Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #3
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LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #3

—Disculpe, señor Blackwood —comenzó el inspector, nervioso—, siento llamar tan temprano, pero es bastante urgente. ¿Podemos hablar?

El huésped los miró a ambos varias veces y abrió la puerta sin decir nada. La presidenta echó un vistazo furtivo a su alrededor. La cama estaba sin hacer, pero por lo demás la habitación estaba impoluta.

—¿Qué puedo hacer por ustedes?

—Le presento al inspector Jarvis, de la policía de Loch Down —susurró la señora MacBain—. Quiere hablar con usted sobre su tía.

—¿Mi tía? —preguntó con cautela—. Espero que no haya pasado nada malo.

Jarvis miró alrededor de la habitación, dejó su sombrero sobre una mesita y enderezó los hombros.

—No hay una forma agradable de decir esto, pero... Me temo que su tía ha..., eh..., fallecido.

La confusión nubló el rostro del señor Blackwood.

—Disculpe, ¿acaba de decir que ha fallecido?

—Eh, sí —respondió Jarvis, dándole vueltas a la manera de explicárselo—. Bueno, eh..., no del todo.

La señora MacBain miró al suelo y suspiró con suavidad.

—¿Cómo es posible que alguien no haya muerto del todo, inspector? —preguntó el huésped con desdén.

—La encontró..., eh..., un sirviente esta mañana mientras organizaba el desorden del baile de anoche. La han asesinado.

Lawrence, confundido, inhaló con fuerza y frunció el ceño. Miró por la ventana y asintió lentamente. Guardaron silencio mientras asimilaba la noticia.

La señora MacBain lo observó con atención. Si lo sabía, disimulaba muy bien. De hecho, no dejaba ver ninguna reacción, salvo un deje de confusión. Lawrence resopló un poco y luego se dirigió a Jarvis:

—¿Que la han asesinado? —preguntó articulando cada sílaba, como si no hablara bien su idioma y dudara de cada sonido.

—Sí, señor.

Exhaló un largo y lento suspiro y se sentó de forma brusca en el borde de la cama.

—No me lo esperaba.

Jarvis y la señora MacBain se miraron. No sabía si era insensibilidad o conmoción, pero a la presidenta se le antojó una reacción de lo más extraña.

—Siento su pérdida —dijo el inspector, vacilante.

Lawrence apenas dio muestras de haber oído el pésame.

—Entiendo que aún está asimilándolo, pero necesitamos que responda a algunas preguntas. Tenemos que actuar con rapidez si queremos descubrir al culpable —afirmó con delicadeza. A continuación, le preguntó—: ¿Tiene alguna idea de quién puede haber sido?

—¿Qué? —Lawrence negó con la cabeza, con el rostro impasible—. Oh, pues... no.

Jarvis aguardó con la esperanza de que continuara. Como no lo hizo, rompió el silencio:

—Su tía y usted vinieron desde Shanghái, según tengo entendido. ¿Huían de la guerra?

—Sí. Tuvimos suerte de conseguir plazas en el vuelo. Si hubiéramos esperado un día más, habríamos tenido que viajar en barco. —Hizo una mueca al decirlo.

—¿Y eso es malo? —preguntó el inspector.

—Pues sí, teniendo en cuenta que uno de esos barcos arribó a Manila el día del terremoto.

—Ya veo. —Jarvis asintió—. ¿Qué les trajo a Loch Down?

Dudó un momento.

—Eh... Lady Annabella nos invitó.

—Ah, sí. —El inspector lo dijo en tono más de afirmación que de pregunta.

—Sí, mientras estábamos en... algún sitio. No recuerdo muy bien dónde. —Sacudió la cabeza y prosiguió—: Sin embargo, durante el viaje, lady Annabella nos habló maravillas del hotel y de las Highlands. Cuando nos invitó a todos a visitarlo..., bueno..., nos pareció una excelente idea.

«Bueno, eso sí que es mentira», pensó la señora MacBain. Bella no había hablado bien de Loch Down en su vida y, desde luego, nunca se había referido a Loch Down Abbey como un hotel. Esperaba que Jarvis se diera cuenta.

—¿Adónde se dirigían antes de desviarse aquí?

—A Londres.

—Entonces ¿son de Londres? —saltó el inspector.

—Londres es solo un lugar para empezar de nuevo —contestó en tono frío y distante.

—¿Dónde está el resto de la familia?

—¿Familia? Eh..., no tengo familia.

—¿Solo eran ustedes dos? —preguntó Jarvis con cierta envidia, pues él aún vivía con su madre y sus tres hermanas, que siempre le tenían la casa llena de mujeres cotillas que lo mangoneaban a su antojo—. Entonces, está claro que heredará todas sus pertenencias. Interesante.

Lawrence miró a Jarvis al punto. Había captado a la perfección lo que insinuaba.

—Inspector, le aseguro que, de haber querido matarla, lo habría hecho en Shanghái.

Su voz era dura y había algo en esa declaración que a la señora MacBain le inspiró un profundo desasosiego.

—Además, no hay nada que heredar —prosiguió Lawrence con tono amargo—. Somos refugiados, recuerde. Huimos con la ropa que llevábamos puesta y lo poco que pudimos llevarnos.

Jarvis asintió; se sentía tonto. El ambiente era tan tenso que casi podía cortarse el aire y a la presidenta le daba la impresión de que se estaba desvaneciendo cualquier oportunidad de obtener información sincera, así que decidió intervenir.

—¿Disfrutó del baile de anoche? —La miró un poco sorprendido. A la señora MacBain le complació enormemente haberlo pillado desprevenido—. Supongo que su tía lo acompañó.

Lawrence no disimuló la inquietud que le había generado la pregunta. Al no obtener respuesta, la señora MacBain aprovechó su ventaja:

—No recuerdo haberla visto allí, pero a usted, sí.

Él la miró durante un momento y contestó:

—Presenciamos el baile inaugural y nos quedamos para el primer número. Un espectáculo desconcertante. —Sacudió la cabeza—. Después, tomamos asiento en una sala cercana.

—¿No bailaron nada? —Su voz sonaba sorprendida.

Él negó con la cabeza.

—No. Me parecía demasiado difícil. Me dediqué principalmente a charlar con mi tía.

—Debió de aburrirse un poco, solo con ella, pero a lo mejor disfrutó usted de la compañía de alguien más. Es de lo más natural, a todo el mundo le gusta cotillear un poco en un baile.

Un ligero destello surcó sus ojos; sin embargo, se controló de inmediato.

—Pasamos una velada tranquila juntos.

No mentía, pero tampoco le respondió a lo que le había preguntado. Lo cierto es que la rehuía a conciencia. ¿Por qué? ¿Y cómo encajaban el coronel y lady Beaumont en su tranquila velada?

Lawrence la estudió con calma y luego buscó una pitillera. Sacó un cigarrillo marrón largo y delgado, lo compactó lentamente y no dijo nada.

—La señora Blackwood había quedado con alguien en la biblioteca menor, ¿verdad? La vi a usted sacar al coronel de la cola del resopón. ¿Qué quería ella de él?

Lawrence encendió el cigarrillo, le dio una larga calada, exhaló despacio y no apartó la mirada de la señora MacBain ni un solo instante.

Mucho debía subestimarla si pensaba que podía aguantar más que ella y hacerla hablar de forma precipitada por los nervios.

La presidenta, como antigua sirvienta, sabía cómo guardar silencio durante horas si la ocasión lo requería.

Jarvis, sin embargo, carecía de esa disciplina.

—De acuerdo con un testigo, su tía chantajeaba a algunas personas.

La presidenta quería abofetearlo. El inspector no tenía la menor sutileza.

El señor Blackwood se estremeció y lo miró fijamente.

—¿Un testigo? —preguntó con tono sarcástico. Entrecerró los ojos y se inclinó hacia delante—. ¿Quién?

Jarvis se removió incómodo y carraspeó. La señora MacBain se contuvo para no poner los ojos en blanco.

—Es información confidencial —respondió el inspector al fin—. ¿Sabía usted de esas actividades?

Lawrence calibró a Jarvis durante un buen rato y tomó una decisión.

—Sí.

Jarvis parecía jubiloso.

—¿Sabe qué utilizaba para sus chantajes? —preguntó la presidenta con cautela.

—No. Nunca me lo dijo y nunca se lo pregunté.

La señora MacBain arqueó una ceja.

—En Shanghái, saber demasiado puede resultar arriesgado —respondió Lawrence, y le dio otra calada al cigarrillo—. Cuantas menos preguntas hagas, mayor será tu esperanza de vida.

Ella lo observó durante un momento. Chantaje. Esperanza de vida. Ahí estaba la prueba de que los Blackwood llevaban una vida oscura y peligrosa en Shanghái, y que él esperaba que esas sombras los persiguieran hasta Loch Down.

—Pero ¿usted sabía con quién andaba en tratos su tía?

Él asintió y precisó:

—Mi trabajo consistía en recoger y entregar cosas, eso es todo.

—Y, con el trajín del baile, nadie notaría una breve ausencia.

—Correcto.

—¿Con quién se reunió ella anoche?

Él dudó, tratando de decidir si era importante o no. Al fin y al cabo, la anciana había muerto.

—Al final se sabrá —ladró Jarvis—. Será mejor que coopere y nos lo diga ahora.

Ceñudo, el señor Blackwood observó al inspector. Volvió a mirar a la señora MacBain y dijo:

—Primero, con lady Matthews, seguida de lord Pakenham; a continuación, un lacayo llamado Colin; luego, lady Beaumont, un hijo del conde de Carrick y la señora McCready, y, por último, lord Burridge.

—¿Los chantajeaba a todos? —exclamó la presidenta atónita—. No llevan aquí tanto tiempo. ¿Cómo demonios descubrió tantos secretos tan deprisa?

—¿Y por qué cree que se reunió con el lacayo?

La señora MacBain se quedó de piedra.

—Por supuesto —susurró. ¿Quién mejor que el personal para enterarse de todos los intríngulis?

Tendría que despedirlo, a ser posible ese mismo día.

No podía permitir que un miembro de su personal, mejor dicho, del personal de los DunbarHamilton, espiase a los huéspedes.

¿Cómo se atrevía? Pero su indignación tendría que esperar.

—¿A alguien más? —preguntó Jarvis con voz ronca.

—Solo a otra persona. —Dio una larga calada a su cigarrillo y expulsó un anillo de humo—. A lord Inverkillen.

A la presidenta se le encogió el corazón. No esperaba oír el nombre de Angus en la lista, y la conmovió en lo más profundo de su ser. Lawrence pudo ver el pánico en sus ojos y se recostó con una sonrisa de satisfacción.

La señora MacBain luchó por mantener la compostura. El último nombre que esperaba oír era el de Angus. Por suerte, Jarvis tomó las riendas de la conversación, y a ella solo le quedaron vagos recuerdos del resto del encuentro.