LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #16
Poco menos de una hora después, Ross condujo al pequeño contingente hasta la cabaña. Gracias a Dios era verano y el sol no se ponía hasta cerca de las once, de modo que aún se veía bien. Al médico ya le costaba caminar por el bosque con luz, pero en la oscuridad le habría resultado imposible.
—Después de toda una vida aquí, no tenía ni idea de que existiera este lugar —dijo sin dirigirse a nadie en particular. Miró a su alrededor desconcertado—. Seguimos en la finca, ¿verdad?
—Sí —confirmó Ross, levantándose y acercándose para saludarlos.
Como antiguo guardabosques, conocía las lindes mejor que nadie—.
Hay un arroyo a unos cinco minutos caminando en esa dirección, y ahí está la línea de término.
—Abrió la puerta y se hizo a un lado, invitando al doctor a entrar en la cabaña.
El médico se arrodilló junto a la cama y examinó a Hugh con atención.
—¿Usted cómo cree que murió? —preguntó Ross, tratando de no mirar a Hugh—. ¿Quizá un infarto?
—Bueno, no lo descartaría, pero tendré que hacerle la autopsia para determinar qué ocurrió. Mi hipótesis es que fue un envenenamiento.
—¿Veneno? —repitió Ross sorprendido.
—Si estaba buscando comida en el bosque... —El médico dejó la frase sin terminar, pues no hacía falta decir nada más.
—No me imagino a Hugh recolectando alimentos con la casa tan cerca. —Ross miró el pastel, pensativo—. He oído que alguien estaba robando comida de la cocina.
Miraron de nuevo a Hugh, en silencio, y luego el médico lo cubrió con una manta.
—No creo que debamos esperar a Jarvis. Bastante tiene con lo suyo.
Ross lo miró con curiosidad. El médico había terminado de relatar cómo había muerto la señora Blackwood.
—Apuesto a que sigue en la casa. Muchachos, llevemos a Hugh a mi consulta.
Comenzaron el largo y arduo proceso de trasladar el cuerpo de Hugh de vuelta al cottage del guardabosques, que era lo más cerca que podían llegar con el furgón.
Ross los siguió fuera de la cabaña y los vio desaparecer entre los árboles.
—Cerraré para preservarlo todo tal cual.
Le dio la mano al médico y volvió a entrar. Cerró lentamente las cortinas y volvió a cerrar la puerta con llave. Era hora de dirigirse a Loch Down Abbey, pues había que informar a la familia.
Jarvis y la señora MacBain salieron de la habitación del coronel después de que este les contara una historia de lo más fantástica.
—¿Le cree? —preguntó el inspector en voz baja.
—No estoy segura. Algunas partes parecen ciertas, pero no acabo de creerme la historia en conjunto. No creo ni por asomo que alguien le haya encomendado ninguna misión.
Caminaron en silencio, asimilando lo que acababan de oír.
El coronel había sido enviado para vigilar a Bella, eso era cierto. Pero se lo había encargado su marido. Según él, había sido por orden del Ministerio de Asuntos Exteriores, para recuperar una joya que Edmund había robado y pretendía introducir de contrabando en Inglaterra.
La misión del coronel, por lo que les había explicado, consistía en encontrar la joya y devolverla a la embajada en Londres, para que pudieran entregársela al Gobierno chino. Debía permanecer en Loch Down Abbey hasta conseguirla.
—¿No la tiene? —se extrañó la señora MacBain, que levantó la cabeza con gesto de sorpresa.
El coronel parecía contrariado.
—Pensaba que la tenía la señora Blackwood, o quizá su sobrino. Él la busca desde que salimos de Shanghái. Cuando cogió esa maleta en Marsella, pensé que ya estaba, que la había perdido para siempre. Pero luego el muchacho reapareció en París y prosiguió viaje, lo que significaba...
—Que aún debía de obrar en poder de lady Annabella. —La señora MacBain intentaba asimilarlo todo—. ¿Y qué pasó cuando llegaron a Londres y descubrieron que Bella había desaparecido?
