Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) TRES DÍAS ANTES DEL BAILE
35%

TRES DÍAS ANTES DEL BAILE

TRES DÍAS ANTES DEL BAILE

Abajo, en su despacho de la planta de empleados, la señora MacBain disfrutaba de un momento de silencio.

A medida que se acercaba el baile, el nivel de actividad se volvía frenético.

Esa mañana habían tenido que limpiar unos huevos de las escaleras después de que se desmadrara una representación de la comedia Speed the Plough , de Thomas Morton.

El pobre Ollie tuvo que cambiarse el uniforme y lavarse el pelo a toda prisa.

En esas condiciones, ¿cómo iban a centrarse en el trabajo?

Sus cavilaciones se vieron interrumpidas por un suave golpe en la puerta.

—Ah, Ross, pasa. —Le señaló la silla junto a la chimenea, pero él no se sentó.

—Me temo que no tengo mucho tiempo.

—¿En qué puedo ayudarte?

Ross miró a su prima un poco avergonzado.

—Necesito que hables con el señor Cooper por mí.

La presidenta abrió los ojos con sorpresa, pues Ross nunca interactuaba con los huéspedes.

—¿El señor Cooper?

Ross asintió.

—Lo he pillado en unas cuantas ocasiones merodeando por la destilería. Ya estoy cansado de decirle que no puede ir allí, pero me lo sigo encontrando. Hoy estaba en la sala de barricas.

—¿En la sala de barricas? —preguntó ella horrorizada. La sala de barricas, donde envejecía el whisky, estaba muy bien protegida. Ni la mismísima señora MacBain había accedido a ese espacio—. ¿Cómo ha entrado?

—No lo sé, pero tuve que echarlo y no fui demasiado educado. —Hizo una mueca de disculpa.

—De acuerdo —dijo ella—, hablaré con él.

Ross asintió en señal de agradecimiento y se dio la vuelta para marcharse.

—Ah, quería pedirte algo —saltó ella de improviso—. El whisky del baile, ¿podrías traerlo cuando quede poco tiempo para que este comience? El personal está un poco nervioso y si lo tienen a mano demasiado pronto...

Ross se rio entre dientes y asintió.

—Lo traeré cuando se abran las puertas.

—Gracias. Vendrás, ¿verdad? Espero que me saques a bailar.

Ross hizo una reverencia y se marchó. «Y ahora —pensó la señora MacBain—, tengo que encontrar al señor Cooper». Sabía que iba a causarle molestias, pero no se había imaginado que serían de ese tipo.