Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) EL BAILE DE LAS HIGHLANDS DE LOCH DOWN #2
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EL BAILE DE LAS HIGHLANDS DE LOCH DOWN #2

—¡Delphine! ¡Madre mía! ¡Ese vestido es espectacular! —Se acercó a la chica.

Fergus suspiró y se volvió hacia Elspeth.

—Al quite una vez más. Gracias, tía Elspeth.

—También es el primer baile de Delphine. Quería que estuvieran preparadas —repuso Elspeth con un encogimiento de hombros—. Pero, para ser sincera, ellas no eran mi principal preocupación. —La mirada de Elspeth se dirigió a lady Georgina, que presidía el salón radiante de orgullo.

—Sí —convino Fergus lentamente—, quizá fue la decisión correcta. —Ambos se echaron a reír.

—¡Oh, mirad, los niños están aquí! —exclamó la matriarca saludando a la galería que daba al salón.

Era tradición en las Highlands que los niños asistieran a los primeros reels del baile, y estaban tan emocionados como Delphine.

Llevaban toda la semana practicando diferentes reels en la guardería; Strip the Willow había sido el favorito indiscutible.

Con edades comprendidas entre los doce y los seis años, se presentaron de forma adorable, vestidos con sus pequeños kilts y vestiditos blancos con fajines de tartán de los Inverkillen.

Se agolparon en el balcón y se asomaron por encima y a través de las barandillas, saludando con efusión a Elspeth y Fergus.

Algunas personas susurraban y señalaban, seguramente criticando a la niñera, que estaba apoyada contra la pared, envuelta en su habitual atuendo blanco.

«En una habitación oscura, parecería un fantasma», pensó Elspeth.

La vara resonó con gran estruendo, seis veces seguidas, para restablecer el orden en la sala.

— DAMAS Y CABALLEROS —comenzó Hudson—. TENGAN LA AMABILIDAD DE AbrIR PASO AL CLAN Inverkillen.

Era hora de inaugurar el baile.

Las damas se habían comportado muy bien.

Imogen no había cometido ningún error. Embriagada por el éxito, le pidió a Lawlis que le concediera el siguiente baile.

Cecil y Angus se trasladaron al salón para jugar a las cartas en cuanto se hizo la reverencia final y lady Georgina disfrutó del aplauso de los invitados.

The Dashing White Sergeant era el primer reel de sus carnés de baile.

Elspeth bailó con Cecil y el señor Rosenthal, que se disculpó de antemano, mientras que Bella y Delphine tuvieron la mala suerte de que les tocara el coronel de pareja.

Este era tan poco diestro sobre la pista que observarlo resultaba casi más bochornoso que ver cazar al retriever de lord Enderleigh.

Arremetió a empellones contra los demás bailarines, lo que causó un gran revuelo entre los grupos que danzaban a su alrededor.

Hizo girar a Delphine contra una mesa, con lo que lord Ruthven, ofendido, le exigió explicaciones.

Antes de que pudieran decidir entre espadas o pistolas (por desgracia, lord Ruthven descartó las hachas de combate), Fergus les recordó que los duelos estaban prohibidos desde la década de mil ochocientos cuarenta.

Una vez restaurada la paz, pasaron al siguiente grupo, y el coronel se abalanzó con tal entusiasmo que por poco le descoyunta un brazo a Bella.

Entre jadeos y resoplidos, el militar acabó baldado.

Elspeth observaba con inquietud. «¿Está mal rezar para que le dé un infarto?

», se preguntó. Buscaba como una desesperada cualquier excusa que la librara del siguiente baile, que tenía comprometido con él.

Quizá podría esconderse en el salón de damas, o bien salir a la terraza, aunque supusiera quedar a merced de los mosquitos.

Pero el coronel la abordó antes de que pudiera decidirse:

—Ah, lady Elspeth. Creo que... Ayyy... Noto una punzada en el costado.

Me parece... ¡Ja!... Creo que por esta noche ya he bailado bastante.

¿Sería muy descortés por mi parte retirarme?

Ya no estoy tan en forma como antes. —Se dio unas palmaditas en el chaleco, tan llamativo y poco atractivo como la toga de Hudson, y siguió respirando como buenamente pudo.

—Qué pena, coronel, pero, por supuesto, lo entiendo —dijo ella, tratando de disimular la alegría.

Bella contuvo un resoplido.

—Bailar reels es cosa de jóvenes.

—Desde luego. —El coronel se secó la frente con un pañuelo—. Le ruego que me disculpe y le deseo buenas noches.

Hizo una profunda reverencia que casi provocó que se cayera y se fue en busca de las cartas con una leve cojera.

—Todas las Highlands acaban de dar un suspiro de alivio —dijo Bella cuando se hubo marchado.

