Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) DOS DÍAS ANTES DEL BAILE #2
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DOS DÍAS ANTES DEL BAILE #2

En la destilería, unos golpes en la puerta irritaron a Ross.

Estaba estudiando los libros de cuentas.

Aunque era la parte del trabajo que menos le gustaba (la contabilidad, los números, el debe y el haber), no creía que estuvieran preparados para contratar a un contable todavía.

El trabajo empezaba a ser agobiante, pero no estaba seguro de que pudieran permitirse otro empleado.

Por tanto, se veía obligado a hacerlo él mismo, atrapado en un escritorio, estudiando números que le cansaban la vista.

Desde el patio, un chico asomó la cabeza al despacho.

—Disculpe, señor, pero creo que debería venir a ver una cosa.

Encantado por la excusa que se le presentaba para estirar las piernas y que le diera el aire, Ross abandonó los libros.

—¿Qué pasa, McAllister?

—Seguro que no es nada, pero alguien ha estado en el almacén de turba.

Ross volvió a sentarse.

—En ese lugar siempre hay alguien.

—Pero han entrado por otra puerta, señor.

Intrigado, se levantó y siguió a McAllister a través de la destilería, salió al patio y se dirigió al almacén.

Ahora bien, en lugar de entrar por la puerta principal, McAllister lo condujo por un lateral, hasta la parte trasera, donde había una puerta que quedaba oculta por los árboles y matorrales.

La abrió para que Ross pudiera verla bien.

—Me la encontré abierta.

Ross lo miró a través del umbral y entró a la parte trasera del almacén de turba. No vio nada raro. McAllister iluminó el suelo con una linterna y observaron unas huellas que, a ojos de Ross, parecían recientes.

—¿Han robado algo? —preguntó, aunque preveía una respuesta negativa. ¿Quién iba a sustraer turba, un material que se podía extraer del suelo sin más?

—Que yo sepa, no. A decir verdad, ni siquiera sabía de la existencia de esta puerta. —Ross lo miró—. Estaba persiguiendo a un perro.

Ross asintió. Era el juego favorito de Grantham y Belgravia: colarse, coger algo que les llamara la atención y esperar a que los persiguieran. Se preguntó, y no por primera vez, si estarían a tiempo de adiestrarlos como sabuesos.

—La cerraría con llave, pero es que no hay cerradura.

Con aire crítico, Ross examinó el oscuro interior. Aunque todo parecía en orden, era un poco inquietante.

—¿Has revisado las otras dependencias?

McAllister asintió.

—No hay nada fuera de lo normal. Lo que debía estar cerrado con llave lo estaba. A lo mejor alguien entró a guarecerse, simplemente para pasar la noche a cubierto.

Ross frunció el ceño, pues esa posibilidad no acababa de convencerlo.

—En la finca hay un montón de cabañas. Bueno, veamos si podemos instalar una cerradura. —Volvió a salir por la misma puerta y echó un vistazo a los alrededores.

—Sí, señor.

Ross regresó despacio a su despacho mientras le daba vueltas al descubrimiento.

Tampoco sabía nada de la puerta y se preguntaba si tendría alguna importancia o ninguna en absoluto.

Cuando se sentó de nuevo en su escritorio, pensó que, con toda probabilidad, se trataba otra vez del señor Cooper.

Sea como fuere, le pediría a McAllister que estuviera alerta.

Era peor de lo que Bella se imaginaba. Cuando Fergus hablaba de la antigua sala del servicio, se refería a la antigua pocilga, que habían reconvertido en dependencias de los criados en algún momento de la época georgiana.

Más tarde, durante la era victoriana, la habían comunicado con la casa principal mediante un angosto y oscuro pasillo de piedra.

Estaban en el extremo más alejado del ala este de la casa, a bastante distancia de cualquier lugar que mereciera la pena.

Bella ni siquiera sabía de la existencia de esos lares.

Ollie solo había estado allí una vez. En su primer día como empleado, se había equivocado de pasillo y, perdido, había terminado en aquella sala.

Todas las estancias de los sirvientes eran iguales y resultaba muy fácil extraviarse por aquellos vericuetos.

Cuando por fin encontró el camino de vuelta a las cocinas, llevaba tres cuartos de hora de retraso y al señor Hudson no le hizo ni pizca de gracia.

Ollie tardó años en restaurar su reputación.

Bella miró horrorizada a su alrededor y luego se sentó bruscamente en uno de los cuatro camastros metálicos.

El somier traqueteó y los muelles chirriaron con gran estruendo.

Contuvo las lágrimas. Ollie le había desenrollado el colchón y había ido a buscar sábanas.

