Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE
54%

LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE

LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE

Con cuidado de no tocar nada, la señora MacBain se arrodilló junto al cuerpo de la señora Blackwood. Le puso la mano delante de la nariz, solo por cerciorarse.

Hudson negó con la cabeza. Se encogió y trató de respirar hondo. Estaba mareado.

—La hallé así, tal cual.

La presidenta se puso de pie y miró a su alrededor. Tras un breve silencio, asintió con brusquedad.

—Bien. ¿Ha tocado algo? ¿La sala está tal y como la encontró?

El maître se lo pensó con calma.

—Sí. Eh..., no. No estoy seguro.

Estaba muy pálido y, durante unos instantes, la señora MacBain se preguntó si iría a desmayarse. Lo tomó por los hombros y lo condujo a una butaca, de espaldas al sofá, para que no viese a la señora Blackwood.

—Recupérese. Lo necesito sereno y lúcido. —Se enderezó y se fijó en las cortinas de las puertas del jardín—. ¿Estaban corridas?

—Sí —respondió él después de echar un vistazo para ver qué miraba ella—. Y la lamparita estaba encendida, y todas las puertas, cerradas con llave.

—¿Cerradas con llave? —Ella lo miró mientras valoraba la posibilidad de que la conmoción le nublara el juicio—. Si estaban cerradas con llave, ¿cómo entró?

Hudson levantó una llave maestra de latón con una borlita de seda.

—Al no poder entrar por las puertas del jardín, recordé que las puertas de la sala del roble también se cierran con llave, así que probé con esa.

La señora MacBain lo miró con gesto desconcertado y, acto seguido, observó la cerradura de latón.

—¿También abren esta puerta?

Hudson asintió.

—Estas viejas cerraduras georgianas no son el colmo de la sofisticación, por lo que se abren con prácticamente cualquier llave. Basta con que sean del tamaño adecuado. En mis tiempos de lacayo, siempre llevaba varias llaves maestras encima, por si acaso.

La presidenta negó con la cabeza. Desde luego que aquel hombre estaba predestinado a ser mayordomo. Volvió a dar vueltas despacio por la sala, muy atenta, en busca de algo que ni ella misma sabía qué era.

—¿Ha ordenado algo? ¿Ha recogido vasos o copas, o ahuecado los cojines? —Echó un vistazo a la bandeja, que contenía copas de champán y un cenicero sucio.

—Eh..., bueno, aquí no —dijo señalando la bandeja—. La dejé ahí para abrir las cortinas. Cuando me di la vuelta, vi... Pensé que era alguien durmiendo.

La señora MacBain asintió. Menudo descubrimiento debió de ser.

Dio unos pasitos alrededor de los sofás y miró a la chimenea, con rescoldos en la rejilla.

¿Habría encendido la lumbre? Qué extraño.

La noche anterior había sido tórrida. De hecho, durante el baile, se habían visto obligados a abrir todas las puertas y ventanas para evitar que la gente se desmayara.

—¿Deberíamos llamar a alguien? —preguntó Hudson con voz ronca—. ¿Al médico, tal vez?

—¿Qué? Oh, sí. —La presidenta salió de su ensimismamiento—. Y supongo que también a la policía.

—¿Qué? —El maître se giró para mirarla—. ¿Para qué?

—No ha sido ella la causante de esto, señor Hudson —susurró ella.

La insinuación lo dejó sin palabras. Miró a la señora Blackwood, tirada en el suelo en un charco de sangre, y luego, de nuevo a la señora MacBain.

—No —dijo al fin—, no ha sido ella, la pobre. Iré a llamar desde mi despacho. ¿Le digo a la cocinera que prepare un desayuno para servirlo en la sala del servicio?

La pregunta la pilló desprevenida.

—Si yo me siento tan mal —prosiguió Hudson—, apuesto a que en todo el pueblo no hay nadie sin dolor de cabeza. Tendrán que llevarse algo a la boca para lidiar con todo esto. Cierre la puerta tras de mí.

La señora MacBain reflexionó sobre sus palabras y esbozó una débil sonrisa, agradecida a más no poder por la presencia del maître .

Fergus dormía cuando una camarera llamó a la puerta de la antigua casa del portero, reconvertida en hogar del director. No le gustó verla, porque había despertado al bebé. Malhumorado, se dirigió a la biblioteca menor.

«Sea lo que sea —pensó—, más vale que se trate de algo importante de veras o rodarán cabezas».

Ya estaba que trinaba cuando dobló la esquina y vio que aún no habían limpiado el salón de baile principal. Al otro lado de la gran galería, divisó la biblioteca menor. Su ira se desvaneció. La custodiaba un policía.

—Me han pedido que venga —le comunicó al agente, sin saber muy bien qué decir.

El policía, que no debía de tener más de veinte años, asintió con amabilidad y abrió la puerta para dejar pasar a Fergus.

El momento no pudo ser menos afortunado, pues, justo cuando entró Fergus, el médico giró el cuerpo de la señora Blackwood para observar mejor la herida.

Las piernas de Fergus se doblaron, pero la señora MacBain lo agarró y lo sentó en el brazo de una butaca, junto a Hudson.

La presidenta se los quedó mirando: Fergus parecía aturdido y el maître seguía pálido como la cera.

Estaba segura de que no tardarían en necesitar sales aromáticas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Fergus con voz ronca, sin atreverse a mirar hacia atrás.

