Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) EL BAILE DE LAS HIGHLANDS DE LOCH DOWN
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EL BAILE DE LAS HIGHLANDS DE LOCH DOWN

EL BAILE DE LAS HIGHLANDS

DE LOCH DOWN

La señora MacBain daba un último repaso al salón. Tenía que reconocer que estaba nerviosa. Nunca había asistido a un baile, por lo que las indicaciones de lady Georgina, aunque tediosas, le habían caído como agua de mayo.

El salón de baile de los Inverkillen era una estancia alargada con seis pares de cristaleras a lo largo de un lado que daban a una terraza.

En la pared del fondo, presidían la sala una enorme chimenea y un célebre retrato del decimocuarto conde.

Las paredes eran de color azul oscuro con paneles dorados ornamentados; el suave resplandor que emitían las lámparas de cristal de las paredes iluminaba el espacio.

No obstante, la guinda del pastel era el techo.

En lugar de la típica techumbre neoclásica, el decimocuarto conde había optado por tres enormes lámparas de araña que refulgían a la luz de las velas, colgadas bajo un fresco que representaba un cielo nocturno espectacularmente coloreado por la aurora boreal.

Sentados en la galería sobre la entrada, ensayaban los miembros de la banda.

Los lacayos, vestidos con libreas especiales, colocaban decantadores en las mesas, en los que, a la luz de las velas, brillaba el whisky dorado pálido de Ross.

Hasta la última superficie estaba cubierta de velas y las rosas de lady Georgina adornaban todas las mesas, repisas y alféizares.

La presidenta debía reconocer que la anciana tenía una mano privilegiada para las flores, o al menos la tenía su jardinero.

En conjunto, el salón surtía un efecto impresionante. La señora MacBain asintió satisfecha y fue a cambiarse.

Fiel a su elegancia, lady Georgina se presentó tarde.

Los Inverkillen no llegaban puntuales, ni siquiera a su propio baile.

La matriarca siempre se demoraba veintidós minutos, ni uno más ni uno menos: con bastante retraso como para llamar la atención, pero sin llegar a parecer hostil.

Al franquear las puertas del salón de baile, se detuvo en seco, boquiabierta.

—¡Hudson! ¿Qué diablos lleva puesto?

El antiguo mayordomo vestía una toga de un vivo color turquesa, con un amplio cuello de piel en la parte delantera y filas de borlas alternadas de color violeta y mostaza que cubrían el tercio inferior. Llevaba un tricornio a juego con el escudo de armas de los Inverkillen.

—Buenas noches, señora condesa. —Hizo una profunda reverencia—. Está usted arrebatadora, si me permite el cumplido.

—Sí, gracias. —Ella siguió mirándolo y luego movió la mano de arriba abajo para cuestionar su atuendo.

—Es la toga tradicional de macero, con los colores del tartán de los Inverkillen. Y sin duda reconocerá la vara de mando, fabricada tras el asedio de 1632 a partir de las armas de los miembros del clan caídos.

—Eh..., sí. —Ella lo miró con ojo crítico y se fijó en que llevaba la frente sudorosa.

El tartán de los Inverkillen era llamativo, pero así lo eran todos por definición.

La toga, sin embargo, era una horripilante pesadilla de casi dos metros de largo—.

Quizá no sea necesario llevar la toga esta noche.

Al fin y al cabo, hace bastante calor. No recordaba la piel. ¿Es de ciervo?

—De conejo, me parece. —Le entregó la vara a un lacayo y se quitó la toga, secretamente aliviado de deshacerse de aquella horrible prenda—. ¿Y el tricornio también?

—Sí, creo que sí. Oh, la verdad es que así está mucho mejor.

Hudson se puso firme y se acercó al borde de las escaleras.

¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

Lady Georgina dio un respingo, trastabilló hacia un lado y faltó poco para que se cayese al suelo de no haberla sujetado un lacayo. El maître volvió a golpear con fuerza la vara contra el suelo antes de anunciar:

— EL SEÑOR ALEXANDAR KINCADE Y SEÑORA, Y LA SEÑORITA KINCADE .

No le gustaba ese aspecto concreto de ejercer de anfitriona.

Aunque había asistido a muchos bailes y la habían anunciado ante los invitados, nunca había desempeñado ese papel.

Era deber del anfitrión permanecer junto al macero y saludar a los invitados a medida que llegaban.

Nadie entraba en el salón de baile antes de que lo anunciasen.

Como invitada, lady Georgina nunca había permanecido junto al macero cuando la habían anunciado, de modo que no estaba acostumbrada al estruendo de la voz y del golpe de vara.

Podía soportar uno de los dos ruidos, pero no ambos, de forma que, cuando vio llegar al médico y a su esposa, acompañados de sus cuatro hijas, se agarró al brazo de Hudson y le indicó:

—¿Quizá solo debamos anunciar a los invitados de más alto copete?

—¿A los de más alto copete, señora? —preguntó el maître confundido. La tradición dictaba que se anunciara a todo el mundo.

—Me refiero a la aristocracia. Solo nos importan los títulos, no la plebe.

Hudson le lanzó una mirada sombría de reojo.

—Y así preservará usted su voz —se apresuró a puntualizar la matriarca—. Mejor si mañana no amanece afónico, ¿verdad?

«Bueno —se dijo él—, es temprano y ya me empieza a picar la garganta». Así que se rindió.

A medida que los invitados entraban en el salón de baile, la tediosa tarea de saludar a tantos desconocidos empezó a agotar a lady Georgina.

¿Quién iba a imaginar que acudirían tantos vecinos del pueblo?

Tendría que haber cogido un par de guantes de repuesto, porque los que llevaba puestos seguramente se le ensuciarían antes de que terminara el primer reel .

Se preguntó si debería enviar a un lacayo a Thistledown Cottage.

Al cabo de diez minutos, vio a la señora MacBain y le hizo señas para que se acercara.

—No puedo seguir aquí de pie. Es como estar junto a un cañón.

—Sí, bueno, es cierto —vaciló la presidenta—, traté de convencerla para que prescindiéramos del protocolo de la vara, como recordará.

—Gracias por recordármelo. ¿Algún otro error de juicio que le gustaría destacar?

¿Eh? —Lady Georgina no estaba de humor para que la regañaran.

Entre Hudson, la vara y su tiara, que no se había puesto en mucho tiempo y le resultaba extrañamente pesada, le estaba dando dolor de cabeza—. Me voy al centro de la pista de baile.

—Pero ¿cómo la verá la gente? El salón se está llenando y aún es temprano.

Lady Georgina frunció el ceño y llamó a un lacayo.

—Llame a algunos lacayos y que despejen un camino desde la puerta para que la gente pueda verme al entrar.

Dicho eso, ocupó su puesto en el centro del salón de baile.

¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

— EL CONDE Y LA CONDESA DE BUCHAN .

Fergus había llegado temprano para asegurarse de que todo saliera bien. Por supuesto, así fue, bajo la atenta mirada de la señora MacBain. Sin embargo, por tratarse de su primer baile, no quería dejar nada al azar. De pie frente a la banda, rezó para que no se produjera ningún desastre.

¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

— LA HONORABLE SEÑORA OGILVY-SINCLAIR .

Fergus se dio la vuelta y contuvo el aliento. Había llegado Imogen, su adorada Imogen. Resplandeciente con un vestido de seda color melocotón, se sonrojó cuando la anunciaron. Fergus cruzó el salón de unas zancadas, le tomó la mano y la acompañó al centro de la estancia.

—¡Lo siento mucho! —farfulló—. Se suponía que debían avisarme de tu llegada para entrar juntos.

—No pasa nada, Fergus. Me he asomado para echarle un vistazo al salón, pero Hudson me anunció antes de que pudiera pedirle que no lo hiciera.

—Pero es nuestro primer baile y quiero que sea mágico.

Ella se detuvo y miró a su marido con una sonrisa soñadora.

—Lo es. No te preocupes.

Se acercaron a lady Georgina, que examinó el vestido de Imogen con ojo crítico.

—Estás preciosa, Imogen —exclamó. Su aprobación estaba clara, por lo que la joven suspiró aliviada.

Lady Georgina tocó suavemente el broche de diamantes que sujetaba el fajín del vestido de Imogen.

Había sido un regalo de boda de la matriarca—.

Me alegro mucho de que lo estrenes. Disfruta del baile.

—Devolvió a Imogen a Fergus y pasó a los siguientes invitados de la fila.

Fergus acompañó a su esposa al otro lado del salón.

—¡Vaya techo! —exclamó ella.

Fergus miró hacia arriba y sonrió.

—Sí, el decimocuarto conde, el que está sobre la chimenea, lo mandó pintar para recrear el cielo de la noche en que nació. Consideraba que haber venido al mundo bajo la aurora boreal era un buen presagio y un augurio de su grandeza.

—¿Y fue grande? —preguntó Imogen mientras contemplaba el retrato.

—Eh... —Fergus trató de recordar, no sin dificultades, ese episodio de la historia familiar—. Si no me falla la memoria, lo mataron a tiros mientras estaba en la cama con una monja. Creo que la había raptado.

Imogen miró a su esposo horrorizada.

—Pero espera a que oscurezca —prosiguió él alegremente—: con la luz de las velas reflejada en las joyas, parece que la aurora se mueva. Es un efecto muy especial.

Llegaron frente a la chimenea, donde se congregaba la familia. Elspeth e Imogen se abrazaron.

—Estás radiante, Imogen.

—Gracias, Elspeth. Tú también.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco, sí —asintió Imogen.

—Pues no lo estés. Esta tarde has estado perfecta.

—¿Esta tarde? —preguntó Fergus un poco confundido, mirando a ambas mujeres.

Elspeth miró con timidez a Imogen, que se sonrojó.

—Elspeth y Delphine me han dado unas clases de baile. Soy novata en estas lides y no quería avergonzarte.

A Fergus le faltó el aire, como si le hubieran dado un puñetazo.

Ignoraba por completo que era el primer baile de su mujer.

La había apuntado como voluntaria para el primer reel , a plena vista de todo el mundo, y no le había preguntado si le parecía bien.

Ni se le había pasado por la cabeza que no supiera bailar.

Todos sus conocidos habían asistido a ese tipo de celebraciones desde siempre. «Pero ella no», se reprendió.

Le tomó las manos entre las suyas.

—Nunca podrías avergonzarme.

Un rubor se extendió por las mejillas de Imogen y apartó la mirada con timidez, posándola en Delphine.