NUEVE DÍAS ANTES DEL BAILE #2
—¿Cómo dice? —Se había perdido algo que tenía pinta de ser determinante.
La última vez que le había dado esa impresión, había accedido sin querer a pasar una tarde haciendo visitas domiciliarias a los fieles de la parroquia.
Habían sido cuatro horas interminables de té aguado (en tazones, ¡para más inri!) en casitas espantosas.
En un momento dado, un chiquillo había intentado trepar a su regazo.
—He puesto una caja para recoger ropa. Me preguntaba si querría donar algo.
—¿Donar? No. No creo que tenga nada. Al menos, nada adecuado.
—Pues sepa usted que cualquier ayuda es buena —le reprendió la esposa del vicario.
Una mirada irónica cruzó el rostro de lady Georgina.
—Ni siquiera el mejor tocado puede salvar el mundo.
Se hizo un incómodo silencio mientras se tomaban el té y se dedicaban sonrisas forzadas. Cuando dejaron la taza en la mesa, la señora Douglas chasqueó la lengua.
—Bueno, debo decir que es muy generoso por parte de lady Annabella tomar el té con la señora Cooper.
Lady Georgina siguió su mirada.
—¿A qué se refiere? —preguntó la matriarca con cautela. Cuando la señora Douglas mostraba interés, solía ser mala señal.
—Dudo mucho que tengan nada que decirse. ¿De qué iba a hablar la esposa de un diplomático con una chica de convento? Me figuro que será lady Annabella quien lleve la voz cantante de la conversación.
—No, no, está muy equivocada —le corrigió lady Georgina agitando el dedo—. No viene de ningún convento, sino de Canadá. La señora Cooper es canadiense.
La señora Douglas la miró sorprendida y volvió a evaluar a la joven.
—Puede que sea canadiense, pero aún conserva ese aire conventual. —Hizo una pausa y le dio un sorbo al té—. Sí... Estoy segura de que es la típica historia.
—¿A qué historia se refiere? —preguntó lady Georgina con creciente enfado.
—Pues lo de siempre: tiene una aventura de la que nace un hijo bastardo y las monjas acogen a la madre para salvar la reputación de la familia. Sucede en todo el mundo. Vaya vergüenza.
Lady Georgina dejó la taza con fuerza en la mesa.
—Ya está bien, señora Douglas —dijo la matriarca con tono más severo que de costumbre, para vergüenza de su interlocutora, que enseguida masculló una disculpa—.
Me sorprende que propague ese tipo de chismorreos.
Como esposa que es del vicario, la tenía en más alta estima.
—En realidad, lady Georgina no estaba sorprendida.
De hecho, disfrutaba la situación. Se levantó y tiró la servilleta sobre la mesa—.
Creo que ya hemos trabajado bastante por hoy.
Antes de que la señora Douglas pudiera responder, la condesa viuda ya había cruzado media sala, camino de la armería.
La señora MacBain observó cómo lady Georgina salía airosa de la estancia, anunciando a bombo y platillo su indignación. Miró a la esposa del vicario, que sorbía incómoda su té, tratando de fingir que no había pasado nada.
«¿Qué mosca les habrá picado?», se preguntó. Bueno, poco importaba. Tenía una sala llena de huéspedes de quienes ocuparse, así que volvió a centrarse en ello.
Al cabo de diez minutos, mientras servía té a una joven pareja de los Borders, la presidenta aguzó el oído.
—¿En su habitación? —preguntó la señora Cooper, con los ojos muy abiertos y en tono escandalizado.
Bella dejó la taza de té y miró a la joven dama.
—Sí. Cabría esperar mejor seguridad en un hotel de esa categoría. Por suerte, había ido a la modista para probarme unas prendas cuando ocurrió. Pero, después de todo lo sucedido en el tren, comprenderá que me asustase.
—¿En el tren? —preguntó la señora Cooper, ojiplática. A la señora MacBain también le picó la curiosidad por lo que habría ocurrido en el convoy. Se acercó a un sofá cercano, cogió un cojín y lo ahuecó lenta y silenciosamente.
—Hummm, sí —respondió Bella, masticando una galleta de limón y jengibre. Se limpió las migas de los labios—. Entre Marsella y París, alguien allanó mi compartimento. Lo dejaron todo hecho un desastre. Mi doncella, que está manca, tardó bastante en arreglarlo.
La presidenta cogió otro cojín. «¿“Allanaron”? ¿De qué demonios estarán hablando? Ojalá estuvieran sentadas junto a las ventanas», deseó, pues con la excusa de colocar bien las cortinas habría podido escucharlas más rato.
—Espere, ¿dice usted que le han robado dos veces desde que partió de Shanghái? —preguntó la señora Cooper sin salir de su asombro—. Me cuesta creerlo.
La señora MacBain tampoco daba crédito a lo que estaba escuchando. Rabiaba de ganas de enterarse de más, pero ya no quedaban cojines que ahuecar, así que se puso a arreglar las frondas de un helecho.
—Encima de tener pocas posesiones, me persigue la mala suerte —se lamentó Bella—. Esto nunca habría pasado en Shanghái. Casi que desearía seguir allí.
—Caramba —murmuró la señora Cooper, sorbiendo su té.
«Eso digo yo: “Caramba”», pensó la presidenta.
