UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO
UN DÍA DESPUÉS DEL ASESINATO
La mañana siguiente trajo consigo una sensación de inquietud. «¿Cómo es posible que hayan pasado tantas cosas en un solo día?», se preguntó la señora MacBain. Por impulso, se dirigió a la habitación de la señora Blackwood.
—Buenos días, Tommy —saludó al lacayo. Hudson había indicado a varios hombres que montaran guardia en la puerta hasta que pudieran volver a ordenar la habitación—. Ha sido una noche larga para ti.
—Buenos días, señora MacBain —le contestó él, fresco como una rosa.
«Juventud, divino tesoro», se dijo la presidenta.
—¿Te importa dejarme pasar?
Tommy abrió la puerta y la cerró con gran sigilo una vez que hubo entrado. Junto al umbral, la señora MacBain evaluó el desastre reinante en la habitación Mackintosh.
La habían saqueado de arriba abajo: no quedaba ni un rincón intacto. Entró con mucho cuidado en la estancia y comenzó a examinar el revoltijo de chales, otras prendas y sábanas. Incluso habían registrado los distintos cuadros que colgaban en las paredes.
Abrió el armario y percibió la fragancia de la señora Blackwood. Era tal y como la recordaba de aquella primera noche: floral y con una nota mohosa. Apartó algunos vestidos y vio el gran baúl abierto, con ropa colgando por el borde expuesto. Se quedó de pie y respiró hondo.
«Un momento —se dijo—, también trajo una maleta. ¿Dónde está?».
Registró el armario palmo a palmo, pero no la vio.
Estaba claro que había desaparecido. ¿Se la habría llevado alguien antes o después de que registraran la habitación?
No recordaba haber mirado en el armario.
Dio un paso atrás para cerrar las puertas del ropero, pero se le enganchó un tacón en la alfombra.
Cuando quiso darse cuenta, se había caído y había tirado la mesita de noche con gran estrépito.
Tommy abrió la puerta.
—¿Se encuentra bien, señora MacBain?
—Sí, gracias. No pasa nada.
Pero sí que pasaba. Se había roto la lámpara y se había derramado por el suelo el agua de un jarrón.
Al levantar la mesita, el cajón se cayó y su contenido se esparció por doquier.
Se agachó para recogerlo todo y entonces, en el suelo, vio el pasaporte de la señora Blackwood.
Y también un segundo pasaporte, igualmente a nombre de la difunta dama.
Acomodadas en la sala serbal, Elspeth e Imogen trataban de sacar algo en claro.
—¿Por qué Hugh no vino a la casa? —reflexionó Imogen en voz alta. Elspeth se ocupó de servir el té—. Es de la familia.
—Sí —convino Elspeth mientras le entregaba una taza—, pero, en estos momentos, la familia no está lo que se dice contenta con él.
—No —respondió Imogen pensativa—. Es verdad. Yo tampoco querría enfrentarme a ellos, pero de ahí a alojarse en una cabaña...
La puerta se abrió y ambas damas levantaron la vista cuando la señora MacBain entró en la habitación. La presidenta se sorprendió al ver a Imogen, pero se alegró de ver a la pequeña Tessa.
—Fergus me contó lo que pasó y pensé en venir a ver cómo se encontraban —dijo Imogen.
Ella asintió y se sentó en el sofá.
—Es muy amable. La verdad es que me alegro de que haya venido. Me pregunto si podría ayudarme a fisgonear un poquito. —Le entregó a Imogen los dos pasaportes, y ella a su vez le pasó al bebé.
Imogen abrió los dos documentos. Al levantar la vista hacia la señora MacBain, su confusión dio paso a una mirada astuta. Asintió y se los guardó en el bolso.
—Haré unas llamadas.
La presidenta mecía y arrullaba en su regazo a Tessa, que estaba encantada.
—¿Va a venir Fergus al hotel esta mañana?
—Tenía que hablar con lady Georgina —contestó Imogen mientras asentía—, así que se ha ido a Thistledown Cottage. Vendrá después.
La señora MacBain asintió a su vez.
—Lady Elspeth, ayer en la habitación Mackintosh, ¿se fijó por casualidad en el armario?
Elspeth se quedó paralizada durante un momento mientras pensaba.
—Pues lo cierto es que recuerdo que las puertas estaban entreabiertas, pero eso es todo. Como no quería tocar nada, decidí que lo mejor sería no abrirlas.
—Hummm...
—¿Por qué?
—Falta una maleta de la señora Blackwood. Me preguntaba cuándo había desaparecido.
Elspeth le sirvió una taza de té a la señora MacBain y las tres bebieron en silencio, sumidas en sus cavilaciones.
—Estábamos hablando de Hugh —dijo Elspeth al cabo de un rato—. Qué tragedia.
—Sí —convino la presidenta con voz grave.
—Ni siquiera sabía que había vuelto —susurró Imogen.
—Nadie lo sabía —murmuró la señora MacBain—. Ni que se alojaba en la cabaña.
—¡Oh! —exclamó Elspeth de repente—. Yo sí lo sabía.
La miraron horrorizadas.
—No, no, tranquilas. No sabía que era Hugh, pero sí sabía que alguien dormía en la cabaña. Al poco tiempo de mi llegada, vi salir humo desde lo alto de la colina.
