SEIS DÍAS ANTES DEL BAILE #4
—En realidad, no sabes nada sobre ella, ¿verdad? —Se rio entre dientes. «Fergus es tan obtuso...», se dijo. Cogió la bola blanca—. Señor Rosenthal, ¿seguimos con lo nuestro?
El norteamericano asintió, en silencio y ojiplático. Nadie en la sala habló.
—¿A qué te refieres? —preguntó Fergus—. Por supuesto que la conozco.
—Mira —ladró Angus, perdiendo los estribos—, ella se ofreció y yo acepté. No se lo pedí. No me la camelé para que mordiera ningún anzuelo. Fue ella quien se ofreció, por su voluntad. Tiene derecho a gastar su dinero como le parezca. Y, si quiere pagar mis consumiciones, no veo qué tiene de malo.
—¡Pues que eres un adulto! Deberías costearte tus gastos y no vivir de la generosidad ajena. ¡Dios mío, eres igual que el tío Cecil!
Angus dio dos zancadas, se plantó frente a su hermano y lo señaló con el dedo.
—¡Retira lo que has dicho!
—Demuéstrame que me equivoco —espetó Fergus.
—Chicos, por favor —intervino el señor Rosenthal mientras los separaba—. Por mucho que todos disfrutemos del drama —añadió mirando a su alrededor—, detengámonos antes de que la sangre llegue al río, ¿de acuerdo?
Fergus se sacudió, dio un paso atrás y se sentó en los bancos de cuero que flanqueaban la larga pared. Angus se recostó de nuevo en la mesa de billar y se estiró el chaleco.
—Bien —dijo el señor Rosenthal con tono conciliador—, si me lo permiten...
—Miró a los hermanos, que asintieron secamente, todavía enfadados el uno con el otro—.
Me parece que ambos tienen razón. —Levantó las manos para evitar objeciones—.
Fergus, no puede decirle a su abuela cómo debe gastar su dinero.
A menos que esté perdiendo la cabeza, y no es el caso, pues la he conocido y está de lo más lúcida, puede dedicar su dinero a lo que le parezca.
Y no se trata de un cazafortunas, sino de su nieto.
Angus le dedicó a su hermano una sonrisa de suficiencia, pero el señor Rosenthal lo miró con el ceño fruncido.
—En cuanto a usted, lord Inverkillen —dijo en tono severo, lo que apaciguó a Fergus—, su hermano tiene razón. Es adulto y, aunque fue una oferta generosa, no debería haberla aceptado. Compórtese como un hombre y hágase cargo de sus gastos.
—¿Y cómo se supone que voy a hacerlo? —espetó Angus, haciendo girar la bola blanca por la mesa.
Tanto Fergus como el señor Rosenthal lo miraron fijamente: Fergus, con incredulidad; el señor Rosenthal, con inocencia.
—Podría buscar trabajo —sugirió el señor Rosenthal tan tranquilo y con un encogimiento de hombros.
—¿Qué? —repuso Angus con frialdad. Respiró hondo para seguir protestando, pero su hermano lo interrumpió.
Fergus se dirigió al señor Rosenthal.
—¿Trabajo? —preguntó con voz llena de asombro.
—Soy el vigésimo conde de Inverkillen, un par del reino —dijo Angus—. La aristocracia no tiene... trabajo. —Pronunció la palabra con desdén.
El señor Rosenthal señaló a Fergus con la mano.
—¿Puedo presentarle a su hermano?
—Trabajo... —repitió Fergus, con la mirada perdida en lontananza.
—Eso no tiene nada que ver. Él... —pero Angus no pudo continuar.
—Nos vendría bien un entrenador de tenis —interrumpió Fergus, dirigiéndose al señor Rosenthal.
—¡Ahí está! —El señor Rosenthal aplaudió—. Entrenador de tenis. Esa es una forma de ganar dinero sin dejar de lado la vida ociosa. ¡Perfecto! —dijo con aire satisfecho consigo mismo mientras asentía.
—Puedes empezar mañana por la mañana. —A Fergus se lo veía más tranquilo de todas todas—. Le pediré a Thompson que reúna a algunos huéspedes.
—Yo... ¿qué? —balbuceó Angus.
—Puedes entrenar desde las diez de la mañana hasta la hora del almuerzo y luego proseguir hasta la hora del té.
Quizá podamos organizar un torneo los fines de semana.
—A Fergus la mente le iba a ciento por hora.
Podría ser una buena fuente de ingresos para el hotel, y lo cierto era que se trataba del único trabajo que le confiaría a su hermano.
Tendría que hablar con Thompson para organizarlo todo como era debido.
Cogió la cuenta del bar—. Tengo que irme.
Gracias, señor Rosenthal. Nos ha sido de gran ayuda.
—Ha sido un placer —respondió el señor Rosenthal con una inclinación de cabeza.
Fergus salió corriendo de la habitación.
—¡Espera! —le gritó Angus. Y, volviéndose hacia el señor Rosenthal, le preguntó—: ¿Qué acaba de pasar?
Fiel a su palabra, a la mañana siguiente Fergus convocó a dos huéspedes en las pistas de tenis: lord Bryden y su hijo mayor, que a las diez ya estaban calentando.
A las nueve y media, envió a un lacayo para que fuese a buscar a Angus, solo por asegurarse de que apareciera.
Caminando nervioso de uno a otro lado, se puso a observar el cielo.
Septiembre era uno de los mejores meses en Escocia.
Podrían disfrutar de al menos seis semanas de tenis antes de que cambiara el tiempo.
Al mirar hacia la casa principal, vio al lacayo, a quien seguía Angus con su ropa de tenis.
Estaba ceñudo y de mal humor, pero había acudido. Fergus dio un suspiro de alivio.