—La señora Blackwood se sorprendió y se enfadó un poco, por lo que envió a su sobrino a París en busca de lady Annabella. Como supuse que reaparecería cuando lo encontrara, seguí a la señora Blackwood hasta aquí.
—¿Fue usted quien registró la habitación de Bella, aquí en Loch Down Abbey?
El coronel suspiró.
—Sí. Cuando el sobrino llegó al día siguiente y no se marcharon, supe que él no lo tenía, así que registré su habitación, pero no encontré nada.
—Agredió a su doncella.
—Fue un accidente. Es que se me acercó con sigilo y me asustó. A cualquiera le habría podido dar un infarto.
La señora MacBain le lanzó una mirada exasperada y estaba a punto de reprenderlo cuando Jarvis intervino:
—¿Cómo sabía la señora Blackwood lo de la joya?
Bajó la mirada mientras movía los pies. Se aclaró la garganta y volvió a mirar a la presidenta, que seguía sentada en el borde de la cama.
—En Shanghái no hay secretos en lo relativo al dinero.
La señora MacBain lo miró fijamente, sin acabar de creer lo que estaba oyendo.
—En las mejores casas hay ojos y oídos por doquier.
El coronel tosió por lo bajini.
—Sí.
Dejaron al coronel en su habitación y se quedaron un momento fuera de la puerta. La señora MacBain miró a Jarvis y negó con la cabeza.
—¿Cómo averiguamos quién dice la verdad? —preguntó el inspector cuando se hubieron alejado un poco de la puerta—. No podemos verificar ninguna de las dos versiones.
—Bueno —repuso la presidenta con un profundo suspiro—, no es posible que ambos digan la verdad, pero los dos podrían estar mintiendo.
—¿Qué quiere decir?
Hay otra persona que estuvo en Shanghái con ellos. Continuemos por ahí.
Jarvis la miró confundido, pero la siguió en silencio mientras ella se abría camino por los pasillos y bajaba las escaleras principales.
A su llegada a la armería, la señora MacBain se sorprendió al ver a Ross con aire solemne y a una pálida lady Elspeth.
—¿Qué ha pasado? —preguntó al acercarse.
Elspeth apartó la mirada y dejó que Ross diera la noticia de la muerte de Hugh.
La conmoción se reflejó en el rostro de la presidenta, que se apoyó en una silla para no caerse.
—Dios mío.
Pasaron unos segundos antes de que Ross rompiera el silencio:
—Puedo llevarlo allí, inspector.
Jarvis miró su reloj. Eran casi las cinco. No era de extrañar que tuviera hambre, pues era la hora de cenar.
—Sí, pero ¿podemos pasar antes por la cocina? No he comido nada en todo el día, y he bebido tanto té que estoy temblando.
—Ay, Roddy. Lo siento mucho, no había caído en la cuenta —se disculpó la señora MacBain—. Sí, por supuesto, hay que descansar un momento y comer algo.
Cuando Ross y Jarvis se hubieron marchado, la presidenta se acercó a la puerta de la biblioteca y observó a los Inverkillen. Todos lucían un aire de decorosa devastación, excepto Angus, que estaba pálido y parecía veinte años más viejo.
La señora MacBain respiró hondo y echó los hombros hacia atrás. Entró en la estancia y se dirigió a ellos.
—Creo que a todos nos vendría bien un sueño reparador. Sé que es temprano, pero nadie ha dormido bien esta noche y hemos pasado un día de fuertes emociones. Mandaré subir bandejas para quien desee comer algo, pero creo que es hora de descansar. ¿Vamos?
Rodeó con un brazo los hombros de Angus y lo acompañó a la puerta.
Uno a uno, salieron de la sala. Una vez que Cecil y Elspeth hubieron subido las escaleras, la presidenta le pidió a Lockridge que llevara a lady Georgina a su casa, a Thistledown Cottage, y le encargó a un lacayo que acompañara a Angus al pabellón de tenis.