SEIS DÍAS ANTES DEL BAILE
SEIS DÍAS ANTES DEL BAILE
Bella se dirigía a paso lento hacia la guardería del hotel, las antiguas habitaciones de los niños.
Llevaba años sin poner los pies allí. «Huele igual», pensó distraída; era una curiosa mezcla de cera para muebles, talco y miedo.
Habían tenido una niñera de lo más estricta.
«¿Por qué demonios querrá Angus que nos reunamos aquí? ».
Al entrar en la estancia, oyó cómo retumbaba el chirrido de unas sillas al arrastrarse por la tarima. De inmediato la rodearon los niños, que dejaron sus lecciones y corrieron encantados hacia ella mientras gritaban:
—¡Tía Bella! ¡La tía Bella está aquí! —Saltaban a su alrededor entusiasmados como cachorrillos.
Bella los miró fijamente y, acariciando la cabeza de uno de ellos, se dirigió a su hermano:
—¿«Tía»? ¿Me llaman «tía»?
Apoyado en el alféizar, Angus se encogió de hombros, señaló a los niños y, a continuación, chasqueó los dedos.
De la nada, apareció una figura vestida de blanco y gritó algo en un idioma del todo incomprensible.
Los niños se detuvieron un momento y luego volvieron corriendo a la mesa como sabuesos bien adiestrados.
«Es digno de admiración», pensó Bella.
Angus la acompañó al otro lado de la habitación.
—Soy su madre, no su tía —insistió ella cuando se alejaron de los niños lo suficiente para que no los oyeran.
—Era más fácil de explicar —dijo él secamente. Se metió la mano en la chaqueta y sacó la pitillera—. Pero no es de eso de lo que quería hablarte.
Le ofreció un cigarrillo a su hermana, que lo rechazó, y cerró la pitillera de un golpe. Tras exhalar la primera bocanada de dulce humo, comenzó su relato:
—He estado pensando en Hugh y los niños, y voy a decirte lo que pienso. Tú, al menos, los dejaste con su padre. Él los abandonó en un país extranjero y sin un penique. Me las arreglé para traerlos de vuelta, pero ahora ¿qué va a ser de ellos? Estoy sin blanca, y tú, tres cuartos de lo mismo.
Bella hizo un amago de protestar, pero Angus la cortó con un gesto del dedo.
—Edmund está en zona de guerra, Bella. Si regresa con vida, no tendrás de qué preocuparte.
Pero, en caso contrario, no te quedará otra que arreglártelas con la pensión de viudedad o casarte otra vez.
—Hizo una pausa, dio otra calada y exhaló el humo con parsimonia hacia el techo—.
Y dudo mucho que con una pensión del Gobierno te alcance para poco más que para la peluquería.
Bella se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó su pitillera de plata y cogió un cigarrillo.
—Bien, pues lo que creo que deberíamos hacer es... —prosiguió Angus con languidez.
—¿Deberíamos? ¿En plural? —repuso Bella.
—Sí. O vamos a una o estamos perdidos.
Le explicó su plan y, cuando terminó, se recostó y clavó la mirada en su rostro, tratando de adivinar sus pensamientos. ¿Estaba de acuerdo? ¿Lo tomaba por loco?
Bella dio una profunda calada al cigarrillo, exhaló despacio y lo apagó en el suelo. Podía oír cómo Nanny la regañaba desde el más allá.
—¿Por dónde empezamos?
Angus sonrió.
—Primero, vamos a ver a Lawlis.
Elspeth salió por la puerta, mareada por la expectación.
Aunque ya llevaba varios días en Loch Down, apenas había tenido oportunidades de dar un paseo.
Había ayudado a la señora MacBain con los detalles del baile, pues debían tomar un sinfín de decisiones acerca de la disposición de las mesas, las flores y la mantelería.
Eso, por no hablar de su papel de mediadora entre su madre y, bueno, prácticamente todo el mundo que trataba de ayudar. Para muestra, lo acontecido esa mañana.
Al principio, Fergus estaba encantado de que lady Georgina quisiera ayudar, pero pronto se dio cuenta de que, en realidad, pretendía hacerse con las riendas.
Le entregó una lista de invitados de cuatro páginas escrita a mano y le comunicó que abriría el baile con Hamilton House .
Elegir el primer reel era un privilegio reservado al anfitrión, que escogía tanto la melodía como los bailarines que lo acompañaban.
Elspeth y Fergus intercambiaron una mirada cautelosa.
—Abuela, no es tu baile, sino el del hotel —le dijo Fergus—. La señora MacBain elegirá el primer reel .
—Los hoteles no organizan bailes, Fergus.
Es una horrenda convención moderna, ahora que quedan tan pocas casas con salón de baile.
—Lady Georgina mostró su desacuerdo con un gesto—.
Un baile siempre lo organiza una familia; en este caso, la nuestra.
Recibiré a los invitados en la puerta y luego inauguraré el baile con el primer reel , como Dios manda.
Ha de hacerlo un aristócrata, y yo soy la cabeza de esta familia.
—Después de Angus, querrás decir —dijo Elspeth con delicadeza.
—El hecho de que Angus haya regresado no le confiere automáticamente la condición de cabeza de familia. —Lanzó a su hija una mirada severa—. Soy yo quien vive en Loch Down Abbey.
—En Thistledown Cottage —la corrigió Fergus, con suavidad pero con firmeza—, no en Loch Down Abbey.
