Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #9
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #9

A Angus no le hizo ninguna gracia que volvieran a convocarlo. En particular, le inquietaba ver que Jarvis seguía en la casa. La señora MacBain intentó que se sentara en una silla, pero Angus se negó y se quedó de pie junto a la chimenea. Ella lo observó con atención. Estaba visiblemente agitado.

—Lord Inverkillen, me gustaría repasar de nuevo sus movimientos de anoche —dijo el inspector con voz calmada, como si estuviera al mando. Pero cuando Angus le lanzó una mirada iracunda, empezó a tartamudear como un colegial—: Si..., eh..., no le importa.

La presidenta suspiró suavemente.

—Pues la verdad es que sí me importa. Ya lo hemos repasado y no tengo nada más que decirle. —Movió el jarrón con el ramillete que había sobre la repisa de la chimenea.

—¿Dejó a la señora Blackwood en la biblioteca menor justo cuando empezó a sonar el Duke of Perth ?

Angus suspiró y dijo:

—Sí.

—¿Y salió por las cristaleras de la biblioteca menor? —preguntó la señora MacBain—. No por las de la gran galería, ¿verdad?

Jarvis la miró con curiosidad.

Algo desconcertado, Angus respondió:

—Sí.

—¿Está seguro? —preguntó ella con tono apremiante.

—Sí —saltó Angus. No entendía por qué importaba cómo había salido de la sala.

Jarvis tampoco lo comprendía. Le bastaba con saber que estuvo en la estancia.

—Y nadie lo observó dirigirse al pabellón de tenis, ¿correcto?

—No tengo ni idea de si me vieron, «señor agente». Estaba oscuro. Es posible que hubiera alguien al acecho, pero, desde luego, yo no vi a nadie —respondió con gran desdén.

—¿Por qué no volvió al baile? —preguntó la señora MacBain, tratando de mantener un tono suave. Tenía mucha curiosidad por saberlo. Si no la había asesinado y disponía de tiempo para saldar la deuda, ¿por qué decidió abandonar la celebración?

Angus se sobresaltó y se la quedó mirando. La pregunta lo había pillado por sorpresa.

—Pues porque... necesitaba un momento de calma.

«No ha pensado en ello —reflexionó la presidenta—. Es buena señal. Aún no tiene coartada».

—¿Un momento de calma? —preguntó ella mientras alzaba las cejas. Angus no había necesitado «un momento de calma» en su vida.

El conde se puso a caminar arrastrando los pies.

—Sí. ¿No puede uno salir a que le dé el aire y reflexionar en paz?

Lo cierto era que no se había parado a pensar en el motivo por el que había salido pitando en aquella dirección. Sencillamente había acabado allí. Debería haber vuelto a la mesa de juego para ganar todo lo que pudiera, pero la señora Blackwood había sido tan cruel...

Jarvis respiró irritado, pero la señora MacBain lo interrumpió. Si hacían que se enfadara, nunca llegarían a la verdad. Con suavidad, le puso una mano en la rodilla para detenerlo.

—Angus, yo no creo que haya matado a esa mujer.

De verdad que no. Pero el inspector Jarvis sí lo cree y arde en deseos de detenerlo.

—Angus miró a Jarvis con semblante aterrado—.

Como él bien dice, tenía usted un móvil, se le presentó la oportunidad y disponía de un arma, pues recordará que la apuñalaron.

Angus palideció y comenzaron a flaquearle las piernas. Dios mío, ¿cómo había llegado a ese punto?

—Angus, necesitamos saber exactamente qué sucedió en esa sala —prosiguió la señora MacBain con amabilidad.

Esperaron un momento mientras Angus no le quitaba ojo a la presidenta.

Ella le devolvió la mirada de la forma más alentadora posible.

Jarvis contuvo la respiración durante un instante.

El reloj de la estantería dio la media hora.

Parpadeó y se sentó con brusquedad, con la cabeza entre las manos y la voz hueca.

—No me dio hasta fin de mes. Quería el dinero enseguida, pero simplemente no lo tengo. Le ofrecí lo que tenía y ella se limitó a reírse.

— Mucho título, mucho título, pero el dinero brilla por su ausencia. Debí habérmelo figurado. He perdido la cuenta de las veces que he mantenido esta misma conversación. ¿Le parece digno jugar sin capital que respalde su apuesta? La nobleza ya no es lo que era .

— Mire, he hecho todo lo posible. He reunido casi la mitad en el día que me ha dado y, con las ganancias de esta noche, solo me faltan cuarenta libras. Si me deja volver a la mesa de juego, habré conseguido el resto por la mañana. Se lo pagaré a la hora del té. Le doy mi palabra .

— Por favor... Ni que no supiera yo el nulo valor de la palabra de un caballero.

Si esto hubiera ocurrido en Shanghái, ya lo habrían sacado por la puerta de atrás y le habrían pegado un tiro.

Por suerte para usted, esos no son mis métodos.

Pero mañana hablaré con la policía. No me deja otra opción .

— ¡Me meterán en la cárcel !

— Sí, y será humillante que lo vean tal y como es, pero creo que estaremos de acuerdo en que es preferible a acabar en el río con un disparo.

Bien, lord Inverkillen, tiene dos opciones: acompañarme por la mañana y entregarse, o bien esperar a que le detengan delante de su querida abuela. ¿Qué prefiere ?

— ¡Solo me faltan cuarenta libras! ¿Por qué me hace esto? ¡No le he hecho nada !

