SIETE DÍAS ANTES DEL BAILE
SIETE DÍAS ANTES DEL BAILE
Bella esperó exactamente dos días a que Fergus sacara el gramófono.
Al ver que no lo hacía, tomó cartas en el asunto.
Cogió a un botones y una linterna, y se dirigió a la buhardilla.
Después de buscar toda la tarde entre la suciedad, dieron con el viejo aparato y algunos discos en un rincón apartado del ala oeste.
Desde luego, no eran los mejores para una fiesta, pero era lo que había.
Ya encargaría otros la siguiente vez que fuera al pueblo.
Esperaron a que Fergus se fuera a cambiar para la cena y entonces Bella hizo que los camareros lo bajaran todo y lo instalaran en el salón azul.
Cuando hubieron acabado, procedió a enseñarle al camarero a preparar martinis, se fue a vestirse para la cena y esperó con impaciencia la llegada de la noche.
A la hora del postre, Bella se excusó, mencionó que les había preparado una sorpresa y salió del comedor con semblante satisfecho. Las miradas curiosas recorrieron la mesa, pero nadie sabía de qué podía tratarse.
«Podría habernos dado una pista», pensó lady Elspeth.
Una vez en el salón, Bella encendió el gramófono y ordenó a los camareros que circularan por la sala con bandejas de martinis. De pie junto al mirador, esperando a que llegara la gente, parecía una niña en Navidad.
Empezaron a llegar los huéspedes y familiares, algunos desconcertados, otros confundidos.
Eso sí, a medida que comenzaron a circular los martinis, la estancia se fue llenando de risas y charlas.
Angus entró el último. Se acercó tranquilamente a Bella, que charlaba con la señora Cooper junto al mirador.
—Tengo que reconocerlo, Bella, es una gran mejora.
Bella disfrutó del cumplido, pues era de lo más inusual viniendo de un miembro de su familia.
—Le decía a la señora Cooper que no es consciente de la suerte que ha tenido de no enfrentarse a la abuela a las cartas. Pero no parece que me crea.
Lady Georgina había intentado reunir a cuatro personas para jugar al bridge y la señora Cooper se había ofrecido encantada. Sin embargo, como lord y lady Ruthven también mostraron su interés, la dejaron de lado de malos modos, por lo que se sintió bastante dolida.
Angus dejó su copa sobre la mesa y encendió un cigarrillo.
Se le estaban agotando los que había traído de Marruecos.
¿Qué haría cuando solo le quedara tabaco inglés?
Era una pena que no se les hubiera unido Philippe, el marido de Elspeth, pues siempre viajaba con una nutrida reserva de gauloises .
En fin, más valía no hacerse mala sangre.
—La abuela con las cartas es de armas tomar —susurró—. Y bueno, por lo que se rumorea, aún más cuando juega con esa mujer, con la tal Blackwood... Se ha ahorrado usted una fortuna.
La señora Cooper miró a los hermanos.
—Supongo que lleva razón. Quizá debería aprender a jugar al bridge .
—¡Oh! —exclamó Angus—. Si ni siquiera se sabe las normas, jamás de los jamases debe jugar con la abuela, ni de pareja ni de contrincante. Se la comería viva.
—No permite charlar —intervino Bella— y te critica si tardas demasiado en hablar durante el canto. Con toda franqueza, es bastante desagradable jugar contra ella. Se ha librado de una buena, confíe en nosotros. Déjeme pedirle otro martini. —Llamó a un camarero con un gesto.
Angus levantó la vista de la señora Cooper y vio a su abuela acercándose a ellos a toda prisa.
—Abuela, creía que esta noche ibas a jugar a las cartas. —Se preguntó si habría oído lo que acababan de decir sobre ella.
—Hemos acabado temprano —dijo lady Georgina sin ocultar su desesperación—. Ha sido un desastre.
—¿Y la señora Blackwood? —preguntó la señora Cooper, mirando a su alrededor.
