Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #8
65%

LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #8

—Solo quiero hacerles una pregunta. —Respiró hondo para calmarse y trató de imprimir ligereza a su voz—: ¿Supongo que lord Inverkillen no les ha traído su colada esta mañana? ¿O tal vez se han encontrado ropa sucia aquí al llegar?

Por sus caras de desconcierto, se dio cuenta de que no había sido así.

—Bueno, solo me lo preguntaba... —comenzó a decir.

En un visto y no visto, las mujeres se recuperaron de su sorpresa y rompieron a reír, divertidas por la mera idea de que un aristócrata llevara la colada en persona a la lavandería.

—¿Lord Inverkillen...? ¿Aquí...? ¿Os lo imagináis...? Sí, señor, nos encantaría lavar sus calcetines... Pero si usted no sabe ni lo que es una tabla... Dudo que sepa ni dónde está la lavandería... Se pensará que la ropa la lavan las hadas...

Aliviada, la señora MacBain salió por la puerta y las dejó con sus bromas matutinas.

«Bueno, era poco probable, pero no se perdía nada por probar», se dijo.

Se apresuró a ir al pabellón de tenis, con la esperanza de adelantarse a Jarvis.

Quería echar un vistazo antes de que él llegara, por si acaso, pero se le encogió el corazón cuando dobló el seto y observó al policía paseándose fuera del pabellón con su vistoso abrigo.

Bueno, con independencia de lo que encontraran allí, tendría que contarle lo de Angus.

Solo esperaba que, al hacerlo, este quedara libre de sospecha.

—Ah, ahí está —dijo el inspector, con aspecto algo sudoroso y más que un poco gruñón—. ¿Ya has ordenado la colada?

—Sí, gracias. —Hizo caso omiso de su sarcasmo, pasó junto a él y empuñó el pomo de la puerta.

—Está cerrada —dijo él con un deje de alegría—. ¿Y ahora qué?

Ella dudó, sin saber muy bien si quería enseñárselo.

Sin embargo, como el tiempo apremiaba, no tenía más remedio.

Arrastró una silla de jardín de teca y la colocó delante de la puerta.

Encaramada al asiento, levantó una laja de pizarra que cubría un huequito con el espacio justo para guardar una llave.

Jarvis la miró boquiabierto mientras ella se agachaba, abría la puerta y devolvía la llave a su escondrijo.

Ella aceptó agradecida la mano que el inspector le ofrecía para bajarse de la silla.

—Cuando nos hicimos cargo de Loch Down Abbey, hice copias de las llaves de todas las dependencias exteriores. De hecho, tuvimos que cambiar varias cerraduras, porque llevaban mucho tiempo perdidas. Así que ahora cada edificio tiene una llave de repuesto escondida.

Jarvis se maravilló de las magníficas dotes organizativas de la presidenta.

—¿Fue usted girl guide ?

Ella sonrió.

—No. Ya trabajaba aquí cuando fundaron la asociación. ¿Entramos?

Accedieron al pabellón y de inmediato comprendieron que Angus había estado allí.

Los ceniceros estaban a rebosar de sus cigarrillos marrones, había una botella de whisky vacía en la mesa del centro y otra tumbada de lado.

Y la habitación apestaba. La señora MacBain abrió las puertas de par en par para ventilar.

—¿Qué dijo el coronel?

—¿Qué? —inquirió Jarvis, que estaba mirando una estantería. «¿Quién guarda libros en un pabellón deportivo?», se preguntó—. Ah, el coronel, sí. Dijo que lord Inverkillen vestía ropa de tenis.

La presidenta parecía consternada.

—¿Estaba seguro de eso o era una conjetura? —El inspector la miró extrañado—. Después de oír su versión, le aseguro que no es el testigo más fiable.

Jarvis reflexionó al respecto durante un momento y asintió.

—No dudó, daba la impresión de que me consideraba loco de remate por preguntarlo. Se burló de mí sin ningún disimulo y dijo que era demasiado vulgar para jugar al tenis. Por tanto, sí, creo que lord Inverkillen vestía ropa de tenis. ¿Por qué es relevante?

La señora MacBain asintió, con semblante sombrío, y comenzó a registrar el pabellón en silencio, abriendo todas las puertas de los armarios. Jarvis se quedó quieto observándola.

La presidenta se dio la vuelta con gesto irritado.

—Si no tiene nada mejor que hacer, ¿debería traerle una taza de té y un periódico?

Jarvis se sonrojó, cruzó la habitación con aire avergonzado y comenzó a registrar el asiento de la ventana que lord Inverkillen utilizaba como cama.

Pero no estaba seguro de lo que buscaba.

Continuó con el escritorio. Todos los cajones estaban llenos de pelotas, tizas para el marcador y libros sobre tenis, y también había un par de zapatillas viejas hechas polvo.

Cuando la señora MacBain hubo acabado con los armarios, se puso a remover los cojines de los sofás, miró detrás de las cortinas y vació el cesto de la leña. Por último, se detuvo frente a la chimenea.

Tras un breve titubeo, la presidenta se arrodilló frente a la chimenea.

Era evidente que esa mañana había habido fuego.