—Es la señora Blackwood —le respondió ella—. El señor Hudson la encontró esta mañana mientras ordenaba la casa.

—Debió de llevarse un susto terrible —dijo Fergus con delicadeza. El maître asintió, cansado.

—Sí, se confirman mis sospechas —convino el médico, agachado junto a la señora Blackwood. Una vez inspeccionada la herida, se sentó sobre los talones y añadió—: La apuñalaron.

—¿Que la apuñalaron? —La presidenta no daba crédito—. ¡No! ¿Está seguro? ¿No pudo haber sido de otra manera? Por favor, dígame que fue un disparo.

Fergus y Hudson la miraron, un poco molestos por el comentario.

El médico negó con la cabeza, se puso de pie y la miró.

—Por desgracia, no. Fue un arma bastante afilada, lo cual plantea un problema.

—Ya lo creo —respondió ella con un profundo suspiro.

—¿Un problema? —preguntó el inspector Jarvis, desconcertado. Era el jefe de la policía de Loch Down, lo que nunca dejaba de sorprender a la señora MacBain, pues no era lo que se dice una lumbrera.

La presidenta miró al médico, que negó con la cabeza incrédulo.

—¿Es consciente de que anoche celebramos un baile de las Highlands en el hotel? —le preguntó lentamente la señora MacBain, pues no recordaba si el inspector había asistido o no.

—Sí —respondió Jarvis, aún con más parsimonia—. ¿Y qué?

—Casi todos los hombres llevaban el traje típico.

Todos guardaban silencio mientras el inspector asimilaba la información. A juzgar por su semblante impasible, no comprendía las implicaciones de lo que acababa de oír.

La señora MacBain resopló y prosiguió en un tono más severo:

—¡Por el amor de Dios, usted es de aquí! Sabe perfectamente que el traje formal incluye un sgian dubh .

Muy despacio, en el rostro del policía se fue dibujando un gesto de comprensión.

—O sea, un puñal.

—Sí —intervino la presidenta con cansancio—, y anoche, en Loch Down Abbey, los había a centenares.

—Y eso —dijo Jarvis al darse cuenta— supone un problema.

—Sí —convino la señora MacBain, aliviada de que por fin lo hubiera entendido. «¿Cómo es posible que este hombre esté al mando de nada?», se preguntó, y no por primera vez.

—Bien —asintió el inspector con aire inteligente. Hizo una breve pausa y añadió—: Supongo que necesitaré la lista de invitados.

Todos lo miraron con incredulidad.

—¿Por qué? —preguntó Fergus, esperando que el policía no pretendiera hacer lo que se temía.

Jarvis, sintiendo que estaba a punto de ser desafiado, se irguió y sacó pecho.

—Quienquiera que la haya matado está en esa lista, así que tendré que hablar con cada uno de los invitados. Bueno, o al menos con los hombres.

—Espero que esté de broma —dijo Fergus reprimiendo una carcajada. Era una idea ridícula—. ¡Todo el condado estuvo aquí anoche!

Temeroso de que le hicieran perder toda la mañana, el médico se apresuró a intervenir:

—Inspector, si ha terminado, me gustaría que los muchachos la llevaran a mi consulta.

Después de observar iracundo a Fergus, Jarvis cruzó una mirada con su agente, que asintió, y luego le dijo al médico:

—Sí, hemos terminado. Averigüe la hora de la muerte lo antes posible.

—Lo haré. Y creo firmemente que esta conversación debería proseguir en otro lugar —dijo el doctor mientras miraba a un tambaleante Hudson.

—Sí, por supuesto —respondió la señora MacBain, que se apresuró a sujetarlo para que no se cayera—. Acompáñeme, señor Hudson.

—Si al salir pasan por las cocinas, pueden coger un bocadillo de beicon. —La voz del maître era grave y lenta y las piernas se le arqueaban peligrosamente. Podía dar con sus huesos en el suelo de un momento a otro.

Diez minutos más tarde, tras enviar a Hudson a la cama, se encontraban en el despacho de la señora MacBain. Acababan de poner el té en el escritorio y Jarvis se estaba sirviendo una taza con tal ruido que a ella le provocaba dolor de cabeza.

—Bien —dijo el inspector, que se volvió hacia Fergus y la presidenta—, hablaba muy en serio cuando les decía que quiero la lista de invitados. Necesitamos saber quién estuvo aquí anoche.

Fergus chasqueó la lengua sin disimular, y la señora MacBain pensó que había heredado ese gesto de su abuela.

—Entre el personal, los huéspedes, la aristocracia y toda la gente del pueblo que acudió, debían de rondar las trescientas personas. ¡No podemos darle todos los nombres!

—Pues por algún sitio habrá que empezar, y tenga en cuenta que uno de sus huéspedes mató a esa anciana anoche. ¿Por dónde sugiere que empecemos?

Jarvis comenzaba a perder los nervios. No soportaba que cuestionaran sus decisiones, y además tenía un hambre voraz. Desde que Hudson había mencionado los bocadillos de beicon, no se los quitaba de la cabeza.

La señora MacBain se quedó en silencio durante unos instantes.

—Le daré la lista de huéspedes si lo desea. Ni se nos ocurriría decirle cómo debe llevar a cabo su investigación, Roddy —dijo, y se sirvió una taza de té.

—¿Pero? —preguntó Jarvis con cierta cautela.