NUEVE DÍAS ANTES DEL BAILE #3
—Bueno, si insiste... —dijo, ya no tan segura de sí misma—. Mi doncella puede hacer las maletas mientras yo ceno. Pero necesito un vestidor, y el baño debe ser al menos tan grande como este.
Se volvió hacia el espejo y, con feliz despreocupación, se ajustó un tirante del vestido.
A la señora MacBain le dieron ganas de abofetearla.
De nuevo, la cena había sido un despliegue de comida insípida y conversación insulsa, y había faltado vino.
Angus ya no recordaba lo limitada que era la dieta en Loch Down Abbey.
Le había costado encontrar nada mínimamente sabroso en el menú.
Carne de caza asada, bastante buena pero pesada; pescado en salsa de cítricos y eneldo, cabía reconocer que bastante rico; las verduras de siempre, algo pasadas y con un horrible exceso de almidón; queso y galletas de avena y, para acabar, unos postres dulzones, como todas y cada una de las cenas que había tomado en aquella casa.
En aquel hotel, mejor dicho. Repantingado en una butaca junto a la ventana del salón, Angus observaba a los huéspedes charlar mientras tomaban jerez. Se preguntó cuánto más podría aguantar.
Como eran las diez, acababa de anochecer y aún había luz suficiente para contemplar las dalias en flor.
Se había olvidado de las flores. Tánger era vibrante, colorida y ruidosa, pero carecía del exuberante verdor de Escocia.
Un suspiro escapó de sus labios. Aún no llevaba ni una semana allí y ya estaba contemplando la flora.
La vida le iba a resultar muy aburrida sin música ni acalorados debates sobre política, arte o literatura.
—¿No te aburres? Yo me muero del tedio. ¿Cómo pudimos aguantar este ambiente tanto tiempo? —se quejó Bella. Se había dejado caer a su lado para observar el panorama.
—Llegaste hace apenas dos días —replicó Angus—. Yo ya llevo semanas.
—Cinco días, según la abuela.
Él la miró con ira y luego trató de recordar cuánto tiempo había pasado. ¿Solo habían sido cinco días? Le parecían años, años largos y soporíferos a más no poder.
—Qué silencio. ¿Siempre ha sido así? —preguntó Bella—.
Necesitamos..., no sé, algo, lo que sea que anime un poco el ambiente.
En Shanghái no había una sola velada aburrida.
La gente deseaba divertirse. Siempre había música, cócteles y bailes.
Cuando no asistíamos a la ópera, íbamos a algún fiestón y, si no había ninguno, pasábamos la noche en el club.
Todas las mujeres llevaban preciosos vestidos de seda y joyas que brillaban a la luz de las velas.
Todo era tan glamuroso... —Suspiró con gesto triste—.
Y ahora, en cambio, míranos: inundados de tweed y jerez.
Angus soltó un profundo suspiro.
—Y haggis . Pensaba que MacBain trataría de modernizar Loch Down Abbey cuando se hizo cargo, que haría algo vistoso y hasta interesante.
Pero no: aquí siguen los mismos viejos de siempre, con las mismas conversaciones aburridas de toda la vida, comiendo los mismos platos insípidos, un año tras otro y vuelta a empezar. Ni una pizca de imaginación.
Bella lo miró; estaba sumido en la amargura.
Al otro lado de la sala, Fergus levantó la vista mientras servía jerez a una anciana y vio a sus hermanos charlando junto a la ventana. Angus lucía un semblante sombrío. «Oh, parece que hay un problema —pensó—. Más vale atajarlo de raíz».
Dejó el decantador y se acercó a sus hermanos.
—¿A alguien le apetece jugar a las charadas más tarde?
—Ay, Fergus —suspiró Bella, y se alejó de la ventana—. ¿Cómo es posible que no te mueras de tedio?
—Francamente, Fergus, es la velada más aburrida que se pueda imaginar. Creo que me retiraré a leer. —Angus se levantó y dejó su vaso de whisky en el alféizar. Ni siquiera estaba vacío.
Fergus se quedó desconcertado y miró boquiabierto a su hermano. «¿Angus se va a sus habitaciones tan temprano? ¿Y con un libro?», se extrañó.
—Pero si es lo que hacemos después de cenar. ¿Qué tiene de malo?
Bella chasqueó la lengua.
—Aquí no hay vida. Vaya tostón. Mira qué panorama. No me digas que no te entran ganas de bostezar —dijo mientras señalaba la sala.
Fergus se giró para observar a los presentes y no vio nada fuera de lo normal.
Los Cooper jugaban al ajedrez en un rincón.
El señor Rosenthal y el tío Cecil fumaban puros, y el coronel cotorreaba con quienquiera que se prestase a ello.
La abuela y Elspeth charlaban al calor del hogar.
