Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) CINCO DÍAS ANTES DEL BAILE
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CINCO DÍAS ANTES DEL BAILE

CINCO DÍAS ANTES DEL BAILE

De buena mañana, en su despacho, la señora MacBain trataba de reprender a una camarera por confundir a lady Monkhouse con la duquesa de Auldwilde.

Había sido un error comprensible, ya que se parecían bastante, y la presidenta consideraba una ridiculez tener que discutir el tema.

Pero, lady Monkhouse era muy susceptible y había insistido en que despidieran a la muchacha.

Dudaba mucho que pudiera distinguirla en una rueda de reconocimiento, pero había que tomarse en serio las quejas de los huéspedes, de modo que allí estaban, discutiendo lo picajosas que llegaban a ponerse las señoras cuando las confundían con la amante de su marido.

—Debes tener más cuidado y, si albergas la menor duda, llámalas «señora» y santas pascuas. —La señora MacBain interrumpió la reprimenda al ver pasar a un hombre por delante de su despacho—. ¿Quién es? —Se apresuró a levantarse y a perseguirlo hacia el vestíbulo.

—Disculpe. ¿Es usted, coronel? —Lo siguió unos metros antes de que él se diera la vuelta, con aire algo contrariado—. Coronel, ¿qué hace aquí abajo? —Estaba confundida e irritada. Los huéspedes no pintaban nada en la cocina, sobre todo si eran tan pesados como el coronel.

—¡Ah, señora MacBain! Estoy..., eh..., buscando a la cocinera. Quería ver si puede prepararme un plato especial.

La presidenta negó con la cabeza, sin saber muy bien qué responder.

—¿Un plato especial?

—No especial exactamente, no en sentido general, más bien un plato especial para mí. Toad-in-the-hole . Hace años que no lo pruebo y la verdad es que muero por él.

—¿ Toad-in-the-hole ? Veré qué puedo hacer, coronel —respondió la presidenta con tono cansado, y lo acompañó de vuelta a las escaleras del personal.

—Prefiero hablar con la chef yo mismo —dijo con aire pomposo—. Soy muy exigente con la proporción de salchichas y masa.

—Me temo que no puede estar aquí abajo, coronel. —Señaló las escaleras sin decir nada más.

—¡Pues he de insistir! —bramó él.

—También yo —replicó la señora MacBain con firmeza.

Ofendido, el coronel subió las escaleras a paso lento, refunfuñando sobre salsas y normas sociales.

Ella negó lentamente con la cabeza y se dirigió a su despacho. ¿Cuándo se iría aquel hombre? Estaba valorando si debía hablar con la señora Burnside al respecto cuando una voz la llamó.

—Ah, señora MacBain, bien. He venido tan pronto como he podido. —Era el médico del pueblo. Llevaba pantalones de golf, que la presidenta miró con curiosidad—. Estaba a punto de salir a hacer unos hoyos cuando Thompson me llamó. Todo un golpe de suerte, nunca mejor dicho. Bien, ¿dónde está la chica?

—¿La chica? —repitió la señora MacBain, que no entendía nada.

—Tengo entendido que una camarera se ha caído por las escaleras del sótano y está bastante malherida.

—¿Qué? ¡Ay, Dios mío! —exclamó ella—. Sígame.

Pasó corriendo junto al doctor, cruzó la cocina, se dirigió hacia la puerta del patio de servicio y se detuvo en un pequeño vestíbulo. Una puerta de madera que solía estar cerrada se encontraba entreabierta. La abrió de par en par, se asomó a la oscuridad y oyó los suaves murmullos de Sadie.

«Dios mío, por favor, que no sea Sadie —pensó—. No sé cómo nos las arreglaríamos sin ella».

Siguió al médico por las escaleras, rezando mientras bajaba. Pero cuando llegaron abajo y sus ojos se acostumbraron a la penumbra, vio que quien se había caído no era Sadie, sino la doncella de Bella. Se sintió tan aliviada que le dio vergüenza.

—A ver: ¿qué ha pasado? —preguntó el médico, arrodillándose junto a las mujeres.

Sadie se apartó y se dirigió a la señora MacBain.

—La puerta estaba abierta, cosa bastante extraña, así que bajé y la encontré tirada en el suelo.

—Si se cayó por ahí —dijo cabeceando hacia los bastos escalones de madera—, es probable que haya sufrido una conmoción cerebral. —Acercó con suavidad el rostro de la doncella al suyo y la miró a los ojos.