Lady Georgina chasqueó la lengua e hizo un gesto de irritación con la mano.
—Se ha ido a la cama.
—Oh —exclamó la señora Cooper en tono decepcionado—. Tenía ganas de conocerla, de que me contara cómo es la vida en Shanghái. Parece un lugar tan glamuroso...
Bella se sintió un poco ofendida. Su vida en Shanghái sí que era glamurosa y, sin embargo, la señora Cooper no se había dignado a preguntarle nada al respecto.
—¿Has perdido? —le preguntó a lady Georgina, que parecía enfadada.
—Por supuesto que no. La sola idea de que lady Ruthven ganara a las cartas... es ridícula. Pero ¡caray con el americano! Menudo fiasco. —Dirigió a la señora Cooper una mirada llena de astucia—. Hizo bien en no jugar con él, querida.
Todavía un poco dolida, la señora Cooper esbozó una sonrisa.
—No paraba de hablar. Los espectadores deben permanecer en silencio.
No apruebo que se hable en la mesa de juego, y mucho menos que se comente todo lo que pasa en la sala —dijo la matriarca, aunque sus nietos ya sabían a la perfección que consideraba esa actitud como un pecado capital—.
Que si «Ahorita les platico esto», que si «Nomás les cuento lo otro».
¿Quién habla así? Ay... Después de dos rondas de aguantar tanta cháchara, abandoné la mesa.
Bella y Angus se quedaron de piedra. Si lady Georgina jugaba, nadie tenía permitido abandonar la mesa antes de tiempo, pues decía que era una muestra de debilidad de carácter. El americano debía de haber hablado mucho para que se retirara antes de tiempo.
—Ah, ahí está. La había perdido por un momento. —El señor Rosenthal le entregó un cóctel a lady Georgina. Desconcertada, lo aceptó de mala gana. Al cabo de unos instantes, lo dejó torpemente al pie de la palmera con una mueca de disgusto.
—Buenas noches, señor Rosenthal —dijo Bella.
Angus se limitó a saludarlo con un gesto de la cabeza.
—¡Qué magnífica fiesta! —exclamó señalando la sala. Al no obtener respuesta, continuó—. Déjenme preguntarles algo: loch significa «lago», ¿verdad?
Angus dudó un momento.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no se llama Lake Down? Seguro que recibirían más turistas si supieran que está en un lago.
Bella y Angus se lo quedaron mirando, sin saber si lo preguntaba en serio. Lady Georgina se volvió y los observó con un gesto que decía a todas luces: «Os dije que era insufrible».
Angus se irguió todo lo que pudo, miró al señor Rosenthal y respondió con voz lenta y amenazadora:
—Los lakes son ingleses, señor Rosenthal. En Escocia, a un lago le decimos loch .
Hubo un breve momento de tensión antes de que el señor Rosenthal se echara a reír.
—¡Oh! ¡Vaya! ¡Qué maravilla! —Se inclinó y se dio una palmada en la rodilla—. Pues que no se me olvide en el futuro.
—Si nos disculpa, señor Rosenthal —interrumpió Bella sin decir nada más, mientras agarraba a su abuela por el codo y se la llevaba al otro lado de la sala.
—Oh, sí. Claro, por supuesto —respondió él.
Los hombres observaron cómo las tres mujeres cruzaban la estancia y se acomodaban junto a la chimenea.
Se giró hacia Angus y prosiguió—: Su hermana ha organizado una fiesta estupenda.
Porque entiendo que esto es obra suya, ¿verdad?
—Señaló la sala con un amplio gesto del brazo y Angus tuvo que reconocer que la velada era mucho más animada que cualquier otra que hubieran celebrado en Loch Down Abbey—.
No sé si habría soportado otra noche bebiendo jerez y jugando al miro miro.
Angus se quedó confundido por un momento.
—¿Se refiere al veo veo?
