LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #14
—La contraté, nos presentamos en la primera casa de empeños que encontré y vendí la maleta. Salimos por la puerta trasera y cogimos un taxi hasta una estación de tren a las afueras de París. Le di el dinero en efectivo y la subí a un tren de vuelta con su familia.
—¿Le dio el dinero? —Cecil se quedó de piedra—. Pero podría habérselo gastado en alcohol. Podría haber vuelto con su... representante.
Lawrence lo miró.
—Es posible, sí. Pero habría muerto en cosa de un mes, y creo que ella era consciente de eso. No podía abandonarla a su suerte si podía ayudarla de alguna manera. Hice lo que pude y tengo la conciencia tranquila.
Todos se quedaron en silencio, por una vez, sumidos en profundas reflexiones. Pero la señora MacBain miraba fija e inquisitivamente al señor Parker.
—¿Y a quién no pudo salvar? —preguntó la presidenta en voz baja, tan apagada que muy pocos la oyeron.
Él alzó la mirada, de nuevo sorprendido de que aquella mujer supiera tantas cosas. ¿Cómo lo hacía?
Dejó escapar un tembloroso suspiro y murmuró:
—A mi esposa.
Las mujeres soltaron un grito ahogado.
—Trabajaba para Blackwood en los fumaderos de opio.
—Al caer en la cuenta de que ninguno de los presentes había puesto un pie en un establecimiento de ese tipo, les explicó—: Son como clubes.
Algo así como esta sala. Acompañan a la gente a un diván y los encargados les llevan la pipa y el opio.
Mi esposa servía bandejas de té, ayudaba a los clientes a sostener la pipa o se la retiraba cuando se quedaban dormidos.
La conocí en mi primer día como guardaespaldas de Blackwood.
Era la criatura más hermosa que había visto nunca.
Me casé con ella, en secreto, tres meses después.
Me llevó un tiempo darme cuenta de que era adicta.
—¿Por qué siguió trabajando allí? —preguntó la señora MacBain—. Seguro que había otros trabajos disponibles.
A Lawrence se le escapó una triste risotada.
—Mi esposa no era una sirvienta. —La miró con desprecio—. Era una esclava. Blackwood era su dueño.
La declaración causó un gran revuelo.
—Allí es muy habitual. Su familia era pobre, hasta el punto de que no tenían para comer y ella era un gasto que no podían permitirse.
Las niñas no pueden trabajar en el campo, por lo que no pueden ganar dinero.
Son otra boca más que alimentar. Así que, cuando alguien se ofrece a comprarlas...
—Se encogió de hombros y suspiró—. Blackwood solía enviar a sus hombres al campo para comprar niñas, y una de ellas fue mi esposa.
Elspeth abrió mucho los ojos, sorprendida. Bella se movió incómoda en su silla, preguntándose de pronto cómo habían conseguido a sus catorce sirvientas.
—Blackwood la puso a trabajar en los fumaderos, donde poco a poco se volvió adicta al opio.
Lo estuvo inhalando durante años, mientras desempeñaba sus tareas.
No fue hasta que perdió al bebé cuando me di cuenta de lo enferma que estaba y comprendí que teníamos que salir de allí.
—De repente, se levantó, se acercó a la ventana y se quedó mirando los árboles.
Con tono amargo, prosiguió—: Fui a ver a Blackwood y le ofrecí comprarla.
Y ella aceptó a cambio de que yo le prestara un servicio.
—El rubí —dijo Elspeth con suavidad y un deje de asombro—. El rubí a cambio de su libertad.
—Sí. Ella sabía que lady Annabella iba a traerlo a Inglaterra, así que movió cielo y tierra para que tomáramos el mismo avión. Yo no quería venir a Inglaterra y dejar atrás a mi esposa de ninguna de las maneras, pero no me quedó otra. Tenía que conseguir el rubí.
—Yo no sé nada de ese rubí —protestó Bella—. Debe de tratarse de un error.
—¿Y dónde está ahora la piedra? —preguntó Jarvis, sin acabar de creer en su existencia. Era una historia demasiado fantástica para ser real.
—No lo sé. No lo encontré en el equipaje y dejé de buscarlo después de París.
—¿Dejó de buscarlo? —preguntó la señora MacBain con un grito ahogado—. ¿Su esposa murió?
—Tres días después de mi partida. Me enteré cuando llegué a Londres.
La sala quedó sumida en una sombría quietud. Lawrence inclinó la cabeza y lloró en silencio.
—Bueno —dijo Jarvis nervioso—, pues si ese no es un buen móvil para cometer un asesinato, no sé qué es.
Lawrence levantó la cabeza de golpe. Tenía el rostro enrojecido por las lágrimas.
—¿Qué? No. Yo no la maté. —Se volvió hacia la presidenta y le suplicó—: Tiene que creerme. No fui yo. Yo no quería que muriera ni por asomo. —Su dolor dio paso a la amargura—. Se merecía algo peor que la muerte.
—No, no creo que la matara. Como decía usted, de haber querido hacerlo, lo habría hecho en Shanghái —repuso la señora MacBain mirándolo fijamente—. Ahora bien, si su esposa murió, ¿por qué siguió trabajando para la señora Blackwood? ¿Por qué no se quedó en Londres para empezar una nueva vida?
