Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) DOS DÍAS ANTES DEL BAILE
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DOS DÍAS ANTES DEL BAILE

DOS DÍAS ANTES DEL BAILE

Al ver aparecer la ambulancia en el patio de servicio sin previo aviso, la señora Burnside se quedó desconcertada.

—Nadie me había dicho nada. No estamos preparados, ¡¿entienden?! —gritó a los dos jóvenes que trataban de bajar del vehículo a la doncella de Bella—. No pueden dejarla aquí sin más.

Mientras enviaban a un botones en busca de Fergus, se quedaron los cuatro esperando bajo el sol. Uno de los chicos le dio una patada a una piedra. Oyeron pasos sobre la grava y se giraron, pero no era Fergus, sino un huésped, que debía de haberse perdido.

—¡¿Puedo ayudarlo?! —gritó la señora Burnside. El hombre se sobresaltó visiblemente, preguntó por las pistas de cróquet y, antes de recibir respuesta, se retiró, dejando que se instalara un silencio incómodo.

—¿Cómo se encuentra tu madre, Jamie? —preguntó la señora Burnside.

—Oh, ahora está de lujo, señora Burnside —dijo Jamie tan pimpante—. Gracias por mandarle todos esos pasteles. Le fueron de gran ayuda.

—Bueno, la verdad es que todos necesitamos una mano amiga de vez en cuando —intervino la señora Burnside con amabilidad—. Mañana enviaré a una chica para que recoja la colada. —La madre de Jamie acababa de tener otro hijo, el quinto en cinco años.

Volvió a hacerse el silencio y la señora Burnside miró a la doncella.

Lucía un feo moratón en la frente, mucho peor que el de ella.

Además de tener el brazo en cabestrillo, la muchacha llevaba una escayola en la pierna e iba sentada en una silla de ruedas, que de poco le serviría con un solo brazo.

«¿Qué vamos a hacer con ella?», se preguntó la señora Burnside. Por suerte, no era problema suyo.

Fergus llegó por fin, observó la escena y dio un profundo suspiro.

—Bueno, os dejo solos —dijo la señora Burnside, y salió.

Detrás de la doncella, Jamie se irguió y puso las manos sobre la silla de ruedas.

—¿Dónde quiere que la ponga, señor?

—Eh... —balbuceó Fergus. No tenía ni idea.

—¿Que la ha puesto dónde? —exclamó la señora MacBain, sorprendida.

Fergus se retorció.

—Era el único espacio sin escalones que se me ocurrió.

—Pues hay muchos otros, Fergus. No tenía por qué ponerla en medio de la nada.

—Ah, ¿sí? —replicó Fergus, beligerante—. Dígame dónde puedo ponerla que tenga un baño cerca y yo mismo la trasladaré.

La señora MacBain tomó aire para hablar, pero se lo pensó dos veces.

—Bueno, ¿qué tal..., eh...?

Fergus ladeó la cabeza y se quedó expectante con un punto de engreimiento en el rostro.

—Bueno, eh..., podríamos ponerla... —La presidenta agitó el brazo y luego lo bajó—. No, no es buena idea. ¿Qué tal...? Oh, no, ahí tampoco.

Fergus la dejó cavilar durante unos minutos, pues verla desconcertada era un grato espectáculo y era más raro que atisbar al monstruo del lago Ness. Por poco se echó a reír.

—Lleva usted razón —convino ella por fin—. Pero ¿quién la va a cuidar? Las antiguas dependencias del servicio están muy lejos de la zona de trabajo del personal. Con el baile no tenemos manos libres.

—Ah, sí —contestó Fergus con gesto triste—, ese es el problema.

Dio con ella en la sala de música, interpretando una pieza bastante complicada de Chopin que recordaba de su infancia. Se quedó en el umbral y, cuando terminó de tocar, entró en la estancia.

—No sabía que seguías tocando.

—Creía que estaba sola. —Bella se volvió, sorprendida por la voz—. Lo hago de vez en cuando. Es una buena forma de animar fiestas aburridas.

Fergus no estaba seguro, pero le pareció una puñalada a sus intentos de organizar veladas. Haciéndose a un lado, se preparó para la tarea que se traía entre manos. Cruzó la sala despacio y se sentó en el brazo del sofá.

—Tu doncella ha vuelto del hospital.

—¡Ay, gracias a Dios! Me las he arreglado fatal en su ausencia. No sé si habría aguantado mucho más.

—Ah... —Fergus carraspeó con nerviosismo—. En realidad, Bella, vas a tener que componértelas tú sola un poco más —añadió, y ella levantó la cabeza de golpe—. Como ves, va en silla de ruedas y, con la muñeca rota, es bastante evidente que no puede moverse.

Bella suspiró y miró al techo con los ojos cerrados. Por un momento, Fergus se preguntó si estaría rezando.

—¡Me tomas el pelo! —dijo al fin sin ocultar su irritación—. ¿Qué más podría torcerse? Ha sido el peor mes de mi vida. Está claro que me han echado una maldición.

Fergus estaba consternado. «¿Cómo puede ser tan egoísta?», se preguntó. Sin embargo, mientras pensaba en cómo responderle, Bella cerró el piano de golpe y se giró hacia su hermano.

—Bella —comenzó a reprenderla, sin saber ni por dónde empezar.

—Estoy divorciada —lo interrumpió ella mientras contaba con los dedos—, he perdido mi hogar por culpa de la guerra, mi marido está ausente, llevo ropa vieja y, para colmo, tengo a la doncella lisiada.

