LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE #2
—Pero me cuesta creer que nadie del pueblo haya asesinado a esa pobre mujer.
—Volvió a su silla de oficina y continuó, sosteniendo el té en equilibrio entre las manos y la comisura de los labios—.
La señora Blackwood llegó hace solo unos días.
Me dijo que había vivido en Shanghái desde joven, desde recién casada.
¿Cuántos años son eso? ¿Cuarenta? Y apenas llevaba aquí un par de semanas.
¿Qué podía tener en su contra nadie del pueblo? Era una completa desconocida.
—Exacto —dijo Fergus con tono incisivo.
Se hizo un breve silencio, que rompió el inspector:
—¿Un maníaco homicida?
Fergus hizo un ruido descortés. La señora MacBain le lanzó a Jarvis una mirada iracunda.
—Me parece aún menos probable que en Loch Down haya maníacos homicidas.
—¿Cree que la mató alguien que viajaba con ella? —le preguntó Fergus a la presidenta.
—Bueno... —repuso ella con un encogimiento de hombros—. Es una hipótesis más probable que, por ejemplo, pensar que la matara Robbie, el de la farmacia, ¿no cree?
Fergus lo pensó y asintió lentamente. ¿La gente mataba a completos desconocidos? Él había pensado en matar a su familia en broma en muchas ocasiones, pero ¿a un desconocido? Le parecía improbable.
—Además —continuó ella—, no querrá interrogar a cientos de personas, ¿verdad, Roddy? Tendría que pasarse horas revisando los carnés de baile para comprobar que nadie miente. ¡Tardaría una eternidad!
El inspector lo pensó. Solo el papeleo ya le llevaría semanas, y estaba ansioso por participar en la primera batida de urogallos de la temporada.
—Y entonces, ¿qué sugiere? —Sonó más duro de lo que pretendía, y Fergus le lanzó una mirada de advertencia. Jarvis levantó la mano—. Perdón.
La señora MacBain tenía la mirada clavada en la chimenea vacía, y la mente muy lejos de Loch Down.
—Creo que los problemas la persiguieron desde Shanghái, no se trata de contratiempos surgidos aquí. Viajaba con gente que la conocía, que estaba al corriente de su vida allí. Es mucho más probable que la matara uno de ellos.
El inspector asintió lentamente.
—De acuerdo. Supongamos que es cierto. ¿A quién nos lleva eso?
—Al coronel —respondió la señora MacBain— y a su sobrino.
—Y a Bella. —La voz de Fergus sonó hueca al mencionar el nombre de su hermana.
Jarvis miró a Fergus sin saber muy bien qué decir.
Fergus, a su vez, tenía la vista clavada en la pared y respiraba hondo para calmarse y no sucumbir al pánico.
—Si fue alguien que viajaba con ella, ¿por qué iba a matarla aquí? —preguntó Fergus mientras paseaba por la sala tratando de disipar su ansiedad—. Es decir, el coronel siempre insiste en lo peligroso que es el viaje.
—Es verdad —respondió la presidenta pensativa—. Con todas esas escalas a lo largo del recorrido, debe de haber habido docenas de lugares donde matarla y eludir las sospechas. El avión habría seguido su camino y podrían haber transcurrido semanas antes de que nadie supiera ni quién era.
—Y, de haberla identificado —intervino Jarvis—, habrían atribuido la muerte a unos rufianes de la zona, mientras que el culpable ya estaría a miles de kilómetros y fuera de cualquier sospecha.
—Si alguien hubiera planeado matarla, esa habría sido la forma más segura, ¿no?
Entonces, ¿por qué no lo hizo así? —La señora MacBain suspiró con frustración—.
¿Por qué esperar a que llegara a Loch Down, una aldea repleta de viejas cotillas donde hasta las piedras tienen ojos?
No tiene sentido. Es una imprudencia hacerlo aquí.
Permanecieron en silencio durante un largo rato. El reloj dio la hora y unos suaves golpes en la puerta los sacaron de su ensimismamiento. El agente de Jarvis asomó la cabeza y anunció que habían terminado y estaban listos para marcharse. El inspector asintió con gravedad.
—¿Has encontrado el cuchillo? —preguntó Jarvis.
—Eh... ¿El cuchillo? —murmuró el agente, preocupado de repente por haber metido la pata.
—El cuchillo que la mató. Confiaba como un tonto en que aparecería debajo de un sofá o algo así. —Miró esperanzado a su agente.
—Eh, no. No encontramos ningún cuchillo.
—Bueno —dijo Jarvis despacio—, eso respalda su teoría del sgian dubh . Gracias, agente.
Se dio la vuelta para marcharse.
—Oh, agente, disculpe un momento —intervino la señora MacBain—. ¿Han hallado el bastón de la señora Blackwood?
Los tres hombres la miraron confundidos.
—¿Su... bastón? —preguntó el agente.
—Sí. La señora Blackwood caminaba con un bastón. Tiene una flor de jade tallada en la empuñadura. Imagino que será bastante valioso.
—¿Cree que se trata de un robo que se torció? —preguntó Jarvis con escepticismo.
—No. No lo creo. —La señora MacBain parecía preocupada—. Lo que sucede es que no recuerdo haberlo visto en la biblioteca, lo que me parece extraño. Siempre llevaba su bastón, así que ¿dónde está?