Aparte de los camastros, había dos mesitas de noche compartidas dos a dos, una encimera de pino con un lavamanos y una única silla con respaldo de escalera.

«Por el amor de Dios —pensó, con la vista clavada en el techo vacío—, el alumbrado sigue siendo de velas».

Las paredes de piedra gris no tenían adornos y el suelo era de losas rugosas. Los ojos se le posaron en los cuatro orinales apilados en una esquina.

«No —se dijo mientras los miraba espantada—. No puedo. Es inconcebible que utilice un orinal». Repasó mentalmente el trayecto hasta la habitación. ¿Habían pasado por algún baño? Seguro que había uno cerca. Aquello era inhumano.

Cuando Ollie regresó con las sábanas, Bella se paseaba por la habitación presa del pánico y murmuraba fuera de sí.

—¡No puede pretender que me aloje aquí! —le espetó al lacayo antes de que hubiera cruzado el umbral—. Angus sí que puede ser muy cruel, pero Fergus no. ¡No puedo quedarme aquí! ¿Ha visto estas habitaciones?

Ollie miró a su alrededor. La estancia estaba tan vacía que ni siquiera se podía llamar espartana.

—Ah, no se preocupe, señora. No sabíamos que se iba a cambiar de habitación, así que nadie ha tenido tiempo de, ejem, prepararla. Cuando lo hayamos hecho, estoy seguro de que se sentirá muy cómoda.

Una camarera entró en la habitación, se detuvo en seco y miró en torno horrorizada. Ollie carraspeó sin disimulo y la muchacha se apresuró a hacer la cama.

—Esto... ¿Qué muebles necesita exactamente? —preguntó con cautela.

—Para empezar, electricidad —dijo Bella inspeccionando la habitación—. Más vale que haya un baño cerca. No voy a sostenerle un orinal a mi doncella. —Hizo una pausa, siguió observando la estancia y comenzó a enumerar los muebles que necesitaría.

Veinte minutos más tarde, Ollie deseó no haber preguntado nada.

Fergus acababa de regresar de su paseo por el bosque para recobrar la calma tras la zapatiesta con Bella cuando, curiosamente, se encontró en los patios de servicio con el señor Cooper, que parecía perdido.

Tenía la cara roja de esfuerzo y llevaba ramitas entre el pelo.

Fergus lo acompañó hasta la entrada de Loch Down Abbey y luego se marchó.

Al llegar a la puerta de paño de la armería, oyó que lo llamaban con tono severo.

Se giró y se encontró cara a cara con su abuela, que parecía muy malhumorada.

—¿Podemos hablar? —No era una petición. Fuera lo que fuera, estaba seguro de que la armería no tenía por qué oírlo.

La condujo hasta la sala serbal y cerró la puerta tras de sí.

—Angus tiene que irse —dijo ella, antes incluso de que ninguno de los dos se sentara—. No puedo seguir alojándolo en Thistledown Cottage.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero esto ya es la gota que colma el vaso. —Retorció un pañuelo entre las manos.

«¿La gota que colma el vaso? ¿Y cuál sería la primera gota?», se preguntó Fergus.

—Ha trastornado mi hogar por completo. No sigue un horario fijo, excepto para el desayuno, eso sí, que exige a las nueve y media. ¡A las nueve y media! ¿Quién desayuna tan tarde? Te lo digo yo: nadie. La cocinera tiene que dejar su trabajo para preparárselo, lo que retrasa la hora del almuerzo.

—Pero ¿no almuerzas con nosotros casi a diario?

La matriarca lo miró con el ceño fruncido.

—Esa no es la cuestión. No tiene rutina, por lo que la camarera nunca sabe cuándo puede hacer su habitación. El otro día entró mientras ella estaba allí, le dio un susto tremendo, la echó y encima tuvo la poca vergüenza de quejarse porque no le habían hecho la cama.

Fergus negó con la cabeza. Lo que oía le cuadraba a la perfección con su hermano.

—No sé cómo puedo ser de ayuda. Tú eres la única a quien escucha. Ponlo a raya.

—Y no se trata solo de los horarios —se lamentó lady Georgina—, también está el tema de las noches.

Llega a las tantas, dando golpes y pisotones y haciendo todo tipo de ruidos.

No he dormido del tirón ni una noche desde que ha vuelto.

En una ocasión montó una timba, ¿sabes? Y ni siquiera tuvo la cortesía de pedir permiso.

Tan solo se presentó después de cenar, con el coronel y el norteamericano ese.

Bastante difícil es ya conciliar el sueño en esta época del año como para encima tener que aguantar a unos caballeros haciendo ruido debajo de la cama.