Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #5
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #5

Jarvis sintió un escalofrío. Todos sus encuentros con lady Annabella habían salido mal y siempre lo habían dejado con la impresión de ser un niño tonto. La señora MacBain notó su prevención y le dijo con tono amable:

—Tranquilo, ya le hablaré yo.

Encontraron a lady Annabella en sus aposentos.

A Jarvis le pareció un lugar muy extraño para alojarse, sobre todo para alguien de tan alto copete, pues distaba kilómetros de la parte noble de Loch Down Abbey.

Bueno, al menos eso le parecía. Se preguntó si la familia tenía un ala privada para separarse del resto del hotel.

—Disculpe por molestarla tan temprano, lady Annabella, pero ¿podríamos hablar? —preguntó la presidenta con delicadeza al entreabrirse la puerta.

Bella se ajustó la bata. Miró a Jarvis, inspeccionándolo de arriba abajo con una mirada que no parecía muy favorable, y luego se volvió hacia la señora MacBain.

—¿De qué se trata?

—¿Recuerda al inspector Jarvis? Le gustaría hacerle algunas preguntas sobre la señora Blackwood.

—¿El inspector Jarvis? —Bella estaba confundida—. ¿La señora Blackwood?

—La mataron anoche.

Bella dio un grito ahogado y volvió a mirar a Jarvis, comprendiendo por qué había acudido a hacerle preguntas.

—Denme un momento para ponerme algo más apropiado. —Cerró la puerta en silencio.

La señora MacBain se paseó por el pasillo, absorta en sus pensamientos. El inspector echó un vistazo a su alrededor. No era tan elegante como otras partes de la casa que había visto.

—Es un poco cutre, ¿no? Me imaginaba que los Inverkillen vivirían en estancias más grandiosas.

La presidenta lo miró y no respondió. La mente de Jarvis volvió al desayuno. Estaba a punto de sugerir que podía pasar por la cocina a por un bocadillo de beicon cuando la puerta se abrió de nuevo y apareció Bella, vestida de pies a cabeza de un sobrio gris.

—Pasen, por favor.

La señora MacBain entró primero y dio tres o cuatro pasos dentro de la habitación antes de detenerse con tal brusquedad que Jarvis chocó con su espalda.

¿Era el antiguo cuarto de los sirvientes? Llevaba tiempo sin pasar por allí y, cuando Fergus dijo que iba a alojar a Bella en esa habitación, no le convenció la idea en absoluto. Sin embargo, quedó de lo más sorprendida por lo que vio.

Había alfombras en el suelo, cuadros en las paredes y un tapiz en el muro exterior que aislaba del frío.

Bella había creado un rincón para sentarse frente al antiguo hornito y, de alguna manera, se las había ingeniado para colgar una lamparita de araña, que se iluminaba con seis u ocho velas cónicas.

La habitación estaba dividida en dos por varios biombos que la décima condesa y sus hijas habían bordado para el comedor durante un invierno en que Loch Down Abbey estaba sitiada.

La señora MacBain echó un vistazo y pudo ver una cama de latón y el antiguo tocador estilo Regencia de Bella.

En general, la habitación resultaba cálida y, por qué no decirlo, acogedora.

—¡Dios mío! —exclamó la presidenta asombrada—. No puedo creer que sea la misma habitación. ¡La ha transformado por completo!

Bella señaló los sofás, para indicarles que se sentaran. Ella hizo lo propio y se dirigió a la señora MacBain:

—Bien, ¿en qué puedo ayudarlos?

—¿Qué sabe sobre la señora Blackwood? —comenzó Jarvis. Su voz resonó en el techo de piedra, haciendo que las mujeres se estremecieran. Bella lo miró iracunda y él se encogió dentro de su abrigo y juró no volver a decir palabra.

—¿La conoció en Shanghái? —preguntó la presidenta.

—No. Lo cierto es que no. Evidentemente, de oídas sí sabía quién era.

—¿Evidentemente? —preguntó Jarvis, que se sorprendió a sí mismo con la pregunta.

Bella lo miró y luego volvió a dirigirse a la señora MacBain.

—La comunidad de expatriados es pequeña y todo el mundo se conoce, aunque no se lleve bien. No resulta tan claustrofóbico como Loch Down, pero el ambiente es parecido. Es posible saber mucho sobre alguien aun sin haberlo conocido en persona.

La presidenta asintió. Lo entendía a la perfección, ya que había vivido en un pequeño pueblo toda su vida.

—¿Y nunca coincidieron en Shanghái?

—No. En absoluto. Es una mujer envuelta en un halo de escándalo. Edmund me prohibió relacionarme con ella.

—¿En serio? ¿Por qué? —La señora MacBain no podía creer que Bella hiciera lo que le mandaban, sobre todo cuando se le prohibía algo. Pero, al mirar a su alrededor, se preguntó si no habría cambiado tanto que, en realidad, ya no la conocía.

—Para serle sincera, no pedí que me la presentaran.

Acababa de llegar a Shanghái y no podía ser más ingenua, así que supuse que él sabía lo que me convenía.

Si al principio te relacionas con quien no debes, la vida se complica mucho.

Pero al cabo de poco tiempo empecé a oír historias y me di cuenta de que Edmund llevaba razón.

Cuando era mucho más joven, se vio envuelta en un escandalazo y toda la comunidad internacional lo sabía.

