Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #7
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #7

—Entonces será su palabra contra la tuya —respondió Cecil con firmeza.

Angus lo miró con gesto escéptico—. Recordemos que es un secuaz, un matón de la peor ralea, mientras que tú eres un par del reino.

Hablaste con ella sobre el pago de tu deuda, simple y llanamente.

En lo que respecta al otro asunto..., bueno...

, habrá docenas de personas, gente de alcurnia, que hablarán en tu favor.

Angus se levantó y se acercó a la ventana mientras lo asimilaba todo. Apartó la cortina con delicadeza y contempló los jardines. «Ojalá me hubiera quedado en Marruecos», pensó con amargura.

Cecil se levantó y emitió un profundo suspiro.

—Ve a darte un baño y cámbiate. Nos vemos en la armería dentro de media hora. Veamos qué quiere la policía de ti antes de que cunda el pánico.

Al cabo de media hora, se oyó un fuerte golpe en la puerta de la sala serbal.

—¿Lista? —le preguntó Jarvis a la señora MacBain. Ella asintió—. Adelante.

La puerta se abrió rápidamente y Angus entró en la estancia con paso firme. Era la viva imagen del aplomo aristocrático.

—Comandante —saludó la presidenta con voz más aguda de lo habitual. Cecil estaba detrás de Angus, cruzando la habitación. Se recompuso antes de continuar—: No lo esperábamos.

—Bueno, iba a desayunar con Angus cuando este me dijo que necesitaba hacer una pequeña parada para una charla privada. Y bien, ¿quién soy yo para poner pegas? —Se sentó, con toda la intención, en la silla que se encontraba más alejada de la puerta.

—Ah, ya, bueno... —La presidenta buscó las palabras—. Es..., es un asunto un poco delicado.

—Haré gala de templanza. —Cecil se arrellanó tanto en la butaca que le preocupó que tuvieran que sacarlo con un tractor.

Angus tomó asiento frente a la señora MacBain y al inspector Jarvis, y miró expectante al policía.

—¿Quería verme?

—Ah, sí, lord Inverkillen, gracias por venir. —Jarvis se sentó, colocándose en el borde de la silla—. Me temo que debo darle una triste noticia.

—Ya sé lo de la señora Blackwood, inspector.

«En esta casa, las noticias vuelan», pensó Jarvis.

—¿Lo sabe?

—Sí. El coronel Lamont me lo contó cuando vino a su clase de tenis esta mañana.

La señora MacBain puso mala cara.

—¿De verdad asistió a una clase? Pensaba que se lo había inventado.

—Yo también —convino Jarvis—. ¿Quién programa una clase de tenis la mañana después de un baile?

Estaba desconcertado. «Esta gente nunca deja de sorprenderme —se dijo—. Habrase visto, correr por la pista con toda la resaca». Solo de pensarlo le dieron ganas de vomitar.

—Ya —convino Angus con desgana—. Bueno, está claro que no cayó en la cuenta de que no era el momento más adecuado. ¿En qué puedo ayudarlos?

Jarvis se movió en su asiento, se ajustó la corbata y dio por comenzada la entrevista:

—Tenemos entendido que anoche se reunió con la señora Blackwood en la biblioteca menor.

Angus vaciló.

—Sí, pasé a verla.

—¿De qué hablaron?

Angus miró a Jarvis durante un instante y luego, de manera lenta y deliberada, bajó la vista hacia los zapatos del inspector. Estaban cubiertos por polvo del camino y llevaba un cordón desatado. Volvió a mirarlo cara a cara y respondió en tono indolente:

—Contraje una deuda de juego con ella y departimos sobre las condiciones de pago.

—Entiendo. —Jarvis metió los zapatos debajo de la silla y pensó que por la tarde debería pedirle a su hermana que se los limpiara—. ¿Y a cuánto asciende esa deuda?

Angus lo fulminó con la mirada.

—Un caballero no revela sus deudas de juego.

Jarvis dudó un momento.

—Necesito saber el importe.

—No era una cantidad significativa. —Angus le lanzó una mirada desdeñosa y se sacó la pitillera del bolsillo.

—¡Ha muerto una mujer! —repuso Jarvis alzando la voz, pero sin llegar a gritar—. Yo decidiré lo que es significativo y lo que no. ¿Cuánto era?

Angus, en absoluto acostumbrado a que le gritaran (al menos, nadie que no perteneciera a su familia), se encogió en su asiento.

—Unas cuatrocientas libras.

Jarvis alzó las cejas hasta el nacimiento del cabello.

—¡Angus! —se le escapó a la señora MacBain—. ¡Es una suma enorme!

Cecil carraspeó suavemente y terció:

—Si me permite, inspector, no es una suma tan cuantiosa en nuestro mundo. Yo mismo he perdido ese importe en una sola noche con bastante frecuencia.

«¿En una noche?», se escandalizó Jarvis para sus adentros. Él no ganaba tanto ni en un año. Miró a la presidenta, que se encogió de hombros sutilmente.

Angus recobró su actitud altiva.

—Como le decía, estábamos acordando las condiciones para saldar la deuda.

Jarvis miró a Angus, parpadeó varias veces y negó con la cabeza.

—¿Y lo hicieron?

—Si hicimos ¿el qué? —espetó Angus sin disimular su irritación.

Jarvis se lo quedó mirando unos instantes y, apretando los dientes, precisó:

—¿Llegaron a un acuerdo sobre esas condiciones?

—Esto... —Sus ojos se posaron en Cecil, quien asintió despacio—. Sí. En efecto. Debo saldar la deuda antes de que acabe el mes.