Jarvis se la quedó mirando durante un largo rato y luego dijo despacio:
—Será mejor que vuelva a comprobarlo, agente. —Odiaba que ella tuviera razón.
El agente asintió y salió del despacho, y los tres se sumieron en una profunda reflexión.
—La pregunta es a qué había ido a la biblioteca menor —murmuró la presidenta más para sí misma que para los demás.
—¿Cómo dice?
—Oh, me preguntaba a qué había ido a la biblioteca menor. Me dijo, sin lugar a duda, que no asistiría al baile. Entonces, ¿qué hacía en aquella sala?
—Eh... Quizá no fuera al baile. Pudo bajar después de acabada la fiesta.
La señora MacBain lo pensó un momento.
—No me convence —dijo de forma pausada—. Vi a su sobrino en el baile y rara vez se separaban. Me hace preguntarme...
Se levantó y, distraída, reordenó algunos adornos de la repisa de la chimenea.
Cuando vio a lady Beaumont, supuso que había entrado en la biblioteca menor para una cita.
La dama era célebre por sus escarceos mientras su marido jugaba a las cartas.
También había visto al coronel entrar en la habitación, pero, según recordaba, el señor Blackwood se había quedado fuera de la sala.
Una nueva imagen comenzó a formarse en su mente.
¿Y si lady Beaumont no hubiera acudido allí para ver al señor Blackwood, sino a su tía?
La señora Blackwood no deseaba asistir al baile, pero quizá pasó la noche por allí cerca: en una estancia como la biblioteca menor, donde nadie la vería a menos que entrara.
Con la música y el barullo propios de la celebración, nadie iba a reparar en un conciliábulo, ni siquiera aunque se produjera algún grito.
Jarvis aguardó. Desde hacía tiempo, había aprendido a interrumpirla lo menos posible cuando entraba en esos trances. El personal comenzaba a presentarse para cumplir con sus tareas y el murmullo de la cocina iba en aumento. Pensó que era un ambiente relajante, tranquilo a su manera.
La señora MacBain respiró hondo, como si hubiera tomado la decisión de compartir sus pensamientos.
—Hace unas noches, escuché por azar una conversación entre la señora Blackwood y el coronel.
Jarvis levantó las cejas.
—¿Cómo que por azar?
—Era tarde y yo hacía mi última ronda de la jornada. Estaban en el primer rellano y la armería reverbera cuando está vacía.
El inspector asintió. Con lo que resonaba el eco, resultaba un lugar terrible para revelar secretos.
—Solo escuché retazos de la conversación y, en ese momento, no le di gran importancia.
Pero ahora no puedo evitar preguntarme si ella lo estaba amenazando.
—La señora MacBain se volvió hacia el inspector—.
Era ella quien tenía la sartén por el mango y él estaba muy descontento con eso.
Me pregunto... —Dejó la frase en el aire.
Jarvis la miró fijamente un momento, esperando a que compartiera sus pensamientos. Como no lo hizo, le preguntó con impaciencia:
—¿El qué?
La presidenta lo miró, como si hubiera olvidado que estaba allí.
—Me pregunto si lo estaba chantajeando.
—¿Chantajeándolo? —Jarvis se sorprendió ante tal idea—. ¿Esa dulce ancianita?
La señora MacBain se fijó en la facilidad con la que el inspector había catalogado a la mujer. ¿Sería porque era anciana o porque era menuda?
—Era muchas cosas, Roddy, pero dulce, desde luego que no.
En el rostro de Jarvis se dibujó un semblante de escepticismo.
—El coronel le estaba gritando —continuó ella—. Le dijo que no iba a jugársela, que ya estaba metido en un lío bastante grande, y ella respondió: «No sé qué, no sé cuántos, o de lo contrario...».
—Por lo común, no se dice «o de lo contrario...» a menos que se trate de un ultimátum, ¿no?
Jarvis frunció el ceño y trató de pensar rápidamente.
—Eh..., no se me ocurre otra situación.
—Y el coronel le respondió: «No será usted capaz».
—Que no sería capaz ¿de qué?
—No lo sé. Pero, por la manera en que hablaban, estaba más claro que el agua que era ella quien dominaba la situación.
—La señora MacBain se quedó mirando la chimenea vacía, tratando de concentrarse en el recuerdo—.
Fue muy extraño, porque no los había visto hablar entre ellos desde que llegaron.
Ahora, visto en perspectiva, me pregunto si se estaban evitando a propósito.
Suspiró y volvió a sumirse en sus pensamientos. Si estaba chantajeando al coronel, a lo mejor también lo hacía con los demás.
El reloj de la repisa dio la hora y Jarvis salió de sus ensoñaciones. Se levantó y cogió su sombrero. La presidenta lo miró confundida.
—Tengo que ir a decírselo a su sobrino antes de que se corra la voz —dijo a modo de explicación.
«Sí —pensó la señora MacBain con pesadumbre—, la noticia correrá como la pólvora».
—¿Voy yo también?
Jarvis asintió. Entre las funciones de su puesto, comunicar fallecimientos a familiares no era una de sus preferidas.
Llamaron a la puerta de la habitación de Lawrence Blackwood y esperaron a que se levantase para abrirla. Iba vestido, pero descalzo, y le salía un dedo del calcetín izquierdo. Observó sorprendido a la señora MacBain, y a Jarvis, con desasosiego.
—¿Puedo ayudarlos?