Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #10
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #10

El agente se llevó el kilt de Angus al coche de policía, guardado en una caja de pruebas que sostenía a cierta distancia.

La mañana que la prenda había pasado al sol no ayudaba en absoluto.

La señora MacBain nunca se había alegrado tanto de encontrar algo tan putrefacto.

Angus quedaba exonerado del asesinato de la señora Blackwood, pues en el kilt no había una sola gota de sangre y su sgian dubh estaba tan desafilado que no habría podido cortar ni la mantequilla.

De regreso a la casa, Jarvis la siguió y le dijo:

—Bueno, eso lo exculpa. Debe de estar contenta.

La señora MacBain asintió y en su rostro se dibujó una sonrisita de alivio.

—Sí. Y ahora sabemos que nos decía la verdad sobre la biblioteca y los horarios. La mataron después de las tres y quienquiera que fuera cerró la habitación con llave, encendió la chimenea y se llevó su bastón.

Jarvis asimiló la información.

—De modo que sí recibió una última visita, como dijo el señor Blackwood. De acuerdo. Repasemos la cronología. ¿A qué hora terminó todo anoche?

—¿No vino usted? —Estaba casi convencida de que el inspector había acudido al baile, pero no recordaba haberlo visto.

—Llegué después de que empezara y bailé un par de reels , pero luego mi madre dijo que estaba agotada y nos fuimos antes del resopón —dijo él, lamentándose, pues debía de haber sido todo un festín.

Le rugió el estómago y deseó que volvieran a pasar por las cocinas.

Era la hora del almuerzo y le estaba entrando un hambre voraz.

—Ah, bueno, supongo que ya va teniendo una edad. ¿Cuántos años tiene, setenta y ocho?

La señora Jarvis no era una mujer muy robusta y las hermanas del inspector tenían toda la pinta de ser unas arpías de mucho cuidado.

Lo habían mangoneado desde siempre, sobre todo su hermana mayor.

La señora MacBain no albergaba dudas de que una mujer ya de por sí delicada pudiera verse afectada por el estrés cotidiano que debía de generar ese ambiente doméstico.

—Exacto: cumplirá setenta y nueve el mes que viene —respondió Jarvis—. ¿A qué hora entonces?

—Oh, sí. Las puertas se abrieron a las ocho y el baile comenzó oficialmente a las nueve con Hamilton House , que bailaron los Inverkillen.

Jarvis arqueó una ceja.

—Era su baile. ¿No le correspondía el honor de abrirlo?

La señora MacBain sonrió con aire modesto.

—Bueno, lo cierto es que sí, pero lady Georgina insistió en implicarse en la organización y pensé que, como estaban todos aquí, sería más fácil que lo inauguraran ellos.

El inspector negó con la cabeza.

—De acuerdo. Entonces, los Inverkillen inauguraron el baile a las nueve y el primer reel fue a las nueve y media, ¿no?

—Sí, así es. El resopón, a las doce. Los carruajes, a las tres y media (aunque supongo que ya no quedan carruajes, echo de menos el sonido de los caballos) y a las cinco se ordenó a los lacayos que cerraran la sala de juego y echaran a todos los rezagados.

Jarvis se hizo a un lado y le abrió la puerta.

—Y, ahora que sabemos que tanto lord Inverkillen como el señor Blackwood decían la verdad, el asesinato debió de ocurrir entre las tres y las cinco.

—¿Lo sabemos? —preguntó ella, mientras subía con cuidado las escaleras de piedra hasta una terraza cercana a la pista de tenis—.

Sabemos que el señor Blackwood nos dijo la verdad respecto a que se despidió de ella a las dos y media, pero ¿cómo sabemos que no volvió a bajar y la mató después de que se marchara su última cita?

Solo tenemos su palabra de que permaneció en su habitación toda la noche.

Jarvis soltó un suspiro.

—¿Podríamos registrar su habitación en busca del bastón? Aunque parece demasiado astuto como para guardarlo allí.

—De acuerdo. Pero la cuestión es que no veo ninguna razón por la que quisiera matarla. ¿Qué móvil podría tener?

El inspector se encogió de hombros.

—Si es de Shanghái, sabrá lo valioso que es el bastón. Y él mismo lo reconoció: se escaparon con lo puesto. Quizá quería empezar una nueva vida por su cuenta y el bastón le proporciona los medios para hacerlo.

La señora MacBain guardó silencio mientras reflexionaba al respecto. ¿Podría haber sido un simple robo? Parecía una locura, pero lo cierto es que la gente desesperada hace cosas desesperadas.

—Supongamos que la mató por el bastón. ¿Por qué seguiría aquí? Podría haberse marchado a pie anoche, haber cogido el tren de la leche de las cinco y media y estar ya muy lejos de aquí.

Jarvis admitió que era un buen argumento.

—Quizá tengamos que hablar con todos los demás a quienes chantajeaba.

Llegaron a una puerta lateral de Loch Down Abbey y la presidenta se detuvo para mirarlo. Estaba segura de que sería inútil, pero no tenían muchas más pistas que seguir.

—De acuerdo, ¿con quién quiere hablar primero?

Fergus regresaba de la biblioteca menor. Los agentes de Jarvis habían registrado la sala palmo a palmo sin hallar ni el puñal ni el bastón. A la señora MacBain no iba a hacerle gracia.

Acababa de entrar en la armería de camino a las cocinas, con la esperanza de encontrarla, cuando MacPherson lo llamó. Fergus cambió de rumbo y se dirigió al mostrador, esbozando una sonrisa cortés.

