LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #11
La conmoción dio paso al silencio. Fergus se maravilló de que alguien tuviera el arrojo de amenazar a Bella. Pero entonces le sobrevino otro pensamiento. Sabedor de la facilidad de su hermana para gastar dinero, dudaba que le quedara algo.
—¿Y si no le queda nada?
—Mientras tengamos los recibos para cuadrar las cuentas, no hay problema. —El hombre se rio entre dientes—. Pero es imposible que se lo haya gastado todo en un mes.
Fergus ya sentía que le flaqueaban las piernas, pero se vio obligado a preguntarlo:
—¿Cuánto era exactamente?
De pronto, volviendo a ponerse serio, el hombre miró a Fergus, luego a Bella y, por último, alrededor de la estancia para asegurarse de que nadie los oyera. Lo dijo en voz baja, pero bien podría haberlo gritado:
—Unas cuarenta mil libras en diversas monedas.
Cuando Jarvis y la señora MacBain llegaron al fin al despacho de ella, la esperaba un lacayo.
«Thompson necesitaba verla con urgencia», dijo.
El inspector se apresuró a acompañarla. Mientras subían las escaleras de servicio, la aprensión de la presidenta iba en aumento.
Por fin, doblaron la esquina hacia las habitaciones de los huéspedes y vieron a Thompson y lady Elspeth aguardándola a mitad del pasillo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella.
Thompson le abrió la puerta y se quedó sin aliento.
—¿Qué demonios...? —La señora MacBain entró lentamente, aturdida por el destrozo que presenció.
Jarvis caminaba detrás de ella, boquiabierto.
—¿Cuándo lo han encontrado? —preguntó ella.
—Quizá deberíamos cerrar la puerta. Creo que no nos interesa que nadie presencie esto —susurró Elspeth.
Thompson accedió a hacer guardia fuera. Una vez cerrada la puerta, Elspeth prosiguió—: Lo encontré esta mañana cuando salí a dar un paseo.
Corrí a buscar a Thompson y, desde entonces, uno de nosotros o los dos hemos permanecido en la puerta.
—¿Entró en la habitación? —preguntó el inspector mientras miraba a su alrededor.
—Al principio. Desde el pasillo pude ver que la habían saqueado, de modo que entré para ver si había alguien herido.
La presidenta y Jarvis intercambiaron una mirada sombría.
—¿Qué? —preguntó Elspeth con ansiedad.
—¿Sabe de quién es esta habitación? —preguntó la señora MacBain con cautela.
—Ni idea. De una mujer, eso es todo lo que sé. —Señaló un cajón con un collar de perlas colgando de cualquier forma sobre el borde.
—De la difunta señora Blackwood.
—¿Difunta? —A Elspeth se le entumecieron los brazos.
La señora MacBain la acompañó a la puerta.
—Vamos a mi despacho, ¿de acuerdo?
Acomodados en la sala serbal, la señora MacBain servía té y le explicó todo a Elspeth. Como estaba conmocionada, la presidenta le añadió un chorrito de brandy al té.
—Pobre mujer —murmuró. Aceptó el té por pura inercia, pues no pensaba en nada más que en lo que acababa de oír—. ¿Y no tienen ni idea de quién pudo ser?
La señora MacBain se sentó y frunció el ceño.
—No —respondió con aire triste. Se quedaron en silencio durante unos minutos.
—Yo apostaría por su sobrino —aventuró Elspeth.
Jarvis la miró por encima del borde de su taza.
—Ah, ¿sí? ¿Por qué?
—¡Oh! ¿Lo he dicho en voz alta? —Elspeth negó con la cabeza y pareció avergonzada—. Disculpe. No era mi intención decir eso. Supongo que lo último que querrá es oír opiniones no solicitadas. No me haga caso.
A la señora MacBain le pareció interesante que Elspeth pensara enseguida en el sobrino de la señora Blackwood. También a ella le parecía el principal sospechoso.
—¿Por qué ha pensado en él?
Elspeth los miró a ambos.
—En realidad, por nada. Lo he dicho al tuntún. —Cuando la presidenta le dirigió una mirada alentadora, dejó la taza de té en la mesa y dijo—: Lo que ocurre es que..., bueno..., hay algo sospechoso en él. Siempre aparece donde no debería.
—¿Por ejemplo? —preguntó la señora MacBain, observando con atención a lady Elspeth.
—Lo he visto varias veces en el bosque, cerca del patio de servicio de detrás de la destilería, dirigiéndose hacia la colina.
—¿Y por qué no debería estar allí? —preguntó Jarvis—. Si usted tiene permitido ir a esa zona, ¿por qué él no?
—Es más que bienvenido a pasear por allí, inspector, pero yo, cuando voy, me visto de forma adecuada, al contrario que él. —Miró a la señora MacBain—. Siempre lo he visto con el traje ese que lleva, que no es en absoluto apropiado para caminar por el bosque.
Jarvis se aclaró la garganta.
—Inspector, si usted fuera al bosque, se pondría ropa adecuada o, como mínimo, se calzaría como corresponde. No saldría con los zapatos que lleva ahora, ¿verdad?
Todos miraron el calzado de Jarvis: unos zapatos negros de cuero, desgastados, con suela de cuero liso. Tenía que admitir que jamás se los pondría para salir a caminar.
—Los suyos son muy similares y son de suela totalmente lisa. Una tarde tuve que ayudarle a subir una pendiente, porque no dejaba de resbalar hacia atrás.
—Así que no tiene ropa para caminar por el bosque. Eso no le convierte en un asesino.
