Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) UN DÍA ANTES DEL BAILE
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UN DÍA ANTES DEL BAILE

UN DÍA ANTES DEL BAILE

Habían convocado a Cecil a la sala de los mapas y, desde el umbral, ya notó con total claridad el agitado estado en que se hallaba Angus.

Su sobrino caminaba de un lado a otro, murmurando a los perros que estaban en el sofá.

Estos, por su parte, escuchaban con pereza, al acecho de posibles golosinas.

El comandante se quedó observando durante unos momentos; se preguntó qué habría hecho Bella esa vez y luego carraspeó suavemente.

—Sobrino —dijo con voz alegre.

Angus dio un respingo y se volvió. Asintió, cruzó la estancia y le indicó a su tío un acogedor rincón bajo la pasarela.

Cecil cruzó la sala y, una vez acomodado, posó la mirada en el cuadro que ocupaba el lugar de honor, sobre el sofá. Era una marina, en sustitución del desnudo que había permanecido allí colgado durante décadas.

«Quizá sea mejor así», pensó. Centró su atención en Angus. El comandante esperó un minuto entero en silencio. Su sobrino, al parecer, no tenía prisa, pero él sí, pues tenía una cita con el peluquero al cabo de media hora.

—¿Querías verme? —preguntó por fin.

—Pues... sí —Angus dudó. Apagó el cigarrillo y se movió inquieto en la butaca—. A ver... Lo que pasa es que... —Se aclaró la garganta y buscó su pitillera—. Estoy en un pequeño aprieto que... Y me vendría bien, esto... —Volvió a hacer una pausa—. Bueno, necesito consejo.

Cecil se quedó desconcertado. Ningún miembro de la familia había acudido nunca a él en busca de consejo.

Recomendaciones sobre qué vino servir, sí.

Preguntas sobre la clave en que estaba compuesta una sonata en particular, por supuesto.

Pero consejos sobre la vida, por Dios, jamás se los habían pedido.

—Ya veo. —Exhaló un suspiro—. Estaré encantado de ayudarte, querido. ¿Cuál es el problema?

Angus asintió, con la mirada en el suelo y aún incómodo.

Tragó saliva e hizo girar una figurita de latón que había en la mesa de al lado.

Fuera cual fuese la causa de su preocupación, Cecil supuso que debía de ser importante.

Después de varios amagos de arranque y sin acabar de encontrar una postura cómoda en su asiento, Angus empezó a hablar:

—Me reclaman algo y mi honor corre peligro. —Sacó su pitillera y jugueteó con el cierre—. Por unas deudas de juego, ¿sabes?

Cecil asintió con empatía, ocultando su sorpresa. No sabía que su sobrino jugase.

—He perdido bastante dinero con esa tal Blackwood y, bueno, me lo reclama de unos modos que no resultan nada agradables.

Una mueca involuntaria se dibujó en el rostro de Cecil.

—Sí, no me parece muy comprensiva. ¿Cuánto exactamente, si se puede saber? —Cecil también sacó su pitillera de plata y se puso a compactar un cigarrillo contra ella.

Angus lo observó, con aire algo triste, y luego le susurró el importe, que le llegó a Cecil planeando sobre la mesita de café como una densa y envolvente neblina. El cigarrillo se le cayó como a cámara lenta.

—¿Cómo demonios has perdido tanto? —farfulló—. ¡Si solo llevas aquí dos semanas!

Angus parecía contrariado y se agachó para recoger el cigarrillo caído. Se lo entregó a su tío y se encogió de hombros, con el aspecto de un colegial al que pillan de madrugada fuera de su habitación.

Cecil lo miraba horrorizado.

—¿Cómo? El billar se te da bastante bien y nunca te he visto jugar a las cartas después de cenar. Ni una sola vez. ¿Cómo es posible? —En sus tiempos, Cecil había acumulado una buena cantidad de deudas de juego, pero lo de su sobrino era una auténtica temeridad.

Angus clavó la mirada en la figurita de latón, respirando hondo y preparándose de todas todas para el temporal que se avecinaba.

—Angus —dijo Cecil con severidad—, ¿cómo has perdido tanto dinero?

Con los codos sobre las rodillas, Angus se tapó la boca y exhaló profundamente sin levantar la vista del suelo.

—Jugando al backgammon .

Cecil respiró hondo para contestar y contuvo el aliento mientras asimilaba la información.

—¿Al backgammon ? —preguntó en tono de total confusión—. Pero si lo odias. Siempre se te ha dado fatal.

—¡He mejorado mucho desde que me mudé a Tánger! —Angus se levantó de un salto y empezó a caminar de un lado a otro, derrochando irritación a cada paso.

—Es evidente que no tanto. ¿Cómo sucedió todo?

—Un día, después del almuerzo, estaba en la sala del sol jugueteando con el tablero. La tal Blackwood entró, me vio y me preguntó si quería jugar una partida.

—¿Y aceptaste?

—No vi por qué no. —Angus suspiró con irritación—.

Así que jugamos. Las primeras partidas las gané con bastante facilidad.

La última estuvo reñida; aun así, gané. Me excusé y no le di mayor importancia.

A la tarde siguiente, un botones me entregó una invitación manuscrita para otra partida.

Me pareció descortés rechazarla, así que acepté.

Pero, cuando me senté, ella insistió en que apostáramos.

—¿Y ganó?

—No, gané yo de calle. Y luego insistió en echar la revancha al día siguiente.

