LA MAÑANA DEL BAILE #2
—¡Otra vez! —ladró Angus. El señor Gibson tenía la cara enrojecida por la frustración—. Y en esta ocasión trate de hacer una volea. Si no, me voy a aburrir como una pasa.
El señor Gibson corrió como un cachorro asustado para recoger las pelotas del otro lado de la pista. Angus lo observaba mientras giraba la raqueta con aire aburrido y molesto. Cuando el señor Gibson volvió a colocarse en posición de saque, Angus le dijo:
—Recuerde, en lo alto del arco.
El señor Gibson asintió. Parecía como si estuviera a punto de desactivar una bomba. Tras un momento de tensión, lanzó con suavidad la pelota al aire y se dispuso a golpearla.
—¡Falta de pie! —exclamó Angus.
El señor Gibson se sorprendió tanto que dejó caer la raqueta y por poco se golpea con ella.
Se recompuso, se colocó con cuidado tras la línea y sacó.
No le dio con mucha fuerza. Aunque Fergus no jugaba al tenis, se la podría haber devuelto con facilidad.
Angus, en cambio, golpeó y falló estrepitosamente.
El señor Gibson estaba pletórico y Angus murmuró algo con cara de malas pulgas.
Otro saque fue directo hacia Angus, que no se lo esperaba ni por asomo, y lanzó la pelota por encima de la valla, en dirección al bosque.
La escena se repitió varias veces y a Fergus le costaba creer lo que veían sus ojos.
Cuando Angus conseguía devolver la pelota, o bien era con una fuerza peligrosa o bien quedaba fuera de todo control, pero la mayoría de las veces fallaba sin más.
Fergus estaba conmocionado. «¿Podría ser...
? No», se dijo. Se quedó observando el panorama unos minutos más mientras cobraba conciencia de lo que ocurría.
Pero entonces, ¿cómo diantres se explicaban las horas, los días que había pasado en el pabellón de tenis con Hugh a lo largo de los años?
Empezaban cada día jugando al tenis. En verano, volvían después del almuerzo y seguían hasta que sonaba el gong que indicaba la hora de vestirse para la cena.
¿Cómo era posible que Angus no supiera jugar al tenis?
Fergus se quedó boquiabierto durante unos minutos, sintiendo que la tierra se inclinaba bajo sus pies. «No me extraña que la gente se queje», pensó.
Angus volvió a gritarle al señor Gibson y le lanzó una pelota a toda mecha. El señor Gibson saltó para esquivarla y se tiró al suelo. El pobre necesitaba que acudieran a su rescate.
Fergus se acercó a la pista gritando: «¡Alto el fuego, Angus!». Entró en la pista, levantando la mano hacia su hermano y, de forma inconsciente, preparándose por si le daba.
—Señor Gibson, disculpe, pero ¿le importaría si hoy acortásemos el partido? Necesito la ayuda de lord Inverkillen para cierto asunto.
Aliviado, el señor Gibson miró a Fergus.
—¡Gracias! —En un visto y no visto, recogió sus cosas y subió los escalones hacia el hotel.
—Siento haber interrumpido —dijo Fergus con aire jovial.
—Por favor... Ni el mismísimo Dios podría ayudar a ese hombre —dijo Angus antes de dirigirse al pabellón, sentarse y servirse un vaso de agua.
—No parecía que el señor Gibson lo estuviera pasando muy bien.
—No es culpa mía que el viejo no sepa jugar.
—En realidad, sí que lo es. Se supone que debes entrenarlo no desafiarlo.
—¡Lo he intentado! —gritó Angus a la defensiva.
—No, Angus, no lo has hecho. Tratabas de ganarle. Se apuntó a una clase, no a un partido. Tu trabajo es ser útil. Como cliente que ha pagado, se suponía que debía salir de la clase reconfortado, no lesionado.
—No es culpa mía si juego mejor que él. —Hizo un puchero y se sirvió más agua, derramando una poca sobre la mesa—. Alguien tiene que perder el partido. No es fútbol.
«Vaya niñato —pensó Fergus—. ¿Cómo es posible que nos criaran los mismos padres?».
—Angus, ¡no se trata de ganar! Se trata de darle al cliente lo que quiere. Tienen que irse contentos.
—Yo juego a un nivel determinado y, si no se ajusta a ello, ya me dirás cómo voy a ayudarlo.
Por lo que había visto Fergus, el nivel del que su hermano presumía era bastante bajo.
—No se trata de ti, Angus, sino de ellos.
—¿Así que se espera que rebaje mi nivel de juego y que me adapte al suyo para que se sienta más importante?
—¡Sí! —exclamó Fergus. Se devanó los sesos. ¿Cómo explicarle a un hombre que nunca había pensado en nadie más que en sí mismo que su razón de ser era la felicidad de los demás? Suspiró y lo intentó de nuevo.
—Estás aquí para ayudarlos. Para que mejoren su revés o enseñarles el sistema de puntuación, lo que ellos quieran. Se trata de que sientan que los has ayudado a mejorar su juego. Solo se trata de ellos. Tu único cometido es satisfacer sus necesidades.
—No soy un sirviente —dijo Angus resoplando mientras Fergus arqueaba las cejas—, sino un aristócrata.
—Un aristócrata sin medios —articuló Fergus de forma pausada.
Los hermanos se miraron fijamente durante unos instantes y Fergus puntualizó:
—No eres un sirviente, no exactamente. —Tenía que hacérselo entender—. Más bien un profesional como... Bill Tilden.
—¿Un norteamericano? —espetó Angus.
—Un norteamericano que ha resultado campeón de Wimbledon en dos ocasiones. Ha hecho una fortuna con el tenis. Además, escribió el libro ese, que sé que has leído y releído.
Angus lo envidiaba. Era una lectura fantástica y, había que reconocerlo, uno de los pocos volúmenes que había leído aparte de los de Hugh.
—Es que no entiendo por qué tengo que hacerlo —refunfuñó mientras jugueteaba con los dedos siguiendo el bordado del mantel de lino.
—Porque es o esto o la sobriedad. Tú verás.
Se quedaron en silencio durante unos instantes. Fergus observaba a su hermano con atención para ver si había logrado convencerlo, mientras este se imaginaba cómo sería la vida en Loch Down privado de los cócteles.
—Mira —prosiguió Fergus—, lady Gill y su hija llegarán en media hora. Las he visto jugar; no será entretenido. Al contrario, será tedioso, pero trátalas bien, porque el baile es esta noche y no pueden quedar malheridas.
Se puso en pie y miró a su hermano, que no parecía nada contento, así que se apresuró a marcharse y Angus se quedó murmurando que la vida no era justa.