UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO #4
Ambos se disculparon y salieron del comedor a toda prisa. La señora Burnside suspiró y fue a buscar a una ayudante de cocina para que pusiera la mesa.
—¡¿Cómo?! —gritaron al unísono la señora MacBain, Jarvis y Bella. El inspector volvió a saltar al lado de Mai Ling, para gran sobresalto de la chica—. ¿Se equivocó de bandeja?
—No tenía mucho tiempo que digamos —dijo ella a la defensiva—, y él entró en la cocina y me vio con las bandejas.
La presidenta clavó la mirada en la muchacha.
El rubí se había perdido en Loch Down Abbey y había muy pocas posibilidades de descubrir en qué manos había caído.
Quienquiera que lo tuviese, desde luego que no se lo iba a contar a nadie.
¿Qué tipo de persona se quedaría con una joya valiosísima que había encontrado en su bandeja? Sacudió la cabeza a modo de crítica.
—En realidad, el que me tirara por las escaleras quizá fue lo mejor que nos pudo pasar.
Todos miraron a la chica, cuyo cuerpo estaba destrozado y magullado. Jarvis se preguntó si todavía sufría los efectos de la conmoción cerebral. ¿Cuánto tiempo duraban las secuelas de ese tipo de cosas?
—Lo que quiero decir es que, al trasladarnos aquí, a estas habitaciones, el coronel no ha podido encontrarnos. Sin embargo, no me cabe duda de que seguirá buscándonos y, mientras lo haga, Bella y yo estamos en peligro.
La señora MacBain no podía estar más de acuerdo.
Caminaba de un lado a otro de la habitación sin dejar de murmurar.
Nada de aquello rozaba siquiera la gravedad del otro asunto: el asesinato de la señora Blackwood.
Sin embargo, cabía la posibilidad de que el coronel también fuera el culpable de aquello, aunque no se le ocurría ningún móvil.
—¿Conocía usted por casualidad a la señora Blackwood? —preguntó al fin.
—De oídas, sí. Pero, hasta este viaje, nunca la había visto. Es muy conocida en Shanghái. El Ministerio de Asuntos Exteriores vigila de cerca a sus clientes y a ella.
—Nos han dicho que iba a abrir un burdel en Londres con el coronel y que necesitaban el rubí para pagar el local. ¿Le parece verosímil?
Mai Ling lo pensó durante un minuto y negó lentamente con la cabeza.
—No creo. Es demasiado trabajo para él. Y, además, se trata de un negocio demasiado expuesto.
Le encantaba Shanghái. Allí le resultaba barato llevar una vida glamurosa.
Era un pez gordo en un estanque pequeño pero muy importante, y lejos de la mirada inquisidora del Ministerio del Interior.
En todo caso, yo habría dicho que buscaría otro destino en el extranjero, por ejemplo, en la India o Argentina.
—¿Se le ocurre algún motivo por el que habría matado a la señora Blackwood?
—El coronel y ella han trabajado juntos durante cerca de veinticinco años. Tendría que ser algo muy grave para llegar a esos extremos. Pero el violento de su sobrino..., bueno...
La señora MacBain la interrumpió:
—Resulta que no es su sobrino, sino su guardaespaldas.
—Ah —murmuró—. Eso lo cambia todo. Bueno, si la hubiera matado él, no habrían hallado su cuerpo.
La presidenta estuvo a punto de preguntar por qué, pero en realidad no deseaba saber más detalles sobre cómo funcionaban las cosas en Shanghái.
—Gracias, señorita Mayling.
—Wen.
—Buen ¿qué?
—No, que me apellido Wen. Mai Ling es lo que ustedes llamarían mi nombre de pila.
—Ah, disculpe, señorita Buen, gracias por todo lo que nos ha dicho.
La señora MacBain salió de la habitación seguida por Jarvis. Cuando cerraron la puerta tras de ellos, lo miró con semblante preocupado y le dijo:
—Mientras el coronel siga libre, esa pobre chica corre un grave peligro. ¿Puede detenerlo?
—¿Con qué cargos?
—La ha agredido dos veces, y con tanta violencia que hubo que llevarla al hospital. ¿No puede detenerlo por eso?
—Sí —respondió él tras pensar un momento—, pero no podríamos retenerlo por mucho tiempo y sabría que lo ha delatado.
—Y entonces podría matarla de verdad. —La señora MacBain se estremeció. ¿Cómo podían los seres humanos ser tan crueles unos con otros?—. ¿Podemos decir que una ayudante de cocina presenció la escena y lo denunció? Había muchas rondando esa mañana.
—Sí, eso podría cuadrar —dijo el inspector vacilante, pues no le gustaba nada la idea de detener al coronel. La comisaría de Loch Down solo tenía una celda, y estaba situada frente al hervidor y la tetera. Cada vez que quisiera tomar una taza de té, tendría que preparársela delante del coronel.
Bella salió al pasillo, de nuevo con la bandeja bajo el brazo. La presidenta la agarró.
—Démela. No puede dejar a esa chica sola de ninguna de las maneras.
Pero ni un minuto. —Bella estaba a punto de protestar—.
Si él la encuentra, Bella, podría hacerle cualquier atrocidad.
A usted la protege su marido y, por tanto, no creo que vaya a atacarla.
Pero ella no tiene a nadie, y está claro que él la considera prescindible.
