Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO #2
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UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO #2

—Entiendo de números, muchas gracias. Dirigí Loch Down Abbey durante décadas, como recordarás, y con bastante éxito.

—Se movió en la silla y se arregló la falda.

Ambos eran conscientes de que su gestión de la casa no podía calificarse de exitosa en absoluto.

Como mucho, eficiente, pero ¿exitosa? Ni por asomo—.

Pero no te preocupes. Bella me pidió que guardara el dinero aquí, en Thistledown Cottage.

Gastó un poco, sí, pero quedaba una buena suma.

Casi no cabía en la caja fuerte —añadió con voz alegre al recordar la imagen.

Fergus la miró entre boquiabierto y confundido.

—¿Tienes una caja fuerte?

Lady Georgina se mostró sorprendida.

—Claro.

—¿Dónde? Bueno, eso es lo de menos. ¿Desde cuándo? ¿En qué momento la compraste? Yo no tengo caja fuerte. ¿Por qué tú sí?

—Pues es bastante irresponsable carecer de caja fuerte, Fergus. Seguro que en tu casa también hay. Si no es el caso, te sugiero que lo soluciones de inmediato.

Se movió en su silla y se enderezó la falda de nuevo. Se las había arreglado para eludir sus preguntas con gran habilidad.

Fergus se quedó mirando a su abuela, boquiabierto como un pez.

—¿Cuándo ocurrió esto? —preguntó, sintiéndose un poco excluido—. ¿Y por qué Bella no lo guardó en la caja del hotel?

—Le pedí que lo trajera después del problema con su doncella.

—¿La doncella? ¿Lo de Marsella? —Se había perdido por completo.

La matriarca chasqueó la lengua.

—No. En Loch Down Abbey. Ponte al día, Fergus.

Frustrado, Fergus resopló y preguntó:

—Pero ¿de qué momento estamos hablando? ¿Antes de que se rompiera la pierna?

—Poco después de llegar, creo. Estábamos tomando el té y Bella me dijo que su doncella había sorprendido a alguien rebuscando entre sus cosas. Después de los problemas del tren y de París, me pidió opinión sobre si hacerle caso al consejo de la señora MacBain de que cambiara de habitación.

Fergus trató de asimilarlo todo.

—¿La señora MacBain estaba al corriente?

—Esa no se pierde ni ripio, como bien sabes —respondió lady Georgina con severidad.

Fergus no pudo rebatirlo.

—Pero, con las pocas pertenencias que tiene Bella, ¿cómo es posible que no se toparan con el dinero? —Fergus no tenía ni idea del importe total de la suma, pero supuso que sería una cantidad considerable y, por tanto, fácil de hallar.

—No lo guardaba ella, Fergus. Tampoco es tan tonta. Hasta Bella sabe que es muy peligroso emprender un viaje como ese con una maleta repleta de billetes. No, lo guardaba su doncella.

Fergus dejó caer su taza de té. Entre maldiciones y balbuceos, lo limpió con una servilleta de lino.

—¿Su doncella? ¿Llevaba cuarenta mil libras encima? ¿Cómo?

—Cuando partieron de Shanghái, Edmund mandó que los escondieran en una especie de enagua que la doncella llevaba debajo de su... atuendo. —Saltaba a la vista que lady Georgina no aprobaba el traje tradicional de la muchacha.

—Por eso no quería usar el uniforme de doncella —repuso él lentamente—, y por eso Bella insistió en que durmiera en su vestidor.

—Exacto.

Sumido en sus pensamientos, Fergus bebió un sorbo de té. Se sentía aliviado por que Bella no hubiera gastado todo el dinero, pero surgía un nuevo problema.

—Queda la cuestión más espinosa —vaciló—. ¿Qué hacemos con Bella si no tiene dinero?

Lady Georgina levantó la vista de su taza de té y la consternación se apoderó poco a poco de su rostro. Necesitarían más de una taza de té para zanjar ese asunto.

Una vez que se hubo despedido de las damas, la señora MacBain entró en la armería.

Era evidente que la noticia de las muertes se había propagado entre todos los huéspedes.

De pie en medio de una multitud, Jarvis y sus agentes explicaban que nadie podía marcharse hasta que la investigación hubiera terminado. Nadie.

Era un caos a duras penas controlado. La presidenta se preguntó si algún día se recuperarían de ese mazazo.

La gente no desea hospedarse en hoteles mancillados por escándalos.

Al menos, no fuera de Londres. Hizo un gesto al inspector, quien asintió y lanzó un silbido fuerte y agudo que resonó en la vasta armería. Los gritos cesaron al instante.

—Óiganme, con independencia de cuál sea su título o de si tienen entradas para tal o cual espectáculo, nadie abandonará Loch Down Abbey ni sus terrenos hasta que yo lo diga.

Habrá guardias apostados en las puertas y cualquiera que intente salir se arriesga a ser detenido.

Les sugiero que vuelvan a hacer... lo que sea que hagan aquí todo el día.

Dicho eso, el inspector se alejó de la multitud y se dirigió hacia la señora MacBain.

—Buenos días —lo saludó ella.

—Tremenda manada de hienas —respondió él.

La presidenta contuvo la risa.

—Venga. —Se dio la vuelta y se dirigió hacia el ala este. Jarvis la siguió—. ¿Adónde vamos?

