Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO #3
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UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO #3

—Él cree que lady Annabella tiene los documentos, ya que lord Martin le dio el dinero del consulado.

Puesto que esa práctica es contraria a los usos habituales, le hizo sospechar.

Registró nuestro compartimento del tren, pero no encontró nada.

Cuando por fin llegamos aquí, me esperó en nuestra habitación y me agarró por detrás.

Comenzó a gritarme en shanghainés, exigiéndome el informe.

Me hice la tonta y me empujó contra la pared.

La señora MacBain se estremeció al pensarlo.

—Antes de irse, me dijo que o le buscaba los documentos o me mataría.

Reflexionaron al respecto en silencio. Estaba claro que el coronel no era el torpe bufón que fingía ser. Quería salvar el pellejo, por lo que era muy pero que muy peligroso.

—¿Dónde están ahora esos documentos? —preguntó por fin la presidenta. Quería guardarlos en la caja fuerte del hotel.

—Escondidos a buen recaudo.

—Y supongo que no me dirá dónde —se atrevió a decir la señora MacBain.

La chica negó con la cabeza a modo de disculpa.

—Es demasiado peligroso, y lord Martin ha trabajado durante años para reunir las pruebas contra el coronel. No puedo dar al traste con ello.

—¿Y por qué la envió a usted? Entiendo que domina varios idiomas, pero, dada la naturaleza de la tarea, sin duda habría sido preferible encomendársela a alguien entrenado para luchar.

La doncella soltó un profundo suspiro y respondió:

—Edmund dijo que yo era la única en quien podía confiar.

—¿Edmund? —protestó Bella—. ¿Cómo te atreves a llamarlo así? Eres una doncella.

—Siempre lo he llamado Edmund, lady Annabella. Somos amigos desde hace años. —La presidenta la miró con curiosidad—. Fuimos juntos a Cambridge.

La señora MacBain asintió; los lazos académicos lo eran todo entre las clases altas.

—¡Está mintiendo! —se burló Bella—. ¿Qué demonios haría una doncella en Cambridge?

—¡No soy una doncella! —gritó la muchacha para sorpresa de todos los presentes—. Soy una lingüista altamente cualificada en plantilla del Ministerio de Asuntos Exteriores británico. Hablo seis idiomas y cuatro dialectos chinos. Nunca fui doncella.

—Pero —gimió Bella, sumida en la confusión— te llamé desde mi dormitorio. Vi a Edmund meter el dinero en tu ropa mientras estábamos en la casa. ¿Cómo es posible que no seas una de mis doncellas?

—Su problema, lady Annabella, es que piensa que las doncellas son todas iguales, meros objetos intercambiables.

Si alguna vez se hubiera molestado en observar a las suyas, en verlas como personas de carne y hueso, habría reparado al instante en que yo nunca fui una de ellas.

Por el amor de Dios, ¡pero si ni siquiera soy china! , soy malaya.

Debidamente achantada, Bella se sentó en su silla con docilidad. Mientras ella luchaba por recuperar su dignidad, la presidenta le preguntó a Mai Ling:

—¿Y cómo encaja el rubí en esta historia? —No entendía por qué lo habían robado y enviado a Escocia.

Desesperada, Mai Ling clavó la mirada en la señora MacBain, tratando de averiguar qué debía hacer.

—Señorita Mayling, una mujer ha muerto por culpa de este rubí y, por lo que dice, usted es la única en quien confiaba lord Martin. Es lógico pensar que si la gema se halla aquí es por algún motivo relacionado con usted.

La joven giró la cabeza hacia la pared y negó en silencio con la cabeza.

—Bien. Si no desea cooperar —dijo la señora MacBain decepcionada—, el inspector Jarvis tendrá que detenerla.

Tanto Jarvis como Mai Ling se giraron para mirarla.

—¿Detenerla? —espetó el inspector—. ¿Por qué?

—¡Por suplantar a una doncella! —gritó Bella, que se puso en pie de un brinco y señaló a la chica con un dedo. Jarvis le lanzó una mirada de reojo y Bella volvió a su asiento.

—Por contrabando, receptación de bienes robados y un probable robo de antigüedades.

Si el rubí ha pertenecido a la familia imperial durante generaciones, como dijo el señor Blackwood, forma parte del patrimonio nacional.

La cuestión es si el Gobierno británico la protegerá o la entregará a las autoridades chinas.

Mai Ling la miró fijamente, con los ojos como platos, y trató de dilucidar si la señora MacBain se marcaba un farol o no.

—Bueno, si esa es su decisión... Inspector. —Hizo un gesto con la mano hacia la chica y Jarvis, mirándolos a ambos, y se levantó despacio. Se ajustó el cinturón y carraspeó mientras se acercaba a la chica.

—Queda detenida por presunto contrabando y robo de antigüedades. Todo lo que...

—¡Está bien! —gritó Mai Ling mientras se zafaba de Jarvis con su brazo ileso. Suspiró irritada por haberse visto obligada a ello—. Técnicamente, no fui yo quien introdujo la gema en el país, sino lady Annabella.

Todos miraron a Bella, que se sintió ofendida por la sola idea.

—¡Yo no hice tal cosa!

—¿Cómo? —La señora MacBain estaba desconcertada—. Le registraron todo lo que llevaba y, al parecer, en varias ocasiones.

Mai Ling hizo una mueca.

