Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #15
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #15

Bella pensó enseguida en su amiga, cuyo marido había conseguido de pronto un almacén el año pasado. Llevaban meses buscando uno y, de repente, como por arte de magia, el coronel se lo proporcionó en cuestión de días. No era de extrañar que hubiera empezado a ponerse sus vestidos viejos.

—Me da vueltas la cabeza. Si Edmund envió este rubí a Inglaterra y ni Bella lo sabía —preguntó la señora MacBain—, ¿cómo se enteró la señora Blackwood?

—¿Acaso cree que no tenía ojos y oídos en todas las casas importantes de Shanghái?

Por favor... —Lawrence encendió otro cigarrillo y aspiró profundamente—.

Tenía en nómina a doncellas, cocineras, ayudas de cámara, jardineros y lavanderas.

Conocía los secretos de todo el mundo. Y, cuando le llegó la noticia del rubí, el coronel movió algunos hilos y consiguió que todos coincidiéramos en el avión con lady Annabella.

Todas las miradas se volvieron hacia Bella.

—¿Está insinuando que una de mis doncellas era espía? —preguntó Bella con tono altivo.

—No, no una —respondió Lawrence con frialdad—, sino dos.

—¡Imposible! —exclamó Bella—. Todas mis doncellas me presentaron unas referencias impecables. Procedían de algunas de las mejores casas de Shanghái.

—Al principio, sí —admitió el señor Parker—, pero luego las sustituimos. Eso es lo que pasa con los sirvientes. Si no se les presta atención, uno no se da cuenta si llega alguien nuevo.

—¡Cómo se atreve! —exclamó Bella, enfurecida por aquella acusación que todos los presentes sabían que era cierta—. Tengo una relación muy estrecha con mis doncellas.

El señor Parker retrocedió por instinto con los brazos cruzados frente al pecho.

—Por favor... Pero si ni siquiera se dio usted cuenta de que la encargada de vestirla era daltónica.

Al oír eso, Bella se detuvo en seco, sorprendida, con semblante entre confuso y furioso.

—Pero..., pero me dijeron que esas combinaciones cromáticas eran las tradicionales de Shanghái, las que llevaban las emperatrices. —El horror se apoderó de ella poco a poco—. ¿Quiere decir que he ido mal vestida todo este tiempo?

—¿Eso es lo que le preocupa? —Lawrence le lanzó una mirada desdeñosa—. Su marido la utilizó para introducir un rubí de contrabando, dos de sus doncellas la espiaban... ¿y usted está molesta por su ropa?

Bella le lanzó una mirada mordaz y el señor Parker retrocedió de nuevo.

—Tenemos que hablar con el coronel —murmuró la señora MacBain.

Jarvis asintió, se puso de pie y carraspeó, aunque no tenía ni idea de qué decir.

La presidenta se dio cuenta y tomó la iniciativa—.

¿Podrían esperar aquí, por favor? Tenemos que hablar con el coronel.

—Miró al señor Parker—. Creo que aún no hemos terminado con usted.

Lawrence asintió y volvió a sentarse en la silla. No parecía aliviado tras su confesión, quizá porque todos los Inverkillen lo miraban con odio.

La señora MacBain se apresuró hacia la puerta y salió a la armería, seguida de cerca por Jarvis.

Subieron las escaleras en silencio, asimilando la idea de que la señora Blackwood y el coronel habían ido al hotel movidos por sus negocios comunes y habían ocultado que se conocían.

Bueno, el coronel lo había hecho, pues a la señora Blackwood no habían tenido oportunidad de preguntárselo.

Al acercarse a la puerta, la presidenta dudó sobre cómo proceder. Necesitaban que el coronel corroborara la versión del señor Parker. Sin embargo, ello lo convertiría en el principal sospechoso y estaban seguros de que era consciente de ese extremo.

Llamó a la puerta y esperó, tratando de controlar sus nervios. Estaba a punto de volver a llamar cuando se oyó una voz al otro lado.

—¿Quién es?

El coronel sonaba pequeño e inseguro. Su voz no reflejaba su habitual bravuconería.

—Soy la señora MacBain, coronel. —Detuvo a Jarvis tomándolo del brazo cuando este tomó aire para hablar. La puerta se abrió lo justo para dejar ver el chillón chaleco del coronel.

—Ah, señora MacBain. ¿En qué puedo ayudarla? —Estaba claro que no iba a dejarlos entrar. Al ver al inspector, retrocedió un poco.

—¿Podemos hablar? —preguntó ella, haciendo todo lo posible por sonar alegre y despreocupada.

—Ah, estoy un poco indispuesto en este momento —dijo él nervioso—. ¿Quizá pueda ir a buscarla antes de que sirvan la cena? —Hizo ademán de cerrar la puerta, pero Jarvis no se lo permitió. Puso el pie en el umbral y mantuvo la puerta abierta con una sola mano.

—Hablaremos ahora, coronel. —Empujó la puerta con firmeza y, para sorpresa de la señora MacBain, el coronel no se resistió.

Entraron en la habitación y el inspector cerró la puerta en silencio. Esa vez, el coronel no los invitó a sentarse, sino que cerró de un golpe la puerta de su armario y se dirigió al otro lado de la habitación, dejando la cama entre ellos.

—¿Ha disfrutado de su clase de tenis, coronel? —preguntó Jarvis con frialdad, señalando la ropa deportiva del coronel, colgada en una silla junto a su armario.

