EL BAILE DE LAS HIGHLANDS DE LOCH DOWN #3
—No pretenderá que hagamos cola junto a la plebe. —Lady Georgina estaba que trinaba—. Haré que un lacayo nos prepare una mesa para que nos sirvan en la sala de música. —Se marchó antes de darle a la presidenta la oportunidad de responder.
De entre la infinidad de preparativos, nunca se había mencionado una cena privada para la familia.
«¿Cómo iba a saber que era la costumbre? —pensó irritada—. Si en mi vida he ido a un baile, ni siquiera a uno de sirvientes. ¡Y es mi baile! ¡Si alguien tiene derecho a cenar en una sala en privado, esa soy yo!».
Exhaló despacio y contó hasta diez. No permitiría que lady Georgina echase a perder lo que, a su juicio, era una velada maravillosa. Tras respirar hondo varias veces, se acercó a un lacayo. Tenían que preparar una mesa.
—Me evitabas —susurró Ross.
Elspeth se dio la vuelta y lo miró.
—He tenido muchos quehaceres. No he descansado ni un momento. —Titubeó y le tocó la insignia del clan—. ¿Me has... echado de menos?
Ross inclinó la cabeza para saludar a alguien que estaba tras de ella y luego la miró profundamente a los ojos.
—Siempre te echo de menos, pero me resulta más fácil cuando estás en Francia. Sabiendo que estás tan cerca... —Hizo una pausa para elegir sus palabras con cuidado—. Ha sido difícil.
Elspeth le clavó la mirada, buscando en su rostro respuestas a preguntas que no quería hacer. Entonces, él le agarró la mano, la llevó detrás de un par de columnas de piedra y la besó con pasión.
—Podríamos desaparecer —dijo Ross—. Nadie se daría cuenta. —El brillo volvió a asomarle en los ojos.
Elspeth se sintió tentada. Pero la imagen de la cama sin hacer en la cabaña flotó en su mente.
—No debería. Es el primer baile de Delphine. Puede que me necesite.
Miraron entre las columnas hacia la pista de baile, donde su joven hija reía mientras daba vueltas y mostraba su vestido a varias chicas del lugar.
—Está bien —indicó Ross con una sonrisa—. Diría que es la reina del baile. —Asintió hacia un grupo de cuatro o cinco chicos que la observaban.
Elspeth no pudo reprimir una sonrisa. Su hija vivía una noche mágica. Ross le tomó la mano.
—No lo sé, Ross. Además, nunca llegaría a la cabaña con este vestido. Bailemos, ¿te parece? Nunca hemos bailado juntos. —Retrocedió hacia la gran galería y se adentró sin más en la pista de baile, mientras Ross se preguntaba qué había cambiado.
La señora Cooper salió de la pista, radiante, a pesar de que el torpe del reverendo Douglas la había tirado al suelo durante el Gay Gordons . La señora MacBain comprobaba que su vestido no se hubiera dañado.
—Creo que todo va sobre ruedas, señora MacBain —dijo la señora Cooper entre jadeos—. Debería estar muy orgullosa.
La presidenta le sonrió.
—Ay, gracias. Es muy amable por su parte.
—Observó a la joven. Estaba claro que se lo pasaba en grande—.
Bueno, no veo nada fuera de control. Se lo pasará bien.
Pero yo en su lugar, con ese vestido tan bonito que lleva, evitaría al reverendo.
Me encanta ver moverse los volantes en la pista de baile, lo hacen de una forma que se ha perdido con los vestidos modernos.
—Muchas gracias. Me preocupaba que fuera un poco juvenil para una mujer casada.
—Para nada. Al fin y al cabo, es una recién casada joven. Y bien, ¿dónde está tu esposo?
—Ah, se fue a la cama después del resopón. —Se abanicó con su carné de baile—. No suele trasnochar. Y creo que el baile lo ha agotado.
—Sí, puede resultar agotador no tenga la menor duda.
—Mirando por encima del hombro de la joven, la señora MacBain vio a lady Beaumont salir de la biblioteca menor.
Parecía sonrojada. La señora Cooper se fijó en la expresión de la presidenta y de inmediato se giró para seguir su mirada.
Un momento después, la puerta se abrió de nuevo y el señor Blackwood se escabulló a toda prisa.
—Creía que los Blackwood no iban a venir —dijo la señora Cooper con curiosidad.
—No tenían intención. La señora Blackwood pensaba que no tenía un vestido adecuado, pero, por lo que parece, han cambiado de opinión.
La señora Cooper miró a la señora MacBain, que no le quitaba ojo a la puerta de la biblioteca menor.
—¿Qué sucede, señora MacBain? —Inclinó la cabeza y preguntó—: ¿Acaso él no debería estar ahí?
—¿Qué? Ah, no es eso. Lo que ocurre es que... no habíamos planeado usar esa sala esta noche, así que no la hemos preparado. Me sorprende ver a gente entrando ahí. —Intentó decirlo con la mayor naturalidad posible.
«¿Qué estará pasando por allá? —se preguntó—. Primero el lacayo y ahora... Oh».
Más tranquila, la presidenta se volvió hacia la señora Cooper, que observaba con interés al señor Blackwood. Cuando este se adentró en la sala del roble, la joven dama se giró hacia la señora MacBain y sonrió.
Han anunciado el siguiente reel .
—Será mejor que vaya. Solo quedan dos.
—¿Ya? Se me ha pasado la noche volando. Bueno, será mejor que vaya a ver cómo está Alistair. —La señora Cooper dio tres pasos hacia delante y se dio la vuelta para despedirse—: Gracias, señora MacBain. Ha sido una velada maravillosa.
En efecto, había sido una noche formidable. La presidenta se fue en busca de una pareja de baile.