—¡Bella! —la reprendió Elspeth, pero su sobrina se limitó a levantar las cejas. Elspeth cogió dos copas de champán—. Subamos a la galería a darles las buenas noches a los niños. Después decidiremos quién lleva el vestido más feo.

El baile estaba en pleno apogeo y la señora MacBain decidió echar un vistazo a los salones.

Como era de esperar, las damas se habían reunido en el salón de las rosas para jugar a las cartas y cotillear.

Podían ver el baile a través de la hilera de puertas que jalonaban la larga pared.

Lady Georgina presidía la reunión junto a la chimenea, luciendo como la condesa de Loch Down Abbey de otrora.

Era agradable verla de nuevo en ese papel, pensó la presidenta, pues le había costado adaptarse a su nueva vida después de abandonar la casa.

Tenía su Cottage y sus flores. Solía almorzar y cenar en el comedor del hotel, y frecuentaba las mesas de bridge por las tardes.

Y, sin embargo, a pesar de esa rutina, la señora MacBain reparó de repente en que a la condesa viuda no se la veía muy ufana.

Quizá necesitaban encontrarle un papel más social.

«Uno acorde a una mujer célebre por negarse a recibir invitados», pensó con ironía.

Al pasar por la sala del roble, se sintió agredida por el humo de los puros que impregnaba el aire.

«Mañana habrá que ventilar bien esta estancia», se dijo.

Agitó una mano delante de la cara. Decidió quedarse en un extremo de la estancia y vio a Angus jugando contra lord Cosgrove y Cecil en la mesa contigua.

Un grupo ruidoso captó su atención. Al parecer, el coronel había ganado una gran mano.

Todo iba bien, de modo que siguió adelante. Al salir al pasillo, se sorprendió al ver salir a un lacayo de la biblioteca menor. No era una sala que tuvieran previsto utilizar esa noche.

—Colin, ¿verdad? —se dirigió al joven, que asintió, con los ojos muy abiertos—. ¿Va todo bien?

—Sí, señora. Solo estaba comprobando que todo estuviera en orden. He visto a algunos... juerguistas por aquí y sé que hoy está prohibido acceder a esta sala.

—Bueno, yo no diría prohibida, pero sí, si podemos evitar que entre alguien, mucho mejor. Gracias.

Él asintió y se quedó allí parado. Se hizo un incómodo silencio.

—Creo que debería volver al baile.

Colin no se movió.

—Estoy segura de que el señor Hudson te necesitará. —Dio un paso atrás y extendió la mano para indicarle el camino.

Colin dudó un momento y se alejó arrastrando los pies.

La presidenta no podía quitarse de la cabeza la sensación de que el muchacho estaba molesto con ella.

No era una impresión que tuviera a menudo con el personal.

Se dio la vuelta y observó a una ayudante de cocina asomándose por la puerta de paño.

Al ver a la señora MacBain, la chica chilló como un ratón asustado y desapareció.

«Por supuesto —sonrió para sus adentros la presidenta—, es un baile, ¿por qué no iba a brotar el amor entre los jóvenes?».

Anunciaron el Foursome Reel y ella se marchó a toda prisa, pues le había prometido al señor Rosenthal que lo bailarían juntos.

El resopón se había servido a medianoche y la gente se agolpaba alrededor de la vajilla de plata en la gran galería.

La señora MacBain observaba con atención desde la entrada del salón de baile, sonriendo y saludando con la cabeza a la gente que pasaba con numerosos platos de salchichas, scones de patata, huevos y haggis .

Hudson recorría la mesa de un extremo a otro como si se tratara de un general, vigilando con atención la cantidad de comida.

Bajo su mirada, ningún plato se quedaría vacío.

Lawrence Blackwood llamó su atención. No lo había visto en toda la noche y le alegró que su esposa y él hubieran acudido al baile.

A principios de semana, ella se había mostrado reacia, y adujo que carecía de un vestido adecuado para la ocasión, pero allí estaba el señor Blackwood, ataviado con su sempiterno traje de lino blanco.

Quizá ella también había cambiado de opinión.

El señor Blackwood se acercó a la cola y le dio una palmadita en el brazo al coronel. Intercambiaron unas palabras y el militar, con el plato en la mano y una salchicha colgando de los labios, abandonó la cola y siguió al señor Blackwood a la biblioteca menor.

«¿Qué está pasando?», se preguntó la señora MacBain. Pero, antes de que pudiera ponerse a pensar nada más, una voz le susurró al oído:

—¡Ah, ahí está! ¿Dónde puso nuestra mesa? No me acuerdo.

La presidenta se volvió y vio a lady Georgina, que la miraba expectante.

—Disculpe, ¿qué?

—La mesa familiar. ¿Dónde nos ha puesto?

—No lo entiendo.

—Los anfitriones siempre se retiran a otra sala para cenar en privado —dijo lady Georgina con gran pompa.

La señora MacBain la miró sin comprender. Era la primera vez que oía hablar del tema.