Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #13
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #13

Sin embargo, cuando llegó, se detuvo un momento.

El humo ya se había disipado, pero el olor todavía persistía en el aire.

Fuera lo que fuera lo que se había quemado, era evidente que no procedía de la finca.

Se acercó a la puerta y vio un montón de ramas de enebro a un lado.

El enebro ardía deprisa y desprendía muy poco calor, pero también producía una gran cantidad de humo, por eso pudo atisbarlo desde la colina.

Pero Elspeth sabía que no debía usarlo, eso lo tenía claro.

Algo no cuadraba y deseaba saber de qué se trataba.

—¡Hola! —gritó Ross—. ¿Hay alguien ahí?

No pasó nada.

Se acercó a la ventana y el olor se hizo más intenso. Miró dentro: el fuego se había apagado. Sobre la mesa, vio una botella de su reserva privada, medio vacía, junto a un pastel de carne de caza a medio comer.

Había migajas y hormigas por todas partes. Al mirar hacia el rincón más alejado, se sobresaltó al ver una figura tumbada en la cama. Miró a su alrededor y no observó ninguna mochila. De hecho, no vio ningún tipo de pertenencia. «Debe de ser un vagabundo», pensó Ross. Se acercó a la puerta nervioso.

—¿Hola? —llamó, con la esperanza de despertar a quienquiera que estuviera en la cama.

Pero la figura no se movió. De hecho, ni siquiera podía ver si respiraba.

Esperó un largo momento antes de abrir la puerta.

Caminó hacia la cama, extendió la mano, tiró del hombro, palideció y retrocedió unos pasos.

El hombre estaba muerto, claro, pero además, y eso era lo más desconcertante, se trataba de Hugh.

—¿El rubí? ¿Qué rubí? —preguntó Fergus, que acababa de entrar en la sala de juegos tras ver a varios huéspedes apiñados en silencio junto a la puerta. Los demás se giraron hacia él, excepto la señora MacBain, que mantuvo la mirada clavada en el señor Parker.

—¿Qué rubí, señor Parker? —preguntó ella.

—El rubí Ambrose, el más grande que existe. Forma parte de la colección imperial china desde hace generaciones. —Pausó la voz para captar la atención—. Hasta hace un mes.

La comprensión se reflejó en el rostro de la presidenta.

—Por supuesto —susurró, y se volvió directamente hacia Bella.

—¿Qué? —repuso Bella sin saber dónde meterse, pues todos los presentes siguieron la mirada de la señora MacBain hacia ella—. Yo... Yo no tengo rubíes —balbuceó incómoda.

Lady Georgina le lanzó una mirada iracunda.

—Ay, Bella, déjate de subterfugios.

—Pero no tengo rubíes, abuela. El rojo no me queda bien, ya lo sabes.

—Rubíes en plural, no —espetó Lawrence, a todas luces exasperado por Bella—. Me refiero a uno solo: el que le robó su marido y usted introdujo de contrabando en Inglaterra.

De nuevo, los Inverkillen se pusieron a armar barahúnda:

—¿Bella...? ¿Contrabando...? Debe de estar loco... ¿Edmund lo robó...? ¿Es un ladrón...? Yo pensaba que era diplomático... ¿Veis como no hay que fiarse de los extranjeros...?

Bella parecía muy indignada y dijo prácticamente a grito pelado:

—No sé nada de ningún rubí. Está mintiendo. ¡Edmund no robaría nada!

—Fue usted quien le robó su maleta en Marsella, ¿verdad? —preguntó la señora MacBain—. En busca del rubí.

Lawrence asintió.

—¿Y de nuevo en París?

Asintió de nuevo.

—¡¿Me robó el equipaje?! —Bella cruzó la sala antes de que nadie pudiera reaccionar a sus palabras y le dio a Lawrence una bofetada tan sonora que varios huéspedes se asomaron a la puerta abierta y rompieron a reír, entre sorprendidos y encandilados por el espectáculo.

—¡Vaya! —gritó Lawrence, tambaleándose hacia atrás, más por la sorpresa que por otra cosa.

—¡Bella...! ¡Lady Annabella...! Que alguien la detenga... Esos no son modos propios de una dama...

Su familia la reprendió mientras ella golpeaba los hombros y el pecho de Lawrence con los puños.

—¡Eh! ¡Eh, señora! —farfulló él, encogido ante los puñetazos.

Ella siguió lanzándole una sarta de golpes, que iba aderezando con juramentos y maldiciones, hasta que Fergus y Angus intervinieron para sujetarla. Cada uno la consiguió agarrar por un brazo y la apartaron de Lawrence, que estaba hecho unos zorros y se protegía la cabeza.

Bella gritó, luchando con fuerza contra sus hermanos.

—¡No tiene ni idea de lo que me ha hecho! ¡Me ha llevado a la ruina! ¡Cómo se atreve!

Lawrence se levantó y la miró confundido.

—Pero si solo había bañadores y maquillaje. ¿Cuál es el problema?

La patada le dio de lleno en el pecho y lo tiró hacia atrás sobre una silla y contra la chimenea.

—Buena técnica, Bella —se admiró Elspeth.

Angus y Fergus seguían sujetando firmemente a su hermana por los brazos y luchaban por alejarla más.

Para entonces, todo el mundo en la biblioteca presenciaba la escena sin pudor alguno y Cecil y el señor Rosenthal se apresuraron a ayudar a Lawrence a levantarse del suelo y sentarse en una butaca.

Bella se liberó de sus hermanos y se dejó caer en otro asiento, mirando a Lawrence con ira y murmurando entre dientes.

