EPÍLOGO
Era un bonito día de septiembre en Londres, con un cielo despejado. Se respiraba un aire fresco y otoñal. En su salita de día, Thomas Kettering leía el Times y tomaba su té matutino, un darjeeling con una nube de leche. Su esposa, Iris, entró y le dio un suave beso en la frente.
—Buenos días, cariño. —Se sentó al otro lado de la mesita redonda—. Hoy llegaré tarde. Tengo que llevar a los mellizos al médico.
Él murmuró algo al recordar la cita.
Thomas Kettering era historiador del arte y dirigía un equipo de ocho personas que se dedicaba a autentificar obras para clientes privados.
Conoció a Iris en el ejercicio de su profesión, cuando lo llamaron para que acudiera a una gran mansión en ruinas situada en un pueblo escocés llamado Loch Down, un lugar tan remoto que tuvo que consultar un atlas, para que echara un vistazo a una colección antes de que saliera a subasta.
Iris había sido acogida por los Inverkillen, y a ella le había correspondido la tarea de guiar a Thomas por la casa.
Sus observaciones y notas sobre las obras de arte lo habían impresionado, y al poco tiempo empezó a confiar en sus impresiones.
Cuando terminó el trabajo, regresó a Londres con ella, no solo como esposa, sino también como miembro de su equipo.
A lo largo de los años, había demostrado lo mucho que valía.
Iris se sirvió una taza de té y abrió su periódico preferido, el Scotsman . Le permitía mantenerse en contacto con Escocia y, aunque no hablaba de nada relevante para su vida en Londres, se negaba a renunciar a esa lectura. Nada más ver la portada, se quedó sin aliento.
—¡Tres muertes en un exclusivo hotel de las Highlands!
—¿Cómo? —exclamó él, levantando la vista de repente—. ¿En Loch Down?
Ella asintió mientras leía rápidamente el artículo, boquiabierta.
—Una huésped de Shanghái fue asesinada durante el baile. Una joven canadiense varios días después, y... ¡Oh! ¡Hugh Dunbar-Hamilton también ha muerto!
Thomas se levantó de un salto y se acercó para leer por encima del hombro de ella. Era increíble.
—¿No estaba Hugh en Tánger? —Le quitó el periódico a su esposa, que miraba fijamente al otro lado de la salita con lágrimas en los ojos. Al fin y al cabo, Hugh era su cuñado, más o menos.
—«Hallado sin vida en una cabaña de la finca. Ambas mujeres apuñaladas: un asesinato y un suicidio». ¿Qué demonios ha pasado?
Dio la vuelta, se sentó y leyó el artículo con atención.
—Tengo que llamar a la señora MacBain. Debe de ser muy duro para ella —dijo Iris pensativa.
Thomas dejó el periódico y miró a su esposa.
—Sí. Quizá deberías tomarte el día libre. —Empezó a hojear las páginas del Times , buscando alguna mención al suceso—. Al menos, el Times no se había hecho eco.
Iris lo miró y asintió con alivio. Era un pequeño respiro.
—Debería llamarla.
Se levantó de un salto y estaba a punto de llegar a la puerta cuando esta se abrió. Morgan, su mayordomo, entró en la habitación con un paquetito marrón en una bandeja de plata.
—Señora, le acaba de llegar esto —le ofreció la bandeja a Iris— por correo especial.
Iris se detuvo y tanto ella como su marido miraron el paquete. Era un cubo perfecto, de papel marrón, atado cuidadosamente con un cordel de jardinería de color verde oscuro.
—Eh..., sí, gracias, Morgan. —Cogió el paquete, que pesaba menos que una pluma, y el mayordomo se inclinó y salió de la habitación en silencio.
—¿Esperabas algo? —preguntó Thomas al ver la confusión reflejada en su rostro. Los envíos especiales no eran insólitos: muchos clientes les enviaban piezas de pequeñas dimensiones directamente, pero se las hacían llegar al despacho, no a su casa.
—Qué va. —Lo dejó sobre la mesa y se sentó.
Tiró de la cuerda, rasgó el papel y apareció una cajita negra. La abrió y observó el interior.
—¿Qué es? —preguntó él, tratando de mirar dentro de la caja.
—No estoy segura —respondió ella. Extrajo una nota y la leyó en voz alta.
Ha caído en mis manos por casualidad. Sé que puedo confiar en que lo devolverá a las autoridades competentes cuando sea el momento adecuado.
Le entregó la nota a su marido, que la estudió con atención con el ceño fruncido.
—¿Las autoridades competentes? ¿Quiénes son las autoridades competentes? ¿Y quién lo ha enviado?
Le dio la vuelta a la tarjeta en busca de alguna pista sobre el remitente, pero no encontró nada.
Iris metió la mano con cuidado y sacó un huevo dorado. Brillaba a la luz del sol, lo que la hizo jadear de asombro.
—¿Qué es? —preguntó ella, mientras lo giraba hacia la izquierda y luego hacia la derecha.
—Creo que esta escritura es china, justo aquí —dijo él mientras escrutaba el objeto. Señaló la base de la flor. Iris lo colocó con cuidado en la mesa y el huevo floreció. Era una flor de loto que guardaba entre sus pétalos el rubí más espectacular que hubieran visto.