—Creo que es hora de que alguien nos cuente lo que sabe.

El inspector la miró extrañado, sin comprender bien a qué se refería, pero la siguió y no pidió explicaciones.

Cruzaron varias estancias antes de que Jarvis se diera cuenta de adónde iban.

Giraron por el último pasillo justo cuando Bella cruzaba una puerta, con una bandeja de desayuno en equilibrio precario.

—Señora MacBain. Inspector. ¿Qué los trae por aquí?

—Necesito ver a su doncella, por favor.

Tanto Jarvis como Bella la miraron con expresión de desconcierto.

—¿A mi doncella? ¿Para qué? —Bella se hizo a un lado mientras la señora MacBain abría la puerta y entraba en la habitación seguida por el inspector y, después, por Bella, que dejó la bandeja en una silla.

Si se comparaba con la habitación de su señora, la de la doncella estaba bastante vacía.

Ocupaba uno de los cuatro camastros metálicos, a cuya derecha había una mesa y una silla.

Las paredes y el suelo estaban desnudos.

Hacía un frío glacial y la chica solo disponía de una mantita.

La señora MacBain se sintió avergonzada por no haber ido a verla antes.

Se acercó a la doncella y se sentó en la cama.

—Creo que es hora de que hablemos.

La muchacha parecía aterrorizada y se encogió contra la delgada almohada que tenía a la espalda.

Bella las miró a ambas, confundida.

—No habla inglés, señora MacBain. —Habían sido veinticuatro horas muy agitadas, pero era increíble que la presidenta no recordara algo tan fundamental. «¿Estará perdiendo facultades?» pensó Bella.

—Bien, sabemos que usted no es la doncella de Bella, así que ¿le importaría decirnos quién es? —preguntó la señora MacBain con alegría, y, a continuación, le dedicó una sonrisa.

La doncella los miró a ambos con evidente desasosiego. Clavó la vista en Jarvis, cuya presencia la inquietaba a todas luces.

—Disculpe —prosiguió la presidenta—. Le presento al inspector Jarvis, de la policía de Loch Down. —Jarvis asintió—. Tranquila, está usted a salvo. Solo necesitamos conocer su identidad real.

Pasó un buen rato antes de que la chica articulara palabra. Hablaba con un ligero acento, pero su dicción era perfecta.

—Me llamo Wen Mai Ling y trabajo para el Ministerio de Asuntos Exteriores.

—¡¿Hablas inglés?! —gritó Bella. Se abalanzó sobre ella, la agarró por los hombros y la sacudió, gritándole—: ¡¿Todo este tiempo sabías inglés?!

—¡Bella, por favor! —La señora MacBain y Jarvis la apartaron de la muchacha—. Bastante malherida está ya.

El inspector llevó a Bella al extremo de la cama y la presidenta movió la silla hacia la pared opuesta.

—Siéntese —le indicó con un gesto, como si fuera una perra.

Bella observó a la señora MacBain con semblante indignado, pero esta le lanzó una mirada de advertencia que parecía decir «Ni se le ocurra». A Bella le recordó a Nanny y se sentó dócilmente en la silla.

La presidenta se volvió hacia la doncella, que se retorcía de dolor.

—¿La envió lord Martin para proteger a lady Annabella?

—Pero no soy muy ducha en proteger, como ve —dijo con ironía—. Le expliqué que necesitábamos a otra persona, pues no estoy entrenada para la pelea.

La miraron confundidos.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

Los miró con gesto vacilante y se quedó en silencio.

—Mire, señorita —saltó Jarvis—, estamos en medio de una investigación por asesinato...

—¿Asesinato? —susurró ella—. ¿De quién?

—La señora Blackwood. —La presidenta la observó con atención. La chica estaba desconcertada, pero era evidente que la cabeza le iba a mil por hora—. Y bien, ¿a qué ha venido?

Ella los miró fijamente durante un buen rato y rompió a hablar de forma pausada:

—Se supone que debo acordar la detención del coronel con el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Jarvis se quedó boquiabierto. Era lo último que esperaba oír.

La señora MacBain se vio sorprendida y dudó un momento antes de preguntar:

—¿Qué? ¿Por qué?

—Por fraude, principalmente. Hace años que acepta sobornos para falsificar documentos oficiales del consulado. Lord Martin envió un informe detallando sus actividades y debo entregarlo en el Ministerio del Interior.

—¿No lo podían enviar por correo?

—Muchos de los documentos de prueba están en chino y lord Martin no quería correr el riesgo de que algún amigote del coronel los tradujera de forma que lo favoreciese.

—Entiendo —dijo la señora MacBain lentamente. Eso encajaba con la afirmación de Bella de que el coronel tenía amigos muy influyentes—. ¿Y la envió como doncella para no llamar su atención?

Ella asintió.

—No podía viajar como ciudadana china en un medio de transporte británico, así que lord Martin me envió como doncella de lady Annabella.

—¿El coronel sabe de la existencia de este informe? —Se lo imaginaba felizmente ajeno a todo ello, pero a la vez se figuraba que podía volverse bastante peligroso si lo supiera.

—Al principio no. Él creía, con toda sinceridad, que lo habían enviado para proteger a lady Annabella, pero, cuando llegamos a París, ya se había dado cuenta.

—¿Qué quiere decir?