Una doncella herida, maletas robadas, habitaciones y compartimentos allanados.
Resultaba increíble. «¿Serán exageraciones de Bella?
», se preguntó. Bueno, era cierto que no tenía equipaje.
Pero ¿cómo podía mostrarse tan indiferente al respecto?
Una vez había despedido a una doncella porque la muchacha había colocado su antifaz bajo la almohada equivocada. Algo no cuadraba.
La señora MacBain salió de su ensimismamiento al ver que un camarero le hacía señas con discreción desde el otro lado de la sala. Necesitaba que le echara una mano con la señora McCready, que había vuelto a llevar su petaca de brandy de extranjis. Suspiró y fue en su ayuda.
Bella sonreía con recato a la señora Cooper, quien, para su tranquilidad, la escuchaba con gran atención. Su familia no había sido tan comprensiva cuando les contó la historia.
—¿Así que ahora no tiene nada que ponerse?
—Ni un mal harapo. Bueno, dejé aquí cuatro trapos viejos, pero nada más. —Señaló el vestido que llevaba puesto—. Encargué ropa en París, por supuesto, pero hasta que llegue... —Se encogió de hombros con delicadeza y tomó un sorbo de té.
La señora Cooper murmuró algo ininteligible en señal de empatía y luego frunció el ceño. Dejó la taza de té y miró a Bella con aire crítico.
—Bueno, debe dejar que le preste algunas cosas, hasta que llegue su ropa, claro. Alistair fue muy pero que muy generoso con mi ajuar. ¡Nunca había tenido tanta ropa bonita!
Bella se sintió avergonzada. No esperaba que la señora Cooper hiciera nada más que compadecerse.
—No puedo aceptar... —murmuró. No pudo por menos que fijarse en el vestido de la señora Cooper. Desde luego que era de buena calidad, pero le pareció demasiado rosa—. Es muy amable por su parte, pero no puedo aceptar su ayuda.
—¡Nada, nada! Necesita algo para estos días, algo que le quede bien...
—Miró el vestido de Bella, que, con cinturón y todo, le quedaba muy holgado—.
Y yo tengo muchísimas cosas. Ni siquiera me ha dado tiempo de estrenarlo todo a lo largo de la luna de miel.
Por favor, tome prestadas algunas prendas mientras llegan las suyas.
Bella se quedó callada y trató de sobreponerse a la incómoda sensación de caridad. Pero entonces pasó lady Buxton, con un vestido verde demasiado juvenil para ella y obscenamente caro. Bella sintió tal punzada de celos que se desvanecieron sus reticencias.
La señora MacBain llegó a la habitación de Bella justo después de que sonara el gong que anunciaba la hora de vestirse para bajar a cenar. Llamó con suavidad a la puerta y le abrió la doncella, que todavía llevaba puesta su ropa. Al menos, ya no estaba sucia.
—Espero no interrumpir. ¡Oh! —exclamó la presidenta.
Bella estaba de pie, encima de un pequeño taburete, con una mujer arrodillada en el suelo.
—No sabía que estaba probándose un vestido. Mis disculpas. —Se dio la vuelta para marcharse.
—No se preocupe, señora MacBain. La señora Cooper me ha prestado un vestido y me queda un poco largo. La tía Elspeth sugirió que Delphine le metiera un poco. Al parecer, tiene unas excelentes manos para la costura.
Delphine se asomó y sonrió, con la boca llena de alfileres.
—Ah, claro... Esto... Bien. ¿Podría hablar con usted, lady Annabella?
Bella musitó algo a modo de asentimiento.
La señora MacBain respiró hondo.
—Esta tarde, mientras tomábamos el té, la oí hablar con la señora Cooper. Perdone que me entrometa, pero me dio la impresión de que alguien había entrado en su habitación. ¿Fue aquí?
Delphine dio un grito ahogado y la presidenta esperó que no se hubiera tragado un alfiler.
—Ah, sí —respondió Bella con indiferencia—. No, aquí no. Alguien entró en mi hotel en París y se llevó mi neceser.
—Y también había alguien en su compartimento del tren, ¿no? ¿Tiene idea de quién pudo ser?
—Debieron de ser unos ladronzuelos de por allí. Ya me advirtió Edmund que viajar era peligroso.
—Le robaron las dos maletas, le rompieron el brazo a su doncella y entraron en su compartimento y en su habitación. ¿No le preocupa? A mí sí que me inquieta.
Bella se apartó del espejo y miró a la señora MacBain.
—No lo había visto de esa manera. Pero ahora estoy en casa y no me queda nada que puedan robarme.
—Sea como fuere, me quedaría más tranquila si se alojara en una habitación más cercana a las escaleras principales para que el personal pueda vigilarla mejor.
—Había un conserje apostado de forma permanente en la entrada de cada pasillo que partía de las escaleras principales.
Su función primordial era orientar a los huéspedes cuando se perdían, es decir, siempre, pero ella los veía como centinelas en la muralla de un castillo.
—¿Cambiar de habitación? No me gustaría renunciar a mi baño. —Bella dudó y miró con atención a la señora MacBain—. ¿De verdad cree que estoy en peligro?
—No lo sé —respondió con parsimonia—, pero me cuesta creer que todos estos robos y que su doncella haya resultado herida sean una mera coincidencia.
Bella miró a la muchacha y, luego, a la presidenta.