—¿Sí? —preguntó con tono afable.

Thompson estaba con dos hombres, uno de los cuales no le quitaba ojo a la armadura del cuarto conde. Cuando Fergus se acercó, MacPherson se lo señaló y ambos hombres centraron su atención en él. En silencio, lo examinaron con aire crítico. Entonces, el más alto susurró:

—Nos gustaría hablar con lady Annabella Martin.

Entonces fue Fergus quien los observó a ellos. Vestían trajes grises con corbatas negras y bombines de lo más elegantes, pero saltaba a la vista que no habían ido de vacaciones y que, desde luego, no eran amigos de Bella. De repente, Fergus tuvo un mal presentimiento.

—Creo que a esta hora suele estar en la salita de día de las damas, ¿señor...? —Trató de sonsacar cómo se llamaba y, al no obtener respuesta, suspiró para sus adentros—. Bien, ¿les importaría seguirme?

—Si fuera tan amable de indicarnos dónde encontrarla, sería preferible. —Era una manera educada pero firme de pedir que los dejara a solas con ella.

—Es algo complicado, ya que resulta muy fácil perderse por el camino. Será mejor que les lleve yo. —Al subir el primer escalón, se detuvo, se dio la vuelta y dijo—: Por aquí, caballeros.

Tres minutos más tarde, cruzaron unas puertas con una elegante placa de latón que rezaba «Salita de día de las damas».

—Ah, sí. Bella —llamó Fergus a su hermana mientras cruzaban la sala. Bella estaba sentada en un sofá amarillo pálido junto a las ventanas—. Tienes una visita.

Bella levantó la vista de la revista Tatler .

—¿Visita? ¿De quién? —Miró a los hombres y frunció un poco el ceño. No eran el tipo de gente con quien se relacionaba. Se levantó y se alisó la falda.

—¿Lady Annabella Martin?

—Sí. ¿Y ustedes quiénes son?

—Nos envía el Ministerio de Asuntos Exteriores. Quizá deberíamos ir a un lugar más tranquilo.

—¿Tienen noticias de Edmund? —preguntó Bella con ansiedad.

—Eh..., no —respondió uno de los hombres—. Hace tiempo que perdimos el contacto con las oficinas de Shanghái.

—Ah. Bueno, y, si no hay noticias, ¿qué hacen aquí? —preguntó con recelo.

Se sentaron en el sofá sin que nadie los invitara. Bella los observó y luego, ofendida por su falta de modales, miró a Fergus, quien se limitó a encogerse de hombros. Ella se sentó en el sofá de enfrente.

El hombre más alto carraspeó.

—Venimos a por el dinero y a por sus recibos.

—¿Cómo? —preguntó Bella, a todas luces confundida.

—El dinero que le entregaron cuando salió de Shanghái. Debe entregárnoslo.

Fergus sintió un vuelco en el estómago y miró a Bella con nerviosismo.

—¿Para qué? —saltó Bella.

Los hombres se movieron en sus asientos como colegiales.

—Pertenece al Gobierno, señora —respondieron en voz baja.

—Por supuesto que no. —Bella parecía ofendida.

Fergus estaba de lo más confundido y a la vez bastante alarmado por los derroteros que tomaba la conversación.

—Bella, ¿qué dinero? ¿De qué están hablando?

—No lo entienden —dijo Bella—. Edmund fue al banco la mañana de mi partida. Liquidó nuestras cuentas en Shanghái y me envió a casa con el dinero. Nuestro dinero.

—Eh —comenzó el hombre, sin saber muy bien cómo continuar, pues nunca había tratado con civiles—. En realidad, lady Martin, el dinero que sir Edmund le entregó procedía de la caja fuerte del consulado.

—¿Está diciendo que Edmund robó fondos públicos? —preguntó Fergus.

—No, para nada. Guardamos dinero en efectivo en la caja fuerte de los consulados y embajadas, y precisamente para este tipo de fines. Sir Edmund siguió el protocolo habitual. Pero a nosotros nos han encomendado la tarea de recabar el remanente una vez regresados todos sanos y salvos.

—No puede ser. —Bella miró a su hermano con confusión e irritación en los ojos.

El hombre se dirigió a Fergus.

—Lord Martin nos envió un mensaje diciendo que no podía reunir suficiente dinero en efectivo en divisas occidentales para costear el regreso de todo el mundo.

Hubo una retirada masiva de fondos de los bancos, como ya esperábamos.

Por eso utilizó el dinero de la caja fuerte.

Por norma general, se le entrega al funcionario de mayor rango que acompaña al grupo, pero...

—vaciló y miró de reojo a su colega, que asintió con disimulo—, dado que el vicecónsul es el coronel, envió el dinero con lady Annabella. Y hemos venido a recogerlo.

—¡No! ¡Ese dinero es mío! ¡Si se lo llevan, me quedaré con una mano delante y otra detrás! —Miró a Fergus presa del pánico—. ¡He pedido ropa! ¿Cómo voy a pagarla?

—No me corresponde a mí decirlo, señora. Pero el dinero debe ser devuelto. —No parecía sentir la menor compasión por su situación.

—¿Y si me niego? —preguntó Bella con tono desafiante.

—Piénselo bien, lady Martin. —Se levantaron despacio y al unísono—. El dinero pertenece al Gobierno de Su Majestad y no creo que le interese enfrentarse a ellos.