar Fergus a Loch Down Abbey esa mañana, llamó a Lawlis y le explicó por teléfono todo lo que pudo sobre la situación de Bella.

—No es mi especialidad, como comprenderá. No soy asesor financiero, sino abogado —dijo nervioso. Después de haber tratado con los Inverkillen durante décadas, sabía lo intrincados que eran sus asuntos económicos.

—Ya lo sé —respondió Fergus con bastante sensatez—, pero tengo la sensación de que vamos a necesitar a alguien con conocimientos jurídicos para llegar al fondo del asunto. Al parecer, Bella no sabe nada sobre sus bancos e inversiones y me preguntaba si usted podría ayudarnos.

Lawlis colgó y emitió un profundo suspiro.

«Es como buscar una aguja en un pajar —pensó—, sin saber siquiera si hay una aguja... ni un pajar».

Cuando el inspector y la señora MacBain entraron en la armería, Thompson le hizo señas a la presidenta para que se acercara. Ya junto al mostrador, aminoró el paso al ver que le entregaba un telegrama con ribete negro.

Lo tomó, leyó el nombre y dejó escapar un profundo suspiro.

—Busque a alguien de la familia —le indicó la señora MacBain a Jarvis—.

Pero no a Angus. Busque a Fergus o a lady Elspeth y dígales que vengan lo antes posible.

—Se acercó a Jarvis—. Tengo que ocuparme de esto.

Me temo que tendrá que hablar con los lacayos usted mismo.

Hudson debería estar en la salita de día. Pídale que los convoque.

Al cabo de diez minutos, la presidenta llamó a la puerta de Bella.

—Adelante —dijo una voz.

Accedió a la habitación y vio a Bella sentada en el sofá, escribiendo cartas en un escritorio de campaña. Levantó la vista y dijo a la defensiva:

—No me he ido, los lacayos me han traído esto. Ella está perfectamente. —La presidenta se acercó despacio y se sentó frente a Bella—. Tiene un aspecto horrible, señora MacBain. ¿Qué ha pasado?

Sacó el telegrama del bolsillo de su falda y se lo entregó a Bella, que lo miró, pero no hizo ningún gesto para cogerlo.

—No puedo —dijo con voz ronca—. Léamelo usted.

La señora MacBain abrió el telegrama y se apresuró a leerlo. Miró a Bella y comenzó a leer:

—Lamentamos informar sir Edmund Martin desaparecido. Presunto fallecimiento.

—¿Qué significa eso? —preguntó Bella hecha un mar de lágrimas—. No lo entiendo. ¿Han dejado de buscarlo? ¿Y si sencillamente está en algún hospital?

—No estoy segura, Bella.

Agarró el telegrama, se levantó de un salto y echó a correr hacia la puerta. «Oh, no», se lamentó la señora MacBain, y la siguió de inmediato.

Bella abrió la puerta de un tirón y sin llamar. En dos zancadas se plantó en la habitación de la señorita Wen y le lanzó el telegrama. Esta, a su vez, parecía sorprendida y se acurrucó acobardada en la esquina de su cama de forma que casi se cayó por el otro lado.

—¿Qué significa esto? —preguntó Bella, mostrándole el telegrama.

La señorita Wen tomó el telegrama y lo leyó a toda prisa. Un débil «ay, Señor» escapó de sus labios.

—¿Y bien?

Miró a Bella, luego a la presidenta y, de nuevo, a Bella.

—Significa que no va a volver. —Le devolvió el telegrama a Bella, que se negó a cogerlo.

—¿Cómo demonios lo saben? Podrían estar equivocados, ¿no?

—Lo cierto es que no emiten esto a menos que tengan una certeza razonable.

—¿A qué se refiere con certeza razonable? —preguntó la señora MacBain. Le pareció una expresión extraña.

La lingüista se retorció un poco y miró a Bella.

—En este caso, significa que saben que ha muerto, pero no tienen el cuerpo.

Bella se derrumbó en una silla, con el rostro invadido por la conmoción y la incredulidad.

La señora MacBain volvió a leer el telegrama, que solo constaba de dos líneas.

Lamentamos informar sir Edmund Martin desaparecido. Presunto fallecimiento. Consulado bombardeado 18 agosto. Ningún superviviente.

Bella la miró fijamente.

—Y ahora, ¿qué se supone que debo hacer?

—No lo sé —respondió la señorita Wen con voz hueca.

La señora MacBain observó a la muchacha, que estaba casi tan conmocionada como Bella. Las miró a ambas varias veces. La cabeza le iba a mil por hora.

—Señorita Buen —comenzó despacio, esperando a que la chica la atendiera—, ¿qué ocurrirá ahora respecto al coronel y el informe?

Mai Ling salió de su ensimismamiento, se volvió hacia la presidenta y centró su atención en ella.

—Pues... lo más probable es que no suceda nada. Si Edmund no está para impulsar el informe, no sé quién se haría cargo del caso. Yo no soy lo bastante importante como para que me escuchen, así que los amigos del coronel enterrarán el dosier y le asignarán otro destino.

La señora MacBain se guardó sus pensamientos para sí misma.

Si, en esencia, con la muerte de Edmund quedaban anulados los cargos contra el coronel, este ya no necesitaba el informe.

Ni el rubí. Por tanto, cuando fuera conocedor de la muerte de Edmund, la señorita Wen quedaría a salvo.

Ello no lo eximía de haber golpeado a la chica hasta el extremo de enviarla al hospital, como tampoco significaba que no hubiera matado a la señora Blackwood.

En todo caso, debía comunicarle el fallecimiento de Edmund; con suerte, eso mantendría a salvo a la señorita Wen.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Era Fergus.

—¿Quería verme?

La señora MacBain hizo pasar a Fergus al vestíbulo y lo puso al corriente.

—Creo que Bella se halla en estado de conmoción. No reacciona con normalidad.

En el interior de la estancia, Fergus observó a las dos mujeres, ambas con la mirada perdida.

—Parece que las ha impactado a las dos.

—Sí. La señorita Buen, o sea, la doncella de Bella, era amiga de Edmund desde hacía mucho tiempo. —Fergus abrió los ojos con sorpresa.

—Fueron juntos a Cambridge. Mire, ahora no tengo tiempo para explicárselo todo. Basta con decir que ella habla un inglés perfecto. ¿Puede quedarse con ellas, por favor? Tengo que ir a hablar con el coronel.

Fergus estaba confundido, pero no podía rechazar una petición de la señora MacBain.

—Sí, por supuesto que las acompañaré.

La presidenta se marchó a toda prisa, con la esperanza de encontrar a Jarvis por el camino. A la vista de lo peligroso que había demostrado ser el coronel, no le apetecía permanecer ni un momento a solas con él.

Al pasar por el comedor, estuvo a punto de chocarse con la señora McCready, pero la dama retrocedió con violencia y por poco se cae.

Mientras la señora MacBain se disculpaba y la sujetaba, un brazo galante salió de la nada en ayuda de ambas.

La presidenta se volvió para mirar a su salvador, que, para su sorpresa, resultó que era Cecil.

—¡Señora MacBain! ¿No le enseñó la niñera que no se debe correr dentro de casa? —se escandalizó Cecil con ojos brillantes.

—¡Comandante! ¡Gracias a Dios! Venga conmigo. Mis disculpas, señora... —se excusó mientras salía pitando, agarrando a Cecil por el brazo y arrastrándolo consigo.

—Pero querida, ¿a qué viene tanta prisa? —preguntó él tratando de zafarse. Llevaba un traje nuevo y no quería que se arrugara el tweed —. ¿Adónde vamos?