—¡Sí! —El señor Rosenthal chasqueó los dedos y señaló a Angus—. ¡Eso es!
Angus se rio entre dientes, pero tuvo que darle la razón.
—Aquí, en las Highlands, la vida es un poco más tranquila.
—Hummm, sí. —El señor Rosenthal asintió con un gesto mientras daba un sorbo a su martini—. Ostras, qué bueno. Entonces, ¿es verdad lo que he oído? ¿Los hijos de su hermana viven con usted?
«Está bien informado —pensó Angus—. ¿Se lo habrá dicho el tío Cecil? ¿La abuela?». No sabía a quién era más probable que se le hubiera escapado.
—Sí. Shanghái no es un lugar adecuado para los niños, así que se consideró que estarían mejor con su padre.
—En... ¿Dónde era? ¿En Marruecos?
Angus asintió.
—En Tánger.
—Me alojé en un riad estupendo en Marrakech. La comida era increíble. —Dudó—. ¿Y dónde está su padre? Si los niños están aquí, ¿por qué él no?
Angus se crispó.
—Está en España.
—¿En España? Pero si están en guerra.
—Sí, por eso está allí —fue la seca respuesta de Angus—. Es reportero, escribe artículos sobre el conflicto.
—¿Es periodista? Vaya. O sea, que ella se fue a Shanghái y él se fue a cubrir la guerra y le dejó los chavales a usted. —Soltó un silbidito—. No es una historia que se oiga todos los días.
—Sí, bueno... —balbuceó Angus sin saber muy bien dónde meterse.
—Pues ha hecho usted muy bien. Es mejor que se queden en la familia.
¡Ja! Supongo que el padre de los niños debería pagarle una pensión alimenticia, ¿verdad?
Ya que ahora se encarga usted de ellos. —Se bebió el resto de su cóctel, cogió el que lady Georgina había dejado y se alejó dejando a Angus sumido en sus pensamientos.
A última hora de la tarde, la señora MacBain revisaba la lista de tareas para el baile. Todavía quedaba mucho por hacer. Estaba valorando el número de reels cuando se sobresaltó al oír cómo la puerta de su despacho se abría de golpe.
—¡Ha vuelto a pasar! Pero esta vez estoy segura. —La señora Burnside irrumpió despotricando. Se echó una toalla sobre el hombro izquierdo y apoyó ambos brazos en el respaldo de una silla.
—¿Qué ha ocurrido? ¿De qué está hablando? —preguntó la presidenta, confundida. No tenía ni idea de lo que había pasado, pero, a juzgar por la cara de la señora Burnside, debía de ser importante.
—Me han estado robando comida de la fresquera. —Carraspeó y negó con la cabeza—. Las primeras veces no estaba del todo segura...
—¿Las primeras veces? —La señora MacBain no disimuló su sorpresa. No era propio de ella pasar por alto ni el más mínimo detalle en su cocina.
La señora Burnside se movió incómoda y respondió:
—Bueno, ahora con tanta comida, entran y salen hasta una docena de ayudantes, cocineras y camareros a diario.
Pero en esa ocasión no ha sido un mero huevo a la escocesa, sino ¡un pastel de caza!
—dijo con una actitud curiosamente victoriosa teniendo en cuenta que le habían robado—.
Se han llevado todo un pastel. ¡Figúrese, con lo que pesan!
Su mirada se perdió en la distancia, con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro.
Por un momento, la señora MacBain se preguntó si la chef no habría perdido el control de la situación.
Un robo no era una buena señal en una cocina, pero no podía imaginar a ninguno de sus empleados llevándose un pastel entero.
Una loncha de jamón o un hojaldre de salchicha de vez en cuando, sí.
Ahora bien, dado el tamaño de los pasteles de caza, se necesitaría un gran esfuerzo para robar aunque solo fuese uno.
—¿No se lo habrán llevado los niños? Ya sabe cómo se ponen cuando se aburren.
