Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO #5
85%

UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO #5

—Bueno, si el coronel la traicionase, ella siempre podría entregarlo al Ministerio de Asuntos Exteriores. Era testigo de sus negocios y podía declarar en su contra.

—Pero eso la implicaría en numerosos delitos.

—Delitos cometidos en un país extranjero. Ella es una ciudadana particular y no podrían procesarla por ello, pero él, en cambio, es funcionario y se ve sujeto a otras normas.

Jarvis lo pensó y asintió despacio.

—Eso sí es un móvil razonable.

Llegaron a la armería, donde el ambiente se había calmado de forma considerable, aunque lord Ashdown se quejaba a Thompson por algo entre alharacas y con tono amargo. Sin embargo, la señora MacBain no tenía fuerzas para ir a ver de qué se trataba.

—Antes de que se me olvide, quiero hablar con la señora Burnside, y así me entero de quién pidió un huevo pasado por agua para desayunar la mañana en que la señorita Buen se rompió la pierna.

Jarvis la miró como si hubiera perdido la cabeza. «¿Huevos pasados por agua? ¿De qué está hablando?», se extrañó.

—Esa mañana, la señorita Buen puso el rubí en una bandeja de desayuno y, más tarde, la señora Burnside resbaló con un huevo pasado por agua y casi pierde un ojo con la caída.

Apostaría a que la señorita Buen puso el rubí en una huevera y tiró el huevo al suelo.

Voy a averiguar qué desayunos incluían huevos pasados por agua y quizá de ese modo consigamos alguna pista.

Jarvis sacudió la cabeza con asombro. Solo a Alice MacBain se le ocurriría revisar las comandas de desayunos en busca de pistas para hallar una gema desaparecida.

Se dijo que ojalá encontrase algún indicio o, mejor aún, que solo una huésped hubiera pedido huevos pasados por agua aquella mañana.

Sabía que era poco probable, pero deseó que así fuera, porque lo sacaba de quicio lo enrevesado que se había vuelto el caso.

—¿Cuántos podría haber? —preguntó, temiendo que el número no fuera pequeño.

—Por lo general, enviamos entre treinta y cuarenta bandejas cada mañana. Aun así, es posible que demos con alguna pista.

Esa noche, Fergus fue a la habitación de Bella antes de la cena, para hablar sobre el problema económico.

—Bella —comenzó con cautela—, les dijiste a los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores que Edmund había cerrado tus cuentas bancarias de Shanghái.

Ella lo miró a través del espejo del tocador.

—Sí. ¿Y qué?

—¿Sabes si solo tenía esas? ¿O conserva su cuenta de aquí?

—Ni idea. Yo no miraba nunca las cuentas. Este collar combina fatal con este peinado.

Se quitó las perlas falsas, cogió un colgante de zafiro igualmente falso y se lo entregó a su hermano.

—¿Cómo es posible que no sepas el nombre de tu banco?

Intentó que su voz no delatara su enfado, pero era una conversación tan ridícula que no podía evitarlo.

Bella notó la irritación y le devolvió la mirada.

—Te recuerdo, hermanito, que soy una mujer y, como tal, no tengo derecho a abrir una cuenta bancaria a menos que esté casada e, incluso entonces, solo a nombre de mi marido.

Fergus se detuvo. Nunca se le había ocurrido.

—Pero ¿cómo pagabas las cosas?

Ella ladeó la cabeza para que Fergus pudiera colocarle el colgante.

—Edmund me daba una asignación semanal (ah, mira, el zafiro queda mucho mejor), pero el resto lo dejaba anotado para que lo pagara él. La verdad es que es un sistema bastante bueno.

Se alisó el pelo, se puso en pie y se volvió hacia su hermano.

—O sea, que no tienes ni idea de dónde está tu dinero. —Fergus estaba desconcertado—. Ni siquiera sabes si tienes algo.

—Soy una mujer, querido. Hace siglos que los hombres os esforzáis en mantenernos en la inopia respecto a este asunto.

Por la noche, una vez que todos se hubieron retirado, Fergus se reunió con su abuela en la biblioteca.

Le relató la conversación que había tenido con Bella acerca de sus cuentas bancarias y lady Georgina se enfureció en silencio.

Fergus estiró las piernas y se recostó. En momentos así echaba de menos fumar, pues era una pose más digna que quedarse pensado con la mirada perdida.

—Se lo advertí —dijo ella con parsimonia, en tono entre triste y enfadado—: quien controla el dinero controla el matrimonio.

Le dije que conservara su dinero y que defendiera como una leona la gestión de sus finanzas.

—Hizo una pausa y resopló—. Albergaba la esperanza de que Bella me escuchara y aprendiese de los ejemplos de Elspeth y su madre.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando tus padres se comprometieron, luché con denuedo para que la dote se depositara en un fideicomiso bajo el control exclusivo de vuestra madre, pero, por supuesto, no me prestaron la menor atención y la recibió directamente tu padre.

En cambio, Elspeth sí me hizo caso y ha gestionado su dote durante todo su matrimonio.

Fergus negó con la cabeza. No entendía por qué hablaban de dotes.

—¿Y eso qué tiene que ver con Bella?

—Cuando una mujer dispone de su propio dinero, le va mejor en el matrimonio. Fíjate en la diferencia entre tu madre y Elspeth: una es un alma en pena y la otra una mujer llena de vida.

La idea lo sorprendió, pero tuvo que admitir que llevaba razón.

La tía Elspeth no conocía cortapisas: viajaba, frecuentaba innumerables amistades y siempre estaba animada.

Pero su madre, desde que él tenía memoria, había sido, como decía lady Georgina, un alma en pena.

Su padre la había controlado durante todo su matrimonio sin que ella pudiera hacer nada, porque él controlaba su dinero.

Debía contentarse con lo que él tuviera a bien darle.

Fergus miró fijamente a su abuela y se preguntó, por primera vez en su vida, cómo habría sido ella de joven, cuando se casó. Le costaba imaginársela así.

¿Había sido feliz al casarse con un Inverkillen? ¿Le había gustado mudarse a Loch Down, lejos de su familia y amigos? ¿Y su dote? ¿La había podido gestionar o se la había arrebatado el abuelo? Desde luego, no era ninguna pusilánime.

Dudaba que nadie le hubiera formulado nunca esas preguntas.

Y eso le hizo pensar en Imogen. Su familia no estaba muy cerca, pero tampoco muy lejos, a solo medio día de viaje en tren.

Y se había mudado a Loch Down por su propia voluntad al aceptar un trabajo como secretaria de Lawlis.

Además, no había dejado su puesto ni siquiera después de tener al bebé, cosa que sorprendió a los chismosos del pueblo, pero que a Fergus no le importaba lo más mínimo.

Imogen era feliz, y eso era lo único que le importaba.

Se levantó con calma, sin dejar de mirar a su abuela.

—Edmund siempre me pareció un tipo justo y sensato. Habrá algo para ella y lo encontraremos. Una vez que lo hagamos, podrás enseñar a Bella a valerse por sí misma. —Le dio un suave beso en la frente—. Llamaré a Lockridge para que te lleve a casa.