—Todo no. Edmund previó los registros y, consciente de los riesgos de esconder la piedra en su equipaje, le pidió a su doncella, a la de verdad, que se la cosiera en el sombrero.

Bella se quedó sin aliento.

—¡La flor! —exclamó, y automáticamente se llevó la mano a la cabeza.

—Sí. Mientras llevara puesto el sombrero, el rubí estaría a salvo. Nadie lo habría revisado. Por tanto, para asegurarse de que no se lo quitara, la envió a propósito sin nada para cambiarse.

—Oh... —suspiró la señora MacBain—. ¡Qué inteligente!

Bella la miró, boquiabierta.

—No puedo creer que me hiciera eso.

Se sentó atónita. Nadie tenía muy claro si el motivo de su indignación era que su marido la había utilizado para pasar la gema de contrabando o que la había privado de su guardarropa.

—Se suponía que debía esperar en Londres con el rubí y el informe, pero nos separamos del grupo al pernoctar en París.

—Miró a Bella con ira—. Y empecé a sucumbir al pánico.

Tenía el rubí, pero ignoraba por completo el paradero del coronel.

Entonces, el sobrino de la señora Blackwood irrumpió en el hotel y me di cuenta de que buscaba la gema.

Y, si la anciana lo sabía, el coronel también.

—Porque son socios comerciales —dijo la presidenta con voz pausada por el agotamiento. ¿Por qué nadie era quien decía ser?

—Exacto, y, si el coronel tenía el rubí, podía utilizarlo para chantajear a Edmund y que retirara su informe.

—Así que ahora está buscando el informe y el rubí.

—Correcto. Pero lo primero que hizo lady Annabella cuando llegamos fue cambiarse de ropa y darle el traje a su doncella.

—Que se lo dio a la esposa del vicario —dijo la señora MacBain lentamente.

—Sí. Tardé días en averiguar dónde estaba. Busqué por todas partes pero no lo encontré.

—¿Así que usted también lo estaba buscando? ¿Cómo es que nadie se dio cuenta?

—Porque buscaba en lugares lógicos, como la lavandería y los desvanes. Nunca se dieron cuenta de que estaba en el sombrero. No se imaginan el alivio que sentí cuando la esposa del vicario apareció con la dichosa prenda.

—Debió de quedarse de piedra cuando se lo volvió a llevar.

—Lo que me sentí fue frustrada, pero al menos conocía su paradero. A la mañana siguiente, me colé en la iglesia a primera hora y lo recuperé.

—Espere, ¿esa fue la mañana en que bajó las escaleras?

La joven asintió.

—Cuando volví al hotel, el coronel acababa de regresar de...

, no sé de dónde; el caso es que volvía de algún sitio.

Me vio y me persiguió. Por suerte, todavía llevaba el traje de gala y no podía correr muy bien con esos zapatos.

A pesar de las apariencias, es rápido. Corrí hacia las cocinas, esperando que me dejara en paz delante de la gente.

Yo no conocía la distribución de esa zona, así que, cuando me dio alcance, me metí en el hueco ese de las escaleras.

Me agarró y yo me resistí y traté de arañarlo, de golpearlo, de lo que fuera.

Pero entonces se abrió la puerta y me tiró escaleras abajo.

Mientras yacía allí, me registró la ropa y, como no le decía dónde estaba, me dio varias patadas y me rompió una costilla.

Me desmayé y recuperé el conocimiento justo antes de que Sadie me encontrara.

—¡Pobrecita! —exclamó la señora MacBain con un jadeo—. Bueno, ahora me explico por qué estaba en la cocina. Me dijo que quería pedir toad-in-the-hole para el almuerzo, pero las ayudantes de cocina me comentaron que había inspeccionado las bandejas del desayuno.

—Así es. No podía permitir que encontrara el rubí que llevaba encima, y sabía que lo haría, así que lo puse en la bandeja del desayuno de lady Annabella, aunque... —se detuvo, con aire contrariado— cogí la bandeja equivocada y ahora no tengo ni idea de quién lo tiene.

—Señor Hudson, ¿podemos hablar?

—Sí, señor Mackay. ¿En qué puedo ayudarlo? —Salieron del vestíbulo principal y entraron en el comedor del personal.

—¿Ha visto a la señora MacBain? La he buscado por todas partes. —El maître negó con la cabeza—. Bueno, tengo que volver arriba. Si la ve, por favor, dígale de mi parte que hemos terminado de registrar las habitaciones y que Sadie no ha encontrado nada: ni el bastón ni la llave.

—Ah, con eso puedo ayudarlos yo —respondió Hudson mientras se sacaba algo del bolsillo de la chaqueta. Desdobló el pañuelo y dejó al descubierto una llave maestra de latón. Mackay se la quedó mirando ojiplático.

—¿Es esa?

El maître asintió.

—Acabo de verificarlo yo mismo.

—¿Dónde estaba?

—Se me ocurrió que la policía solo había registrado la biblioteca menor, pero no los espacios adyacentes, y me pregunté si podría seguir allí. Así que envié a un lacayo a registrar la zona. Reparó en que la tapa de uno de los cubos de incendios estaba torcida, miró dentro y allí la encontró.

Los dos hombres lo miraron fijamente durante un momento y luego los sobresaltó una voz a sus espaldas.

—Si van a quedarse ahí charlando, ¡hagan algo de provecho y pongan la mesa para el almuerzo del personal! —gritó la señora Burnside.