—Pues la verdad es que no. Lord Inverkillen se fue antes de que empezáramos. Eso sí, lo vi bastante verde. No creo que me hubiera enseñado nada —dijo mirando a la señora MacBain—. Espero que me devuelvan el dinero, por supuesto.

Ella intentó no suspirar y se limitó a asentir y decir:

—Háblenos de sus negocios con la señora Blackwood. —Se sentó en el borde de la cama, sin apartar los ojos de su rostro.

Una sombra de pánico cruzó los ojos del coronel, pero se repuso de inmediato.

—No tengo ni idea de a qué se refiere. Apenas conocía a esa mujer.

Cambió el peso de un pie al otro varias veces. Incluso Jarvis se dio cuenta de su nerviosismo.

—No es eso lo que nos consta —saltó el inspector.

—Pues les habrán contado algún embuste. —El coronel se enderezó un poco y miró a Jarvis con ira.

—La señora Blackwood me dijo que iban a abrir juntos una especie de club privado —dijo la presidenta con la esperanza de que el coronel se lo creyera—. En una casa adosada en St James’s, ¿no?

Él jadeó suavemente pero lo bastante alto como para que ella lo oyera. Lo tenía a su merced.

—Ah, eso. —Se movió incómodo—. Eso era...

, eh..., una broma. Sí, solo una broma. Cosas de las que hablábamos para levantar el ánimo durante el viaje.

—Puesto que ni Jarvis ni la señora MacBain respondieron, continuó, acelerando el ritmo con cada frase—: La gente huía y el panorama era un poco triste.

Alguien tenía que levantar la moral, así que empecé a preguntar a todo el mundo qué querría hacer cuando llegáramos a Londres.

Me interesaba por los nuevos comienzos, esperanzas y sueños, ese tipo de cosas.

Mencioné que necesitaría hacerme socio de un nuevo club, ella dijo que quizá abriría uno y charlamos sobre ello.

Eso fue todo, una pequeña broma para sobrellevar las adversidades.

Se hizo el silencio mientras se miraban fijamente. La señora MacBain podía oír el agua correr en la habitación contigua.

—Bueno, es posible que ella hablara en serio, pero yo desde luego que no. Soy diplomático. Me asignarán otro puesto en cuanto vuelva a Londres.

—¿Y por qué no está usted en Londres, coronel? Supongo que tenía que presentar un informe a su llegada.

—Ya se lo he dicho: lord Martin me encargó personalmente que acompañara a lady Annabella de vuelta a Loch Down. —Empezaba a sentir un profundo rechazo por la señora MacBain. Estaba claro que era una mujer muy capaz y él las detestaba con todo su ser.

—Pero ella hace tiempo que regresó, coronel. Ya ha cumplido con su deber. —Él la miró iracundo durante un momento, pero no dijo nada—. Así pues, ¿por qué sigue aquí? —le preguntó con descaro. La frustración que le producía el diplomático se vio reflejada en la pregunta. Se sintió bien.

—¿Acaso no puede uno disfrutar de unas semanas de ociosidad? —repuso el coronel ofendido—. ¿A usted qué le importa?

—En realidad, coronel, a mí sí que me importa —Jarvis se irguió todo lo que pudo y se acercó al coronel—. ¿Por qué está aquí?

—Da la casualidad de que... —el coronel carraspeó— tenía pensado marcharme esta mañana.

—No irá a ninguna parte, coronel —dijo el inspector—. No hasta que yo le dé permiso. Ahora díganos a qué vino a Loch Down.

El coronel permaneció en silencio, pero sus ojos recorrieron la habitación con pánico.

Jarvis continuó con calma.

—Tengo hombres apostados en las puertas y entradas exteriores. Loch Down Abbey permanecerá cerrada hasta que averigüe quién asesinó a la señora Blackwood.

Fue el silencio más largo que Jarvis había soportado jamás. Pero estaba resuelto a no hablar. Tenían al coronel acorralado.

—Se está extralimitando, inspector. —Fue una respuesta fría, acompañada de una mirada aún más fría.

La señora MacBain tuvo la clara impresión de que por fin conocían al verdadero coronel Lamont—.

Un simple policía pueblerino no debería entrometerse en asuntos diplomáticos.

Estoy aquí a petición de mis superiores y eso es todo lo que necesita saber.

—¿Y desea explicar a sus superiores que ha sido detenido por obstrucción a la justicia en una investigación por asesinato en lugar de informarles?

—¡No puede hacer eso! —exclamó el coronel indignado—. Soy diplomático. Tengo inmunidad.

—Puede que la tenga, pero, por desgracia para usted, yo solo soy un polizonte pueblerino de las Highlands que no sabe nada sobre inmunidad diplomática.

Tendrán que venir sus superiores a explicármelo.

A lo mejor, si me lo explican ellos con palabras sencillas, tal vez lo entienda.

Bueno... —Jarvis apretó los dientes y pronunció cada palabra lentamente—, ¿por qué está aquí?

Tras un largo silencio, el coronel exhaló y dejó caer los hombros hacia delante.

—No estoy aquí para proteger a lady Annabella, sino para recuperar un artefacto robado.

Jarvis parecía atónito. No esperaba que el coronel lo reconociera. La señora MacBain no cabía en sí de orgullo.