CUATRO DÍAS ANTES DEL BAILE
CUATRO DÍAS ANTES DEL BAILE
Mackay estaba sentado en su despacho, que habían creado en una antigua sala de seguridad en la planta de los señores.
Como antiguo ayuda de cámara, en el hotel se dedicaba a ayudar a los sirvientes personales de los huéspedes que se alojaban en esa planta.
Se trataba de los huéspedes más importantes del establecimiento y se desvivían por complacerlos.
Se ocupaba de los guantes perdidos y los frascos de perfume rotos que había que reemplazar de inmediato, proporcionaba libros y prensa a voluntad y facilitaba bolsas de agua caliente y material de papelería específico.
Organizaba excursiones, visitas a jardines de la zona o pícnics junto al río.
Si un huésped deseaba mantener una cita furtiva en una cabaña, se encargaba de facilitarle los arreglos necesarios al ayuda de cámara en cuestión.
Hacía más o menos lo mismo que en sus tiempos de ayuda de cámara del anterior lord Inverkillen, pero sin tener que vestir al señor ni lavarle la ropa, tareas que no echaba de menos.
Lord Inverkillen era impredecible y temperamental, y además tenía muchas cosquillas, lo que dificultaba en grado sumo cepillarle la pelusa de los trajes.
En los días previos al baile, Mackay estaba cada vez más ocupado con las peticiones de los huéspedes.
Muchos necesitaban ropa nueva o querían sentarse en la misma mesa que alguien concreto.
Incluso estaba empezando a organizar los carnés de baile para algunas personas.
Sin embargo, ese día y en ese momento, todo el mundo estaba tomando el té y él podía relajarse con su crucigrama.
Se devanaba los sesos con la doce vertical («Nombre de pila de la madre de Napoleón», cinco letras y después siete) cuando oyó a alguien por el pasillo.
A menos que los pasos se dirigieran a su puerta, por lo común, los ignoraba.
Pasó a la dieciséis horizontal e intentó recordar el nombre del lord canciller de Carlos II.
¿Acaso el monarca había tenido lord canciller?
Mackay sacudió la cabeza con frustración.
Lo cierto es que la historia nunca había sido su fuerte.
Murmurando para sí, tomó un sorbo de café tibio. Lo había dejado enfriar un pelín de más.
De repente, oyó voces en el pasillo, indistintas pero agudas, y luego una voz bastante irritada que gritaba: «¡Vuelva aquí!».
Se levantó de la silla, se acercó a la puerta abierta y se asomó. Pudo ver a dos hombres, ninguno de ellos de esa planta, enfrentándose con ira. El caballero de más edad tenía el dedo en el pecho del más joven, que vestía un traje blanco.
«Dios, ese traje necesita un buen planchado», pensó involuntariamente.
El joven apartó el dedo como si fuera una mosca molesta y trató de alejarse. Dio un solo paso cuando el otro lo agarró del hombro y lo tiró hacia atrás con brusquedad. De pronto, los dos estaban frente a frente, enfurecidos, y el joven agarraba al mayor por las solapas del traje.
—Si no está satisfecho —dijo el joven—, búsquelo usted. —Empujó al anciano hacia atrás.
—¡Miente! —El anciano cayó sobre una silla y se desplomó en el suelo—. Y su lealtad es en vano. Si alguien puede darle lo que quiere, ese soy yo.
Intercambiaron una mirada llena de ira y el joven cerró el puño. Mackay se preguntó si debía intervenir.
—Ni siquiera sabe lo que quiero —siseó—, ¿cómo podría...?
—Su Ying.
El joven daba la impresión de que le hubieran echado un jarro de agua fría. Se quedó paralizado, mirando al anciano jadear en el suelo.
—Encuéntrelo. —El anciano se puso en pie, con una sonrisa maliciosa dibujada en el rostro.
Se arregló el traje y bajó las escaleras, dejando al otro desplomarse contra una consola.
Se había quedado tan pálido como su traje y empezó a balancearse hacia delante y hacia atrás con la cabeza entre las manos.
