DOS DÍAS ANTES DEL BAILE #3
Fergus intentó no sonreír al imaginar a un Angus en miniatura jugando al póquer debajo de la antiquísima cama con dosel de lady Georgina.
—Pero esta mañana... —Se interrumpió y reprimió un sollozo.
Agarró la mano de Fergus para armarse de fuerza y se llevó el pañuelo a los ojos—.
Lo de hoy ha sido la gota que colma el vaso.
Estaba fuera con mi jardinero (estamos preparando la feria del pueblo; ya sabes, es un momento muy delicado para las rosas, con este calor) y fuimos a ver mi galardonada Rosa spinosissima .
¿A que no adivinas lo que nos encontramos?
Fergus se lo imaginaba, pero sabía que era preferible no responder.
—¡Colillas! Colillas por doquier, hasta en el último rincón de la rosaleda. De verdad, es la gota que colma el vaso. Este chico tiene que irse. Debes encontrarle una habitación en Loch Down Abbey. Esta noche.
Fergus intentó no reírse. Sin éxito.
—Yo no le encuentro la gracia. Ha puesto mi vida patas arriba.
Fergus respiró hondo para calmarse.
—Bueno, en Loch Down Abbey no tengo sitio para él, pero quizá...
—Fergus lo pensó durante unos instantes y empezó a acariciar una idea, con la que se aseguraba de que Angus no llegara tarde a las clases, algo de lo que se habían quejado los huéspedes.
Y podría enviar a una camarera cada mañana para que le ordenara el cuarto.
Sí, no era mala idea—. Está bien, abuela, lo trasladaré al pabellón de tenis esta tarde.
Pero... —dudó y le lanzó una mirada severa— te toca a ti decírselo.
En el salón, después de la cena, Angus reflexionaba en un rincón. Otra vez. Bella estaba harta y cruzó la sala para hablar con él.
—Y ahora ¿qué pasa? —preguntó ella secamente.
—Ya no aguanto más —respondió él malhumorado—. Lawlis tiene que acelerar. Si no tenía bastante con verme obligado a trabajar para Fergus (a trabajar, que se dice pronto), ¡ahora me obliga a alojarme en el pabellón de tenis!
Bella puso los ojos en blanco. Angus se había pasado años en el pabellón. No entendía por qué de repente le parecía tan indigno.
—Lord Ashcroft se va a quedar —prosiguió Angus— y vino a que le diera una clase de tenis. ¡Por el amor de Dios, pero si fuimos juntos al colegio! Cuando me reconoció..., fue humillante.
—¡Ay, pobrecito! Así que tienes que darle clases. Anda ya, no es el fin del mundo.
—Tú, más que nadie, deberías entender lo indigno que es.
—¿Indigno? ¿Jugar al tenis? Por favor...
Yo estoy atrapada cuidando a mi doncella lisiada porque Fergus no me deja quitarle una camarera.
¿Tienes idea de lo que eso implica? ¡Tengo que llevarla al baño, Angus!
Ayudarla a sentarse y luego a levantarse.
Me veo obligada a bañarla y vestirla. Y todo eso, antes de que llegue el desayuno, que, por cierto, me toca ir a buscar.
Voy y vuelvo a las cocinas tres veces al día.
¡A las cocinas! ¿Tengo pinta de ser el tipo de mujer que frecuenta las cocinas?
Es como volver a tener hijos. Eso, hermanito, sí que es indigno. No tienes nada de qué quejarte.
—¡Pero si llevo tres años cuidando de tus hijos! —le reprochó Angus.
—Ay, por favor, sabes tan bien como yo que la niñera se encarga de todo.
Lady Georgina levantó la vista y vio a sus nietos discutiendo otra vez.
«¿Cuándo aprenderán a llevarse bien?», se preguntó. Cruzó la sala para intervenir.
—Por favor os lo pido, ¿podemos tener una sola noche en paz? Ya sois mayorcitos. Al menos, tratad de mantener la dignidad en público —dijo con una tensa sonrisa. Bella y Angus se movieron incómodos, avergonzados—. ¿Cuál es el problema esta vez? No, no quiero saberlo.
El señor Rosenthal se acercó a ellos, y eso salvó a Bella y Angus de más regañinas.
—¡Buenas noches!
El caballero irradiaba alegría, lo que disgustaba a lady Georgina en lo más profundo. No era normal estar tan feliz todo el tiempo. Al notar que el aire casi podía cortarse, el señor Rosenthal continuó:
—Déjenme preguntarles algo...
—Disculpe, señor Rosenthal —saltó lady Georgina—, debo ir a rescatar a la señora Blackwood.
Se volvieron hacia la chimenea, donde la señora Cooper charlaba con afabilidad. En efecto, la señora Blackwood parecía incómoda.
—A la señora Blackwood no le gusta la señora Cooper —dijo con aire circunspecto.
—¿En serio? Qué extraño —respondió el señor Rosenthal—. A mí me parece encantadora.
Lady Georgina lanzó al señor Rosenthal una mirada severa.
—Sí, bueno, la señora Cooper es bastante joven y todavía cree que todo el mundo debería llevarse bien. Aún no sabe apreciar las mieles del odio profundo por los demás.
El señor Rosenthal miró a lady Georgina entre sorprendido y maravillado.
—Bella, ¿vamos? —propuso la matriarca—. Buenas noches, señor Rosenthal.
Los hombres observaron a las damas dirigirse a la chimenea.
—A su abuela no le caigo muy bien, ¿verdad?
—Pues... —vaciló Angus.
—No pasa nada —dijo el huésped, desconcertado—, no me gustaría privarla de su alegría. ¿Una partida de billar? Me han dicho que el coronel nos ha traído unos puros.