SEIS DÍAS ANTES DEL BAILE #2
Lawlis se tapó la boca con la mano y tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
Lo que proponían no podía ser menos ortodoxo.
No se le ocurría ningún precedente. Si la editorial se negaba, como era probable...
, bueno..., él no podía hacer gran cosa al respecto.
«¿Por qué siempre lo lían todo tanto en esta familia? », se preguntó el abogado.
—Déjelo en mis manos —dijo tras una larga pausa—. Me pondré en contacto con la editorial y veré cómo reaccionan. En primera instancia, nos acercaremos en actitud amistosa. Más moscas se cogen con miel que con vinagre.
Bella y Angus intercambiaron una mirada sombría.
—Creo que debería prepararse para la pelea —replicó Angus. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y dejó dos libretas bancarias sobre la mesa—. Vació la cuenta familiar antes de marcharse y eliminó mi nombre de la cuenta británica. No fue una decisión improvisada.
Lawlis asintió, cogió las libretas y hojeó las páginas. Los Dunbar-Hamilton nunca habían sido santos de su devoción.
Al ver a la señora Douglas en la recepción y con una maleta, la señora MacBain se quedó desconcertada. ¿Por qué se alojaba la esposa del vicario en el hotel? Presa de la curiosidad, cruzó la sala y se dirigió a ella:
—Señora Douglas, ¿qué la trae por aquí?
Gladys Douglas se giró y soltó un bufidito de frustración.
—Estoy intentando que este joven me diga en qué habitación se aloja lady Annabella, pero se niega a decírmelo.
La presidenta miró al recepcionista y le hizo un pequeño gesto con la cabeza.
—Me temo que no está autorizado a hacer pública esa información. ¿Podría esperar en la salita de día mientras envío a alguien a buscarla?
Pero la señora Douglas no iba a dejarse convencer así como así.
—Eso mismo me ha dicho él, pero no me sirve. Verá, le he traído toda esta ropa y tiene que probársela. —Levantó la maleta e inclinó la cabeza.
—¿Ropa? —¿De qué estaba hablando? La señora MacBain miró la raída maleta marrón y sintió un nudo en el estómago.
—Sí. Anoche revisé las donaciones y elegí unas cuantas prendas adecuadas para ella.
—¿Adecuadas? —respondió de forma pausada la presidenta, que veía venir la tormenta.
—Sí. Tengo entendido que ha perdido su equipaje y no tiene nada que ponerse. He acudido en su auxilio ahora que lo necesita. —La señora Douglas parecía a la vez exasperada y satisfecha consigo misma.
La señora MacBain respiró hondo. «Madre mía —pensó—, ¿cómo vamos a capear este temporal?».
—Bueno, es muy amable por su parte, señora Douglas, muy pero que muy amable. ¿Por qué no me las deja a mí y ya le devolveré todo lo que no pueda usar?
Pero Gladys Douglas no estaba dispuesta a perder la ocasión que se le presentaba de lucirse ante lady Annabella. Lanzó a la presidenta una mirada severa y volvió a resoplar.
—De ningún modo. ¿Cómo voy a prestarle auxilio si no estoy presente?
—Es que lady Annabella es una persona muy reservada, señora Douglas —arrancó la señora MacBain, con la mente a cien por hora en busca de excusas verosímiles.
—Precisamente por eso necesito verla en sus aposentos.
La señora Douglas no se iba a marchar; la presidenta lo veía claro.
Y no convenía hacerla enfadar. Tenía muchas virtudes (debía de tenerlas), pero la discreción no era una de ellas.
Era la mayor chismosa del pueblo, lo que le hacía cada vez más difícil la labor de prodigar cuidados a los feligreses.
—Muy bien. Acompáñeme, por favor. —La señora MacBain trazó una interminable y tortuosa ruta hasta la habitación de Bella, con la esperanza de que la señora Douglas no la recordara.
Solo flaqueó una vez durante el trayecto, aunque era evidente que no estaba acostumbrada a cargar con maletas.
Cuando por fin llegaron a los aposentos de Bella, mientras esperaban a que las dejasen entrar, la mujer del vicario miró a su alrededor con aire desconcertado.
La presidenta sonrió, sabedora de que su plan de despiste había surtido efecto.
La puerta se abrió y la doncella de Bella se hizo a un lado para dejarlas pasar, con la cabeza algo inclinada. A su pesar, no podía ocultarlo a nadie, y mucho menos a la señora MacBain: además de la muñeca rota, lucía un gran moratón en la mejilla, como si la hubieran golpeado con un objeto.
—¡Ay, Dios mío! ¿Qué le ha pasado? —exclamó la presidenta mientras la examinaba.
La señora Douglas se quedó paralizada y miró a la chica entre fascinada y horrorizada.
—¡Bendito sea el Señor! —exclamó, y miró a la doncella, que empezó a encogerse avergonzada—. ¿Es seguro tenerla aquí?
—No es un animal salvaje, señora Douglas —respondió la señora MacBain con cierta brusquedad. Volviéndose hacia la doncella, trató de examinar el moratón más de cerca.
—¿Qué le ha pasado en la mejilla, lady Annabella?
—No tengo ni idea. Volví de una cita en el pueblo y la encontré tirada en el suelo, con el pómulo rojo como un tomate. Hay momentos en los que desearía hablar su idioma, y este es sin duda uno de ellos.