—Es su pierna lo que me preocupa —dijo Sadie, y señaló el pie de la chica.

—Vaya, se ha descoyuntado, ¿verdad? —le preguntó el doctor—. Tengo que levantarte la falda para verlo bien. Puede que te duela un poco, pero intenta no moverte.

—No habla inglés —saltó Sadie.

El médico se volvió para mirarla.

—Bueno, eso complica las cosas. —Cambió de posición y se dispuso a alzarle la ropa—. LEVANTO FALDA AHORA —gritó lentamente mientras simulaba que le subía el dobladillo con exagerados gestos—. PUEDE DOLER, QUÉDATE QUIETA .

—¡Doctor! Es china, no sorda —terció la señora MacBain con tono sarcástico.

—Pues en mis viajes al continente sí que me hago entender —respondió él, enfadado.

—Eso habría que verlo —murmuró ella.

El doctor dio un golpecito en la pierna lo más suave que pudo y luego soltó un profundo suspiro.

—Tenemos que sacarla de aquí y llevarla a mi consulta. Debo recolocarle la pierna y ponerle una escayola cuanto antes. Eso sí, necesitaremos ayuda de algunos chicarrones. Y algo para que muerda, pues me temo que el traslado será doloroso.

—De acuerdo —asintió la presidenta—. Iré a llamar a Ross. A los botones no los veo capaces. Mientras tanto, ¿qué podemos hacer, doctor?

—Nada. Solo mantenerla lo más quieta posible.

Ross llegó enseguida con varios muchachos fornidos. En un pispás, evaluaron la situación, subieron a la pobre chica por las escaleras y la metieron en la ambulancia. Cuando se cerró la puerta, la señora MacBain volvió a entrar despacio al hotel.

«¿Qué más puede pasarle a esta pobre chica?», se preguntó.

Al otro lado de las cocinas, tres ayudantes que habían pausado sus quehaceres y habían acudido presurosas al mostrador de servicio miraban algo con atención.

Ese algo era la señora Burnside, tumbada en el suelo, que se retorcía como una tortuga patas arriba, más precisamente, como una tortuga iracunda.

En un periquete la enderezaron y la ayudaron a sentarse en un taburete.

Tenía un chichón en la frente que se parecía al huevo pasado por agua que acababa de pisar.

—¡¿Cómo diablos ha acabado eso ahí?! —les gritó a las ayudantes de cocina, que no podían sino balbucear aterrorizadas.

—¿Qué diantres ocurre? —preguntó la señora MacBain con tono severo mientras rodeaba la mesa de preparación que presidía la sala—.

Se oyen los gritos desde el pueblo. ¡Oh!

—Se sobresaltó con violencia cuando vio a la señora Burnside—.

¿Qué ha pasado? —Observó a las tres ayudantes, que se mantenían al margen mirando al suelo con aire dócil—.

Pero bueno, no os quedéis ahí como pasmarotes.

Id a buscar una compresa fría. Tú, limpia ese desastre.

Y tú... —la presidenta señaló a la ayudante más joven—, en mi despacho, en el cajón superior izquierdo de mi escritorio, encontrarás unos polvos para el dolor de cabeza. Por lo que parece, los va a necesitar.

Las ayudantes se apresuraron a cumplir su cometido. La señora MacBain se giró hacia la señora Burnside, que parpadeaba para contener las lágrimas de dolor. Debía de haber sido una buena caída, pues en otras ocasiones la había visto quemarse dedos y brazos sin pestañear.

—Primero la doncella y ahora usted. ¿Qué demonios sucede hoy aquí abajo? —Giró suavemente el rostro de la cocinera hacia la luz—. A ver, déjeme que le eche un vistazo. Ay, Señor, me temo que le va a quedar un moratón horrible. También necesitará árnica.

—Había un huevo pasado por agua en el suelo —explicó la cocinera, enfadada por que el desorden se hubiera apoderado de su cocina—. Estaba revisando las hojas del inventario y no lo vi. En cuanto me quise dar cuenta, estaba panza arriba, y gracias a Dios que el portapapeles no me ha dado en el ojo.

—¿Un huevo pasado por agua? —preguntó la señora MacBain, confundida, mientras miraba a su alrededor. Allí era donde se preparaban las bandejas del desayuno, pero, como de costumbre, reinaba un orden impoluto—. ¿Cómo ha llegado ahí?

La señora Burnside carraspeó.

