Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) UN DÍA ANTES DEL BAILE #3
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UN DÍA ANTES DEL BAILE #3

Después de la cena, lady Georgina convenció a la señora Blackwood para que jugara al bridge , a pesar de su «dolor de cabeza».

Cada noche insistía más con sus subterfugios para retirarse temprano y lo cierto era que la condesa no podía permitirlo, pues era la mejor compañera que había tenido y quería aprovechar su estancia al máximo.

Como había dicho el norteamericano: «Hay que aprovechar el filón».

—No te quedes ahí parado y tan ceñudo, Angus —dijo lady Georgina con impaciencia, señalando la silla junto a ella—. Ven y siéntate.

Angus le lanzó una mirada fugaz a Cecil, que estaba revolviendo entre las partituras del piano.

—Creo que no, abuela —declinó el nieto, y se dirigió a la bandeja de bebidas.

La señora Blackwood lo miró con gesto coqueto. «¿Está sonriendo?», se preguntó él.

—Tonterías, ven a sentarte —le ordenó lady Georgina sin levantar la vista de lo que estaba haciendo—. Señor Rosenthal, ¿ whist o bridge ? —planteó la matriarca sin más preámbulo, a fin de evitar que rechazara la invitación a jugar.

El señor Rosenthal pareció sorprendido, pero se limitó a asentir. Miró a Angus.

—Se lo advierto, no soy muy buen jugador.

Pero Angus, que ya había perdido bastante con la señora Blackwood, no tenía intención de jugar (ni de perder) nada más.

—Eh... No, yo... No creo que pueda. Quizá se les quiera unir otra persona. ¿La señora Cooper, tal vez?

Al oír su nombre, la dama levantó la vista y sonrió, deseosa de sumarse a la partida.

—Me encantaría unirme, lady Georgina —se ofreció—. Cariño, ¿jugamos?

El señor Cooper no parecía arder en deseos de jugar, y la señora Blackwood aún menos. La anciana empezó a murmurar que se retiraría por esa noche, pero lady Georgina no estaba dispuesta a consentirlo.

—Angus, ven y haz pareja con el señor Rosenthal. ¿Qué te pasa esta noche?

—¡No, no lo haré! —gritó Angus. No pretendía captar la atención de toda la sala, pero lo había hecho. Todo el mundo se lo quedó observando con sorpresa y lady Georgina lo fulminó con la mirada.

—Yo me uno, mamá —dijo Cecil desde el piano, mirando con complicidad a su sobrino—. Esta noche siento que me sonreirá la suerte. ¿Le importa, señor Cooper?

—En absoluto —respondió este. La señora Cooper miró a su marido decepcionada.

—Gracias, Cecil. —Durante unos instantes, lady Georgina siguió asesinando a su nieto con la mirada por su falta de saber estar, y luego volvió a centrarse en las cartas—. Bien, ¿ bridge o whist ?

Angus se sintió sumamente aliviado y asintió a su tío en señal de agradecimiento, tras lo que se dirigió a la bandeja de bebidas y cogió con prisas el whisky más cercano.

Debería tener cuidado hasta que la anciana se marchara.

Lady Georgina había aceptado un no en esa ocasión, pero a la siguiente podía enojarse de veras, cosa que Angus no deseaba de ningún modo.

Mientras estaba inmerso en esas cavilaciones, el coronel irrumpió en la habitación, vociferando sin ton ni son sobre Dios sabe qué (¿un caballo, tal vez?).

El caballero iba charlando con quien se le pusiera a tiro.

Cogió un whisky de la barra, se lo bebió de un trago y se alejó con otros dos vasos y arrastrando los pies.

Irrumpió en la conversación que mantenían el señor Rosenthal y Cecil.

—¡Hola, muchachos! ¿Una partida de billar?

Ambos se giraron hacia el coronel.

—Ah, no, gracias, coronel —contestó Cecil con educación—, esta noche vamos a jugar a las cartas.

El interés del coronel se despertó al instante.

—¿A las cartas? Ah, se refiere al bridge . Sí, bueno. —Se acercó un poco más—. En su lugar, yo tendría cuidado con esas dos. —Señaló con la cabeza a lady Georgina y a la señora Blackwood, que se estaban acomodando en sus sillas.

El señor Rosenthal pareció sorprendido.

—No se deje engañar por las apariencias, amigo.

La otra noche, esas damas me sacaron casi diez libras.

No tienen ni un ápice de piedad. Lady Georgina no tanto, pero la tal Blackwood es despiadada.

En fin, ¡buena suerte! —exclamó tan campante mientras abandonaba la sala dando tumbos.

Cecil y el señor Rosenthal se quedaron mirándose el uno al otro, patidifusos.

—¿Dónde nos hemos metido? —preguntó el señor Rosenthal con voz ronca, ojiplático y aterrorizado.

Por un momento, Cecil se asustó, pero luego logró recomponerse.

—No le haga caso. He jugado contra mamá durante años. Conozco todas sus señas. Usted no se preocupe.

Se volvieron hacia las mujeres, que sonreían, pero no con cordialidad. «Como lobas», pensó Cecil.

Las damas tardaron tres cuartos de hora en desplumar a los caballeros, que no veían manera de abandonar la mesa.

El coronel llevaba razón: eran una pareja formidable.

Lady Georgina siempre había sido una gran jugadora de bridge , pero lo que Cecil acababa de presenciar era de otro nivel.

Si la señora Blackwood jugaba al backgammon con tanta fiereza como al bridge , era casi un milagro que Angus solo le debiera una pequeña fortuna y no un gran patrimonio.

«Mamá debe de estar ganando un capitalazo jugando con la señora Blackwood», se dijo mientras se dirigía a paso lento a la sala de billar. Ojalá pudiera arreglárselas para convencer a lady Georgina de que pagara la deuda de Angus sin explicárselo. Tenía que haber alguna forma.