La anciana señora McCready trataba de leer un libro que estaba al revés y, si no le fallaba la vista, en latín.
Era una velada como cualquier otra. «Oh», empezó a comprender.
No quería preguntar, pero las palabras se le escaparon de los labios:
—¿Y qué sugerís entonces?
—Para empezar —dijo Bella—, estaría bien un poco de música. Reina un silencio tan antinatural... —Vio que su hermano se disponía a objetar y alzó una mano para detenerlo—. No digo que traigamos una orquesta, pero, con un pianista, esto ya sería otra cosa.
—Claro —convino Fergus—. Podríamos pedirle a alguien que se siente al piano. Quizá podamos cantar todos juntos.
—O también —sugirió Angus con ironía— podemos buscar el viejo gramófono y poner algo que no nos dé ganas de ahogar nuestras penas en alcohol.
Bella se animó.
—Deberíamos tomar cócteles, lo que sea que tenga algo de sabor. O champán, si no tienes ginebra. —Miró su copa de oporto y la dejó sobre la mesa con desdén—. Esto sabe a humedad.
—A ver, a ver, tranquilos, parad el carro. La mayoría de nuestros huéspedes son de la vieja guardia y les gustan las veladas tradicionales.
—¡Sí, pero no a todo el mundo! —exclamó Bella—. Y no todos son de la quinta de la abuela.
—¿Y qué pasará cuando desaparezca la vieja guardia? ¿Quién querrá venir entonces? —terció Angus.
Fergus nunca se lo había planteado. Era inquietante, cuando menos. La gran mayoría de sus huéspedes estaban en sus «años dorados». ¿Qué harían sin ellos?
—Mira, hay docenas de salas —continuó Bella—. Seguro que puedes acondicionar una para los huéspedes más animados.
Tenía que admitir que era una idea interesante.
—De acuerdo —dijo Fergus—. Dejadlo en mis manos.
Bella puso los ojos en blanco, pues no tenía nada claro que su hermano fuera a resolver el asunto. Se volvió para decirle algo a Angus, pero ya se había marchado. ¿De verdad se iba a acostar tan temprano? ¡¿Qué sería lo siguiente?!
Cuando Angus llegó a las puertas del salón, el coronel lo agarró del brazo y lo introdujo en un corrillo de señores.
—¡Sería fabuloso visitarla! ¿Vamos mañana? —Miró a su alrededor con entusiasmo y asintió mirando al grupo—. ¿Qué le parece, lord Inverkillen? ¿Le apetece acompañarnos?
—¿Acompañarlos adónde, coronel? —preguntó Angus, dejando ver su irritación. A su juicio, no había nada en la finca que mereciera la pena visitar. El militar estaba borracho como una cuba.
—A la destilería, por supuesto —respondió el coronel.
El señor Cooper tomó la palabra.
—Me encantaría verla. ¿Vamos mañana después del almuerzo?
El coronel asintió con entusiasmo.
—Sí. Me encantaría ver la sala de barricas para compararla con las de Shanghái. Estoy seguro de que puedo mejorar su eficiencia. He visto muchas durante mi estancia en Oriente.
—Me interesaría ver la destilería —dijo el señor Rosenthal con vacilación—. Nunca he estado en ninguna. Podría ser emocionante.
—¿Puede organizarlo para mañana? —le espetó el coronel a Fergus desde el otro lado de la sala, lo que le valió una mirada de reproche por parte de lady Georgina.
La matriarca estaba de mal humor, pues la partida de bridge se había cancelado a petición de la señora Blackwood.
Su sobrino por fin había llegado y estaban cenando juntos en la tranquilidad de su habitación.
El coronel continuó, sin disculparse ni esperar una respuesta.
—Solo un grupito de cinco o seis personas —le gritó a Fergus—. Quizá con una cata después. Por lo que me han contado, el whisky recién salido de la barrica no tiene nada que ver con este. —Levantó el vaso de cristal tallado y observó el líquido a contraluz mientras lo giraba.
A Fergus le daba vueltas la cabeza. Llevar a un grupo a visitar la destilería era el último de sus deseos. Bastante tenía ya con lo suyo. ¿Cómo iba a guiar a un grupo de turistas? De repente, se le ocurrió una idea y salió de su boca antes de pensarlo dos veces.
—Angus puede acompañarlos. Él dirigía la destilería, ¿saben?
Angus le lanzó a su hermano una mirada asesina. «Y ahora, guía turístico. ¿Habré tocado ya fondo o me deparará la vida más desgracias?», se preguntó.
—¡Excelente! —exclamó el coronel, mirando a su alrededor—. ¿Alguien más se apunta?
—Pues ya está —dijo el señor Cooper—. Nos vemos mañana a las tres en la armería.
«A Ross no le hará gracia —pensó Fergus—, pero al menos será Angus quien lidie con él si se rebota». La idea lo hizo sonreír.