SEIS DÍAS ANTES DEL BAILE #3
La señora Douglas se quedó atónita. Durante unos instantes se puso a rebuscar entre la ropa.
—Estas prendas están lavadas y en perfecto estado, se lo aseguro. Este vestido, por ejemplo, le quedaría como un guante. —Levantó un vestido marrón apagado con lunares blancos.
—¡No me voy a poner eso! —gritó Bella.
Hasta a la señora MacBain le parecía un horror. Dio un paso hacia la cama y, con delicadeza, le quitó el vestido a la esposa del vicario.
—Señora Douglas, ha sido muy amable al pensar en lady Annabella.
Y le agradece su generosa oferta. —Le lanzó a Bella una mirada severa, dobló el vestido y lo volvió a guardar en la maleta—.
Pero ya ha pedido algunas prendas y está esperando a que lleguen.
Por el momento, le sugiero que estas se las quede usted.
Bella cogió su traje de la cama y se lo entregó a su doncella. Se aclaró la garganta suavemente.
—Gracias por devolverme mi traje, señora Douglas. Nunca debió llegarle. Ha ocurrido un error y le pido disculpas por la confusión.
La señora MacBain le ofreció el sombrero a Bella y, puesto que esta negaba con la cabeza, lo guardó en la maleta. Cerró la maleta de un golpe y acompañó a la puerta a la señora Douglas, que había enmudecido.
«Por lo general, la gente se muestra muy agradecida —pensó la esposa del reverendo—. ¿Por qué habrá salido tan mal?».
Después de la cena, se reunieron en el salón para tomar una copa. Con semblante afligido, lady Georgina se acercó a Fergus y Bella.
—Me niego en redondo a volver a hablar con ese hombre.
Mañana tendrás que cambiarlo de mesa. —Se alisó el moño de la nuca y se sobresaltó cuando un criado le ofreció una bandeja con cócteles—.
¿Y esto qué es, si puede saberse? —No cabía ninguna duda de que la cena había puesto a lady Georgina de mal humor.
—Martinis, abuela. Están muy de moda en Shanghái —respondió Bella.
Lady Georgina cogió una copa con cautela y la olisqueó arrugando la nariz. Agarró al criado por el brazo y le entregó la copa con aire ofendido.
—Sí, bueno, lo que está de moda en Oriente desde luego que no lo está en las Highlands. Somos un pueblo tradicional. Donde esté un jerez...
—Me lo dices o me lo cuentas —murmuró Bella.
—¿Qué has dicho? —preguntó lady Georgina con brusquedad. No toleraba que se burlaran de ella, y menos aún su nieta.
Fergus terció con la esperanza de calmar los ánimos:
—¿A quién querías que cambien de mesa, abuela?
Durante unos segundos, lady Georgina clavó una reprochadora mirada en Bella y luego le dijo a Fergus:
—Al norteamericano. No hay quien lo aguante.
Ambos hermanos se sorprendieron. A todos les caía bien el señor Rosenthal, ¿no? Era un poco escandaloso, sí, pero ¿no lo eran todos los norteamericanos? En conjunto, era una excelente compañía.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Fergus.
—Sus modales en la mesa son simplemente atroces —dijo la matriarca negando con la cabeza al recordarlo—.
Estaba a mi izquierda, así que departimos durante los entrantes, y fue encantador.
Me preguntó por mis rosas. Tuvimos una larga conversación, os lo aseguro.
Sabe más de horticultura de lo que cabría esperar de un neoyorquino.
—Te encanta hablar de tus rosas. ¿Cuál es el problema? —preguntó Bella.
—Ninguno. Es lo que pasó después del primer plato.
—Miró a lo lejos y dejó escapar un suave suspiro—.
Cuando el camarero trajo la mantequilla, en lugar de poner un poco en su plato, partió el panecillo en dos con los pulgares y empezó a untarla mientras el muchacho permanecía allí de pie.
Ni el camarero ni yo sabíamos dónde mirar.
Me sorprende que no le diera un calambre en el brazo.
Los hermanos intercambiaron una mirada y trataron de no sonreír. Bella se escondió detrás de su copa y Fergus tosió por lo bajini.
—Luego sirvieron la sopa —prosiguió lady Georgina— y el señor Rosenthal no se giró.
No se giró, ¿os dais cuenta? La señora Cooper y lord Ashdown, los pobres, no tuvieron con quién conversar durante la mayor parte de la cena.
Bueno, en lo que respecta a la señora Cooper, no hay para tanto, porque no es muy parlanchina, pero lord Ashdown es un celebérrimo anecdotista, y yo estaba deseando oír sus historias.
—Chasqueó la lengua y negó con la cabeza—.
Decidme, ¿quién no sabe girarse en una cena?
Desde tiempos inmemoriales, en Loch Down Abbey se observaba la tradición de alternar los compañeros de conversación con cada plato.
Durante el primero, las damas hablaban con el caballero a su izquierda; durante el segundo, con el de su derecha, y así sucesivamente.
Desde luego, no girarse era una torpeza tal que, en una casa noble, suponía la muerte social en virtud de las normas de la aristocracia escocesa.
Sin embargo, era difícil aplicar tal norma al tratarse de un hotel.
Nada más que por cometer ese tipo de infracción, no se podía pedir a un huésped que había pagado por el servicio que hiciera las maletas y hacer que el chófer lo llevara a la estación.