—Estudió con celo el rostro de Bella para comprobar si era consciente de la gravedad de la situación—.
Enviaré a unos lacayos para que las acompañen hasta que podamos detenerlo, pero no se la puede dejar sola.
¿Lo entiende? Es una cuestión de vida o muerte, Bella —remató, con énfasis en las últimas palabras.
—¿Y por qué no envía a un agente de policía? —sugirió Bella con voz tranquila. Era la primera vez que la señora MacBain la oía hablar de una manera tan racional.
La presidenta negó con la cabeza.
—No hay mejor manera de revelar un escondrijo que apostar a un agente en la puerta. Además, dudo que haya suficientes para montar guardia las veinticuatro horas del día.
—Pues podría llevarla a la cárcel, ¿no? —sugirió Bella. La actitud empática le había durado escasos segundos.
La señora MacBain le lanzó una desdeñosa mirada y repuso:
—Haré que unos lacayos se queden con ella en la habitación. Pero usted tendrá que seguir cuidándola, Bella. No se la puede dejar sola ni un momento. Su vida está en sus manos.
Bella asintió, con gesto entre triste y aterrorizado, y regresó a la fría y austera habitación.
En silencio, Jarvis y la presidenta emprendieron el largo camino de vuelta a la armería.
—¿Sabe, Roddy? —dijo ella al entrar en el ala principal de Loch Down Abbey—. Cuanto más sé, menos entiendo.
Él la miró. Lucía una expresión de preocupación que nunca le había visto. La comprendía. Tampoco entendía gran cosa, pero tenía claro que se las veían con personajes muy desagradables.
—Hemos obtenido gran cantidad de información sobre estas cuatro personas y, sin embargo, no nos ayuda a resolver quién mató a la señora Blackwood. Es frustrante.
—Sigo pensando que tenemos que hablar con los otros chantajeados. Quizá nos estemos complicando demasiado.
Ella negó con la cabeza.
—Lady Beaumont lleva años engañando a su marido.
Me apuesto lo que quiera, y no lo pierdo, a que no es la primera vez que la chantajean.
—Suspiró de manera casi imperceptible—. Y, en cuanto a los demás, bueno, si la señora Blackwood viviera aquí, sería distinto, pero se dirigía a Londres y en cuestión de días habría desaparecido de sus vidas. Le habrían pagado y asunto resuelto.
Guardaron silencio hasta que pasaron por la sala de música.
—Sabemos que la señorita Buen no pudo haberla matado. Está tan maltrecha que no puede valerse por sí misma. Y me parece que podemos creer su versión de los hechos.
—Pero ¿cómo podemos fiarnos? Quizá mienta. Solo tenemos su palabra de que trabaja para el Ministerio de Asuntos Exteriores.
—Cierto. Pero supongamos que dice la verdad. En ese caso, no la mataron ni ella ni el señor Blackwood (o sea, el señor Parker), y eso deja al coronel como único sospechoso. Así que supongamos que la mató él.
—De acuerdo.
—¿Por qué la mataría? Según la señorita Buen, él no regentaría el club de Londres para evitar la exposición pública.
Sería más probable que pidiera destino en el extranjero.
Quizá la señora Blackwood deseaba que el coronel se quedara en Londres y se pelearon por ello.
¿Es ese suficiente motivo para matarla? De acuerdo con el señor Parker, ella necesitaba al coronel para abrir el club, no al revés.
Así que era la señora Blackwood quien debía de sentirse abandonada por el coronel, no al revés.
—Ahora bien, supongamos, solo por suponer, que él sí quería regentar el club, pero dejándola al margen.
—Ya lo conoce, Roddy: es un vago que se dedica a jugar, comer y levantarse tarde. Dirigir ese club supondría mucho trabajo y, por lo que dice todo el mundo, él no da un palo al agua.
—Es cierto. Entonces, ¿en qué quedamos?
—En nada. Ella no podía tener su club sin el rubí y él vería su carrera acabada si no conseguía el informe. Una vez que encontraran ambos objetos, podrían seguir caminos separados si eso era lo que querían.
—Pero a él no le hace falta esperar al rubí, ¿verdad? Solo precisa el informe.
La señora MacBain pensó por un momento.
—No —se demoró en la respuesta—, no necesita esperar. Y eso pone a la señora en una posición vulnerable, sin ser ella de las que se meten en negocios sin estar preparadas.
Con la vista clavada en la señora MacBain, a Jarvis se le ocurrió algo:
—¿Ella lo convenció de que tenía el informe?
La presidenta ladeó la cabeza.
—Quizá. Sabemos que la señora chantajeaba a varias personas. ¿Por qué no al coronel también? Él fue a la biblioteca menor esa noche. Ella lo necesitaba, pero él a ella no.
Entusiasta, el inspector prosiguió con sus suposiciones:
—Digamos que ella lo amenaza, diciéndole que tiene que abrirle el club y que entonces le dará el informe. A él no le hace ni pizca de gracia, la mata, luego va a su habitación, la registra y entonces...
—No encuentra el informe. —La señora MacBain soltó un suspiro de irritación—. Era muy astuta y lo conocía desde hacía décadas. No lo habría amenazado en vano. —Se detuvo de repente—. A menos que lo amenazara con otra cosa.
—¿Como qué?