Mackay volvió a entrar en su despacho. Arrastró la silla por el suelo con estrépito y luego salió al pasillo, como si no hubiera pasado nada. El hombre se puso de pie de un salto y se quedó mirando a Mackay durante un momento.
—¿Puedo ayudarlo, señor? —preguntó Mackay en el tono más ligero que pudo y tratando de aparentar sorpresa al verlo.
—Eh... —balbuceó el joven con un punto de terror en el semblante—. No.
Dicho eso, bajó corriendo las escaleras sin decir nada más, mientras Mackay se preguntaba si debía informar a la señora MacBain de lo que acababa de presenciar.
¡Clarendon! La respuesta le vino de repente. El lord canciller era el conde de Clarendon. Volvió a su despacho y corrió un velo sobre todo el alboroto.
De pie frente al plano de distribución de los asientos para el baile, lady Georgina estaba furiosa.
Había dado por supuesto que su mesa estaría en un extremo de la sala, frente a la chimenea, bajo el retrato del decimocuarto conde de Inverkillen.
Era el mejor lugar del salón y deberían haberlo reservado para la familia.
Sin embargo, la anotación del plano rezaba con toda claridad: «Duque de Auldwilde».
«¿Cómo puede la señora MacBain ser tan desconsiderada?», se preguntó.
Chasqueó la lengua y tiró los guantes sobre la mesa de al lado.
Tendría que colocar a los invitados ella misma.
Dispuso la etiqueta «Inverkillen» al calor del hogar, retiró al duque y lo reubicó en la mesa a su izquierda.
A su vez, ello implicaba trasladar a los Monkhouse.
«Y sobran razones para hacerlo», pensó con picardía.
La señora MacBain no tenía ni idea de la habilidad y delicadeza que se requerían para distribuir los asientos.
Podían estar en juego las vidas de algunas personas, por no hablar de su reputación.
Veinte minutos más tarde, estaba a punto de terminar el nuevo plano cuando Fergus abrió la puerta de la sala serbal en busca de la presidenta. En su rostro se dibujó un gesto de sorpresa, pero de inmediato se vio reemplazado por una astuta mirada.
—¿Qué estás haciendo, abuela? —Cerró la puerta tras de sí y se acercó al plano.
—Corrijo el plano de los asientos —respondió ella.
Levantó una mano para detener su objeción y continuó—: La señora MacBain tiene muchas habilidades.
No me duele en prendas reconocer su enorme valía, pero distribuir mesas de invitados no es su fuerte.
Ha sentado juntos a los Auldwilde y a los Monkhouse, y eso no puede ser, y punto.
Fergus cerró los ojos y negó suavemente con la cabeza. Habían pasado días discutiendo la distribución. Se preguntó hasta qué punto la habría cambiado su abuela.
—Y los Ruthven no pueden estar en el mismo lado de la sala que los MacGregor, o de lo contrario correrá la sangre. Aún discuten sobre la propiedad de ese miserable granero, a pesar de que a estas alturas ya son poco más que escombros.
Fergus reconoció el error. No había caído en la cuenta cuando los colocaron juntos. Se acercó y echó un vistazo a los cambios. Al ver que su familia había pasado a ocupar el puesto de honor, respiró hondo, pero volvieron a interrumpirlo.
—Y los Menteith no pueden estar cerca de la barra.
Ya sabes cómo se ponen sus hijos. Son una auténtica vergüenza cuando beben.
Ojalá jugaran más a las cartas... —dijo la condesa viuda mientras los trasladaba a una zona aledaña a la sala del roble, que pensaban utilizar como sala de juego para los caballeros.
Fergus observó que todo el plano había cambiado y, francamente, con el profundo conocimiento que su abuela atesoraba sobre las familias, sus disputas y rencores, por no hablar de los últimos chismes, quizá era la persona más indicada para esa tarea.
Sonrió, la besó con ternura en la cabeza y salió de la sala para proseguir su búsqueda de la señora MacBain.