«¡Oh, Angus!», exclamó para sí. Removió un poco las cenizas, con la esperanza de encontrar algún trozo sin quemar.

¡Lo que hubiera dado por un trozo de corteza!

Pero no, todo se había quemado por completo y lo mismo podían haber sido leños como su traje de las Highlands.

Se sentó sobre los talones y respiró hondo para calmarse.

Las cosas no pintaban bien para Angus.

Elspeth bajaba las escaleras. Había dormido mal después del baile, pues sabía que debería haber hablado con Ross sobre la cabaña.

Pero no quería hacerlo en un lugar tan expuesto y, la verdad, tampoco deseaba terminar su relación.

Sin embargo, si él necesitaba ahondar en su compromiso, tendría que dejarlo ir.

Ross se merecía más y ella no podía dárselo.

Hablar del tema no era plato de gusto, pero aquella mañana tan tranquila venía preparada para mantener esa conversación con él.

Caminaba despacio, imaginando cómo transcurriría el encuentro: qué diría ella y cómo respondería él.

Podía ser una despedida tierna, pero también amarga, y se le agolparon las lágrimas al pensarlo.

Salió de sus cavilaciones y se dio cuenta de que se había equivocado de camino.

Al ver las escaleras que llevaban a la armería al otro extremo, caminó hacia ellas, maldiciéndose por lo bajini, tanto por ponerse en lo peor como por perderse en la casa en que se había criado.

Al acercarse a las escaleras, se detuvo frente a una habitación.

La puerta estaba abierta de par en par, de modo que pudo ver que estaba hecha trizas.

Elspeth miró a ambos lados del pasillo, vio que no había ni un alma, entró con cautela y observó a su alrededor.

Había ropa esparcida por doquier, los cajones estaban abiertos o tirados en el suelo y hasta el colchón estaba fuera del somier.

Quienquiera que hubiera registrado la estancia había hecho un trabajo bastante minucioso.

«¿De quién era esta habitación?», se preguntó.

Tenía que decírselo a alguien y esperaba que algún empleado estuviera ya trabajando.

Salió a toda prisa, se dirigió al mostrador de la armería y luego dio media vuelta al reparar en que necesitaría el nombre de la habitación: Mackintosh.

Agotados, Jarvis y la señora MacBain regresaron a la casa y se instalaron en el despacho de ella, junto a las cocinas.

El inspector no podía creer que la presidenta conservara el mismo despacho que usaba en sus tiempos como ama de llaves.

Él habría elegido uno mucho mejor si fuera el dueño de Loch Down Abbey.

Por ejemplo, la sala serbal, que era preciosa. Se preguntó por qué no la utilizaba.

Se sentaron en las sillas y permanecieron en silencio durante un momento.

Jarvis puso en orden sus pensamientos y no se le ocurrió ni una sola razón por la que no debiera detener a lord Inverkillen.

La señora MacBain hizo lo propio y no se le ocurrió ni una sola razón para que Angus quemara su ropa, a menos que fuera culpable.

¿Qué debía hacer ella? ¿Y cómo podía librarse de Jarvis para pensar en paz?

—Bueno... —comenzó él en tono grave.

Ella lo interrumpió.

—Tenemos que volver a hablar con lord Inverkillen. Es posible que haya una explicación racional.

Jarvis la miró durante un momento. ¿Una explicación racional para qué? ¿Qué era lo que había ido a buscar al pabellón? Se negaba a admitir que no lo sabía.

—Bien, busquémoslo y preguntémosle —dijo con más confianza de la que sentía—. Supongo que lo conoce lo bastante bien como para saber si miente.

La señora MacBain valoró la veracidad de esas palabras.

Conocía bien a Angus, pero no tanto como pensaba Jarvis.

Sabía de sus gustos y aversiones, sus hábitos y su rutina.

Conocía detalles como su jabón de afeitar favorito, Trumper Eucris, y que prefería el clavo a la lavanda como ambientador de armario.

Cuando estaba de humor, se ataba la corbata con un nudo Windsor y, cuando estaba de malas pulgas, optaba por el francés.

Si podía elegir, siempre prefería la mermelada de frambuesa a la de naranja amarga, y los huevos pasados por agua a los revueltos, pero bajo ningún concepto los tomaba fritos.

Ella había sido su sirvienta y era su trabajo saber ese tipo de cosas.

Pero no eran íntimos, ni siquiera amigos.

Es más, no habían tenido ni una conversación digna de tal nombre.

Con Fergus y con Elspeth, sí, pero Angus era de otra pasta.

Era un conde y ella, aunque fuera la propietaria del hotel, seguía siendo inferior.

¿Le mentiría? Casi con certeza. Había ocultado muchas cosas cuando vivía en Loch Down Abbey, desde asuntillos sin importancia, como robarle cigarrillos a su cuñado, hasta bombas como su relación con Hugh, pero eso no era nada en comparación con un asesinato.

Sumida en sus pensamientos, se levantó despacio y llamó a un botones. Cuando llegó, le pidió que buscara a lord Inverkillen y lo condujera a la sala serbal. ¿Detectaría si Angus le mentía? Estaba a punto de averiguarlo.