Creo que desató una especie de crisis diplomática, algo que rebasó con creces los límites de un simple alboroto social.

—Bella negó con la cabeza—. Fuera lo que fuera, nunca recuperó su reputación y la alta sociedad no volvió a aceptarla.

—¿Sabe en qué consistió el escándalo? —preguntó la señora MacBain.

Bella negó con la cabeza.

—Ya sabe cómo son los chismes: se cuentan mil historias y ninguna es cierta. Según la más popular, su marido la pilló con su guardaespaldas y lo mandó matar.

Tanto la señora MacBain como Jarvis se quedaron boquiabiertos: lo había explicado en tono totalmente neutro, como quien cuenta lo que ha almorzado.

—Es una tontería, por supuesto —continuó Bella, de lo más satisfecha por la sorpresa que había generado.

Sonrió con timidez—. Según otra versión, es propietaria de la cantera de jade más grande de toda Asia, con una plantilla compuesta íntegramente por esclavos hombres desnudos.

Eh... Ah, también se dice que envenenó al caballo de su rival porque siempre ganaba al suyo; que es la amante de Chiang Kai-shek; que regenta un burdel de lujo frecuentado en exclusiva por diplomáticos (esa sí que provocaría un escándalo internacional).

—Sacudió un poco la cabeza y sonrió—. Ah, y mi favorita: que controla una red internacional de asesinos a quienes contrata para gobiernos y señores de la guerra.

Todo son historias carentes de fundamento, pero, debido a los rumores, nadie se relaciona con ella.

El inspector asintió y tomó notas en su libreta.

Bella se levantó y tiró de un cordón que había junto a la puerta.

—¿Tomamos un té? Todavía tengo la cabeza un poco delicada.

Jarvis levantó la cabeza de golpe, con la esperanza de pedir un bocadillo de beicon, pero no quería volver a hablar. Bella nunca parecía contenta cuando lo hacía. Un criado llegó al punto y se marchó con el pedido y una moneda.

«No me extraña que nunca estén cuando los necesito», se dijo la señora MacBain.

Los tres se acomodaron en los sofás, y Bella, en concreto, se recostó con naturalidad en los mullidos cojines.

—Hábleme del coronel Lamont —dijo la presidenta con ligereza.

—Uf —suspiró—. ¡Tremendo lastre! De hecho, siempre lo ha sido. La pesadilla de Edmund. Solía decir que un mono sería mejor ayudante que el coronel. Pero, por supuesto, no podía despedirlo.

—¿Por qué no?

—Lleva toda la vida en el cuerpo diplomático. Tiene amigos muy poderosos, gente muy influyente.

La señora MacBain asintió.

—¿Qué hace en el consulado?

—Y, si me permite la pregunta —se atrevió a decir Jarvis, armándose de valor—, ¿qué ocurre en un consulado? ¿Es muy diferente de una embajada?

—Uy, sí, es todo muy confuso. Tardé mucho en entenderlo.

La embajada se ocupa de los gobiernos nacionales e internacionales.

Todo va de política, de asuntos globales, el tipo de cosas que se leen en los periódicos.

El consulado, en cambio, gestiona las relaciones locales y presta apoyo a las empresas y a los ciudadanos británicos que viven o visitan el país.

Se expiden visados y pasaportes, se llevan a cabo trámites notariales y certificados, y se traducen documentos oficiales.

Son asuntos más cotidianos, pero igualmente importantes.

—¿Cuál era la función del coronel? —se atrevió a preguntar la señora MacBain.

—Eso no está tan claro. Según Edmund, trabajaba muy poco. Sé que ayudó al marido de una amiga con el alquiler de un almacén, pero no sabría decir cuál era su función oficial.

La presidenta se quedó pensando un momento.

—¿Qué más sabe de él?

—No mucho. Lleva cerca de treinta años en Shanghái. Conoce a todo el mundo.

—Un momento —dijo Jarvis con semblante desconcertado—, ¿lleva allí treinta años y solo es vicecónsul?

—Por lo que pude deducir de lo que me contó Edmund, fracasó en todos los destinos que le asignaron y el Ministerio de Asuntos Exteriores acabó por enviarlo a Shanghái, con la esperanza de que el estilo de vida de allí lo mantuviera alejado de los problemas.

—¿El estilo de vida? —preguntó el inspector.

—Cartas, cócteles, carreras de caballos, restaurantes elegantes, la ópera... Shanghái es tremendamente glamuroso. Edmund dice que nunca ha visto al coronel aparecer antes de las once de la mañana. Lo llama el Vampiro.

—Cartas y carreras de caballos... —La señora MacBain se quedó pensando unos instantes—. ¿Es jugador? ¿Apuesta fuerte?

—Es un habitual de esos círculos.

—¿Es bueno? —preguntó Jarvis. Por lo que lo conocía, supuso que no.

—Hay opiniones encontradas. Parece que gana más de lo que pierde. No se puede sobrevivir mucho tiempo en Shanghái si uno se desmadra. Por lo que tengo entendido, no es una sociedad indulgente. Pero la mayoría de la gente se arruina en los casinos, y el coronel no es tan estúpido.

—¿Hay casinos en Shanghái? —preguntó la señora MacBain. Nunca se había parado a pensar mucho en Shanghái, y mucho menos en los entretenimientos de la gente de allí. Los casinos le inspiraban mucho glamur.