Sin duda, estoy maldita. —Arrancó con saña las hojas de una planta—.

Dios mío, si no fuera porque es verdad, hasta resultaría gracioso.

Fergus se las vio y se las deseó para aguantarse las ganas de abofetearla. Se quedó de pie, respirando lentamente, y luego se alejó de los bustos de mármol. Eran los compositores que su madre más admiraba. Con lo que pesaban, si se pudiera agarrar uno para usarlo como arma... Mejor no pensarlo.

—Bella, ¿cómo puedes ser tan egoísta en un momento como este? —la criticó en un tono que, con esfuerzo, casi sonaba tranquilo.

—Disculpa, pero es mi vida la que se ha visto destrozada.

—¡¿Destrozada?! —gritó Fergus. Alguien que pasaba por allí se sobresaltó y se alejó a toda prisa.

Fergus se apresuró a cerrar las puertas, pues no tenía sentido montar una escena en público—.

¿Y tu doncella? La pobre ha tenido que dejar su hogar y viajar a un país extranjero en la otra punta del mundo.

—Estamos en Escocia —repuso ella con desdén—, no es lo que se dice un país extranjero.

—¡Eso es porque tú eres escocesa! —gritó él. ¿Cómo podía no darse cuenta de las cosas?—. Ni siquiera puede hablar con nosotros. Y ahora está postrada en cama, con el cuerpo destrozado, todo porque tú la trajiste a la fuerza. Y estoy seguro de que no le diste la opción de negarse.

—Disculpa, pero no la traje a la fuerza. Es mi doncella. Su trabajo es ir adonde vaya yo —repuso Bella. Lanzó una ominosa mirada a su hermano y resopló—. Y si crees que me gusta estar aquí, ¡estás muy equivocado!

—Eres libre de irte cuando quieras, Bella, porque con las habitaciones en que te alojas con descuento puedo ganar mucho dinero.

Bella puso cara como si le hubiera dado una bofetada. Se quedó boquiabierta y, al cabo de unos instantes, por fin exclamó:

—¡Soy de la familia! ¡No debería tener que pagar nada!

—¡Es un negocio, idiota! —Fergus bajó la cabeza avergonzado—. Lo siento. Yo... —Intentó ponerle la mano en el brazo, pero ella lo apartó con brusquedad.

—¡Cómo te atreves a hablarme así! —espetó ella.

Cualquier atisbo de remordimiento que Fergus sintiera se esfumó al oírla de nuevo.

—Tienes suerte de que no te eche sin más. Tu doncella y tú os alojaréis juntas en la antigua sala del servicio hasta que ella pueda valerse por sí misma.

—¡No voy a compartir habitación con mi doncella! —gritó Bella.

—Bella, sé razonable. Alguien tiene que cuidarla —suplicó Fergus.

—¡No voy a compartir habitación! —gritó ella—. Seguro que alguien de aquí puede hacerse cargo de ella. ¿Por qué no la dejas en el hospital? O también podrías contratar a una enfermera.

—¿La vas a pagar tú? Porque conmigo no cuentes, no es mi doncella. ¡Apuesto a que eres demasiado tacaña y egoísta para gastar dinero en nada ni nadie salvo en ti misma!

El grito ahogado y la expresión de Bella le hicieron comprender a Fergus que se había pasado de la raya, pero no podía ceder, aunque ella estuviera sopesando el metrónomo de latón y nogal.

—No voy a cambiar de habitación —se plantó ella apretando los dientes.

—¡Por supuesto que sí! —Fergus se acercó al timbre para llamar a un criado y por poco arranca la tela de la pared—.

Yo dirijo este hotel y, si quiero trasladar a alguien a otra habitación, como hay Dios que así será.

—Se miraron con ira durante unos instantes, resoplando y dando vueltas por la habitación.

—No te atreverás —siseó Bella.

—¿Que no? —replicó él con los dientes apretados. La puerta se abrió—. Ah, bien, Ollie.

Los ojos del jefe de Conserjería se movieron veloces de uno a otro hermano, que se miraban iracundos y con el rostro enrojecido. Había oído los gritos desde el pasillo y de repente se preguntó si no debería apartar los atizadores. Y los candelabros. ¿Blandía ella un cenicero?

—¿Me ha llamado, señor? —preguntó con cautela.

—Sí. Por favor, acompañe a lady Martin a sus aposentos y ayúdela a recoger sus pertenencias. Se va a mudar de habitación.

Ollie se acercó a Bella, haciendo todo lo posible por interponerse con indiferencia entre los hermanos.

—Por supuesto, señor. ¿Le importaría acompañarme, señora? —Se inclinó para quitarle el cenicero de la mano. Tras un breve forcejeo, lo colocó sobre el piano y señaló hacia las puertas.

Bella fulminó a Ollie con la mirada y luego se volvió hacia su hermano.

—Qué bruto te has vuelto. Dale a un hombre un poco de poder y verás su verdadera personalidad —comentó antes de salir de la habitación. A Fergus le recordó enormemente a su abuela.

Después de que Ollie cerrara la puerta, Fergus se sentó en el sofá, con las manos temblorosas y el corazón desbocado.

Hacía años que no le gritaba a nadie de esa manera.

Y lo cierto era que no lo echaba de menos.

Salió al jardín por las cristaleras y se dirigió con paso firme hacia el bosque.

Necesitaba calmarse antes de hablar con nadie más.