Una vez separados los combatientes, la señora MacBain volvió a tomar el control del grupo. De pie frente a Bella, pero fuera del alcance de sus puños, le habló con severidad:

—¿Qué acaba de suceder?

Bella dio un profundo y tembloroso suspiro, con los hombros caídos en señal de... ¿derrota? ¿Rendición? Seguramente no.

—Idiota —le espetó a Lawrence, todavía enfurecida—, mis joyas iban en esa maleta.

Las mujeres dejaron escapar un grito ahogado. Angus resopló encantado y encendió un cigarrillo. Lawrence parecía incómodo.

—No —dijo con voz ronca—. No contenía joyas. La registré de arriba abajo.

—Pues está claro que se dejó el doble fondo —repuso Bella con sarcasmo—. Menudo ladrón de pacotilla está usted hecho.

Lawrence palideció.

—¿Había un doble fondo?

Bella escupió las palabras con parsimonia:

—Mis joyas estaban cuidadosamente guardadas en esa maleta, escondidas en un compartimento detrás de los cajones de mi neceser de maquillaje, que se abre con esta llave. —Se sacó una llave del vestido, que colgaba de una delicada cadena de oro.

—Un momento. —Lady Georgina estaba confundida—. Te hemos visto llevar tus joyas, Bella. La otra noche llevabas ese impresionante collar de zafiros.

—Se trata de imitaciones —respondió Bella con una triste sonrisa.

La sala prorrumpió en un grito ahogado.

—Bueno, yo me lo figuré —murmuró Cecil. Todos se volvieron para mirarlo con ira—. Por supuesto, son excelentes imitaciones. Las puedes llevar sin que nadie se dé cuenta. A la vista está... —Hizo un gesto con el brazo hacia el grupo.

—Edmund insistió —prosiguió Bella— en que llevara imitaciones durante el viaje, así que encargó algunas piezas.

Se suponía que debía ponérmelas cada noche para cenar.

La idea era pregonar que las joyas estaban en la caja fuerte del hotel, pero siendo esas las falsas, mientras que las auténticas permanecían escondidas en el neceser, porque, vamos a ver, si entran a robarte, no se van a llevar el maquillaje.

—Volvió a mirar con ira a Lawrence, que se había puesto más pálido que los guantes de lady Georgina.

Era evidente que no se le había pasado por la cabeza buscar compartimentos secretos.

—¿Qué hizo con la maleta después de registrarla? —preguntó la señora MacBain. Tenía la desagradable sensación de conocer la respuesta.

Con la cabeza entre las manos, Lawrence gimió, derrotado por su descuido.

—Puede que la empeñase.

—¡¿Cómo?! —Bella se había zafado de su hermano y volvía a lanzarle golpes y palabrotas a Lawrence Parker.

Costó Dios y ayuda apartarla—. ¡Era una Asprey fabricada a medida!

¡Y de avestruz blanca, que es una piel rarísima!

¿Cómo se atreve a dejarla en una casucha de empeños?

—Respiró hondo para continuar, pero, cuando lady Georgina se dio la vuelta y le lanzó una mirada fría, dura y cargada de reproche, se quedó paralizada y se sentó dócilmente.

La señora MacBain hizo que Bella se sentara en otra butaca un poco más apartada. Se giró hacia Lawrence Parker, que parecía desolado.

—¿Empeñó la maleta? Me parece una decisión extraña.

—Está claro que quería el dinero —comentó Angus con altivez.

—No. Bueno, sí, pero no por lo que usted se cree. —Levantó la vista y observó un rosario de miradas de asco y superioridad—. Había terminado de revisar la maleta y estaba a punto de tirarla al río cuando se me acercó una mujer. Una chica, en realidad, que trabajaba en la calle.

—¿Que trabajaba en la calle? —preguntó lady Georgina con expresión de desconcierto—. ¿A qué se refiere? ¿Vendía flores o algo así?

Lawrence la miró boquiabierto.

—Era una prostituta.

Todos contuvieron el aliento y Fergus acudió raudo junto a lady Georgina, que se había desmayado. Nadie se había atrevido nunca a mencionar esa palabra en su presencia.

—¡Pare el carro, hombre! —le reprendió Cecil—. Está usted entre damas refinadas.

Lawrence miró a Cecil con exasperación, pero optó por ignorar por completo a los demás y se dirigió solo a la señora MacBain.

—No debía de tener más de catorce o quince años y estaba muerta de miedo. Se notaba a la legua que su chulo la había maltratado.

—¡Oiga, oiga! —intervino Cecil—. ¡No hay necesidad de usar ese lenguaje! —Señaló a lady Georgina, que se había recuperado de la conmoción y escuchaba con horrorizada fascinación.

Lawrence suspiró.

—Bueno, pues... digamos que su representante. —Miró a Cecil en busca de aprobación. Este asintió—. Era un tipo repugnante, se lo aseguro. La pobrecilla, atrapada en esa vida horrible... Me recordaba a... —Su voz se apagó.

—¿A quién? —le animó la señora MacBain con delicadeza.

Lawrence negó con la cabeza, como para ahuyentar a los fantasmas.

—Se merecía una vida mejor y yo tenía esa valiosísima maleta en mis manos. Así que la contraté...

Cecil lo interrumpió.

—¡Cómo pudo venderla por algo tan mezquino! Tremendo...

Lady Georgina se volvió y miró a su hijo con tal severidad que se quedó callado.

—Continúe, por favor, señor Parker —le instó la matriarca, ya recuperada del susto inicial.