LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #12
—¿Y por qué no? La gente hace jugarretas mucho peores a sus familiares —dijo Elspeth—. Ahora mismo me acuerdo de tres, ¡mejor dicho!, de cuatro personas que hicieron eso precisamente.
Jarvis admitió que tenía razón (de pronto, pensó en su hermana mayor) y dio un gran sorbo a su té. Cogió con cuidado una tercera galleta de jengibre. La señora MacBain se preguntó si tendría que pedir que les llevaran más.
—De acuerdo, supongamos que ella lo estaba chantajeando.
—Jarvis mojó la galleta en el té, ante lo que Elspeth reaccionó con una mueca.
El inspector observó cómo se iba disolviendo, en espera del momento adecuado para llevársela a la boca—.
¿Cómo le pagaría él? Todos los demás tenían los medios para pagarle, pero no olvidemos que él es un refugiado.
Solo tiene una maleta y la ropa que lleva puesta.
La presidenta lo miró de repente.
—¿Qué acaba de decir?
—¿Yo? —preguntó el inspector, sorprendido—. He dicho que solo tiene una maleta.
—Y la ropa que lleva puesta. Ay, ¿cómo se me ha podido pasar por alto? —se lamentó la señora MacBain al tiempo que se levantaba bruscamente.
En un abrir y cerrar de ojos, la presidenta ya se había ido. Jarvis volvió a mirar su taza de té y maldijo por lo bajini. La galleta se le había ido al fondo de la taza.
Fergus estaba aturdido. ¿Cuarenta mil libras? Era una suma ingente. ¿Y si Bella se lo había gastado todo? ¿Era posible? No estaba seguro, pero nunca había sido nada ahorradora.
Uno de los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores carraspeó.
—¿Podría hacernos entrega del dinero, lady Martin? Tenemos billetes para el tren de media tarde.
Fergus sintió un nudo en el estómago, pero por otro motivo que no tenía nada que ver.
—No estoy seguro de que puedan tomar ese convoy, caballeros.
Lo miraron con curiosidad. Habían consultado con el jefe de estación antes de salir hacia Loch Down Abbey: había un servicio a las seis de la tarde. Es decir, que tenían tiempo más que suficiente para cumplir con su cometido y volver a la estación a tiempo.
Fergus se aclaró la garganta; de pronto, estaba nervioso.
—Verán, anoche tuvimos un pequeño incidente y la policía local nos ha pedido que no dejemos salir a nadie del hotel ni de sus terrenos. En realidad, no deberían haberles dejado entrar en la finca.
—¿Un incidente? —Ambos funcionarios levantaron las cejas.
—Sí, una mujer fue... asesinada anoche, y la policía local lo está investigando.
—¿Asesinada? —preguntó uno de los hombres con un silbido—. Bueno, eso a nosotros no nos concierne. Acabamos de llegar. Podemos mostrarles nuestros billetes de tren como prueba. En fin, lady Martin, háganos entrega del dinero, por favor.
—Creo que deberíamos preguntarle al inspector Jarvis antes de tomar ninguna decisión. Seguro que no tendrá inconveniente en que se vayan, pero me gustaría corroborarlo. Se trata de la investigación de un asesinato, es un asunto muy serio.
Tras comunicarse entre sí sin articular palabra, los funcionarios asintieron. Como buenos burócratas, profesaban un gran respeto a las formalidades y los cargos, de modo que hablarían con el inspector y acatarían su decisión.
—Bella, ¿por qué no los acompañas a la biblioteca? Les hemos preparado un almuerzo frío. Yo iré a buscar a Jarvis.
Una vez que los hombres se hubieron levantado y hubieron salido de la sala guiados por Bella, Fergus soltó un profundo suspiro.
Bella los acomodó en una mesa esquinera al fondo de la sala y, acto seguido, se unió a lady Georgina, que ocupaba su lugar habitual junto a la chimenea acompañada por Cecil y el señor Rosenthal. Angus estaba cerca, fumando un cigarrillo.
—Ahí estás, Bella —dijo lady Georgina cuando se acercó. Bella se dejó caer en el sofá junto a su abuela, con semblante conmocionado—. Tienes un aspecto horrible. ¿Qué sucede?
Bella miró a su abuela y parpadeó, sin saber muy bien cómo empezar a relatar su última desgracia. Antes de que pudiera hacerlo, se alzó una voz desde sus espaldas.
La señora MacBain irrumpió en la estancia, seguida por Jarvis y Elspeth, y se dirigió con determinación a la sala de juegos.
—Señor Blackwood, ¿podría hablar con usted?
Saltaba a la vista que no era una petición. Con los ojos abiertos como platos, los Inverkillen observaron al señor Blackwood, que les devolvió la mirada durante un momento y luego se levantó despacio para seguir al trío.
Angus se movió rápidamente e impidió que la puerta se cerrara del todo.
Tenía que enterarse de qué hablaban. Lady Georgina, horrorizada de que su nieto se rebajara a escuchar detrás de las puertas (¡y en público, para más inri!), lo miró con el ceño fruncido y le hizo señas para que se alejara de la puerta.
—Creo que es hora de que nos diga la verdad, señor Blackwood —lo conminó la señora MacBain—, aunque lo cierto es que no se llama así, ¿verdad?
Angus miró a sus familiares con el escándalo reflejado en sus facciones. Al punto, Cecil se puso de pie de un salto para unirse a su sobrino. Lady Georgina chasqueó la lengua con gran ruido y se preguntó, como solía hacer, en qué se había equivocado al educarlos a todos.