— Uno debe afrontar las consecuencias de sus actos, por desagradables que sean .

Angus carraspeó y volvió a mover el jarrón con el ramillete.

—Y entonces me fui. Estaba tan enfadado que no presté atención a quién podía haberme visto o no. Solo quería salir de allí. ¡Pero en ese momento seguía viva! —dijo con mirada suplicante a la señora MacBain—. Nunca la toqué, lo juro. Deben creerme. Ni siquiera me acerqué a ella.

Sumido en la confusión, Jarvis se sentó en su silla. ¿Por qué demonios iba él a detener a Angus por una deuda de juego? Era cuantiosa, en efecto, pero, en términos jurídicos, no era competencia de la policía. El juego no era ilegal. ¿Qué esperaba la señora Blackwood que hiciera?

—¿Dónde estaba sentada?

Angus hizo memoria y respondió:

—Pues la verdad es que se encontraba en la butaca frente a las puertas de la gran galería.

La señora MacBain ladeó la cabeza.

—¿Estaba encendida la lumbre? —preguntó.

—¿La lumbre? —La pregunta lo pilló desprevenido—. Pues... no. No, que yo recuerde.

—¿Llevaba ella su bastón?

Angus negó con la cabeza y pensó.

—Sí —respondió con parsimonia—, se apoyaba en él. ¿Por qué?

La señora MacBain asintió al tiempo que se imaginaba la escena.

—¿Dónde estaba usted?

—Justo delante de las cristaleras.

—¿Estaban las cortinas cerradas? —preguntó ella conteniendo la respiración.

Angus se quedó pensando un momento.

—No. Se veía el jardín por las cristaleras.

La presidenta exhaló lentamente. La posible hora de la muerte quedaba más acotada.

Angus buscó la pitillera en su abrigo, la abrió y gimió. Estaba vacía.

La señora MacBain se levantó y se dirigió a la mesita semicircular que había junto a la puerta. Cogió una caja plateada, la abrió y se la ofreció a Angus.

—Me temo que no son sus exquisitos cigarrillos marroquíes. —Angus asintió en señal de agradecimiento y cogió un cigarrillo inglés. En ese momento, habría dado las gracias por cualquier tipo de tabaco.

Angus y la señora MacBain se quedaron junto a las ventanas, él fumando y mirando al jardín.

—¿Qué tenía la señora Blackwood contra usted? —preguntó ella con un hilo de voz.

Angus exhaló y miró a la presidenta, olvidándose por completo de la presencia de Jarvis.

—No la toqué, se lo juro. —Exhaló un suspiro entrecortado y, con manos temblorosas, le dijo—: Tenía el libro de Hugh.

—Por los santísimos clavos de Cristo. —A la señora MacBain le daba vueltas la cabeza—. ¿Cómo lo supo?

Angus se encogió de hombros.

—No lo sé, pero lo sabía.

—Que sabía ¿el qué? ¿Qué está pasando? —preguntó Jarvis mientras se acercaba a las ventanas. Mantenían una conversación entre susurros y no le gustaba ni un pelo.

La presidenta dio un profundo suspiro. Le vino a la memoria el rostro de Colin, el lacayo. Eso la enfureció aún más.

—Bueno, poco importa cómo se enteró. El caso es que ocurrió, y sabía lo suficiente como para chantajearlo.

—¿Qué es lo que sabía? ¿De qué están hablando? —insistió el inspector. Al fin y al cabo, era su investigación, y la señora MacBain no le contaba ni pío. Era como si hablaran en clave.

—Angus, le voy a hacer una pregunta y es muy importante. —Contuvo la respiración—. ¿Dónde están las ropas que llevaba anoche?

Por un momento, Angus se sintió confundido, pero luego se puso rojo como un tomate, hizo una mueca y gimió mirando al suelo.

—¿Angus? —le insistió ella con la mayor delicadeza posible—. Es crucial que veamos su kilt . ¿Lo entiende? Es la única forma de demostrar su inocencia. ¿Lo ha quemado?

—No. ¿Por qué? —preguntó él confundido—. Ah, lo dice por el fuego. El tío Cecil me dijo que quemara el libro de Hugh.

Se sintió aliviada y le hizo un gesto de ánimo.

—¿Dónde está su kilt ?

—¿Es necesario que él oiga esto? —Parecía incómodo y le hizo un gesto con la cabeza a Jarvis.

—Me temo que sí.

Soltó un profundo suspiro y, al borde de las lágrimas, relató:

—Cuando llegué al pabellón, abrí una botella de whisky. Me tomé un vaso y luego otro. Y después abrí otra botella. Lo siguiente que recuerdo son los gritos del coronel exigiendo su clase de tenis. —Hizo una pausa y se sonrojó aún más que antes—. Y yo estaba tumbado en un charco de mi vómito.

No sin esfuerzo, el inspector tuvo la delicadeza de reprimir las carcajadas. Se dio la vuelta, se tapó la boca y tosió.

—Me puse la ropa de jugar y utilicé mi kilt para limpiar el desaguisado.

—¿Y dónde está? —preguntó ella al punto.

—Lo tiré por la ventana trasera que da a la pila de leña.

—¡Ay, gracias a Dios! —gritó ella. Por poco no le dio un beso a Angus. Volviéndose hacia Jarvis, dijo con entusiasmo—: Vamos a buscarlo antes de que le pase algo.