—¿Y fue entonces cuando empezó a ganar? —aventuró Cecil con semblante astuto.

—Sí. Cuando me quise dar cuenta, nos estábamos apostando una guinea por punto, y entonces sacó el dado de apuestas.

Cecil silbó entre dientes.

—Al cabo de seis partidas, me levanté de la mesa, endeudado hasta el cuello.

Cecil asintió, imbuido en la historia.

—Y ahora me exige el dinero. —Hizo una pausa y volvió a retorcerse—. Un dinero del que carezco.

El comandante levantó la cabeza, sorprendido.

—¿Apostaste una suma que no posees? —Cecil estaba horrorizado. Puede que él hubiera sido imprudente en sus tiempos, pero siempre había contado con alguna forma de saldar sus deudas. Bueno, casi siempre. Y nunca había perdido tanto.

Angus suspiró, resignado a contarle toda la verdad a su tío.

—No tengo ni un penique. Lo pagaba todo Hugh. Solo esperaba ganar un poco de dinero. Le había vencido con tanta facilidad que quién iba a pensar que pudiera perder.

—¡Así es precisamente como la gente pierde su fortuna!

—exclamó Cecil, levantándose y mirando a su sobrino con ira.

Cruzó la sala para alcanzar dos whiskies y regresó con calma mientras ponía en orden sus ideas.

Le entregó un vaso a Angus y le preguntó—: ¿Es posible que hiciera trampas? Es la sensación que me da.

Angus negó con la cabeza mientras cogía el whisky.

—No veo cómo.

—¿Dejó caer el pañuelo y tiró los dados justo cuando te agachaste a recogerlo? ¿Te distrajo de alguna manera para mover las fichas mientras mirabas hacia otro lado?

Angus lo pensó un momento y luego negó con la cabeza.

—No, no hizo nada de eso. Y es el viejo tablero de Bella, así que los dados no están trucados.

Un año por Navidad, Hamish, el padre de Angus, Fergus y Bella, le había regalado a su hija un set de backgammon de cuero blanco y azul claro.

Habían pasado muchas tardes jugando con un tablero desvencijado y le parecía que era bastante buena para ser una niña, así que le compró el nuevo set.

Pero Bella era más que buena: era talentosa y despiadada, y, según avanzaban las vacaciones, los días y la mayoría de las noches se veían empañados por rabietas, llantos y regodeos.

Las cosas llegaron a un punto crítico en Hogmanay cuando Fergus (¡Fergus!) lanzó el tablero al otro lado del salón, tirando la copa de jerez de la mano enguantada de lady Georgina.

Les prohibieron volver a jugar y encargaron a un lacayo que escondiera el juego.

Por desgracia, la prohibición provocó una épica búsqueda, que acabó con varias piezas de vajilla Wedgwood rotas y una lámpara de araña muy dañada.

Hudson acabó por guardarlo en la caja fuerte de la plata.

—Quizá deberías pedirle a Bella que juegue contra ella —sugirió Cecil—, para resarcir el honor de la familia.

Angus hizo una mueca.

—Pero entonces tendría que explicárselo a Bella y no tengo claro si prefiero estar en deuda con ella o con la vieja.

Cecil asintió en silencio.

—¿Cuánto tiempo está dispuesta a esperar para cobrarse la deuda?

—Ahí está el quid de la cuestión: exige el pago inmediato.

—¡¿Qué?! —espetó Cecil entre sorbos de whisky—. Es una actitud totalmente antideportiva. Ningún caballero que se precie reclamaría tal cosa.

—Ya, bueno, empiezo a comprender que ella no es un caballero.

—Angus se levantó y volvió a dar vueltas por la estancia.

Uno de los perros levantó la cabeza con la esperanza de que lo sacaran a pasear.

Decepcionado, reanudó al punto su siesta vespertina—.

Si no le pago enseguida, amenaza con ir a la policía.

—¿Para denunciarte por una deuda de juego? Es ridículo. —Cecil puso cara de asco y descartó la idea—. Dudo muchísimo que nuestro torpe agente de policía se la tomara en serio.

Angus se había quedado blanco como el papel mientras bebía su whisky. Con mano algo temblorosa, se sirvió otro vaso. Cecil observó a su sobrino con atención.

—¿Por qué estás tan preocupado? Es una deuda de juego. Todo lo cuantiosa que quieras, pero son cosas que pasan.

—Es que, de alguna manera, se ha enterado de lo de Hugh, no sé cómo, pero lo sabe. —Dejó que las palabras flotaran en el aire, esperando que su tío le entendiera sin necesidad de entrar en detalles.

Pero Cecil estaba confundido. Ladeó la cabeza hacia un lado mientras asimilaba lo que le decía su sobrino.

Angus lo miró con incredulidad y le explicó:

—Ella tiene sus libros.

Tío y sobrino se miraron fijamente, uno sabiendo muy bien que los libros eran prueba suficiente para condenarlo; el otro, confundido, ya que nunca había leído ni un solo volumen.

—¡Por el amor de Dios! —maldijo Angus y golpeó la mesa con su vaso—. ¡Podría ir a la cárcel! ¿Te suena Oscar Wilde?

Cecil chilló como una chiquilla, se puso de pie de un salto y salió corriendo a echar el cerrojo a las puertas. Los perros se sentaron, ansiosos por ver cómo se desarrollaba el drama. Una vez asegurado el perímetro, Cecil se acercó deprisa a Angus, lo agarró del brazo y le susurró enfadado: