Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #4
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #4

El señor Blackwood había abandonado el baile alrededor de las dos y media, justo después de llevar a Angus con su tía.

La señora Blackwood dijo que tenía otra entrevista esa noche y que luego se retiraría, pero su sobrino ignoraba de quién se trataba.

Le pareció extraño, pero ella lo mandó a la cama y la obedeció.

Pasó junto al recepcionista, que estaba leyendo un libro, pero, que recordara, no vio a nadie más, y en lo sucesivo no salió de su habitación.

Jarvis y la presidenta habían regresado al despacho de ella, pero no recordaba el trayecto. Sentada en su silla, miró al inspector, que podía leer la conmoción en su rostro.

—Tenemos que ir a interrogarlo —dijo él con delicadeza—. Si la señora Blackwood realmente estaba chantajeando a lord Inverkillen, eso lo convierte en sospechoso.

—Nunca podrá convencerme de que Angus la mató.

—Por el momento, solo quiero verificar si el señor Blackwood dice la verdad. No me inspira la menor confianza.

Ella exhaló despacio y asintió.

—¿Vamos a buscar a lord Inverkillen? —propuso él mientras se ponía en pie.

Ella miró su reloj y observó que eran las nueve menos cuarto.

—Aún no se habrá despertado. Empecemos con la gente de Loch Down Abbey.

Jarvis la evaluó con cuidado. Había sido una gran conmoción y la necesitaba con toda su firmeza.

—De acuerdo —convino él con gesto de asentimiento—. ¿Empezamos por alguien en particular?

Cuando el coronel abrió la puerta al fin, todavía vestía la ropa del baile.

Bostezó ampliamente.

—Buenos días, señora MacBain. ¿En qué puedo ayudarla?

—¿Podemos pasar, coronel?

El militar los miró a ambos con curiosidad y fijó la vista en Jarvis.

—Permítame presentarle al inspector Jarvis, de la policía de Loch Down. —¿Era su imaginación o el coronel se había estremecido?

—¿Un inspector de policía? ¿En un pueblo tan pequeño?

Pensaba que habría un juez de paz y punto.

—Miró a Jarvis de arriba abajo para dejar claro que, a su juicio, no inspiraba ninguna autoridad, y luego se volvió hacia la presidenta y asintió—.

Entren. ¿En qué puedo ayudarlos? —Se hizo a un lado y entraron en su suite .

Se sentaron en los sofás: el coronel se encontraba a un lado y el inspector y la señora MacBain frente a él.

La presidenta no pudo por menos que fijarse en que la habitación estaba hecha un completo desastre: había bastante ropa esparcida por doquier, ceniceros rebosantes en todas las mesas a la vista y, al menos, tres bandejas de desayuno apiladas junto a la puerta.

«¿Por qué las camareras no han hecho la habitación? », se preguntó.

Jarvis tomó la iniciativa y carraspeó.

—Tengo entendido que conoció a la señora Blackwood en Shanghái, ¿verdad?

—¿A la señora Blackwood? Sí. ¿Y qué? —El coronel los miró a ambos con expresión cautelosa, como dispuesto para ponerse a la defensiva.

—¿Cuál era la naturaleza de su relación?

—Relación es mucho decir. Nos conocíamos sin más. La comunidad de expatriados es pequeña, ya sabe. Cuando uno pasa allí una temporada, acaba conociendo a todo el mundo. Y yo residí allí cerca de treinta años. Hay muy pocos extranjeros a quienes no conozca en persona o de oídas.

—¿Y a la señora Blackwood la conocía en persona o de oídas? —se atrevió a preguntar la señora MacBain.

«Oh, sí —pensó—, esta vez ha reaccionado. Está claro que no le gusta hablar de ella».

El coronel se aclaró la garganta.

—Coincidíamos de vez en cuando. En las carreras o en alguna fiesta. No sabría decirles si alguna vez me senté a su lado en una cena, pero seguro que sí. No es el tipo de persona que uno recuerde al día siguiente, no sé si me entienden.

Con esa frase, se consolidó la aversión de la presidenta hacia el coronel. Le costó mucho mantener la sonrisa amable.

—Lo que pasa es que... —comenzó ella vacilante— me da la impresión de que se conocían, y bastante bien.

El coronel se ofendió.

—¿Me está llamando mentiroso?

La señora MacBain sonrió con dulzura y se encogió ligeramente de hombros.

El coronel se inclinó hacia delante y la señaló.

—¡Oiga usted! Trabajo en un consulado y, sin querer entrar en detalles, soy bastante importante.

Voy a muchos sitios y trato con infinidad de gente en mi día a día, y a veces es imposible recordar todos y cada uno de los rostros y detalles de cada reunión.

Hace tiempo que me di cuenta de que era más fácil tratar a todo el mundo como a viejos amigos.

Se llama diplomacia. —Frunció el ceño mientras dirigía una fugaz mirada a la señora MacBain, cuya opinión sobre ella se había replanteado.

«Hay que ver lo entrometidas que pueden llegar a ser las mujeres de mediana edad», se dijo.

Sin inmutarse lo más mínimo, la presidenta insistió:

—Pero los he visto hablando en distintas ocasiones, en rincones apartados del hotel.

El coronel quedó desconcertado y la miró iracundo durante un buen rato antes de dirigirse a Jarvis de forma abrupta.

—¿De qué va esto exactamente?

—Me temo que a la señora Blackwood la encontraron muerta esta mañana.