—Pero ahora —dijo el inspector con tono incisivo— no le debe nada a nadie. Le viene a las mil maravillas, ¿no?

—Oiga usted, cerdo impertinente —espetó Angus—, si cree que maté a esa mujer por un motivo tan vulgar como el dinero...

—La gente mata por muchas razones, lord Inverkillen. —Jarvis no se inmutó ante el insulto. No era ni mucho menos el peor que le habían dirigido. Su hermana mayor, sin ir más lejos, era especialmente creativa cuando se enfadaba.

—¿A qué hora se reunió con ella, lord Inverkillen? —intervino la señora MacBain, con la esperanza de serenar los ánimos. El inspector se recostó.

Angus se giró hacia ella, pero, hasta que abrió la boca, mantuvo la mirada clavada en Jarvis.

—Cuando entré sonaba el Eightsome . —Hizo una pausa—. Y el Duke of Perth cuando salí.

La señora MacBain calculó a toda prisa. El Eightsome era el tercer reel después del resopón, así que serían más o menos las dos y media. El Duke of Perth era el último, lo que significaba que eran las tres en punto.

—¿Vio a su sobrino cuando se marchó? —preguntó la presidenta, y contuvo la respiración.

Angus se lo pensó un momento.

—No volví al baile.

—¿Adónde fue entonces?

—Pues la verdad es que salí por las cristaleras hacia el pabellón de tenis.

Jarvis hizo una mueca.

—¿Al pabellón? ¿Por qué allí?

Angus lo miró y dijo en un tono bastante ofendido:

—Es donde me alojo.

—¿Alguien, quien fuera, lo vio después de abandonar la biblioteca menor? —La voz de la señora MacBain era ansiosa, y Jarvis contuvo la respiración.

Incluso Cecil se inclinó hacia delante en su butaca.

Angus dudó. Estaba tan enfadado con aquella miserable que había vuelto al pabellón de tenis sin darse cuenta de dónde iba.

Se había negado a concederle más tiempo e iba a llamar a la policía por la mañana.

Es decir, esa misma mañana. Y allí estaba la policía, pero no preguntaba por Hugh, como él se temía, sino por la señora Blackwood.

Por un momento, se preguntó cuál de las dos cosas era peor.

Mientras trataba de recordar sus movimientos, el pánico se apoderaba de Angus, y ello se reflejaba en su mirada.

Salió por una cristalera a la terraza, que estaba desierta, pues el Duke of Perth era uno de los bailes más populares.

Se había deslizado en la oscuridad tras los braseros de la terraza y se había dirigido al pabellón.

Con voz hueca y ronca, Angus contestó:

—No.

—Yo no lo veo del mismo modo: Angus no mató a esa mujer. —La señora MacBain observaba a Jarvis pasearse frente a la ventana. Llevaban más de una hora hablando. Él estaba dispuesto a detener a Angus y ella trataba de convencerlo para que no lo hiciera.

—Pero no tiene coartada, estuvo en la sala y le debía dinero. De hecho, le debía una fortuna.

—Una fortuna para nosotros, pero, para esta gente, cuatrocientas libras es prácticamente calderilla. Bueno, al menos, no es un gran capital.

—Dijo que estaba en la ruina.

La presidenta suspiró. «Por fin me presta atención. En fin, más vale tarde que nunca», se dijo. Aunque él estaba equivocado. De eso estaba segura.

—La cuestión es que alguien le habría dado el dinero. Lady Georgina, o Fergus, o... el comandante, bueno, no, el comandante no, pero alguien se lo habría proporcionado. No me lo imagino matando a la señora para no pagar.

—Tenía un móvil y tuvo la oportunidad. Y llevaba puesto el traje tradicional de las Highlands, es decir, que portaba un sgian dubh .

La señora MacBain soltó un gritito ahogado.

—No había pensado en eso.

Jarvis no podía estar más pagado de sí mismo.

—Entonces, ¿podemos ir a detenerlo?

—Eh... Todavía no. —Lo absurdo que resultaba que él le pidiera permiso para detener a alguien se desvaneció en el torbellino de acciones que siguieron.

La señora MacBain se levantó de un salto y prácticamente corrió hacia la puerta—.

Necesito que vayas a buscar al coronel. Pregúntale qué llevaba Angus puesto cuando se presentó a su clase de tenis.

—¿Qué? Y eso ¿qué tiene que ver? —Se quedó boquiabierto mirando al umbral de la puerta y, acto seguido, retrocedió cuando ella lo cruzó de nuevo.

—Y luego nos reuniremos en el pabellón de tenis lo antes posible.

Salió corriendo hacia la puerta y le gritó:

—¿Adónde vas?

—A revisar la colada.

La señora MacBain concibió varios escenarios mientras corría hacia la lavandería.

Intentaba imaginar qué haría si acabara de apuñalar a alguien.

Suponía que habría sangre a chorros: sobre la señora Blackwood, en el suelo, en el cuchillo y, sin duda, en su ropa.

Y, con la ropa manchada, querría cambiarse lo antes posible para que nadie la viera.

Y era perfectamente posible ir desde la biblioteca menor hasta el pabellón de tenis sin ser visto, sobre todo si se conocían bien los terrenos, como Angus.

Pero ¿qué haría Angus con la ropa manchada después de cambiarse? Por eso se dirigía a la lavandería.

—¡Ah, señora, no la esperábamos! —Las mujeres levantaron la vista cuando entró la presidenta.