—Pero ¿por qué no se lo dijo a nadie? —preguntó la presidenta—. Debería haber avisado.
—Supuse que serían excursionistas. O vagabundos.
—Tendría que habérselo dicho a alguien —le reprendió la señora MacBain.
—Visto en retrospectiva, sí. Pero en ese momento no había motivos para sospechar ninguna desgracia. El propósito de una cabaña es servir de refugio temporal a quien lo necesite.
En silencio, la presidenta admitió que tenía razón. Sin embargo, si Elspeth había visto humo poco después de llegar, eso significaba que Hugh llevaba allí al menos diez días. ¿A qué se habría dedicado todo ese tiempo?
La señora MacBain se recostó en los cojines del sofá y sacudió suavemente la cabeza.
—Las cabañas son moradas casi primitivas y Hugh no era lo que se dice un tiarrón. Además, es una cabaña fría y húmeda.
—Con la lumbre prendida resulta bastante acogedora —se le escapó a Elspeth—. Eso creo. Me imagino que así será, vaya —balbuceó, roja como un tomate y reprendiéndose para sus adentros.
Imogen la miró con curiosidad.
—Pues... Sí —convino Imogen, aclarándose la garganta—. Pero ¿por qué iba a quedarse en una cabaña fría y húmeda si disponía de dos casas magníficas en la zona? No tenía ninguna necesidad de pasar calamidades.
La señora MacBain desenredó su collar de las manos de Tessa y le entregó una cucharilla de plata para que jugara. Una vez apaciguada la niña, miró a Imogen y Elspeth.
—Pónganse por un momento en la piel de Hugh.
Abandonan a sus hijos y se van a España.
Supongo que les invadirían los remordimientos y se embarcarían a Inglaterra.
Desde allí, toman un tren hacia Loch Down.
Es un viaje bastante largo. Y, una vez que llegan al pueblo, no son capaces de reunir el coraje para enfrentarse a la familia. ¿Qué harían?
Cada una, en silencio, comenzó a imaginar cómo obraría.
—¿Esperar por los alrededores hasta armarse de valor? —sugirió Imogen con cierta vacilación. La idea no las dejó muy convencidas.
—Quizá —dijo la señora MacBain—, pero entonces se habría alojado en el pub , ¿no?
—Lo habrían reconocido —replicó Elspeth con sencillez—. Hugh no podría haberse quedado en ningún sitio del pueblo sin que se corriera la voz.
Imogen asintió.
—¿Y en la finca de su familia?
—Ya no les pertenece —objetó Elspeth.
Imogen asintió.
—Es cierto, pero está vacía. Está ahí, abandonada pero a la vista de todos. Con solo echar un vistazo se habría dado cuenta.
—Lo cierto es que su casa es enorme, dispone de agua corriente y no hay ni un alma en kilómetros a la redonda. Sí, es un lugar mucho mejor para esconderse —reconoció Elspeth—. Entonces, ¿por qué iría a la cabaña?
La señora MacBain pensó en ello. Le vino un lejano recuerdo.
¿Cuánto haría, quizá diez años? Un día de Año Nuevo, en una batida de caza, Hugh se había separado del grupo y nadie se había dado cuenta hasta que regresaron a Loch Down Abbey por la tarde.
Ross organizó una partida de búsqueda, pero, como era luna nueva, estaba demasiado oscuro para explorar los alrededores.
Salieron a primera hora de la mañana siguiente y lo encontraron en una cabaña, frío y hambriento, pero a salvo.
Sin embargo, una vez de vuelta en la casa, Hugh se quejó con amargura durante dos semanas.
A juzgar por su relato, por poco muere congelado, estaba al borde de la inanición y oyó osos en la puerta.
¡Como si hubiera osos en Escocia! Por la forma en que se comportaba, cualquiera habría pensado que había estado fuera días en lugar de horas.
«No —pensó la señora MacBain—, no se habría alojado en la cabaña a menos que no le quedara otro remedio». Entonces, ¿qué o a quién estaba esperando?
Lady Georgina estaba tomando su té matutino cuando Fergus llegó a Thistledown Cottage. Su rostro anunciaba la seriedad de su visita.
—¿Qué pasa? ¿Se sabe algo de Edmund? —preguntó la matriarca sin aliento y con mirada de auténtica preocupación.
Desde la llegada de Bella, se había preparado para recibir malas noticias.
Puesto que había vivido varias guerras, sabía que, con frecuencia, los hombres no regresaban.
«¿Pedirán todavía rescate por los aristócratas? », se preguntó.
—Sin novedad, por desgracia —respondió Fergus mientras se sentaba en una silla—. Se trata de Bella. —Le resumió el asunto de los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores y el dinero que reclamaban, y se quedó callado, a la espera de que su abuela lo asimilara.
—¿Eso es todo? Bueno, tú por eso no te preocupes —dijo lady Georgina con desenfado.
Fergus miró a la matriarca sorprendido.
—Abuela, son cuarenta mil libras, ¡que se dice pronto! Por ejemplo, los beneficios del hotel del año pasado ni se acercaron a esa suma.
Lady Georgina le lanzó a su nieto una mirada desdeñosa.