Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #17
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #17

Antes de que comenzara el servicio de la cena, la señora MacBain reunió a los jefes de departamento en su despacho, como solían hacer en los viejos tiempos.

Por costumbre, la señora Burnside trajo pasteles de la víspera.

«No están en condiciones de servirse a los huéspedes», solía decir.

Nadie les hacía feos: incluso dos o tres días después de horneados, sus pasteles siempre eran bienvenidos.

—En primer lugar, tenemos que despedir a Colin, el lacayo —comenzó la presidenta—. Espiaba a los huéspedes por dinero.

Se hizo un horrorizado silencio, que Hudson rompió:

—¿Cómo se atreve? —Fue una respuesta mordaz, y todos los presentes sintieron el mismo rechazo por la traición—. Lo haré de inmediato.

—Asegúrese de que todo el personal sepa que lo hemos despedido y por qué, para que cunda el ejemplo de que quien obra así no merece una segunda oportunidad.

El maître asintió con gravedad.

—Bien —prosiguió la señora MacBain—, ya deben de estar todos al corriente de que a la señora Blackwood la encontraron muerta en la biblioteca menor esta mañana.

—Todos asintieron—. Tenemos que vigilar muy de cerca al señor Parker (el del traje de lino blanco) y al coronel, a quien todos conocen.

No podemos permitir que ninguno de los dos desaparezca.

—¿Cree que la mató uno de ellos? —preguntó la señora Burnside con los ojos muy abiertos.

—Si quiere que le sea sincera, lo ignoro. Pero nos han dado versiones contradictorias y no tenemos manera de saber cuál nos dice la verdad o si ambos mienten. El coronel ya está amenazando con marcharse, así que deben ustedes vigilarlos mientras se ocupan de sus tareas.

—¿Quiere que los espiemos? —preguntó Lockridge con brillo en los ojos.

—Eh..., bueno..., sí... —Una risita recorrió la sala.

—Ambos son sospechosos en una investigación por asesinato. Y creo que Jarvis y sus agentes están un poco desbordados. Nos toca echarles una mano, pero con total discreción.

Todos asintieron.

—El coronel —prosiguió— es bastante peligroso. Así que, por favor, tengan cuidado con él. —Describió la violencia a la que había sometido a la doncella de Bella. Se oyeron varias exclamaciones y se vieron miradas de sorpresa—. No respeta a los sirvientes, así que tengan cuidado, por favor.

Hizo una pausa, sin saber muy bien si quería continuar, pero se armó de valor. Tenía que hacerlo.

—Bien, Sadie —prosiguió la presidenta, y todos miraron a la gobernanta—, necesito que haga algo, pero no puede verla nadie.

—Eh..., claro, si puedo, señora MacBain —respondió sin tenerlas todas consigo.

La presidenta asintió.

—Necesito que registre la habitación de algunos huéspedes.

Sadie abrió mucho los ojos y el resto del personal cruzó miradas sin entender nada, pues todos sabían que fisgonear en las habitaciones de huéspedes era causa de despido.

Le entregó a Sadie la lista de las víctimas del chantaje de la señora Blackwood.

—Pero, y esto es muy importante, Sadie, no pueden enterarse.

Busque una excusa: que va a entregar toallas adicionales, que alguien se ha quejado de una bañera que gotea, da igual.

Pero tiene que registrar las habitaciones en busca de dos cosas: una llave maestra de latón para la biblioteca menor y el bastón de la señora Blackwood, el de la flor verde.

No sé si existe la llave, pero el bastón sí, y quienquiera que lo tenga...

Aunque Sadie asintió, todos pudieron observar la inquietud reflejada en sus ojos.

Mackay carraspeó.

—Iremos juntos. Yo puedo hacer guardia en el pasillo. —La señora MacBain estaba a punto de objetar cuando él levantó una mano y continuó—: Me ven todo el tiempo en las plantas de huéspedes, así que no resultaría extraño. Puedo defenderme solo si es necesario.

Ella lo pensó y asintió.

—Gracias. Bien, estoy segura de que todos han oído hablar de la muerte de Hugh. Parece ser que era él quien robaba en sus despensas, señora Burnside. Los Inverkillen están conmocionados, como es comprensible.

—¿Se sabe cómo murió? —preguntó Mackay.

—No, no lo sé. Supongo que Roddy Jarvis volverá mañana y entonces podré preguntarle.

—¿Qué vamos a decirle a la gente cuando se propague la noticia? —preguntó Lockridge—. Dos muertes en dos días no beneficiarán nuestra reputación.

—Ahora mismo no puedo pensar en eso. Tenemos que encontrar al asesino de la señora Blackwood para que nadie más resulte herido.

—¿Cree que la misma persona mató a Hugh? —preguntó Hudson.

La señora MacBain lo miró. Lo cierto es que no había valorado esa posibilidad.

—No lo sé. Primero tenemos que averiguar qué hacía aquí. Se suponía que estaba en España.

—¿En España? ¡Pero si hay una guerra! —gritó la señora Burnside.

—Sí, y arriba estallará otra cuando los huéspedes se enteren de lo de la señora Blackwood. Nadie puede salir de la finca. No les va a hacer ninguna gracia, y tenemos que hacer todo lo posible para mantenerlos tranquilos. No nos interesa en absoluto que cunda el pánico.

Todos asintieron en silencio, conscientes del peligro de verse envueltos en un escándalo.

—Hablen con su personal esta noche. Quiero que todos digan lo mismo a nuestros huéspedes: que ha sido un trágico accidente y la policía lo tiene todo bajo control, pero debemos esperar a que terminen su investigación antes de que nadie se vaya a casa.

Se dispersaron para ir a hablar con su personal. La señora MacBain los vio marcharse, con la vana esperanza de que eso bastase para evitar el naufragio.