LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE
LA MAÑANA DESPUÉS DEL BAILE
A primera hora de la mañana siguiente, sentada en su tocador y somnolienta, la señora MacBain se cepillaba su larga melena castaña mientras repasaba la velada.
Se felicitó por el baile, pues había salido a las mil maravillas.
A decir verdad, no las tenía todas consigo.
¡Pero había resultado todo un éxito! Estaba todo lo radiante de orgullo que podía permitirse.
Dejó el cepillo y rebuscó sus horquillas en un cajón.
De improviso, comenzaron a aporrear la puerta con tal furia que tiró una botella de tónico capilar del sobresalto.
—¡Un momento! —gritó irritada, mientras limpiaba el líquido derramado con un pañuelo. Cuando hubo acabado, se acercó a la puerta y la abrió. Un botones jadeaba ligeramente. Era evidente que había llegado corriendo—. ¡Jimmy! ¿Qué ha pasado?
—Señora MacBain —dijo entre jadeos—, el señor Hudson la necesita enseguida. Está en la biblioteca menor. —El chico respiró hondo y se giró para dejarla pasar.
—¿En la biblioteca menor? —preguntó ella, y se puso en guardia por instinto—. ¿Qué ha pasado?
—No lo sé, señora —afirmó el chico tirándole del brazo con suavidad—, pero no tenía buen aspecto y estaba gritando.
El maître nunca levantaba la voz, y mucho menos fuera de la zona de servicio, por principios. Nadie debía gritar en las zonas de los huéspedes. Siempre se insistía a ese respecto en todas y cada una de las reuniones de personal. De hecho, el lema del antiguo mayordomo era «Decoro, siempre».
La señora MacBain asintió, cerró la puerta tras de sí y siguió al chico por un laberinto de pasillos, puertas, escaleras y pasadizos. «No es de extrañar que estuviera sin aliento», pensó al llegar al ala este, la del salón de baile. Le dio una punzada en el costado.
Al acercarse a la gran galería, el chico se detuvo, se encorvó para recuperar el aliento y señaló la biblioteca menor. La presidenta se acercó con inquietud.
Giró el pomo, pero, para su sorpresa, no se abrió la puerta. ¿Por qué estaba cerrada con llave? Se volvió hacia el botones, que negó enérgicamente con la cabeza. Lo intentó de nuevo y luego llamó en voz baja:
—¿Señor Hudson? Soy yo.
La puerta se abrió unos pocos dedos.
—Señora MacBain, gracias a Dios que es usted. —Se hizo a un lado para dejarla pasar.
La señora MacBain se quedó mirando a su socio, que estaba blanco como el papel. Sintió un vuelco en el estómago.
—Me han dicho que quería verme con urgencia.
Sin decir nada más, la agarró del brazo, la hizo entrar y cerró la puerta. La presidenta se dio la vuelta, ofendida por la brusquedad, pero se quedó sin aliento al mirar al sofá.
—¿Qué es eso? ¿Qué ha pasado? —Se apresuró a acercarse—. ¿Es sangre?
Hudson asintió con gravedad.
—¡Oh! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué ha pasado? —Entre jadeos, se inclinó para ver mejor—. ¿Señora Blackwood?