LA MAÑANA DEL BAILE
LA MAÑANA DEL BAILE
Era la mañana del baile y, por desgracia, reinaba el caos. El personal iba de cabeza: con tantas tareas adicionales, corrían de un lado a otro como si acabaran de incorporarse a la plantilla. Ya se habían producido varios choques y se había roto un jarrón de cristal.
Hudson estaba arriba con los lacayos, en el salón donde se celebraría la fiesta.
Había que disponer las mesas y sillas en torno a la pista y colocar flores y carnés de baile; poner velas nuevas en todos los candelabros y decorarlos con más flores, recortadas para que no se prendieran, y repartir jarras de agua y copas de cristal por las mesas.
En la sala del roble se prepararon mesas de juego con fichas, dados y blocs y plumas para anotar tantos.
En el salón de las rosas, se instalaron sofás y sillas para las damas y, en el salón amarillo adyacente, se dispusieron pañuelos, polvos para el dolor de cabeza, kits de costura, perfumes y sales aromáticas.
En las cocinas, se llamó a gente del pueblo para que acudiese a echar una mano.
Subida a un taburete en medio del barullo, la señora Burnside vociferaba órdenes sin pausa.
Se preparaban empanadas, pasteles, terrinas y todo tipo de delicias para la cena.
Llevaban una semana elaborándose para ese día; aun así, faltaban algunos ingredientes, de manera que los mozos se pasaron la mayor parte de la jornada echando viajes al pueblo.
Tres muchachos de la destilería también echaron una mano y vigilaron los asados de ciervo, jabalí, faisán y codorniz.
Sadie se pasó la mañana yendo y viniendo a la lavandería, revisando la mantelería y comprobando que no faltasen servilletas.
Por la tarde, convocó al personal de dos en dos en el vestuario para proporcionarles los uniformes: camisas almidonadas, guantes blanqueados y delantales y cofias impolutos.
Todo el mundo debía presentar un aspecto impecable.
Cuando no iban al pueblo a buscar algo, los mozos se encargaban de sacar brillo a la plata: bandejas, cuberterías, poncheras y candelabros.
Ya habían dedicado varias tardes a ese quehacer, pero aún les quedaba mucha faena.
El olor del abrillantador era tan fuerte que tuvieron que abrir las ventanas y turnarse para salir de la habitación a que les diera el aire.
La señora MacBain observaba nerviosa. Si el baile era un éxito, lo más probable era que se convirtiera en una cita anual. «Quizá sería más fácil si lo celebráramos con regularidad», se dijo, pero no dejaba de pensar que les faltaban manos por todas partes.
Oyó otro estruendo en el vestíbulo. Armándose de paciencia, fue a investigar.
En cuanto a los Inverkillen, Elspeth pidió a las mujeres de la familia que acudieran a sus aposentos después del desayuno, pues les tenía preparada una sorpresa. Así lo hicieron y, entre risas nerviosas, esperaron a Bella.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Delphine, emocionadísima ante la perspectiva de su primer baile. A Elspeth le preocupaba un poco cómo iba a pasar la niña el día si ya la embargaba tal entusiasmo a las diez de la mañana.
—¿No nos das una pista? —preguntó lady Georgina, que alzó las cejas con curiosidad.
—No, ni una palabra, ni una pista, hasta que llegue Bella.
Charlaron animadamente, riéndose mientras lady Georgina les contaba escandalosas anécdotas de otros bailes a los que había asistido.
—¿Tú te acuerdas, Elspeth, de cuando lady Worthington tropezó con su fajín en el baile de los Colquhoun (se le había roto el broche con un giro) y se cayó de bruces en el regazo del mejor amigo de su marido?
No se dejó ver en público durante más de un año.
Llevaba un vestido verde chartreuse con encaje rosa Chantilly —prosiguió—.
Vamos a ver, ¿quién se viste de color chartreuse ?
No le favorece a nadie sobre la faz de la Tierra.
—Y luego continuó el relato—: Los descubrieron en la casa de verano en actitud nada discreta.
Como es natural, la condesa estaba furiosa y tuvieron que impedir que atacara a su hijo.
Él siempre fue un poco pájaro. Tres semanas después, asistimos a su boda.
Las flores eran una vergüenza, las habían preparado a la carrera.
Por fin, Bella entró en la sala.
—Maldita doncella —dijo a modo de excusa por su tardanza—. Se me volvió a caer y me costó una eternidad subirla de nuevo a la cama.
Se dejó caer en el sofá, con cara de disgusto y el pelo revuelto.
—Bueno, ahora que estamos todas —repuso Elspeth con un brillo en la mirada—, un baile no es baile sin joyas, y no permitiré que nadie eclipse al clan Inverkillen.
Se acercó a su armario y sacó un gran estuche de Hermès. Lo depositó con cuidado sobre el tocador, abrió las puertas y les mostró cajones y más cajones de joyas que brillaban a la luz del día.
Un silencio reverencial invadió la habitación.
—Quiero que os cubráis todas de alhajas. Mamá, he traído la tiara que conservaste para mí. Pensé que debías recuperarla. —Con un tierno gesto, le entregó una caja a su madre.
Lady Georgina se sintió conmovida hasta los tuétanos. Abrió la cajita y sonrió.