La señora MacBain sujetó a la muchacha suavemente por los hombros y examinó la contusión.
—Parece como si le hubieran dado un puñetazo. O una bofetada, pero con mucha fuerza. ¿Quién haría algo así?
—¡Ejem!
El corte irritó a la presidenta, que se armó de toda la paciencia que pudo reunir antes de darse la vuelta.
—Bien, esta es la señora Douglas, la esposa del vicario. Quería hablar con usted, lady Annabella.
—¿Cómo está? —respondió Bella con educación, incapaz de disimular su desconcierto.
—Voy a prepararle una compresa fría, ¿de acuerdo? —se ofreció la señora MacBain, y se dirigió al cuarto de baño.
Una mirada de irritación cruzó el rostro de la señora Douglas, pues odiaba que la interrumpieran, aunque de inmediato se vio reemplazada por una brillante sonrisa.
Miró hacia el sofá, pero Bella no la invitó a sentarse.
Sin desanimarse, se acercó a los pies de la cama y dejó la raída maleta sobre la colcha, con las manos puestas en los cierres.
—Espero que no le resulte escandaloso, pero el otro día estuve tomando el té con lady Georgina, como tengo por costumbre. Nos reunimos una vez a la semana, ¿sabe usted? Es una inspiración para todo el pueblo.
—Lo único escandaloso de esa afirmación —la interrumpió Bella con ironía— es que considere a la abuela una inspiración.
—Uy, ¡pues vaya si lo es! —respondió la señora Douglas—. Le aseguro que, cuando se trata de ayudar a los desfavorecidos, es inasequible al desaliento.
Bella y la presidenta cruzaron una mirada, y esta aplicó la compresa fría en la mejilla de la doncella.
—Bueno —prosiguió la señora Douglas—, mientras servía el té...
Por cierto, ojalá volviera al té británico, señora MacBain.
Con tantos hombres desempleados como hay, deberíamos apoyar la industria nacional.
—Hizo una pausa y trató de retomar el hilo—.
¿Por dónde iba? Ah, sí. Mientras lady Georgina servía el té, me fue inevitable oír parte de su conversación.
Les aseguro que no quería entrometerme. Las palabras llegaron a mis oídos sin más.
Se sorprenderían de la frecuencia con la que el Todopoderoso hace llegar conversaciones a mis oídos.
Creo que es su forma de guiarme, de indicarme dónde se me requiere.
Y, cuando escucho a alguien que necesita ayuda, me veo obligada a actuar.
De modo que aquí estoy, lady Annabella, a su servicio.
—¿A mi servicio? —farfulló Bella, que no había prestado gran atención a lo que decía la mujer.
La señora Douglas abrió la maleta con un aspaviento y se apartó. Parecía tan orgullosa como un gato que le lleva un ratón muerto a su dueño.
Bella observó la maleta y la señora MacBain miró al techo. Aquello no iba a ser plato de gusto.
—No lo entiendo —balbuceó Bella, mirando alternativamente a la maleta y a la presidenta.
—En la parroquia, he iniciado una campaña de recogida de ropa para los necesitados.
Hay que ayudar en lo que se pueda, y hace meses que visito hogares y recojo prendas sin descanso.
No me importa reconocer que ha sido más difícil de lo que esperaba.
Pero hemos tenido bastante éxito y ahora podemos amparar a los menesterosos.
Por supuesto, nunca pensé que el Todopoderoso me traería aquí, pero sus designios son inescrutables.
«Pero ¿esta mujer no es capaz de hablar con palabras más llanas?», se preguntó la señora MacBain.
—Y... ¿quiere que yo... done algo? —preguntó Bella, sumida en la confusión.
—¡No, ni por asomo! He traído esta ropa para usted.
—La señora Douglas sonrió de oreja a oreja—.
He seleccionado varias prendas que serían apropiadas para una dama de su posición, pero la verdad es que ya no quedan muchas casas señoriales y, entre las que quedan, es muy difícil conseguir que donen nada, con franqueza se lo digo.
Pero me he esforzado al máximo. Mire este traje, por ejemplo.
—¡Es mi traje! —exclamó Bella. Se acercó a la cama y se lo quitó a la señora Douglas—. Sí, es mi traje de viaje.
Miró el resto de la maleta, desesperada, con la esperanza de encontrar en ella sus otras prendas de Shanghái. Aún no había caído en la cuenta.
—¡Es increíble! ¡Entonces esto también debe de ser suyo! —dijo mientras sacaba un sombrero de debajo de una falda de tweed verde bilioso—. Pesa un quintal. Me sorprende que no le diera dolor de cabeza.
Bella dejó caer el traje y cogió el sombrero.
—¡Sí! ¿Dónde lo ha encontrado?
—Una camarera lo trajo a la iglesia y lo donó para nuestra campaña.
Bella miró fijamente a la señora Douglas y comprendió con horror lo que la señora Douglas le sugería. Bajó el sombrero despacio.
—¿Me está proponiendo que vista la ropa que otras han descartado?
—Bueno, yo no lo habría dicho con esas palabras —rezongó la señora Douglas, sin entender por qué no se lo agradecía—. No tiene nada que ponerse y en la iglesia tenemos toda esta ropa.
—No soy una necesitada, señora Douglas. Mi marido es el cónsul general de Shanghái. No me hace falta la caridad —dijo Bella, estremeciéndose solo de pensarlo.