—Sin embargo, en cuanto las palabras salieron de su boca, se acordó de la niñera.
Aunque era silenciosa y un poco siniestra, por lo poco que había visto, los controlaba con una maestría que habría enorgullecido a Napoleón.
No, de esa no se atreverían a escaparse—.
¿Qué desea que haga al respecto? —preguntó al fin.
La señora Burnside parpadeó y miró a su colega.
—¿Hacer? No tengo ni idea. Tampoco es que se pueda hacer gran cosa, salvo que cerremos la fresquera con llave y llevemos un registro de entrada y salida de provisiones. Por un momento pensé que me estaba volviendo loca, pero he aquí la prueba de que no.
Las mujeres se miraron fijamente unos instantes.
—Bien —dijo la señora Burnside con brío—, pues ya está al corriente. Voy a hablar con mi personal antes de que se retiren a descansar.
Se dio la vuelta y se marchó tan rápido como había entrado, de modo que la señora MacBain se preguntó por el sentido de su visita.
Volvió a echar un vistazo a las cuentas, pero, como había perdido la concentración, lo dejó por imposible.
Había sido un día largo. La señora Boyle se había caído en el bosque y se había torcido el tobillo.
Dos de los camareros se habían peleado a gritos y no se hablaban, lo que había dificultado el servicio de la cena hasta extremos inimaginables.
Y después lord Thornton se había pasado una hora presionándola para que, durante su estancia, el personal del hotel (ojo, la plantilla de su hotel) llevara el uniforme de sus empleados.
Lo que necesitaba era su libro y una buena taza de té.
Decidió dar una última vuelta por la planta baja antes de retirarse a descansar.
Al cruzar el umbral de la armería, oyó unos susurros furiosos y, por instinto, retrocedió hasta el hueco de la puerta.
Titubeando, echó un vistazo a la sala y luego miró hacia las pasarelas de madera.
Allí, en la planta de huéspedes, estaba el coronel, con el rostro enrojecido y haciéndole aspavientos a (¿cómo era posible?) la señora Blackwood, que lucía un aire más bien estoico.
«¿Qué demonios pasa aquí?», se preguntó la presidenta.
Se quedó inmóvil, sin querer interrumpirlos, y prestó oídos a la conversación. Cuando la armería estaba desierta, podía reverberar mucho, pero desde el punto en el que se encontraba solo oía palabras y frases sueltas.
—Pero... ¿cómo es posible? —balbuceó el coronel, como un chiquillo que ha perdido su juguete favorito.
La señora Blackwood murmuró alguna cosa que no alcanzó a entender.
—¡No me la voy a jugar de esa manera! —exclamó el coronel—. Ya estoy metido en un buen lío.
—Bla, blablá, blablablá... —Le puso una mano en el brazo al coronel—. Blablá o, si no, bla, blablablá.
El coronel abrió los ojos como platos.
—¡No se atrevería!
La señora MacBain observó a la anciana sonreír con frialdad antes de darse la vuelta y recorrer el pasillo camino a su habitación. El coronel se quedó resoplando unos instantes antes de salir pitando hacia la suya en dirección contraria.
«¿Qué demonios ha sido eso?», se preguntó la presidenta mientras regresaba despacio a su habitación, sin dejar de darle vueltas a la conversación. Era evidente que el coronel estaba fuera de sí, sin rastro de su habitual y arrogante pose. «¿A qué no se atrevería la señora Blackwood?», se preguntó.
Para cuando se acurrucó en la cama con su libro, había decidido olvidarse del tema.
Un huésped había dejado la última novela de Ngaio Marsh y ardía en deseos de leerla.
¡Estaba ambientada en Nueva Zelanda! Ay, ojalá pudiera alejarse de Loch Down, aunque solo fuera por unas horas.
Una vez acomodada en la cama con una taza de té, la señora MacBain se sumergió en su libro y dejó que el día se desvaneciera.