—Debe de haberse caído de una bandeja —se tocó el bulto que le estaba saliendo en la frente e hizo una mueca de dolor—, pero no me explico cómo.

Tapamos las bandejas en cuanto están listas.

Será culpa de la muchacha nueva. Mire que le advertí que las ayudantes de los Dunbar-Hamilton no estaban a la altura.

—Sé que no es santo de su devoción, pero yo diría que tiene las suficientes luces como para recoger un huevo si se le cae —reprendió a la cocinera sin acritud—. Ahora bien, ¿cómo es que nadie se ha quejado de la desaparición de un huevo? Le preguntaré a Thompson.

La compresa fría y el polvo para el dolor de cabeza llegaron justo cuando la señora Burnside se levantó y, acto seguido, volvió a desplomarse. La señora MacBain la agarró y pidió ayuda a un botones que estaba cerca.

—Andy, por favor, llévala a su habitación. En cocina pueden arreglárselas sin usted si descansa durante una hora —dijo la presidenta cuando la señora Burnside empezó a protestar—. Vaya a acostarse y recupere el equilibrio. Bastante peligroso está esto ya como para que se caiga otra vez.

Observó cómo Andy guiaba a la cocinera hacia las escaleras de servicio. Cuando se cerró la puerta, se volvió hacia las ayudantes de cocina con semblante serio.

—Y bien, ¿qué ha pasado durante el desayuno?

Esa mañana, el desayuno de Cecil se retrasó, pero él no se dio cuenta. Todavía estaba decidiendo qué ponerse. En bata y ante el espejo, con varios trajes en la mano, soltó un suspiro.

«De nuevo sin ayuda de cámara, Cecil —pensó con tristeza—. Vaya vida más perra que te ha tocado».

Bueno, solo conocía una forma de salir del atolladero.

Eligió el traje de tweed gris oscuro con el chaleco ocre y una camisa blanca almidonada, que nunca fallaba con las damas.

Elegir las prendas por sí mismo era deprimente.

Echaba de menos a Georges. Bueno, en honor a la verdad, no era cierto.

Siempre le había dado la sensación de que sonreía a sus espaldas, como si lo desaprobara.

Echaba de menos tener un ayuda de cámara; no echaba de menos a Georges.

Un golpe en la puerta lo sacó de su ensimismamiento.

—El desayuno, señor —dijo una vocecita desde fuera de la habitación.

Cecil dejó escapar un suspiro de agravio y luego recordó que ya no estaba en su casa, sino en un hotel. Y entrar en una habitación sin avisar era de mala educación. Sin embargo, no pudo por menos que reparar en que cada mañana alguien encendía las chimeneas, como si hubiera un hada invisible.

Cruzó la habitación, molesto una vez más por tener que valerse por sí mismo, y mantuvo la puerta abierta mientras una joven camarera entraba con la bandeja de madera del desayuno. La chica hizo un amago de reverencia y miró a Cecil con curiosidad.

—Buenos días, señor.

Cecil señaló la mesa y se preguntó si debía darle algo a la muchacha o si, como en los viejos tiempos, bastaba con dejar algo en un sobre al marcharse.

¿Por qué, de repente, todo el mundo esperaba una propina por el más ínfimo servicio?

Le abro la puerta: propina, por favor. Le llevo las maletas: propina, por favor.

Aquí tiene su sombrero: propina, por favor.

Era agotador y, francamente, también caro.

Pensó en el señor Rosenthal, que repartía chelines por la armería como si fueran peniques.

Lo cierto era que los norteamericanos lo echaban todo a perder.

Cecil le lanzó un gesto de asentimiento a la chica mientras ella hacía otro amago de reverencia y desaparecía por la puerta.

Mientras la cerraba, y sin dejar de criticar en su fuero interno a los norteamericanos, se acercó a su bandeja y tomó la silla que daba al jardín.

Al colocarse la servilleta en la bata, se dio cuenta de que estaba hambriento y ardía en deseos de probar la morcilla de la cocinera.

Su repertorio de platos era limitado, pero, a su juicio, ese en concreto lo bordaba.

Al destapar la bandeja, sintió una punzada de irritación.

«Se han olvidado», se indignó. No había morcilla, ni beicon, ni huevos.

Pero ¿qué era eso? Cecil cogió el objeto y le dio la vuelta entre las manos.

«Qué curioso», se dijo. Lo dejó sobre la bandeja y se quedó sin aliento, pues cayó en la cuenta de que podría ser el mejor desayuno que había tomado nunca en Loch Down.