«¿Por qué estaré defendiendo a este hombre?», se preguntó el inspector. Con lord Inverkillen descartado, el sobrino era su principal sospechoso. O tal vez el coronel. ¿Quizá lady Annabella? En realidad, no lo tenía nada claro.
—No, pero sí que resulta sospechoso —replicó Elspeth—. Le dije que tomara prestado algo del guardarropa, pero no me hizo caso. Su traje es blanco, ¡por el amor de Dios! No entiendo cómo lo mantiene limpio. Y ¿por qué se empeña en salir vestido de esa forma?
Se miraron fijamente durante unos instantes antes de que el inspector cogiera una segunda galleta de jengibre.
—Quizá estaba cansado de que su tía le sermoneara y necesitaba un momento de paz —dijo con irritación.
Eso hizo que Elspeth se callase. Se quedó mirando a Jarvis durante unos instantes y apuntó:
—Yo solo sé que había mucha gente en ese viaje desde Shanghái.
A lo que el inspector respondió:
—Podría haber sido cualquiera de ellos. Lady Annabella, por ejemplo.
Elspeth se atragantó con el té.
—¡No puede hablar en serio!
—Ella no la conocía, Roddy —dijo la señora MacBain mientras colocaba el colador para servirse una segunda taza, pues, en definitiva, iba a necesitar otro té.
—Eso dice ella —replicó Jarvis—. Pero tan solo tenemos su palabra.
—Bella nunca habría arriesgado su reputación y su posición —dijo la presidenta con firmeza.
—Pero si la estaban chantajeando...
—¿Chantajeando? —Elspeth estaba horrorizada. De pronto comprendió que desconocía gran parte de los antecedentes.
La señora MacBain se recostó sosteniendo su taza con delicadeza.
—A decir verdad, dudo que esa mujer tuviera motivos para chantajear a Bella. Ella misma dijo que Edmund no la dejaba ir sola a ningún sitio, que siempre la acompañaba un guardaespaldas.
—¡Ja! ¿Cree que la presencia de un guardaespaldas le impediría cometer un crimen?
—Jarvis depositó la taza con brusquedad, de forma que derramó té por todas partes—.
Es lo que dice usted siempre, ¿no? Que esta gente, los nobles y tal, viven según otras reglas.
Los sirvientes para ellos son solo cosas, como si fueran muebles o animales.
Se instaló un sorprendente silencio durante el cual Elspeth observó al inspector, quien de repente recordó su presencia en la sala.
—Quiero decir..., eh... Uf... —rezongó con furia mientras buscaba la manera de retractarse.
Poco a poco, la mirada de Elspeth se posó en la señora MacBain.
—¿Eso es lo que cree? ¿Que yo la considero un animal?
La presidenta se sonrojó y se movió en su asiento.
—Es raro encontrar a alguien como usted o Fergus, que nos tratan como personas. Aún queda mucha gente que piensa que cada uno debe saber el sitio que le corresponde.
Elspeth eligió sus palabras con cuidado.
—Soy consciente de que muchos miembros de las clases altas se comportan de forma abominable con los de las clases bajas, pero yo siempre he tratado de no ser uno de ellos.
—Hizo una pausa y tomó un sorbo de té. Volvió a mirar a Jarvis y añadió—: Y, aunque a Bella le encanta tener sirvientes a quienes dar órdenes, no es de quienes buscan problemas. No está hecha de esa pasta.
La señora MacBain suspiró en silencio, aliviada. De ninguna de las maneras deseaba tener un desencuentro con lady Elspeth, así que dijo con cautela:
—A Edmund le inquietó la señora Blackwood desde el primer momento.
Cuando Bella llegó a Shanghái, le prohibió que se relacionara con ella.
No porque fuera un marido controlador, sino por su trabajo, pues, como recordará, a la difunta señora la envolvía un halo de escándalo.
Lo más probable es que diera instrucciones a sus guardias de mantenerlas separadas.
Así que creo que hay pocas posibilidades de que se cruzaran, sobre todo en secreto.
—Entonces, en cuanto al móvil, ¿lady Bella queda descartada? —refunfuñó Jarvis.
—Yo diría que sí.
Se quedaron sentados en silencio durante unos instantes. Un reloj sonó suavemente en el vestíbulo. Poco a poco, la armería volvía a la vida. Oyó que alguien llamaba al timbre de la recepción. Miró su reloj: era la hora del almuerzo.
—¿Y qué hay del coronel? —preguntó el inspector.
—Bueno, dice que se pasó toda la noche jugando. Podemos preguntar a los lacayos para confirmarlo. No es que dude de él, pues desde que llegó no ha hecho nada más que jugar y comer, pero sí que visitó la biblioteca menor y no lo ha admitido.
Jarvis murmuró algo.
—Sin embargo, la coartada del señor Blackwood es más complicada. —La señora MacBain lo miró a lo lejos y sacudió un poco la cabeza—. Dijo que se fue a la cama y dejó a su tía esperando al siguiente visitante. Pero ¿cómo sabemos que no volvió?
—Es lo que decía usted: ¿qué móvil podría tener? —preguntó el inspector, escupiendo migas de su galleta de jengibre al aire. La presidenta las vio a contraluz y suspiró. Bueno, tenía que limpiar el polvo de todas formas.
—Si no va a heredar nada —continuó Jarvis—, ¿por qué querría verla muerta? Los demás, al menos, tenían un móvil: el chantaje. Pero no iba a chantajear a su propio sobrino, ¿verdad?