—Por pura y simple venganza. Deseaba que pagara por el agravio, no le voy a mentir. Pero no con la muerte sin más. Obtuvo beneficios a costa de destruir muchas vidas, incluida la mía. Y quería que sufriera, deseaba que pasara el resto de sus días sumida en el miedo y la miseria.
—Mantén cerca a tus enemigos —murmuró alguien.
—Algo así, sí —asintió Lawrence suavemente.
—¿Y cuál era su plan? —preguntó la señora MacBain.
—Venir aquí, encontrar el rubí y quitárselo a ellos.
—¿A ellos? —saltó la presidenta—. ¿Quiénes son ellos?
—Blackwood y el coronel Lamont.
—¡El coronel Lamont! —exclamó la señora MacBain—. ¿Qué tiene él que ver con toda esta historia?
—Era su socio comercial.
De pie y en medio de la cabaña, Ross miró con celo a su alrededor.
En la mesita frente a la lumbre, había una botella de leche a medio beber que se había cuajado.
En la rejilla quedaba un tarugo de turba que no se había quemado por completo, pero no olía a turba.
¿Habría quemado también enebro? Hugh no era un gran amante de la naturaleza.
Era probable que lo hubiera necesitado para prender la turba.
Al extender la mano, comprobó que estaba todo frío, de modo que la lumbre debía de llevar apagada un buen rato. Pero ¿por qué seguía humeando entonces?
Ross emitió un profundo suspiro y negó con la cabeza. En realidad, el fuego era lo de menos. Tenía que dar aviso de lo ocurrido, así que corrió bien las cortinas, atrancó la puerta y abandonó la cabaña camino a la destilería. Desde allí llamaría al médico.
Durante el trayecto de vuelta, pensó en Hugh.
«Pobre tipo», se dijo. Nunca habían sido amigos, pero era un final triste y le dio pena.
Sin embargo, sintió mucho más la inevitable pérdida de la cabaña.
Había sido el secreto de Ross y Elspeth durante décadas, pero todo el mundo sabría de su existencia. Ya no podrían reunirse allí.
«La vida siempre continúa —reflexionó—, estemos preparados para ello o no». Excepto para Hugh, cuyos días habían acabado. ¡Y había tenido que ser en la cabaña! «¿Qué demonios hacía allí?», se preguntó Ross.
A todos los presentes les impactó que el coronel Lamont y la señora Blackwood fuesen socios.
—Pero si no se podían ni ver —observó la señora MacBain—. ¿Por qué iban a colaborar en sus negocios?
—Era una artimaña. Trabajan juntos desde hace décadas.
La presidenta puso cara de preocupación.
—¿En qué negocio?
—Planeaban abrir un club de lujo en Londres, un establecimiento muy exclusivo... —Sus ojos se posaron en lady Georgina mientras hacía una pausa. Como no encontró otra palabra, lo dijo—: Un burdel en St James’s. Y ella necesitaba el rubí para comprar el edificio. Sin la gema, carecía del dinero.
—¿Que carecía del dinero? —exclamó Jarvis—. Según usted, era la mayor traficante de opio de Shanghái. Debía de tener efectivo a espuertas.
—Imagínese —dijo Lawrence con aire irritado— lo que sería cruzar la frontera de un país corrupto y que los guardias abran una maleta llena de dinero. ¿Qué cree que harían?
—Bien visto —admitió el inspector.
—Además, siempre se puede conseguir dinero.
—Mediante el chantaje —murmuró la señora MacBain.
—Sí, y con las cartas. —Asintió mirando a Angus—. O con el backgammon . Por cierto, no debería beber mientras juega. Sus dados estaban trucados y ni siquiera se dio usted cuenta del cambiazo.
—Sabía que hacía trampas —dijo Angus con voz hueca—, pero nunca averigüé cómo.
—¿Cuánto vale este rubí? —preguntó Jarvis.
Lawrence se encogió de hombros.
—Es difícil de decir. ¿Medio millón? Quizá más.
El inspector soltó un silbidito.
—Bueno —repuso lady Georgina con desdén—. Desde luego, no iba a ganar eso jugando a las cartas aquí.
—¿Qué hubiera pasado si no conseguía el rubí? —preguntó Elspeth.
—Que se hubiera quedado sin la casa para el burdel —respondió el señor Parker con indiferencia—. Eso si no la mataban, claro, porque andaba en tratos con gánsteres.
—¿Cómo puede albergar tanta maldad alguien tan pequeño y discreto? —preguntó lady Georgina—. Es asombroso: fumaderos de opio, burdeles, chantaje, y todo ello arrastrado a las orillas del lago Down.
—¿Y qué papel desempeña el coronel en esta historia? —preguntó la señora MacBain.
—Ella era el cerebro y él aportaba sus influencias. Gracias a sus contactos dieron con la casa de Londres y obtuvieron permiso para abrir un club privado. Es más, serían sus amigos quienes frecuentaran el establecimiento.
—Pero el coronel no es tan influyente en Londres —dijo Bella con desdén—. Lleva años en Shanghái. ¿Cómo iba conocer a alguien en Londres, y mucho menos a gánsteres?
—¿Y qué cree que ha hecho durante los últimos treinta años?
Ha falsificado documentos para todos los diplomáticos, empresarios y políticos turbios de la ciudad.
¿Cómo cree que Blackwood consiguió su fumadero de opio?
Porque su marido conocía al coronel. Ningún occidental consigue nada en Shanghái a menos que se lo consiga el coronel.