Lady Georgina resopló con desdén y se quitó un hilo invisible de la falda.
—¿Estás haciendo méritos para que te excluya de mi testamento?
—Abuela —prosiguió Fergus con cautela y en un tono que esperaba que fuera conciliador—, la señora MacBain es la anfitriona del baile.
Fue idea suya. Ella es quien se encarga del menú, del personal, de montar y desmontar las salas, de encargar provisiones, de seleccionar a la banda y de revisar los uniformes.
A menos que estés dispuesta a hacer todo eso, será ella quien elija a los bailarines del primer reel .
Lady Georgina se enderezó aún más en su silla, indignada, y preguntó:
—¿Y quién va a ser su pareja? ¿Eh?
—No lo sé —respondió Fergus exasperado—. ¿Hudson? ¿Lockridge?
Lady Georgina palideció.
—Dudo que a lord Neasden le haga ninguna gracia. Vamos, no es un baile para sirvientes.
Fergus dio un profundo suspiro.
—No son sirvientes, abuela. —Miró de reojo a Elspeth. Sabían reconocer una batalla perdida, pero siguieron luchando durante al menos otra hora.
Al cabo de un rato, Elspeth salió al aire libre con la perspectiva de disfrutar de tres horas maravillosas antes del té.
Al cruzar el patio de servicio, se recreó en el crujido de la grava bajo sus pies.
Para cuando cruzó el camino y entró en el bosque, se le había dibujado una amplia sonrisa en el rostro y las disputas de su familia eran cosa del pasado.
Caminó durante un rato en feliz silencio, hasta que oyó un estruendo en el bosque, seguido por varios improperios.
—¡Oh! —exclamó al rodear un rododendro amarillo—. Hola. ¿Necesita ayuda?
Un hombre se había caído y luchaba por volver al camino. Ella le tendió la mano y se preparó para soportar su peso.
—Gracias —murmuró él con aire triste.
—Es el señor Blackwood, ¿verdad? —Se lo quedó mirando mientras él se sacudía el polvo.
Iba vestido de forma totalmente inadecuada para Escocia.
Su traje era blanco, y la tela, bastante fina, pero lo peor eran sus zapatos: calzaba unos brogue con suela de cuero liso.
Saltaba a la vista que no era un hombre de campo.
—¿Se ha perdido? —le preguntó ella al cabo de unos instantes, sin saber muy bien qué hacía allí el hombre.
—Ah, no. Solo estaba..., eh... Tomé un desvío equivocado para llegar al..., eh..., campo de cróquet. Supongo que estoy un poco perdido —reconoció avergonzado.
—¿El campo de cróquet? Está justo en la otra punta de la casa. ¿Lo acompaño? —Empezó a caminar por el sendero por el que acababa de llegar.
—No, gracias —respondió él con tal brusquedad que Elspeth se detuvo en seco y lo miró fijamente—. No se moleste. Basta con que me indique la dirección correcta...
—No es ninguna molestia. Además, es muy fácil perderse por la finca. —Ella le miró los zapatos y luego volvió a levantar la vista—. Quizá debería ir por ahí. El patio de servicio está justo al otro lado de este seto. Es un camino menos agreste.
Él miró hacia donde ella señalaba, le dio las gracias con tono rudo y se apresuró a seguir su camino.
Ella lo observó alejarse y se cercioró de que tomaba el camino correcto hacia la casa.
Cuando oyó el crujir de la grava del camino de entrada, continuó su paseo, preguntándose qué demonios pintaba allí el señor Blackwood y por qué le había mentido.
Lawlis se quedó atónito.
Como abogado de la familia Inverkillen, hacía décadas que lidiaba con sus extrañas peticiones en materia jurídica; algunas eran insólitas pero legales, y otras descabelladas sin más.
Sin embargo, en esa ocasión, no estaba seguro de entender lo que le pedían.
Miró a los dos hermanos y negó lentamente con la cabeza.
—A ver si lo entiendo: ¿quieren demandar a Hugh para que les abone eso que los norteamericanos llaman «pensión alimenticia»?
—Sí —respondió Bella con serenidad—. Él es el padre y no se puede permitir que rehúya sus responsabilidades.
Lawlis asintió pensativo y miró a Angus.
—Pero seguirán viviendo con usted, no con su madre.
—Correcto —respondió Angus.
Lawlis negó con la cabeza. Bella y Angus habían acudido a su despacho y le habían propuesto la idea más audaz que jamás había oído.
Como padre, Hugh tenía el deber de cubrir las necesidades de sus hijos.
En eso estaban de acuerdo. Pero, puesto que los había abandonado con Angus y que no se podía contactar con él, Bella quería que la editorial de Hugh abonara una suma a Angus, que actuaba como tutor de facto .
—Si Hugh gana dinero con sus libros, dicho dinero debería destinarse a sus hijos. Lo que quiero, y con cierta urgencia, es que su editor se lo envíe a Angus.
—A su cuñado —puntualizó Lawlis con vacilación.
—Con quien dejó a sus hijos —terció Angus con ironía.
—Pero ¿no a su exmujer, la madre de los niños? —Eso era lo que Lawlis no podía entender.
—Si yo abriera una cuenta bancaria, señor Lawlis, sería a nombre de mi padre, fallecido; de mi marido, que está ausente; o... de mi hermano —dijo Bella mientras señalaba a Angus.