—¿De qué habla, señora MacBain? —preguntó Jarvis sin salir de su desconcierto.
—No es el sobrino de la señora Blackwood. —La presidenta y el señor Blackwood se miraron fijamente.
Cecil hizo un gesto frenético a sus familiares para que se acercaran a la puerta. En un periquete, se le agolparon todos alrededor para escuchar sin ningún disimulo. El señor Rosenthal contuvo una risita ante la escena.
—De acuerdo, y, si no es su sobrino, ¿quién es? —preguntó Jarvis.
La señora MacBain ladeó la cabeza y se quedó callada con aire expectante.
El interrogado se los quedó mirando durante un momento.
—Parker. Me llamo Lawrence Parker.
—Y no era su sobrino, ¿verdad? —continuó ella—. Era su sirviente. Me apuesto algo a que era su guardaespaldas.
La miraba con los ojos entrecerrados y la señora MacBain comprendió que estaba haciendo sus cábalas. ¿Le diría la verdad?
Por fin habló, en voz baja pero clara, sin apartar los ojos de ella:
—Más que trabajar como su sirviente, lo que hacía era saldar una deuda.
—¿Servidumbre por contrato? —preguntó ella con la esperanza de equivocarse, pero él asintió.
—¡Sabía que escondía algo! —gritó Angus, irrumpiendo en la habitación. Los Inverkillen entraron con él y prorrumpieron en un gran barullo:
—¿Que no es su sobrino...? ¿Y cómo diablos lo sabe...? ¿A qué se refiere con que no es su sobrino...? ¿Por qué iba a decir que es su sobrino si no es verdad? ¿Tiene esto algo que ver con su muerte...? ¿Nos hemos relacionado con un sirviente...?
Sorprendida por la intrusión, la señora MacBain se dio la vuelta y soltó un taco.
—¡Basta, ya está bien! —gritó el inspector levantando los brazos—. ¡Cálmense! Este asunto es competencia oficial de la policía y tengo que pedirles que se vayan.
Tuvieron la decencia de callarse, amedrentados por la fulminante mirada de la presidenta. Ahora bien, si a Jarvis se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que abandonaran la sala en silencio, estaba muy equivocado.
La señora MacBain cruzó la pequeña estancia, donde ya no cabía ni un alfiler, y cerró la puerta.
—Que no salga de aquí ni una sola palabra, ¿entendido?
Los Inverkillen asintieron en silencio.
Regresó junto al señor Blackwood y prosiguió su interrogatorio.
—¿Cómo lo supo? —preguntó él con una mezcla de dolor y curiosidad. Se dio cuenta de que aquella mujer era formidable y podía aprender mucho de ella.
—Por su traje.
—¿Mi traje? —Se lo miró y luego observó a la presidenta confundido—. ¿Qué le pasa?
Cecil murmuró algo ininteligible y la señora MacBain lo reprendió con la mirada.
—A su traje no le pasa nada, pero, al igual que el de la doncella de Bella, es el único que tiene.
—Se giró hacia los Inverkillen—. A cada persona que salía de Shanghái se le permitía llevar una sola maleta.
Bella se apoderó de los bultos de ambas, porque sus cosas eran más importantes que las mudas de su doncella.
Todas las miradas se posaron en Bella, que resopló muy indignada.
—Nosotros pagamos los billetes...
La señora MacBain se volvió hacia Lawrence.
—Cuando la señora Blackwood llegó, traía consigo una maleta y un baúl enorme, pero usted solo tiene un traje.
Es obvio que se quedó con su pieza de equipaje y ni siquiera se dignó a dejarle el menor espacio para que guardara una muda.
No es un trato que se suela dispensar a un sobrino, pero sí a un sirviente.
Lawrence esbozó una sonrisa e inclinó la cabeza en señal de confirmación.
—¿Todo eso lo dedujo de un traje? —preguntó Jarvis incrédulo. Nunca dejaba de sorprenderlo.
La presidenta se sentó en la silla frente a Lawrence, de modo que quedaron casi a la misma altura.
—No es una ancianita cualquiera, ¿verdad?
Él dio un profundo suspiro, como si una gran carga lo asfixiara.
—No. Dirige... —se corrigió—, dirigía el mayor fumadero de opio de Shanghái.
Los Inverkillen se quedaron sin aliento y empezaron a murmurar de nuevo. La señora MacBain giró la cabeza y los amenazó con expulsarlos si no se callaban. A continuación, volvió a dirigirse al señor Blackwood.
—¿Y a qué vino? —preguntó con tono más apremiante pero conservando la calma—. Sabe por qué vino a Loch Down, ¿verdad?
Lawrence miró fijamente a los ojos de la señora MacBain. «No lo sabe», pensó. Podía guardar el secreto, pero luego se dijo: «Con ella muerta, ¿qué importa ya?». Y musitó:
—Vino a por el rubí.
Ross subió a la colina para despejarse de la resaca del baile; aún le pesaban tanto el whisky como su conversación con Elspeth.
Se acercaba al viejo nido del águila pescadora cuando vio una fina voluta de humo cerca de la cabaña.
Miró su reloj: aún no era la hora del té, pero ¡tenía que ser Elspeth!
Con el corazón acelerado, echó a correr colina abajo y cruzó el bosque a todo correr.