Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #6
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #6

—Muchos, pero están estrictamente prohibidos para los funcionarios. Si te pillan en uno, te despiden en el acto.

—¿Por qué? —preguntó Jarvis. Conocía a muchos hombres que lo habían perdido todo por apostar al caballo equivocado y los casinos no parecían tan diferentes, aunque nunca había puesto un pie en ninguno.

—Porque son propiedad de los gánsteres. —Lo dijo con toda naturalidad, como si él debiera saberlo—.

Y no podemos permitir que los funcionarios tengan deudas con los gánsteres.

Imagínese lo que ocurriría si pudieran sacar ventaja de ello.

Sería un desastre absoluto. No, las carreras están bien, el juego en las casas particulares también, pero los casinos están rigurosamente prohibidos.

A la señora MacBain le daba vueltas la cabeza. Miró al inspector Jarvis, que parecía tan atónito como ella. Ninguno de los dos pensaba que la conversación fuera a tomar esos derroteros. Por suerte, llamaron a la puerta.

—Oh, bien —dijo Bella cuando el botones entró en la habitación—, ya está aquí el té.

Bella esperó a que el muchacho se marchara y sirvió tres tazas con destreza. Se recostó y se llevó la taza a los labios.

—No hay nada como una taza de Earl Grey por la mañana.

Bebieron en silencio durante unos instantes antes de que la señora MacBain preguntara:

—Por lo que observó durante el viaje, ¿el coronel y la señora Blackwood se llevaban bien?

Bella se mostró sorprendida y luego pensativa. Negó despacio con la cabeza.

—Yo diría que no. No. Al menos, no que yo recuerde.

—Lo que sucede es que ella mencionó algo sobre la intimidad y conocerse mejor. Y me preguntaba si... —Dejó la pregunta en suspenso—. ¿Se conocían en Shanghái o cree que se conocieron durante el viaje?

Bella rebuscó en sus recuerdos y volvió a hacer un gesto de negación.

—Ni idea. Desde luego que durante el viaje no eran uña y carne. Pero también es verdad que ese sobrino suyo nos mantuvo a casi todos a raya. Es un hombre de lo más desagradable.

—Sí —murmuró la señora MacBain. Algo en el fondo de su mente hizo clic. Continuó—: ¿Y cómo acabó ella aquí, en Loch Down Abbey?

Bella se retorció. Le daba vueltas a ese tema desde el encontronazo con su hermano.

Al coronel, al menos, lo había conocido en Shanghái, y se había unido a ella después del incidente en Marsella.

Aunque al principio le había agradecido su ayuda, para cuando subieron al tren ya la tenía harta.

Era grosero a más no poder y no paraba de hablar de sus planes para un nuevo destino en el extranjero.

«Entonces, ¿a qué ha venido?», pensó de pronto.

En cuanto a la señora Blackwood, bueno, sencillamente desafiaba toda lógica.

Bella había conversado con ella durante el viaje, por puro deber social, como se charla con quien se coincide en una cena con pocos invitados, y, aunque se había esforzado por guardar las distancias, la condenada señora no cejaba en su empeño de trabar amistad.

Cada vez que Bella se daba la vuelta, allí estaba, con su inquietante sonrisa y seguida de cerca por su horrible sobrino.

—Es extraño, la verdad. Tanto el coronel Lamont como la señora Blackwood tenían una fijación conmigo durante el viaje.

Él insistió en acompañarme, diciendo que Edmund en persona lo había enviado para escoltarme, lo cual es ridículo, pues no confía en él lo más mínimo.

Si hubiera enviado a alguien para protegerme, desde luego que no habría sido al coronel.

La señora MacBain asintió con entusiasmo. Incluso Jarvis lo hizo.

—Y la señora Blackwood me consideraba demasiado joven para viajar sola, pobre de mí, así que insistió en vigilarme de cerca. —Bella hizo una pausa y resopló, irritada por los recuerdos—. No había manera de quitármelos de encima.

—Y, sin embargo, lo consiguió —dijo la señora MacBain—, cuando se bajó del tren en París.

—Sí, pero ellos no sabían que me iba a quedar allí unos días. Fue una decisión espontánea.

—¿Cuándo tomó la determinación?

—Lo cierto es que a las afueras de París. No podía soportar pasar varios días más con mi traje de viaje y, aprovechando que estábamos allí, me pareció una oportunidad divina para encargar ropa nueva.

—¿Y no se lo dijo a nadie?

—No. —Parecía horrorizada—. Temía que me siguieran.

La presidenta asintió, entrecerrando los ojos como para mirar a lo lejos.

—Desembarcan en Londres, descubren que ha desaparecido y entonces, por separado, deciden venir a Loch Down para esperarla. Es una decisión muy... extraña. Sobre todo, si el coronel creía que lo habían enviado para protegerla.

—Bueno, el coronel debería haber informado al cónsul en Londres nada más pisar suelo británico.

Edmund le dio instrucciones estrictas. Se juega mucho al permanecer aquí, en Loch Down.

Pero la señora Blackwood... —Hizo una pausa y golpeó el borde de su taza de té con su anillo—.

No lo entiendo. Quizá no tenía adónde ir.

La señora MacBain le lanzó una mirada vacilante.

—Llevaba mucho tiempo en Shanghái y, las cosas claras y el chocolate espeso, no era joven. Quizá no le quedaba familia y era la última superviviente de su estirpe.

—Entonces, ¿de quién es hijo su sobrino? —preguntó Jarvis.