—Tu padre siempre deseó que fuera tuya —dijo la matriarca—. Pertenecía a su hermana preferida. —Acarició suavemente la piedra central—. Pensaba que no volvería a verla. Gracias.
Elspeth sonrió con aire indulgente. Era divertido hacer de Papá Noel.
—Imogen, no estaba segura de que tuvieras una tiara que ponerte, así que preferí pecar de precavida. Por favor, no te ofendas.
—¡En absoluto! —exclamó Imogen ojiplática. Nunca había presenciado semejante despliegue de joyas, y no acababa de asimilar que todas pertenecieran a Elspeth.
Esta seleccionó una caja azul marino y dijo:
—Pues es para ti. Llevarás un vestido color melocotón, ¿verdad?
Imogen asintió en silencio.
—Pensé que esta te quedaría bien —prosiguió Elspeth. Era una diadema de oro calado que simulaba un encaje, cuajada de perlas color marfil con una citrina como piedra central—. Pensé que luciría de maravilla con tu cabello moreno.
Imogen enmudeció por la sorpresa.
—Pertenecía a la tatarabuela de mi marido. La llevaba en la corte de Luis XVI.
—Siempre ha sido mi favorita —exclamó Delphine.
—¡Entonces deberías llevarla tú! —gritó Imogen mientras se la entregaba a la chica—. De verdad, no necesito una tiara.
—No, no —repuso lady Georgina en tono de suave reproche—. Las mujeres solteras no llevan tiaras.
—Bueno —accedió Elspeth con aire culpable—, pero sí que le he traído una.
—¡Elspeth, pero si ni siquiera ha debutado! —se escandalizó lady Georgina—. No debería asistir al baile, y mucho menos llevar tiara. Es una grave falta de protocolo.
—Lo sé, mamá, pero pensé que no pasaría nada. Le buscaremos marido en Francia, no aquí. Lo que pasa en Escocia se queda en Escocia. —Sonrió a su hija con indulgencia.
—Ahora bien, Bella, ignoraba que vendrías al baile, así que nos falta una tiara. —Miró a su sobrina con un ademán de disculpa.
—¡Puede quedarse con la mía, maman ! —se ofreció Delphine, que sabía a la perfección lo mucho que necesitaba el favor de su abuela si no quería pasarse toda la noche sentada en la guardería bajo la silenciosa mirada de la niñera.
—¿Estás segura, chérie ? La elegí especialmente para tu vestido. —Era el primer conjunto de baile de Delphine, que había cosido ella misma, y Elspeth había puesto mucho cuidado en elegir una tiara a juego.
Delphine asintió y Elspeth le entregó la caja a Bella.
Esta la abrió y, al hallar unas hojas de platino entreveradas de flores de zafiros azules y rosas, luchó por contener las lágrimas y mantener la compostura.
—Bueno, ya que me han robado la mía, tendré que contentarme con esta.
Elspeth e Imogen intercambiaron una mirada de complicidad.
—Bien, ahora podéis elegir entre varios broches y otras joyas, todas las que Philippe me ha dejado traer. ¡Vamos allá!
Elspeth pensó que era una excelente manera de comenzar el día.
—¿Señor? —llamó Thompson a Fergus mientras este cruzaba la armería.
El director esperó a que Thompson terminara con lord Follett, quien, al parecer, quería probar suerte con la cetrería.
A sus espaldas, Fergus le hizo un gesto silencioso de «no» a Thompson.
El caballero en cuestión era enjuto y un guía de pesca ya lo había tenido que sacar del río después de que se le enganchara un salmón en el sedal.
Fergus no estaba dispuesto a verlo lidiar con un ave de presa.
—Déjelo en mis manos, señor, y veré qué podemos hacer. —Thompson esperó hasta que el huésped se alejó lo suficiente y entonces se inclinó sobre el mostrador hacia Fergus—. Hemos recibido más quejas.
Fergus suspiró. Tenía una extensísima lista de tareas pendientes para el baile de esa noche. En esos momentos, lidiar con su hermano descarriado no podía venirle peor.
—He podido calmar los ánimos de casi todo el mundo, pero se está corriendo la voz.
—No lo entiendo. —Fergus negó con la cabeza y respiró hondo—. ¿Está allí ahora?
Thompson asintió y volvió a su puesto.
Fergus se dirigió a la puerta principal, agobiado por la tarea que se le presentaba. Dio un largo rodeo, en parte para poner sus ideas en orden, pero sobre todo para acercarse sin que lo vieran. Necesitaba presenciar por sí mismo lo que estaba pasando.
Al asomarse por la esquina del pabellón de tenis, oyó a Angus gritarle al señor Gibson.
—Así no. ¿No ha aprendido nada? —Angus cruzó la pista y se colocó detrás de su alumno—. Los pies así —le indicó mientras se los separaba de una patada—. Y golpee la pelota cuando esté en lo más alto del arco. En lo alto. Del arco.
Refunfuñando, ocupó su lugar al otro lado de la red.
El señor Gibson hizo lo que se le pedía y le lanzó la pelota a Angus.
«Ahora parece que sí lo ha hecho bien», pensó Fergus, pero entonces Angus se la devolvió al señor Gibson, quien, a sus sesenta y tres años, se encogió en una esquina de la pista.