El coronel dejó de fanfarronear. Miró a ambos mientras asimilaba la información y negó despacio con la cabeza.

—Qué lástima. No era la mujer más cálida sobre la faz de la Tierra; aun así, nadie merece morir de esa forma.

—¿De qué manera, coronel? —preguntó Jarvis, inclinándose hacia delante.

—Con arreglo a mi experiencia, la policía no acude a hacer preguntas cuando alguien muere en paz mientras duerme —respondió con total naturalidad. La señora MacBain se preguntó cuáles habrían sido sus funciones en el consulado.

—¿Anoche bailó con ella? —preguntó el inspector.

—¿Qué? Ah, no. Ya no soy muy buen bailarín.

—Se alisó el chaleco arrugado y le dedicó a Jarvis una sonrisa cómplice.

Al ver que este no mudaba de expresión, se apresuró a añadir—: Bailé con lady Annabella el primer reel .

No quería hacerlo, pero prácticamente me lo suplicó.

No aceptaba un no por respuesta. A mi modo de ver, fue una falta de educación.

«Peores modales serían asistir a un baile y rechazar la invitación de una dama», pensó la presidenta.

—¿Y el siguiente? —insistió el inspector.

—Me fui del salón de baile. No me gustan los reels . Me da vueltas la cabeza con tanto giro por aquí y galope por allá. Pasé la mayor parte de la noche en la mesa de juego.

—Defina «la mayor parte». —La voz de Jarvis era firme.

—Me senté después del segundo reel y no me levanté hasta el resopón de medianoche. —Miró a la señora MacBain—. Por cierto, los arenques ahumados estaban exquisitos: sazonados en su justa medida.

El inspector carraspeó sin ningún disimulo.

—Sí. Déjeme pensar —dijo el coronel—. Después de los arenques, me senté antes del siguiente reel y jugué hasta que los lacayos nos echaron.

—¿No se levantó de la mesa en ningún momento? —Jarvis se inclinó hacia delante con entusiasmo—. ¿Tampoco visitó ninguna de las otras salas?

—Puede que me levantara un par de veces para ir al lavabo, pero, por lo demás, no. —El coronel los miró a ambos confundido—. Cuando uno está en racha ganadora, como yo anoche, no se levanta de la mesa.

—¿Contra quién jugaba? —preguntó el inspector mientras se sacaba una libreta del bolsillo.

—Ah. Ahí sí que me ha pillado. Soy un desastre con los nombres, siempre se me olvidan.

Jarvis levantó la vista, poco impresionado.

—Inténtelo.

El coronel suspiró y miró al techo con los ojos entrecerrados.

—A ver... A mi lado había un caballero que elaboraba whisky, y cuyo nombre no recuerdo.

No parecía de los que acuden a bailes, era un poco tosco, ya me entienden.

Enfrente había dos chicos de la zona que se fueron bastante pronto.

Sospecho que las apuestas eran demasiado elevadas para ellos.

—Asintió con gesto cómplice hacia Jarvis, que se limitó a parpadear—.

¿Quién más? Eh..., el canadiense ese. Habló largo y tendido con el fabricante de whisky, sobre turba y cosas por el estilo.

La verdad es que me aburrían como una ostra, así que los dejé y me uní a otra mesa al otro lado de la sala.

—¿Eso fue antes o después del resopón?

—¿Qué? —preguntó el coronel—. Eh..., durante. Fue precisamente la excusa que utilicé para levantarme.

—De acuerdo. ¿Y quién estaba en esa otra mesa?

—Déjeme pensar. Le gané bastante dinero a lord no sé qué.

Se marchó enfadado a eso de las tres y cuarto.

Y luego había un chico de la zona. Se llamaba Jerome o algo así.

O quizá Roger. Creo que se dedicaba a la silvicultura.

Y aparte... —Frunció el ceño—. No, no me acuerdo.

—Miró expectante a la señora MacBain y a Jarvis, como si esperara un premio.

—En resumen —dijo el inspector lentamente—, jugó contra Roger, o Jerome, que se dedica a algo relacionado con la silvicultura; con alguien que fabrica whisky, con un tipo canadiense y con un lord sin nombre. —Jarvis estaba irritado y no se molestó en ocultarlo.

—Con el debido respeto, coronel —interrumpió la presidenta con delicadeza—, al ser usted diplomático, lo habría imaginado con mejor memoria para los nombres y rostros.

—Anoche corría el whisky, como bien sabe. —Resopló indignado, como si eso lo explicara todo—. Mire, he hecho todo lo posible. En fin, si me disculpan, tengo una clase de tenis dentro de media hora y debo cambiarme.

Sin esperar una respuesta, se levantó de un salto, se encaminó a la puerta y la sostuvo abierta para que salieran. A regañadientes, Jarvis y la señora MacBain se dirigieron allá. Apenas el inspector hubo traspasado el umbral, la puerta se cerró de golpe.

—Bueno, definitivamente miente sobre lo de anoche.

—Sí —convino la presidenta con parsimonia—. En efecto. Y ello me lleva a preguntarme si se conocían de antes. ¿Sabía ella algo sobre la vida del coronel en Shanghái, algo que utilizaba en su contra, o pasó algo después de que se marcharan?

—¿Cómo podemos averiguarlo?

—Deberíamos ir a hablar con lady Annabella. Ella conoce al coronel y es posible que también conociera a la señora Blackwood.