Bella lo miró y se puso a cavilar.

—¿Será huérfano? Y yo qué sé. —Se sirvió otra taza de té y se recostó pensativa. La habitación permaneció en silencio hasta que Jarvis habló.

—¿Por qué alguien querría matarla?

Bella hizo una mueca de dolor. El timbre de voz del inspector le daba dolor hasta de ojos.

—Ni idea. Yo, desde luego, habría matado al sobrino.

Cecil se despertó con los golpes en su puerta.

«Pero si a estas horas no han puesto ni las calles», se lamentó.

Nadie madrugaba la mañana después de un baile. En todo caso, nadie de buena cuna. Se dio la vuelta y cesaron los golpes. Se sumió en un sueño esperanzador, pero los golpes comenzaron de nuevo y se dio cuenta de que no lo dejarían en paz hasta que respondiera.

«Aquí no hay quien descanse», se dijo. Era inhumano. Le echó un vistazo al reloj de la repisa y calculó que solo había dormido cuatro horas. Nada podía ser tan importante.

Pero se puso la bata y se la abrochó mientras se dirigía hacia la puerta a trompicones. Quizá se había olvidado de anular el desayuno.

—¡Sí, ya voy! —gritó—. ¡Un momento!

Apenas había abierto la puerta cuando alguien pasó corriendo y por poco lo tira al suelo.

—¡Está muerta! Dios mío, está muerta y voy a ir a la cárcel.

Que a uno lo despertara bruscamente y se le metiera en la habitación nada más y nada menos que una camarera era para indignarse, pero, para sorpresa de Cecil, cuando se giró, no vio ninguna bandeja de desayuno, sino a Angus.

—¿Qué? Que ha muerto... ¿quién? Pero ¿qué dices? —preguntó entre bostezos y algo confuso. ¿Había dicho «muerta» o «tuerta»? ¿Por qué se paseaba con esos nervios por la habitación? ¿Y qué era ese olor? A esas horas, el comandante no tenía la cabeza para esas historias.

Angus se detuvo y miró a su tío con semblante serio.

—Anoche asesinaron a la señora Blackwood.

—Dios mío. ¿Cuándo? ¿Qué?

Sacudió la cabeza, como si con ese gesto bastara para espabilarse del cansancio causado por haberse quedado jugando a las cartas hasta altas horas de la madrugada. Aunque momentos atrás tenía sueño, Cecil se había despertado por completo.

—Un miembro del personal la encontró esta mañana y ahora la policía quiere hablar conmigo. Deben de saberlo.

Volvió a dar vueltas de nuevo, chocó con una butaca y no se molestó en enderezarla.

—Cálmate, por favor, y deja de dar vueltas. —Le puso las manos sobre los hombros y lo guio hasta el asiento contra el que se acababa de estampar—. Siéntate, respira hondo y empieza a contármelo todo desde el principio.

Angus hizo lo que le pidió su tío y exhaló lentamente. Un poco más tranquilo, comenzó su relato:

—Estaba dando una clase de tenis al coronel.

—¿A estas horas? —lo interrumpió Cecil. Al captar la mirada de Angus, se disculpó—: Sí, da igual. Perdona. Por favor, continúa.

—Y el coronel me dijo que la habían encontrado muerta esta mañana.

La señora MacBain y..., eh..., el tío ese de la policía ya habían hablado con él.

Entonces recibí esta nota del inspector Har...

, o como se llame —miró un trozo de papel—, Jarvis.

Me ha pedido que me reúna con él en la sala serbal «lo antes posible». Voy a ir a la cárcel.

Le entregó a Cecil una hoja de papel con el membrete del hotel. La solicitud estaba escrita con letra infantil. Cecil chasqueó la lengua sin querer (¿qué adulto que se precie escribe con lápiz?) y le echó un vistazo a la nota. Sin soltarla, se sentó pesadamente en la cama.

—A ver, si quisiera detenerte, no te habría enviado una nota pidiéndote que fueras a verlo. Ya se habría presentado en tus habitaciones.

Angus dejó de dar vueltas y miró a su tío con un destello de esperanza.

—Es cierto. Pero, en ese caso, ¿por qué querría hablar conmigo? ¿Y si está al corriente de la deuda?

—Pues entonces no tienes nada de qué preocuparte —dijo Cecil quitándole hierro—. Tienes una deuda de honor, cosa que no es ilegal en este país. Me atrevería a decir que la mayor parte de las clases dirigentes las tienen.

—Pero... —gimió Angus.

—Ni pero ni pera. Le debías dinero a esa mujer por una mala racha con las cartas.

—Con el backgammon —lo corrigió Angus.

—Para el caso es lo mismo. Y ahora ha aparecido muerta antes de que pudieras saldar la deuda, porque tenías intención de hacerlo. Es una coincidencia desafortunada, pero no es algo por lo que puedan condenarte. Por los clavos de Cristo, eres un conde. Estás por encima de cualquier reproche.

—Pero fui a verla anoche. Y si el impresentable de su sobrino lo cuenta... —Dudó—. Yo sería el principal sospechoso, quizá incluso sea el único...

Se sumió en una nueva espiral de horror, se desplomó en la butaca y faltó un pelo para que se resbalara por el borde.

—¿Estaba él en la habitación cuando te reuniste con su tía?

—No, pero estaba fuera, así que sabe que acudí a la cita. ¿Y si menciona el chantaje o el motivo del chantaje?