—Quizá en Nueva York lo hagan de otra manera, abuela —dijo Fergus.
—Se pasó la mayor parte de los tres platos hablando de esa tal Simpson. Al parecer, la admira de manera incondicional y no entiende por qué no podemos aceptarla. Como si fuéramos a admitir a una divorciada en el trono. Y, encima, norteamericana.
—Bueno, tiene derecho a opinar, abuela —dijo Fergus.
Bella lo miró con gesto iracundo, como para advertirle de que no la provocara.
—No cuando son opiniones equivocadas. —Lo miró con el ceño fruncido y se volvió para observar a la señora Blackwood y a su sobrino entrar en el salón—. ¡Ah, maravilloso! Es hora de formar parejas para jugar a las cartas.
Lanzó una mirada inquisitiva a los hermanos, quienes negaron con la cabeza.
—Mejor así —respondió lady Georgina y se alejó a toda prisa para pedirle a la señora Blackwood que fuera su compañera antes de que nadie se le adelantara. Durante unos instantes, Fergus y Bella observaron en silencio cómo su abuela avergonzaba y acosaba a la gente para que jugara al bridge .
—¿Sabes qué? —repuso Bella al cabo de un momento—: cuanto más los observo, menos los entiendo.
Fergus siguió su mirada. La señora Blackwood estaba sentada junto al fuego, con su sobrino a sus espaldas, como siempre.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, quiero a la tía Elspeth con toda mi alma, pero el sobrino de la señora Blackwood, desde que llegó, sigue a su tía como un perrillo faldero. Yo no creo que pudiera tener esa devoción servil por la tía Elspeth.
Fergus lo pensó un momento y luego negó con la cabeza.
—No. Ni yo.
—Son más raros que un perro verde. —Tras una pausa, Bella se giró para abarcar toda la sala con la mirada—.
Ah, ahí está la señora Cooper. Tengo que preguntarle de qué color va a ir al baile.
Si va de azul, me pego un tiro. —Dicho eso, Bella se marchó a la carrera y dejó a Fergus sumido en sus pensamientos.
Cuando se hubo ido y Fergus se quedó al fin solo, se le acercó un camarero, que le entregó un trozo de papel con mano algo temblorosa. Fergus miró la cifra con gesto incrédulo.
—No es posible —murmuró. El camarero parpadeó inocentemente. Fergus volvió a mirar el papel, que contenía la cuenta del bar de Angus. Era enorme—. Si no lleva aquí ni dos semanas.
Fergus salió de la sala soltando sombríos murmullos y fue directo a la sala de billar, donde sabía que encontraría a su hermano. Para cuando llegó, estaba furioso y había asustado a varios de los huéspedes con sus murmullos airados.
Una vez en la sala de billar, echó un rápido vistazo, se dirigió con paso firme a la mesa y dejó caer la cuenta sobre el paño verde, justo delante del taco de Angus.
—¿Qué piensas hacer al respecto? —espetó en voz tan baja como pudo. Había huéspedes y no quería montar una escena, es decir, una más grande que la que ya había montado.
Sin dejar de apoyarse en la mesa, Angus levantó la mirada hacia su hermano. Dio un profundo suspiro, se incorporó y apoyó el taco contra la mesa.
—Si me disculpa un momento, señor Rosenthal.
Fergus se sonrojó y también balbuceó una disculpa. El señor Rosenthal dejó el taco y se apartó con educación, pero, consciente de que se avecinaba una pelea, se quedó lo bastante cerca como para intervenir en caso de necesidad. Sabía por experiencia lo farrucos que podían ponerse los hermanos.
Angus rodeó la mesa con desgana y cogió el papel.
—¿Se puede saber de qué me hablas? —preguntó con altivez. Pero su desprecio casual se desvaneció al ver el importe. «Dios, ¿de verdad cuesta tanto beber aquí?», se preguntó. Repuesto del susto de inmediato, se aclaró la garganta y se lo devolvió a Fergus—. Tranquilo, la abuela se encargará de ello.
—¿La abuela? —se indignó Fergus—. ¡No pretenderás que abone esta cuenta!
—¿Por qué no? Fue un regalo que me hizo. —Se inclinó para alinear el tiro que había sido tan bruscamente interrumpido. Fergus le arrebató la bola blanca.
—No puedes aceptar. No somos niños a quienes llevan a la confitería. —Miró a su alrededor y bajó la voz—. Ella carece de ingresos, Angus.
Angus dejó el taco sobre la mesa y se apoyó en el borde, cruzando los brazos con indiferencia. Una sonrisa irónica se dibujó en su rostro.
Fergus sentía que la sangre le hervía y luchó, sin éxito, por no gritar.
—¿Es que tratas de arruinarla? El dinero que tiene apenas le alcanza para vivir con holgura. No le sobra para ningún lujo, Angus. No puede permitirse pagar tus cuentas.
Angus se rio con sarcasmo.
—Tiene un cocinero, una doncella y un jardinero. Créeme, hermanito, tiene dinero. —Extendió la mano para coger la bola blanca.
La verdad es que Fergus siempre se había preguntado cómo su abuela podía permitirse tres sirvientes.
La doncella vivía en la casa, de modo que suponía menos gasto, pero el cocinero y el jardinero iban allí a diario, y en un periquete calculó lo que el hotel pagaba por esos puestos.
Su rostro se quedó nublado por la confusión.
Angus miró a su hermano con un deje de sorpresa.